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Aemond se consideraba a sí mismo una persona alta. Esto siempre le había traído ventajas. Llamaba la atención a donde fuera que fuese, y no tenía problema en llegar a lugares altos. Pero ese día, su tarea de Literatura europea clásica (La peor materia que había llevado en su vida, había jurado en más de una ocasión ya que James Joyce había hecho algún pacto con el diablo, o algo similar, porque no encontraba otra explicación para que un autor tan extravagante siguiera siendo estudiado) lo estaba haciendo pasar por lo que solamente podía definir como humillación.
Lo peor es que el libro que estaba intentando alcanzar ni siquiera era el maldito Ulysses, sino uno pequeño libro escrito en Dublín hacía tantos años que la persona que lo escribió posiblemente no había ganado nada de dinero escribiéndolo. Pero lo necesitaba, porque por supuesto, James Joyce tenía que escribir de forma arcaica, y casi te exigía una guía de lectura, como si de seguir un universo de comics se tratase.
Aemond estiró su mano, y sus piernas, apoyando parte de su cuerpo sobre el gran estante de la biblioteca central de la universidad de Oxford. Casi sintió como la punta de su dedo rozó el lomo de cuero viejo del libro, sin embargo, simplemente estaba fuera de su alcance.
-La puta madre -dijo en voz baja, mientras veía la dureza de los compartimientos del librero. ¿Soportarían su peso si se subía a ellos? Aemond era atlético, y no pesaba tanto, porque la mayoría de su peso era muscular, pero los libreros de esa zona parecían viejos, y al posar su mano ligeramente sobre ellos, pudo escuchar el crujir de la madera.
Se retiró el cabello plateado del rostro, y se encontró con que su frente se había llenado de pequeñas perlitas de sudor. Volteó a sus alrededores, nervioso. Aemond tenía su reputación en el campús. Era el tipo que era mejor que todos, inalcanzable. Perfecto. No podía dejar que nadie lo viera siendo derrotado por la altura en que hacia años un ayudante de la biblioteca había dejado un libro que nadie más que él leería.
Un par de muchachas que estudiaban en una mesa lejana lo veían de reojo de vez en cuando. ¿Realmente lo veían a él? ¿Por qué no lo harían? Era hermoso. Aunque podía notar que sonreían ligeramente. No, no sonreían. Mierda. Se reían. No. Se reían de él.
¿Cómo se atrevían?
Un brazo, largo, ataviado con un suéter grande, se hizo paso a su lado, y alcanzó el libro al que Aemond le faltaban un par de centímetros para alcanzar.
Lucerys, con su cabello oscuro despeinado, y con el suéter del equipo de football americano al que pertenecía, tomó el libro y lo hojeó.
Hace un par de años era su sobrino menor. Aún lo era, claro, y su novio, de cierta manera, pero odiaba que el pequeño niño escuálido había crecido para ser un mastodonte altísimo y con más masa muscular que un entrenador de gimnasio. Lo odiaba en ese momento, porque había alcanzado algo que él no había podido.
-¿Qué clase de libro es este? Es más viejo que tu papá -le dijo Lucerys, que aún analizaba el libro como si fuera una reliquia de otra época. Ciertamente lo era.
-Lo que necesito para mi tarea, Lucerys. Gracias por alcanzarlo.
-Oh, no tienes porqué agradecerme. Lo alcancé para mí, llamó mi atención -le dijo, y sonrió, de una manera juguetona que ciertamente, con su cuerpo enorme, ya no quedaba tan inocente. Era burlona.
-¿Me lo puedes pasar?
-¿Por qué?
-Porque la necesito para mi tarea.
¿Realmente Lucerys iba a hacerlo pasar por más humillación? Lo estaba disfrutando el muy maldito. Quizá su pareja fuera más grande y fuerte que él, pero Aemond aún sabía que podía ganarle en una pelea en cualquier momento que quisiera. Principalmente por el hecho de que fuera del campo de juego, Lucerys no podía lastimar ni a una mosca.
-Ese no es un buen motivo por el cual pasarte este libro. Nunca sabremos si alguien más lo necesita, Aemond, supongo que es buena idea que lo dejemos en su lugar.
-Eres un desgraciado.
-Quizá si pidieras ayuda a alguien con más altura podrías tener tu libro -le dijo Lucerys, en tono de burla, y Aemond odió que su pareja estuviera recién rasurada, no podía lastimar aquel rostro tan bello, aunque en esos momentos quisiera arrancarle los ojos.
-Soy bastante alto y autosuficiente, señor mido uno noventa. Desde que pegaste tu estirón te has vuelto insoportable.
-Es por el ejercicio, y tu eres el que está siendo insoportable, Aemond. Pero está bien, yo sé que eres una persona inteligente y autosuficiente. Si quieres te puedo ayudar, ¿Quieres que le pida a los empleados alguna escalera o un banquito donde te puedas subir para alcanzar?
-Lucerys, sabes que te quiero mucho, pero por favor, si no vas a ayudarme con esto, puedes marcharte, estoy seguro de que tienes algún entrenamiento que hacer.
-La verdad, tengo examen de simetría y relatividad- le dijo, defendiendo su posición, sabía que Aemond en cierta manera no era tan afán a su lado deportivo, aunque eso le hubiera proporcionado la espalda que tanto adoraba abrazar por las noches, pero cada que podía, Lucerys le recordaba que era un niño cerebro de galaxia que estudiaba física -estaba esperando poder tener una sesión de estudio contigo. Pero si no vas a pedirme ayuda con esto, supongo que puedo buscar ayuda de mis compañeros.
Notaba un poco de decepción en su amado, en la manera en que endurecía el rostro. Incluso de esa manera, era guapo. Lucerys se había vuelto bastante guapo, y odiaba el hecho de que, en cierta manera, su relación era un secreto. Siempre había una chica mirándolo de reojo, y no las culpaba, pero quería simplemente colocarse detrás de él y abrazarlo, dejando en claro que le pertenecía mientras apretaba sus manos contra su pecho.
Aemond suspiró, derrotado. No tenía la altura para llegar a ese libro, a pesar de que solo era un par de centímetros más bajo que Lucerys, pero posiblemente pedir ayuda no sería nada del otro mundo, simplemente se le rompería su careta de persona perfecta e inalcanzable, pero no entregar su ensayo sobre ulysses también rompería esa imagen.
-Deberías de dejar de ser tan inseguro con tu estatura, amor -le dijo Lucerys, decepcionado, se agachó un poco y recogió su mochila del suelo para colgársela, como diciendo que realmente se iría.
-Es fácil decirlo cuando eres la persona que alcanza todo.
-Aemond.
-¿Si?
-Tu igual alcanzas prácticamente todo. Sigues siendo muy alto, incluso si yo lo soy un poco más, eso no significa nada. Si no alcanzas algo no pasa nada, siempre puedes pedir ayuda, no tienes porque intentarlo todo, y menos cuando, evidentemente, y perdóname si se escucha como algo malo, pero cuando evidentemente no puedes hacerlo por tu cuenta.
Aemond suspiró, derrotado, y apartó su único ojo de la mirada decepcionada de su novio.
-Bien, está bien -se cruzó de brazos, como si eso permitiera que su integridad estuviera más protegida -Puedes alcanzarme ese libro ¿Por favor?
Lucerys sonrió de oreja a oreja.
-No. Sabes que normalmente lo haría, sin ningún problema, pero hoy te has comportado bastante más tóxico de lo normal. Pero si te lo alcanzo, exijo algo a cambio.
-¿Qué quieres?
-Algo.
Lucerys se acercó a él, y lo acorraló contra la estantería. Esperaba que no hubiera nadie del otro lado, pues notó como está se balanceó cuando su espalda chocó y Lucerys puso su mano contra esta, dejando que el espacio entre sus rostros fuera mínimo, y con su brazo dejándolo sin lugar a donde escapar.
-¿Qué es lo que quieres, señor Targaryen? -Le preguntó Aemond, acercando su rostro aún más al de Lucerys. Vio de reojo, efectivamente, en ese momento no había nadie en la biblioteca. Era su lugar, de ellos y nadie más. Posiblemente también de la señora Tatcher, la bibliotecaria, pero debía de estar acostumbrada ya a que los alumnos se la pasaran haciendo cosas indebidas en su zona.
-Podrías besarme, es una sugerencia. Un beso para pedir mi ayuda, y otro como agradecimiento.
Era un desgraciado, Lucerys disfrutaba de jugar con él, y Aemond amaba que así lo hiciera.
Se acercó a él, y lo besó. Sintiendo la humedad de sus labios contra los suyos. Había tenido suerte con Lucerys. El muchacho estaba en el pináculo de su forma física, y eso incluía tener todos los cuidados que una persona podía tener, entre ellos, la higiene y el cuidado de la piel. Lucerys siempre tenía sus labios humectados y bien cuidados, y eso permitía que la suavidad de estos resbalase con facilidad y lujuria contra los suyos, dejando detrás de ellos, un ligero sabor a frescura que lo volvía loco.
Tomó a Lucerys del cuello de su sudadera, de una forma algo ruda, pero era la manera que les gustaba, e intensificó su beso, y cuando su cuerpo necesitaba aire, se alejó ligeramente, sintiendo todavía la hinchazón de su mordida.
-¿Podrías alcanzarme el libro por favor, mi amor?
Lucerys sonrió como un niño pequeño y asintió, mientras Aemond aún lo tenía sujeto. Alzó su brazo y alcanzó el libro, se lo entregó, y Aemond lo dejó en un piso más bajo, a su alcance, de la repisa, y se lanzó contra él, para propiciarle otro beso, el de agradecimiento.
Este fue más corto, pero Aemond se encargó de rodearlo con sus brazos, sobre sus hombros, para que esta vez, fuera Lucerys el que estuviera a su merced.
-Entonces -le dijo Lucerys, con la respiración agitada, cuando se zafó de su beso -¿Quieres que vayamos a estudiar juntos?
-Claro -le dijo Aemond, que aún lo tenía entre sus brazos -pero primero, tendrás que hacerme tuyo, Lucerys Targaryen, o de lo contrario, no podrás concentrarte en estudiar. Yo me encargaré de que así sea.
