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El deseo de Guinevere

Summary:

“Sin Arturo en el camino, Lancelot no mirará a nadie más que a vos.”

Notes:

Para mí Lancelot.

Work Text:

La primera vez que Guinevere vio a Lancelot tenía doce años. Había entrado en el bosque para recoger flores. Había escuchado decir a una de sus doncellas que las mejores flores se hallaban en el bosque que se dirigía a Avalón, pero que nunca se le había ocurrido recogerlas pues estaban malditas. 

 

Guinevere se encaprichó con esas flores, tenía curiosidad de ver cómo eran. Se había prometido solo verlas, no tocarlas, pues no quería hechizarse. Así que una tarde se escapó del castillo y fue tras ellas. Lo que la niña no esperaba era perderse; «No he encontrado flores y ahora no encuentro el camino a casa, ¿es qué ya he sido maldecida por las brujas de Avalón?» Le entraron ganas de llorar, quería volver a casa. No quería morir ahí. 

 

Y entonces lo vio.

Un muchacho alto, con el pelo castaño. Podía verle la  armadura. Guinevere pensó que era su príncipe, que venía a rescatarla de ese lugar tan feo y horrible. Así que corrió hacia su salvador. Cuando sus ojos se encontraron, sintió que fallecía ahí mismo. Era precioso. Ni se había percatado que a su lado había una chica con un pelo largo y pelirrojo. Era preciosa, pero no quería darle ese gusto, así que la llamó fea y cuando se enteró que era la futura Dama del Lago, la llamó fea y bruja. 

 

Su príncipe, que ahora sabía que se llamaba Lancelot, la acompañó hacía su castillo. En el paseo él fue educado, gracioso y encantador. «¿Esto es estar enamorada? ¿A esto se referían mis doncellas cuando hablan del amor? ¿Lancelot también se siente así por mí o tiene sentimientos por la bruja de Avalón?»  No le gustó ese pensamiento. Lancelot era su salvador, había ido a rescatarla. No podía estar con nadie más. Lancelot ahora le pertenecía a ella. 

 

Esa misma noche volvió al bosque, pues, si en Avalón había brujas, quizá podían darle una poción de amor, o unas flores mágicas para que Lancelot solo se fijase en ella. Cuando llegó, se sintió diferente, el ambiente era pesado. Se preguntó si era por la hora, «Quizá de noche se siente más la magia oscura.» Tenía miedo, pero la ansia de tener a su príncipe solo para ella eran más grandes. 

 

La luna era lo único que iluminaba el bosque, y la guió hacia un lago. Se veía más bonita que nunca, se preguntó si la luna también había sido hechizada por Avalón. Entonces ocurrió algo, del lago apareció una mujer, salió fuera de él y Guinevere se percató de que su vestido estaba seco y limpio. La luna brilló con más intensidad.

 

—¡A-Ayúdame a conseguir a Lancelot y te daré dinero! —De su bolsillo sacó una bolsa de dinero y la dejó con cuidado en el suelo. La bruja ni se inmutó. Guinevere temblaba de miedo, pero aún así no dejó de mirarla a los ojos. Más la miraba, más hermosa la veía y más fea se sentía ella. 

 

Y entonces la fae se movió y de un parpadeo llegó a su lado; esta dejó de respirar. 

 

—No deseo tu dinero, Guinevere de Cornualles. Te concederé tu deseo, pero tienes que ser muy precisa con lo que desees.

 

Guinevere asintió y dijo sin pensárselo mucho:

 

—Deseo que Lancelot no se fije en ninguna otra mujer, que solo tenga ojos para mí. 

 

La fae sonrió, se acercó a la niña de tan solo doce años y la besó en los labios. Y segundos después, desapareció, y Guinevere volvió a su castillo con el corazón en la garganta. 

 

Y fueron pasando los años, y Lancelot seguía yendo a su castillo, y seguía tratándola tan gentilmente y veía como solo tenía ojos para ella. Pero aún así, sentía que su corazón no le pertenecía. Lancelot había rechazado a montones de mujeres, no había consumado matrimonio y se rumoreaba que aún a sus veinte años seguía siendo virgen. Si eso era cierto, ¿por qué no la hacía suya? No veía a ninguna otra mujer como la veía a ella. ¿Es que acaso la fae le había mentido? 

 

• ────── ✾ ────── •

 

Y Guinevere se casó. Y su corazón lloraba, pues no se había casado con su príncipe. Y aún peor, se había dado cuenta del porqué Lancelot no se había prometido, ni amado a ninguna otra mujer. Y es que su príncipe, su salvador, estaba completamente enamorado del Rey Arturo, su esposo. Y sintió asco, y rabia y maldijo a la fae de Avalón y se maldijo a su yo de doce años, pues no había dicho bien su deseo. Y veía desde su trono, las miradas cómplices, las risas, las caricias que se hacían cuando creían que estaban solos. Y Guinevere lloraba, y cada vez sentía más asco, y más rabia. Y un día no aguantó más, y volvió a ese bosque. 

 

Ya habían pasado muchos años, muchísimos, pero aún así ella se acordaba del camino. Fue de noche, le quedaba un poco más lejos que antes, pero no le costó salir de Camelot. Cuando llegó al lago, la luna no estaba tan grande como ese día, ni tan luminosa. Pero la fae seguía igual de joven y preciosa, casi con el mismo vestido blanco. La hada sonrió y le hizo una reverencia. 

 

—Reina de Camelot. Mucho tiempo sin verte. —Guinevere apretó los labios. Estaba enfadada, celosa, llena de rabia. 

 

—Quiero cambiar el deseo. Lancelot no mira a ninguna mujer…pero, irá al infierno si sigue mirando así a mi marido. ¡Lo has maldecido! —La fae como de costumbre ni se inmutó. 

 

—Alteza, yo solo hice realidad vuestro deseo. No es mi culpa que fueses necia y no pensarás bien lo que querías. 

 

—¡Necia! ¡Cómo- cómo te atreves hablarle así a tu reina! ¡Bru-bruja de Avalón, maldita! — Guinevere enrojeció de rabia. Esa fae había empeorado todo. Era todo culpa de Avalón, de su magia oscura y de creer que eran buenos. Se le cortó la respiración. Cuando quiso darse cuenta, estaba en el suelo con un dolor horrible en el estómago, « ¿Me ha golpeado? »

 

Mi reina es la Dama del Lago, yo solo la sirvo a ella, estúpida necia. ¿Intentas echarme a mí la culpa por algo que has causado tú?— En algún momento Guinevere había empezado a llorar, no sabía si por el dolor punzante en el estómago o el dolor de saber que era todo su culpa.

 

—A-ayúdame por favor. Haré lo que sea para salvar a Lancelot del infierno.

 

La fae la miró un largo rato. Guinevere aún lloraba en el suelo, con la mano en el estómago. Se preguntó si se habría roto una costilla. No supo cuánto tiempo estuvo ahí, con la mirada de la fae en su rostro. Había dejado de llorar, pero seguía en el suelo, mirando el lago, donde se reflejaba, ahora sí, con mucha intensidad la luna; grande y luminosa. 

 

—Tienes que matar al rey Arturo, así el hechizo se romperá. Sin Arturo en el camino, Lancelot no mirará a nadie más que a vos.

 

Guinevere había huido del bosque en cuanto la fae le recitó esa frase tan fría, sin ningún tipo de escrúpulos. Y cuando salió, se sintió renacer, y vomitó, y volvió a Camelot llorando. 

 

•────── ✾ ────── •

 

 “Sin Arturo en el camino, Lancelot no mirará a nadie más que a vos.”  

 

Dos meses habían pasado. Guinevere había tenido mil pesadillas, y todas ellas eran de ella matando a su esposo y consumiendo por fin el amor con su salvador. Cada vez dormía menos, cada vez notaba más las miradas entre ellos. Se preguntó si habían hecho algo más que lanzarse miradas y darse pequeñas caricias. Aquello casi hizo vomitar a Guinevere. «¡Lancelot! ¡Su príncipe iría al infierno por mí culpa!» Se limpió las lágrimas y intentó calmarse. 

 

« Esto tiene que acabar. Él me salvó, ahora tengo que salvarlo yo a él. Me necesita. »

 

Lo tenía decidido. Lo haría. Cuando acabase con él, el hechizo se rompería y Lancelot se daría cuenta de la verdad. Esa misma noche había una fiesta en la corte con los doce caballeros de la mesa redonda. Era el destino. Lo había dejado todo preparado, lo mataría y le echaría la culpa a uno de los caballeros. Era la reina, la creerían a ella sin dudarlo. 

 

Estaba borracha de ansia. Las horas le pasaban muy lento, pero cuando empezaron a beber en exceso se dio cuenta que su momento por fin había llegado. El Rey Arturo reía con fuerza, se le veía feliz. A su lado Lancelot lo miraba, con esa pizca de deseo que ella tanto anhelaba. « Tranquilo, mi amado, te sacaré de esto. Y nos iremos juntos de aquí. » Arturo cuando la vio le sonrió y le dio un pequeño beso en los labios. Cuando bebía era más cariñoso de lo normal. Así que nadie sospechó cuando el rey se despidió y salió con ella de la mano, a sus aposentos. El corazón le iba rápido, quería acabar con esto ya e irse. Tenía que hacerlo rápido. 

 

Y en cuanto Arturo cerró la puerta de la habitación y acercó sus labios a los de ella, ella empezó a desnudarlo, quitándole la armadura y la espada. Arturo se dejó querer y entonces Guinevere lo besó y le insertó el puñal en el corazón. Arturo gimió, gritó y cayó al suelo. Ella lloraba. 

 

—Tenía que salvarlo, tenía que salvarlo. Lancelot. Tengo que ir a por Lancelot. 

 

De golpe se abrió la puerta y el mejor caballero de la mesa redonda apareció. Su rostro palideció, miraba a Guinevere, cubierta de sangre, con la daga en su mano. Y en el suelo a su Rey, a su mejor amigo y a su amado. Había perdido las tres cosas más importantes en un momento. Sintió que moría. Guinevere lo miraba. 

 

—Lancelot, Lancelot. —Estaba eufórica, completamente loca. —Ya está amor, ya está. Has sido liberado, te he salvado. 

 

Lancelot seguía de pie, había empezado a llorar, sentía que algo dentro suyo había muerto. Lancelot siempre le había pertenecido a Arturo, en vida y en la muerte. Era algo que ambos y toda la mesa redonda sabía. Se acercó al cuerpo y enterró la cabeza en su hombro. Y lloró, lloró como un niño pequeño. 

 

—¿Guinevere por qué? ¿Qué has hecho? —La miró con desprecio, con odio, con una rabia que jamás había sentido. Guinevere se paralizó. 

 

—No, no, no-, no lo entiendes. Te he salvado. 

 

—¡Cállate! 

 

No lograba ver una vida sin Arturo; sin su amante, ni su mejor amigo. Dejó de escuchar, sentía a Guinevere intentando levantarlo, sabía que lo estaba empujando del cuerpo de Arturo, pero no podía moverse. No quería moverse. Guinevere lo sacudía, tenían que irse, escapar. « ¿Por qué el hechizo no se había roto? ¿Qué había hecho mal? ¿Había vuelto a entenderlo mal? »

 

“Sin Arturo en el camino, Lancelot no mirará a nadie más que a vos.”  

 

No entendía que había hecho mal. Algo se le escapaba. Y mientras Guinevere pensaba no se dio cuenta que Lancelot la miraba. Sus ojos estaban rojos; la miraba con rabia, con dolor. Ella no lo entendía, ¿dónde estaba su mirada de amor? 

 

—Dame el puñal, Guinevere. —Y ella se lo entregó. Porque amaba su nombre entre sus labios. Se sentía hechizada por él. 

 

Y Lancelot se lo clavó, en el mismo lugar que ella había herido a Arturo. Y el mejor caballero de la mesa redonda cayó al suelo, y sus ojos solo la miraban a ella mientras poco a poco perdían el brillo. 

 

Y Guinevere gritó tanto que le dolía la garganta. Repitiendo una y otra vez en su cabeza las palabras de la fae de Avalón. 

 

“Sin Arturo en el camino, Lancelot no mirará a nadie más que a vos.”