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Una, dos... mil palabras.
—Mierda —dije cuando la punta del lapicero se partió. Llevaba más de dos horas frente al cuaderno cuando las palabras vinieron a mí en una espiral de inspiración. Cuando fui consciente, ya había pasado otra hora más.
La puerta de entrada chilló y apareció Billy con su horrenda camisa de vaquero. «¿No tiene más camisas?», pensé. Él se quedó parado frente a mí con toda su belleza. No supe qué decir más que un simple “hola”. Se sentó a mi lado e inundó toda la estancia con su presencia. Así transcurrieron otras dos horas. Deseé con todo mi corazón que no se fuera, que esas y todas las noches posteriores en que escribimos las canciones de Aurora fueran la rutina de todos los días.
Pero estaba muy equivocada, porque en esta historia de adicción y deseo, Billy era un hombre casado. La vida me había jodido mucho como para traerme al hombre correcto con todos los defectos que lentamente nos destruirían. Eso éramos Billy y yo, dos desastres naturales arrasando en una misma habitación.
—Ya me voy a casa —anunció Billy y se fue.
Ya estaba demasiado oscuro como para pedir comida, así que tomé una botella de tequila y bebí hasta que amaneció. Odiaba cómo siempre quería tener la última palabra en cada ajuste que le hacíamos a las letras y, sobre todo, se creía el dueño de la banda. Nadie le hacía frente, The Six era por y para Billy. Eso se había acabado. No iba a escribir un álbum sobre la esposa de Billy, Camila era increíble, pero había más cosas de las que hablar.
Me sentí mareada con el olor sudoroso de mi compañero que estaba a mi lado... espera, no recordaba haber invitado a ningún hombre anoche. Debí haberlo olvidado. Él se movió hacia mí, buscándome con su mano y su tacto me dio fastidio. Le pedí que se fuera.
Miré la hora y eran las 8:50 de la mañana. Se me estaba haciendo tarde y Billy ya estaría en la cafetería, así que salí de casa lo antes posible y conduje con el sol abrasador de California. Billy ya estaba sentado con el menú en las manos.
—Hola —lo saludé y me senté frente a él. Él me sonrió como respuesta y me pasó el menú.
—Pide lo que quieras hoy, yo invito el desayuno —anunció.
La camarera tomó nuestro pedido. Solo pasaron dos segundos hasta que Billy dijo que tenía una nueva canción en mente, algo sobre la lluvia y su esposa, pero no le presté atención en realidad.
—No.
—Ni siquiera te he mostrado la letra completa —su cara de molestia lo dijo todo—. Solo lee la letra antes de descartarla por completo.
Me pasó una libreta con garabatos, estaba bien, pero ya teníamos demasiadas canciones sobre amor y esperanza. Quería algo distinto que fuera dolor, deseo y drogas.
—Ya basta de canciones románticas y esperanzadoras, Billy. Necesitamos algo diferente a "Honeycomb".
Resopló y sus ojos se encendieron con algo que no pude descifrar.
—¿Qué propones entonces?
Sonreí. Por supuesto que sabía de qué debíamos hablar.
—Rock.
—¿Rock? No entiendo.
—Ya basta de baladas, debemos rockear y hablar sobre corazones rotos, ira y dolor.
—No entiendo por qué eso es mejor que "She is rain" —dijo Billy, confundido.
Suspiré, Billy siempre tenía que hacer todo tan complicado.
—No voy a escribir todo un álbum sobre tu mujer, Billy.
—No se trata de Camila, en realidad.
—¿De quién es entonces? —traté de sonar menos sarcástica.
—Te lo diré si tú también eres sincera conmigo.
—De acuerdo —asentí, y con su mano me indicó que continuara.
—¿Qué hace que Camila sea tan especial para ti?
—Es demasiado buena para mí, ya lo sabes. Sabes lo que ella hizo por mí.
—No lo sé.
—No estuve allí cuando nació mi hija, ni siquiera por un tiempo después, porque estaba en rehabilitación. Pero Camila siempre estuvo allí y me perdonó. No quiero volver a caer, por eso siempre está presente en mis canciones y en toda mi música.
—Parece que tienes miedo de volver a caer y has convertido a tu familia en tu nueva adicción —comenté.
Hubo un momento de silencio incómodo mientras traían la comida. Después de desayunar, regresamos a casa de Teddy, pero no pudimos escribir nada durante esas horas.
—¿Qué tal si damos un paseo? —propuso Billy.
Salimos de la casa y condujo por la costa. Las olas eran furiosas a esa hora de la noche.
—Tienes razón —dijo Billy de la nada—. Sobre mi familia. Los he puesto como una adicción y todo el tiempo pienso en no caer en fallar. No hay un solo instante en que no me culpe.
—Ya pasó, Billy.
—Lo sé, pero es tan ridículamente agotador, y me persigue esa idea —se detuvo el auto y me miró a los ojos—. Yo sé que caeré y les fallaré a mis chicas.
—Yo también tengo miedo de fallar, de que las palabras de mi madre se vuelvan realidad. Que solo sea una pelirroja bonita sin talento.
Puso su mano sobre mi hombro y yo en el suyo, nos miramos… nos consolamos. Después de eso se aclaro la garganta y me sonrió débilmente.
—Deberíamos ir a la playa.
—Sí.
Salimos del auto y vimos la orilla. Miré a Billy por un largo tiempo. Se veía realmente cansado, podía entenderlo perfectamente, el miedo a fallar. Estuvimos así por largo rato hasta que fue tiempo de regresar. Subí al auto, Billy me miró y no le dio importancia o simplemente quería sentir que no le había importado. Pero lo hizo. Debo decir que fue un toque sutil, pero desde ese momento anhelé su tacto, soñé con su tacto y acaricié el deseo de sentir su tacto cada día hasta que Camila fue al estudio y me di cuenta de la realidad.
