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Hibernación

Summary:

Spreen se ha estado comportando extraño, Roier cree lo peor y busca ayuda en Vegetta.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

Cuando Vegetta abrió la puerta de su casa esa mañana, lo último que esperaba encontrarse era a Roier. Con las mejillas rojas por el frío de la nieve a su alrededor y los ojos brillantes junto al rastro de una que otra lágrima derramada.

La desesperación en su rostro era casi palpable y el mayor no pudo evitar sentir lástima por el pobre chico. —. Vegetta… — Susurró el castaño, abrazándose a sí mismo cuando la brisa mañanera caló en sus huesos. — Necesito tu ayuda.

Vegetta suspiró, sabiendo que aquel día llegaría tarde o temprano. —. Ven, pasa, pasa… que si Spreen sabe que te congelaste por mi culpa, me mata.

Roier limpió sus zapatos y se adentró en el castillo, siguiendo de cerca a quien tantas veces había visto como un maestro.

Las paredes estaban adornadas con cuadros, la mayoría de ellos incluía a Vegetta en una que otra pose heroica, algunos otros con fotografías de Rubius y las demás con logros y retratos de Spreen.

— ¿Café? — Preguntó desde la cocina, asomándose con una taza, Roier asintió.

— Gracias. — Dijo, tomando asiento en el taburete, agradeciendo el calor que la lisa cerámica le entregó al tocar sus manos.

— Bueno chico, ¿a qué has venido? —
Cuestionó antes de sorber de su taza. — Sí es que se puede saber.

Roier clavó sus ojos en el líquido marrón, sopesando la situación.

Tragó saliva e intentó calmar el temblor de sus manos. —. C-creo que lo que quiero saber es… — Sentía la mirada de Vegetta sobre él y a pesar de conocer y confiar en aquel hombre, aquello no hacía más que inquietarlo.

— ¿Es…? — Le alentó y a pesar de que su tono era comprensivo, el deseo de Roier de salir corriendo crecía a cada instante.

Finalmente y decidido, conectó su mirada con la del hombre, con las cejas arqueadas, mentón firme y su voz quebradiza dejó salir aquello que le atormentaba. —. Spreen va a terminar conmigo, ¿cierto?

Vegetta por poco escupió el sorbo de café ante tal cuestionamiento. —. ¡¿Pero que dices chico?! — Las alarmas de Roier se encendieron, quizás ir directamente al hogar de sus suegros a acusar a su hijo de infiel no había sido la mejor idea, pero se le habían acabado las opciones. — ¡¿Qué rayos pudo haber pasado entre vosotros para que puedas pensar eso?!

— ¡No quiere verme! — Se apresuró a decir. — Llega tarde a nuestras citas, no contesta las llamadas, apenas ve mis mensajes, siempre esta de mal humor… es como si… como si…— Sintió las lágrimas acudir a sus ojos, limpiándolas al instante, negando a sucumbir al sentimiento.

— Como si ya no te quisiera. — Agregó Vegetta, robándole a Roier las palabras de la boca. — Como si se hubiese cansado de ti…

— Sí… — Susurró, descansando una mueca en sus labios. — Quiero pensar que hay una explicación lógica, de veras… pero por más que lo intento, más perdido estoy chingada madre.

— Ay este chico… hijo de su padre tenía que ser. — habló Vegetta, maldiciendo por lo bajo para luego rodear la isla de la cocina y tomar asiento junto al desamparado joven. — Roier, escucha…— Sin embargo no logró terminar antes de que una voz le interrumpiera.

— ¡Joder macho! haber si gritáis un poco más fuerte. — La alta y delgada silueta de Rubius se tambaleó desde el principio del pasillo.

Traía pijama, el cabello más desordenado que de costumbre y ojeras marcadas. —. Buenos días a ti también. — Comentó DeLuque, tanteando el asiento a su lado, mismo que rápidamente fue ocupado por el oso que con pereza depositó su cabeza en el brazo de su opuesto. — Dile hola a Roier.

Rubius abrió uno de sus ojos, ubicando al chico y perezoso meneó su mano antes de recostarse sobre la mesa y volver a soñar.

— ¿Está bien? — Cuestionó el chico en un murmullo, a lo que Vegetta sonrió divertido.

— Se ve fatal, ¿cierto? — Roier asintió. — Sí… es que verás, está hibernando.

— ¿Hibernando? — Esta vez el que asintió fue el mayor. — ¿Como los animales?

— Como los animales dice… — Comentó divertido, rebuscando entre el cabello de Rubius una pequeña oreja que se sacudió al tacto. — ¡Ala! ¡Pero si son orejas de oso! — Exclamó de forma irónica y entonces todo en la cabeza de Roier hizo sentido. — ¿Sabes qué pasa cuando un oso no hiberna? — el muchacho negó lentamente, atento a cada uno de los
Movimientos de Vegetta. — Bueno… por lo que he visto comienzan con problemas de salud, debilidad… mal humor.

— ¿Mal humor?

— Sobre todo mal humor, una mala hostia que ni te imaginas.

— ¿Ah sí? — Una sonrisa de esperanza comenzó a formarse en el rostro de Roier y Vegetta se vio a sí mismo, tantos años atrás comprendiendo aquello desconocido, amando lo desconocido y abrazándolo como suyo.

Imitó su sonrisa, acariciando los mechones de Rubius bajo su Palma. — Sí… ¿Sabes quién más es un oso?

— Spreen — Susurró como la más obvia de las realidades. — ¡¿Spreen está hibernando?!

— Debería. — Aclaró. — Pero por lo que me cuentas, asumo que él mismo es el que está interrumpiendo su sueño.

— Ay no… — Ahogó un susurro contra la Palma de su mano. — Ay no, ay no… Vegetta… — Se llevó ambas manos a la cara, incrédulo. — Y yo que lo estaba obligando a salir. — Rápidamente toda la preocupación en su pecho se tornó en culpabilidad porque, a pesar de que la razón del extraño comportamiento de su novio le traía una pizca de paz, también era cierto que el híbrido de oso debía estarla pasando fatal. — P-pero ¡¿Por qué no me dijo?! ¡Yo habría entendido!

— Hombre, no seas tan duro contigo mismo, tú y yo sabemos cómo es Spreen. — La mueca de Roier se acentuó. — No es muy bueno con las palabras, ahí si vas a tener que poner un poco de tu parte.

El joven lo tenía más que claro, cinco meses eran los que Spreen había tardado en corresponder a sus sentimientos o al menos mencionarlo en voz alta, otros dos para comenzar a salir e incluso estando ya en una relación formal, seguía siendo difícil para el chico demostrar tan abiertamente sus sentimientos.

— Mira que hasta para las relaciones es tryhard. — Soltó Rubius entre leves ronquidos, despertando una floja sonrisa en Roier.

— ¿Hay Algo más que deba saber sobre los… osos?

— Todo a su tiempo muchacho, ya te iré instruyendo que experiencia tengo y mucha. — por primera vez en el día Roier soltó una leve risa. — La próxima vez trae una libreta, son más complicados de los que parecen.

— ¡Eh! ¡Estoy aquí! — Refunfuñó Rubius, provocando traviesas risas al hombre y al chico a su lado.

Luego de unas cuantas carcajadas y anécdotas, Roier se despidió de sus suegros, dejando la taza de café a medio tomar a propósito, el plan que tenía en mente no requería cafeína.

Apenas entró a la cabaña, el silencio de la misma fue el que lo recibió.

Abrazó la paz que el ambiente le entregaba a la vez que se desplazaba hacia el cuarto, cuidando de no hacer ruido.

La luz de la tarde se asomaba a través de las cortinas que semi abiertas dejaban ver la silueta de Spreen. Allí, tendido sobre la cama, el híbrido de oso descansaba junto a un semblante relajado.

El chico se encontraba completamente vestido, con su espalda apoyada sobre el respaldo y los brazos cruzados sobre su pecho, Roier se acercó con cuidado, descalzando al chico, pero bastó con que uno de los zapatos tocara el suelo para que el filo de una espada de diamante estuviera contra el cuello de Roier. —. ¡Ya wey!

— Ah, sos vos. — Spreen aflojó el agarre, dejando el arma a un lado. — Perdón wacho, no sé porque estoy tan alerta. — Se refregó los ojos, analizando la situación. — ¿Qué hacés? Tengo la mochila lista para que vayamos a explor-

— No vamos a ir. — Interrumpió.

— ¿Qué?

— Dije que no vamos a ir. — Decretó, levantándose para cerrar la puerta y encerrarlos a ambos en el cuarto.

— ¿Por qué?

— Porque vamos a dormir.

Aquella declaración levantó un leve rubor en las mejillas del pelinegro, mucho más al ver a Roier deshacerse de su hoodie y acto seguido de su cinturón. —. ¿Q-qué? ¿Ahora?

Roier suspiró, rodando los ojos. — A dormir Spreen, solo dormir.

Aquello encendió aún más las alarmas del oso, sabiendo que aquel repentino cambio de planes no había salido de la nada. —. ¿Estás seguro? Che, pensé que querías salir ahí a dar una vuelta o algo. — Se apresuró en volver a sus zapatos. — Yo me cambio y vam-

— ¿Por qué no me dijiste que tenías que hibernar? — Interrumpió en seco, buscando una respuesta en la mirada de su opuesto pero silencio fue todo lo que obtuvo. Los ojos de Spreen se clavaron en la mochila que con tanta dedicación había preparado para la aventura y la agarró con pesadez, dirigiéndose a la salida. — Spreen… — Llamó el más joven, deteniéndolo de alcanzar el pomo de la puerta.

Spreen dejó caer la mochila al suelo y junto a una rabia contenida volvió a sentarse en la cama.

— No tenías que saber. — Comentó, clavando sus ojos en el suelo. — Ya se que fuiste a hablar con mis viejos, tenés el olor del Castillo.

— ¿Qué más querías que hiciera? — Preguntó Roier, pero la respuesta fue muda. — Spreen, mírame… — Sus miradas se cruzaron a medida que el chico se acercaba al lecho, tomando lugar junto a su amante. — Creí que te habías cansado de mí. — Soltó. — A la verga Spreen, hasta creí que me ibas a dejar.

— ¡¿Pero cómo podés pensar eso pelotudo?! — Vociferó, sujetando con fuerza la mano de su opuesto,

— No sé, la verdad si te estabas portando muy raro. —Se encogió de hombros y volvió a preguntar. — ¿Por qué no me dijiste?

Spreen reprimió un gruñido. — ¿No te jodería que tu novio quisiera dormir en vez de pasar tiempo contigo?

Roier negó. — Sí es algo que no puedes controlar, lo entendería. — Acercó su mano con cuidado, acariciando el comienzo del cabello de su opuesto. — Lo entiendo…

El chico se refugió en su tacto, acercándose perspicaz hasta encontrar sus labios. — Sos demasiado bueno para este mundo. — Soltó antes de unir sus frentes.

— Supongo que hay que serlo para reconocerlo ¿no? — Y volvió a sonreír, con aquella expresión boba que no lograba más que despertar dicha en su opuesto y Spreen se refugió en aquel instante, calmando todas sus dudas y ansiedades contra el bonito color de los ojos de su amante.

En ese momento todos sus instintos le gritaban que Roier era el correcto y por primera vez decidió no renegar contra su naturaleza.

Le empujó contra el colchón, dejando sus pesadas botas caer en la fría madera del suelo y extendió el acogedor abrazo de la manta sobre ellos. — Vos dormís conmigo. — le pidió en algo más parecido a una orden.

— Como no mi amor. — Susurró con aquel tono que provocaba carcajadas a su novio, susurrando secretos hasta que en ellos cayó reconfortante el hechizo de Morfeo.

Notes:

Bueno gente, ojala les haya gustado, un saludo y nos vemos en la proxima
@cuwdly_ en twitter y en todo