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Look Up At The Sky

Summary:

La noche ha desaparecido. El sol se ha visto obligado a permanecer por siempre en el cielo, provocando enormes desastres sobre el suelo terrestre.

Miles de años han pasado el Isagi Yoichi, actual Heraldo de la Estrella Matutina, ha jurado encontrar al Dios perdido y traer de regreso las noches. Habiendo crecido escuchando historias de la crueldad de la divinidad, teme no poder convencer al Dios de volver a su puesto. No obstante, no todas las historias son ciertas.

Con tal de recuperar lo perdido, Yoichi debe hacer lo impensable para un simple mortal.

Notes:

Primero que nada me presento, soy Yoru y no tengo ni la menor idea de porqué estoy haciendo esto.

Este AU se me ocurrió en base a un viejo rol que tuve hace un año y que murió sin más, por lo que lo adapté con calma y con varios cambios a esta pareja que me trae loca últimamente. Nunca creí que me gustaría un anime de fútbol, pero aquí estoy haciéndoles fanfics.

Cabe aclarar que no soy experta en esto y pueden haber errores...

En fin, realmente no tengo fe en esto(?)

Disfruten su lectura

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Isagi Yoichi tenía una pequeña lucha interna justo ahora, cuando menos tenía que dudar.

Sin embargo, allí de pie donde ahora se encuentra, su mente trabaja a mil por segundo intentando encontrar alguna contestación coherente que pudiera darle al ser divino a unos metros de distancia, sin resultar grosero. Porque claramente tras la declaración que este acaba de dar, siente que todo su mundo se ha venido abajo en segundos.

Toma una profunda bocanada de aire quemado, la bendición sobre él haciendo que todo sea demasiado en el momento en que pierde la concentración por intentar mantenerse en calma. Se vuelve consciente de todo nuevamente. Cada mínima grieta en la roca, el más pequeño grano de arena y las pequeñas partículas de polvo que flotan en el aire. La bilis sube por su garganta; el brillo del sol pica sobre su piel aunque se ha asegurado de cubrir cada centímetro de esta antes de salir.

Siente el sudor correr por su piel a chorros debido al calor insoportable. Parpadea repetidas veces para calmar los pinchazos de pánico que atacan su mente. Estás pensando demasiado. Debe respirar, encontrar aire. El aire quema, respirar quema. Duele, duele, duele. No puede respirar.

–Hey, mocoso.

Una sensación fría en su frente le hace sobresaltarse, haciéndolo retroceder sin mirar el borde del acantilado.

El joven frente a él maldice y lo atrae hacia sí mismo, volviendo a colocar su mano sobre los ojos del chico, la otra sujetándolo firmemente para que no cometa otra tontería.

–Respira, imbécil –la voz ronca del Dios se escucha tan cerca que lo hace estremecerse. Sus ojos cubiertos provocan que sus otros sentidos se vuelvan más agudos–. Estás teniendo un ataque de pánico. Debes respirar. No pienses en nada y sólo respira.

Lo intenta. Lo intenta pero no funciona, sus manos temblorosas se aferran al brazo del más alto, intentando afirmarse y concentrarse en algo.

La piel de Rin es fría. Como un soplo de viento helado que llega en una mañana especialmente caliente.

Isagi se deja sostener finalmente, su boca abierta en busca de aire y todo su peso en la persona que ahora le sirve de apoyo. Siente que su corazón va a estallar en cualquier momento

¿Así era como acabaría? ¿Toda su vida entrenando para esto? ¿Para sufrir un ataque de pánico en frente del causante de todos los males de su familia? Quería reírse por lo tonto de la situación. También llorar. Sentía unas enormes ganas de echarse a llorar en una esquina de su habitación, dónde nadie lo escucharía deshacerse en miles de pedazos mientras se lamentaba.

Un suspiro llegó a sus oídos. La mano sobre sus ojos desaparece, la luz vuelve a golpearlo pero con menos intensidad.

¿En qué momento el Dios los llevó de regreso al interior de la cueva?

Isagi levanta su mirada, que ya se comenzaba a adaptar a la luz, para encontrar al otro mirándolo fijamente.

Sus ojos, nota Isagi, son como los de cierta divinidad de cabellos rojizos. Más expresivos, al parecer, ya que claramente puede distinguir la preocupación filtrarse a través de aquella mirada.

–...

Ninguno rompe el contacto visual. Isagi parpadea cada tanto, todavía sintiendo las garras del pánico anterior aferrándose a su pecho.

–¿Ya te calmaste? –Rin entrecierra sus ojos hacia el chico.

–Sí –grazna Isagi un poco demasiado rápido, apartando su mirada primero. Recuerda ante quién está y se apresura a corregirse–. Q-Quiero decir, sí. Gracias… Alteza.

–Es un poco tarde para intentar tratarme con respeto –Yoichi vuelve a mirarlo– teniendo en cuenta que antes me ibas a convertir en una antorcha humana.

–¿Qu…? ¡Eso…! ¡Yo no…!

Rin, sin embargo, ignora sus intentos de hablar y se adentra más en la cueva que antes le sirvió de prisión. El ser divino escucha al humano susurrar alguna maldición antes de seguirlo.

El chico seguía luciendo pálido y tembloroso, por lo que no creyó que se atrevería a seguirlo. Esa cueva no tenía salida más que aquella por la cual ingresaron. Podía sentirlo, incluso sin su núcleo, era bastante obvio.

Las paredes de roca habían absorbido parte de su divinidad, manteniéndose frías al tacto y con un suave brillo que solo sería percibido con alguien con mucho poder divino. El chico, Isagi, podía verlo dados sus susurros de sorpresa. Sus ojos no se detenían en un punto en específico, pasando de un lugar a otro en medio de la negrura.

–Tú –llama sin girarse–. ¿De verdad estuve dormido tanto tiempo?

Yoichi hace una pausa en su admiración a las motas turquesa que ve en cada grieta para dirigir su atención a Rin. Se detiene a pensar si sería buena idea o no, pero finalmente se rinde y saca de entre sus ropajes un libro pequeño con varias hojas sueltas entre sus páginas. Parecía tener mucho uso, dado lo viejo que se veía. El tipo de libro que tendrías miedo de abrir y ojear por la posibilidad de que este se caiga a pedazos o que sus hojas se rompan al pasar la página.

–Desde el año en que desapareciste, mi familia anotó en unos diarios todo avance que se hizo para encontrarte –explica mientras pasa página por página con cuidado–. Hay desde mapas hasta las más pequeñas conversaciones que se tuvieron con criaturas del reino divino o algún Dios del panteón en ese tiempo. Todo está documentado así que memoricé lo que pude –sigue hablando sin detenerse, Rin se ha girado a mirarlo, incrédulo–. También están escritas en una letra horrible todos los avances y pistas que se encontraron en el proceso. La mayoría viajó a lugares lejanos en busca de una pista, pero mi abuelo creyó que era muy probable que estuvieras aquí dado que hablando con… eh, una deidad, solías visitar estos pasajes durante los solsticios…

Finalmente levanta su mirar para encontrarse a Rin con una expresión de total sorpresa desfigurando su usual cara de póker. Se veía lindo.

… Oh, Dioses, Isagi. No. Concéntrate.

–Esta deidad mencionó que tanto tú cómo su Alteza Sae visitaban este lugar en los comienzos del mundo, como lo conocían en el pasado… y creí que había una posibilidad de que encontraría algo si venía.

–¿Y si no encontrabas nada? Si no me encontrabas a mí ¿Qué habrías hecho?

–Habría seguido buscando –no duda en decirlo–. Prometí que lo encontraría y lo llevaría de regreso al panteón. Y no me iba a detener hasta lograrlo.

–Ridículo. Dices que tu familia me buscó durante siglos sin resultados, ¿Y creías que tú lo harías? ¿Qué tan tonto puedes…?

–Lo hice.

–¿Ah? –Rin frunce el entrecejo.

–Lo hice –repite Isagi–. Te encontré. De hecho, eso cumple una parte de mi promesa. Ahora debo cumplir la otra.

El dios, para su propia sorpresa y la del chico, resopla divertido. Este mocoso. No iba a negarlo, no se esperaba que los humanos se hubieran vuelto tan audaces a estas fechas -y eso que no sabe ni qué fecha es- que respondían a un dios sin temer que un rayo divino los convirtiera en desechos.

–Se te olvida que incluso si regreso, no tengo mi núcleo, tibio mortal.

La sonrisa socarrona de Yoichi es reemplazada por una expresión de desconcierto.

–Y sin mi núcleo, la noche no volverá. Así que lamento romper tus esperanzas, pero no volveré hasta haber reducido a polvo al bastardo que me quitó mis poderes.

El dios procedió a retirarse, no sin antes observar la tonta cara del chico cambiar una y otra vez, en un duelo interno por tanta información nueva que estaba recibiendo de aquella conversación.

No bien avanzó algunos metros, la voz de mortal rebotó contra los muros de piedra, regresando con fuerza en un eco que lo aturdió.

–En ese caso, permita que le acompañe –habla sin detenerse a pensar lo que estaba sugiriendo–. Mi misión en general es llevarle de regreso y que así nos devuelva la noche a todos. Si le es imposible por lo que le fue robado, entonces le ayudaré a encontrarlo.

–¿Y qué te hace pensar que quiero tu ayuda?

–Con todo respeto, usted no sabe nada sobre el mundo actual –Rin le dirigió una mirada tan fría como los glaciares que hacía muchos años se habían derretido–. Será más rápido con mi ayuda –agrega entonces Yoichi, sonriendo– y entre más rápido usted tenga de regreso sus poderes, más rápido yo podré volver a mi hogar.

El dios pareció pensarlo. Realmente no perdía nada por dejar al niño acompañarlo. De igual manera, con o sin su ayuda, encontraría al desgraciado que se atrevió a desafiarlo y lo haría hablar. El vacío en su pecho era demasiado molesto como para ignorarlo por más tiempo.

–Dime tu nombre, niño mortal.

–¿Eh? Se lo dije antes… Su Alteza.

–No lo recuerdo. Habla.

Él murmuró algo que se escuchó como "dioses egocéntricos" pero finalmente se acercó hasta quedar frente a Rin, bajando la capucha que cubría su cabeza antes de inclinarse en una suave reverencia. Una mano en su pecho, como si sostuviera algo sobre su corazón; sus ojos brillaban más que las estrellas que Rin solía ver una y otra vez en el pasado, mucho antes de que la humanidad provocara que el cielo se ocultase por culpa de su contaminación.

–Me llamo Isagi Yoichi, Heraldo de la Estrella Matutina.

Notes:

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