Work Text:
Y cuando ya no queda más nada, quedas tú.
Te levantas y sacas de ti mismo lo que ya no hay en el mundo. Hay un entendimiento de que eres un universo infinito con todos los recursos del físico espacio que te contiene. ¿De dónde viene este entendimiento?
Es una esperanza desoladora. En mi caso. Es flagelar mi cuerpo pidiendo lo imposible porque luego de la vunerabilidad solo hay vacío. Al fonde de este, hay un trampolín que te regresa a donde están todos, únicamente, para volver a tomarte de las muñecas y halarte al fondo cuando piensas que a través de la intimidad con otros has alcanzado algo. Aquel escape que encontraste es solo el retorno a este juego infantil que cuando te eleva te saca una sonrisa, y en la caída tus mayores miedos.
En la ausencia de todo, queda el latido de tu corazón constringido por esa sensación similar, pero acelerada al mil por ciento de un latido. Estás vivo, dices. Regreso a la negación de la oscuridad tan solo por usar una venda en mis ojos, asumo que lo que no puedo ver es debido al nudo que se presiona contra mi cráneo. Lo cierto es que en donde está el trampolín y las cuerdas, está un cable roto que si algún día pisara, capaz generaría una chispa que quemaría estos elementos que me acompañan con la excusa de que son mi salvación.
Los objetos no saben de compañía, incluídos los modificados por los humanos con historias de tinta que se asemejan a mi vida; tu vida y le de muchos otros. Pero, si luego de la vulnerabilidad, la fallida intimidad con otros, y el sobreúso de tu cuerpo, aferrarse al olor a guardado, ausencia, café y tinta es lo único que te regresa a la vida, los objetos sí son compañía. Y es que vida es el estado de la no muerte. Respiro, entonces vivo. Todo lo demás son añadidos, la conciencia, el hambre, las lágrimas, la risa y la danza. El canto, la vista, la música y el techo; el auto que te traslada, la ropa que te viste, y la lluvia que te baña.
Después de la vulnerabilidad está la consciencia. Soy consciente de que he caído (y me han empujado), de que fui, soy y seré devorado por llamas alimentadas por mi rechazo al absurdo de lo que me rodea. Pero es que cuando todo ya se ha perdido y se ha ocultado, la respiración misma te obliga a saltar en el trampolín, a luchar las cuerdas y evitar pisar el cable roto. Al final, no puedes morir por sostener la respiración. Es allí cuando la supervivencia empieza.
Y cuando ya no queda más nada, cuando tu cuerpo es marcado por cicatrices, tu mente atravesada por lanzas, tu intimidad abusada y tu vulnerabilidad agotada, quedas tú. Queda un súper-tú que reniega y aclama que si nada más queda, es porque Nada se oculta. Esa otra que está después del vacío se esconde con recelo, y le caben todos los derechos, pero así como tú, como yo, y como todos, vive en la esperanza de ser encontrada porque lo único que no nos falla es la ignorancia de la muerte, quien no le importamos en lo más mínimo y dice aprieta más fuerte tu nariz, hasta que duela, porque aún así vas a vivir.
Cuando más que Nada y tú quedan en este mundo, entienden que;
Sobrevivir es tan solo caer, pero vivir es aceptar la caída.
