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Roier parecía ser un imán para los ojos de Spreen.
No sabía lo que era, pero hablaba con los demás habitantes de la isla, hacía bromas y se reía y, más pronto que tarde, sus ojos siempre se posaban en el chabón de pelo castaño. Era como si siempre quisiera estar cerca de él, para sonreír ante sus comentarios y hacerle reír con sus respuestas.
Si el más joven se movía a la derecha, él también lo hacía. Si le oía gritar a su mejor amigo por meterse con su huevo, se unía a él para defenderlo. No conocía el motivo de sus acciones, pero una parte de él había echado de menos ver esa sonrisa en los labios de Roier y su pecho se sentía raro cada vez que lo oía cantar una canción diferente cada cinco minutos.
Cuando terminó el funeral, retomó la conversación con los habitantes de habla inglesa y, por alguna razón, en cuanto vio a Roier a unos metros de distancia, acabó dirigiéndose en su dirección. Aquello no ocurrió una sola vez; todos los caminos le conducían a él y, si era sincero, le molestaba no saber por qué. ¿Por qué se ponía tan nervioso cada vez que Roier le gastaba sus coquetas bromas? ¿Y por qué se sentía irritado cada vez que lo veía hacerlo con otra persona? No debería importarle una mierda, y sin embargo le importaba.
Se sentía como si todo su cuerpo gravitara en torno a Roier constantemente.
En algún punto, logró ligar dos bicicletas de la federación y de la entidad angelical y Spreen se sintió bastante orgulloso de sí mismo. Sus pies se movieron por voluntad propia en busca del mexicano con la hazaña en la punta de la lengua, ansioso por contarle lo que había logrado y hacerlo parte del chiste interno; y en cuanto lo encontró, le mostró con cierto alarde las dos bicis que se las había ingeniado para conseguir. Una parte de él esperó a que tomara una, pero Mariana fue más ágil y se subió primero.
No pasó más de un par de minutos y se vio a sí mismo envuelto en una pelea, que no supuso mayor problema para él y, de hecho, le entusiasmó; la adrenalina le hacía sentirse vivo y tenía ganas de acción después del funeral. Pero había visto algunos movimientos raros por parte de Bad y no iba a dejar que nadie le dejara en ridículo, así que necesitaba estar seguro de que conseguiría su premio después de ganar.
Solo había una persona en toda la isla en la que confiaba para ayudarle a mantener todo bajo control, así que se encaminó directamente hacia él.
—Roier, vení.
Se dio la vuelta para asegurarse de que le seguía.
—¿Qué pasa? —Roier le preguntó, alejándose del cementerio con él.
—Vení, vení, vení.
Cuando nadie más que ellos podía oír su conversación, le explicó su plan y no pudo evitar sonreír cuando él no se negó a ofrecerle su ayuda. Durante el combate, pudo oír la clara voz de Roier narrando todo lo que estaba ocurriendo y sintió un impulso de fanfarronería cada vez que mencionaba cómo estaba dominando el enfrentamiento. Algo en su interior le pedía que se pavoneara de su triunfo en cada combate, así que se dirigía hacia donde todos estaban mirando, incluido él, y gritaba pidiendo vítores. Y su sonrisa crecía cada vez que oía a Roier más alto que los demás.
A Quackity le pareció muy atractiva la idea y, decidido por el ambiente que se respiraba en el cementerio, pidió a Slime que luchara también con él: un combate de caballeros para zanjar el asunto de la muerte de Tilín. Spreen se situó junto a Roier mientras esperaban a que comenzara el duelo de espadas e intentó matar algo de tiempo.
Lanzó una breve mirada hacia él, luego desvió la vista al frente y volvió a observarle. Parecía sumido en sus pensamientos, sin mostrar nada más que su perfil y con la mirada un tanto perdida. Spreen buscó un motivo para llamar su atención y desenvainó su hacha de mil metales, pensando que golpearla contra el suelo llamaría sin duda su atención. No tuvo que hacerlo, pues Roier se volvió hacia él y empezó a caminar por el muro.
Con todo, Roier pasó a su lado y no entabló conversación, por lo que Spreen optó por hablar y esbozó una sonrisa cuando aquellos ojos cafés se posaron por fin en él.
—¿Apostaste en la pelea?
—No, no, no —respondió Roier, consiguiendo que la sonrisa de Spreen se mantuviera en su rostro mientras le veía negar con la cabeza—, yo no apuesto porque eso es «gambling» y yo soy sano.
—Pero si apostaste en las carreras de tortugas y perdiste.
—Por eso —asintió—, por eso ya estoy- ya estoy bien. Ya recapacité.
Spreen emitió un sonido de comprensión y miró al frente con el fantasma de una sonrisa, pero esa sensación de lucirse delante de Roier le invadió una vez más, por lo que la sonrisa ladeada afloró con naturalidad a sus labios. El otro no podía verla porque llevaba puesto su casco metálico, pero su voz delataba sus intenciones y era bastante obvio que la situación le parecía divertida.
—¿Pero justo en una que podías ganar sí o sí, boludo? —preguntó, y tal vez confiaba demasiado en que nadie les prestaba atención o estaba demasiado cómodo con la cara oculta, pero se acercó a Roier antes de decir con voz suave y aterciopelada—. Si vos sabes cómo peleo.
Por su parte, Roier se quedó sin palabras durante unos segundos, sin saber cómo reaccionar ante su comentario. ¿Acaso le estaba reclamando que no había apostado por él? ¿Quería que apostara a que ganaría la pelea? Para él estaba claro que lo haría, se lo había dicho a Bobby hacía unos minutos, pero no sabía que a Spreen le importara tanto algo como aquello.
En el fondo, una parte de él quería provocar al argentino, porque estaba siendo un mamón presumido una vez más y alguien tenía que ponerle los pies en la tierra, pero había sonado tan putamente sexy diciendo eso, que Roier no tenía ni cabeza ni ganas para hacerlo ahora mismo.
Lo único que ocupaba su cerebro era el deseo de besar a aquel cabrón engreído, pero se aclaró la garganta y trató de recuperar la compostura. De ninguna manera podría, y mucho menos delante de todos; se le bajaba solo de pensar en la incómoda situación en la que le quitaría el casco metálico a Spreen solo para que este lo rechazara en presencia de todos.
No, la neta sí lo quería besar, pero todavía tenía tantita dignidad.
No se imaginaba que Spreen haría cualquier cosa menos rechazarlo, y esa conclusión escandalizó al híbrido de oso. Pero también le pareció de lo más comprensible. Después de todo, no sabía lo que era, pero había algo. Algo que le hacía incapaz de rechazar un beso suyo. Algo que le hacía desear semejante cosa, de hecho. Y ese algo era la razón por la que sus ojos no podían apartar la mirada de Roier; por la que todo su cuerpo no podía separarse del suyo. Ese algo que le estaba volviendo loco poco a poco.
—¡Piensa en la canción de Rocky, carnal!
Roier gritó con todas sus fuerzas cuando empezó la siguiente pelea y el mexicano hizo que Spreen quisiera animar a Quackity también, por lo que se puso las manos a ambos lados de la boca para que sonara más fuerte.
—¡Dale, papá!
Sin pensárselo mucho, se dio la vuelta y empezó a cantarle a Roier «Beautiful Girls» de Sean Kingston. No porque pensara que era una canción de Rocky, sino porque era la ocasión perfecta para confesar cómo pensaba que el chico era arrebatador, cómo le consideraba su propio sol, y siempre se le había dado mal expresar esas cosas con sus propias palabras, de modo que una canción sería la manera perfecta de—
—No, pendejo, la de...
Roier empezó a cantar «Eye of the Tiger» de Survivor y Spreen debió de adivinar que la vida no sería tan sencilla, así que dejó de cantar.
—Ah, okay…
Reconoció que su voz sonaba algo resignada, y deseó que no fuera tan notorio para los demás como lo era para él, pero entonces se dio cuenta de que el más joven parecía estar en una con la canción de Survivor, por lo que soltó una suave risita mientras prestaba atención a su canto.
Se volvió hacia su izquierda para ver si Maximus estaba escuchando el tonto canturreo del muchacho y el otro hombre comentó entre risas que Roier tenía la voz de un dios. Spreen no contestó, porque en realidad pensaba que sí.
Una vez que el enfrentamiento terminó con un Quackity victorioso, les dijo a los chicos que se iba a casa y abandonó el cementerio. Y una vez más, sus pies acabaron llevándole hasta donde estaba Roier. Era consciente de que ya no podía llamar hogar a aquel lugar, no después de todo lo que había pasado antes, pero quizá su cerebro se confundió o su corazón tuvo algo que ver; una vez había leído que el hogar estaba donde estaba el corazón, entonces tal vez por eso—
¿De verdad había pensado tremenda poronga? Mierda, estaba jodidísimo.
—Buenos días —dijo al entrar en la casa que tan bien conocía.
Quackity estaba dibujando en el piso superior de la casa con Roier, donde sabía que estaba el dormitorio de Bobbby, y Roier le explicó que estaba pintando mientras él cantaba. El chabón con el gorro de lana le preguntó entonces qué canción conocía, por lo que una pequeña sonrisa apareció en sus labios al responder que «Beautiful Girls». Todavía no entendía muy bien lo que estaba pasando, pero sabía sumar y Roier cantando y Quackity pidiéndole una canción seguramente significarían algo; para ser justos, había sido un poco decepcionante cuando el otro chico no había continuado su canción en el cementerio como solían hacer.
Spreen también recibió un lienzo y supuso que los tres debían cantar mientras pintaban, pero él permaneció callado y se limitó a acompañar la canción de vez en cuando, pues prefería escuchar a Roier mientras trazaba un gato. En cierto momento, Quackity interrumpió su propio canto para llamarle, quizá para reprocharle que no estaba cantando con ellos, pero terminó por no hacerlo y a Spreen terminó por darle lo mismo, de modo que prosiguieron con sus pinturas mientras Roier cantaba las partes que conocía de la canción.
Mostraron con orgullo sus piezas terminadas, una más tonta que la otra, y entonces Roier y él empezaron a burlarse de Quackity porque el chico ya quería irse a la cama. Imitaron distintas voces, aludiendo a cómo sonaba su amigo cuando se quejaba de querer irse tan pronto, a lo que él negó sonar así y acabó dejándoles a los dos solos en casa.
—¿Vos te vas a ir a la cama también? —preguntó entonces Spreen como quien no quiere la cosa. Roier se limitó a sonreír con cierta sorna.
—Puede que no tenga tu horario de mierda, pero es demasiado temprano incluso para mí.
—Bien ahí, capo.
Spreen no estaba seguro de por qué había respondido de esa manera, o quizá sí. Se alegró de que Roier no tuviera planes de marcharse todavía, y se regocijó aún más cuando se dio cuenta de que los dos estaban completamente solos en la casa. Ahora podían disfrutar de la compañía del otro después de horas de ajetreo y bullicio, y eso le sonó como el putísimo cielo al chico de ojos morados.
—¿Qué haces, conchudo? —susurró Roier cuando notó que se acercaba.
El chico mexicano era el que llevaba ahora un casco metálico, pero a Spreen no le importó quitárselo y eso fue justo lo que hizo. Sus ojos se encontraron con los marrones y lo que percibió en ellos le hizo sonreír sin darse cuenta.
—Spreen, habla ahora o te juro que—
No comprendió el significado de su dichosa canción, pero era imposible que no entendiera el de un puto beso. Así que, sin previo aviso, su boca se encontró con la suya y sus brazos rodearon su cintura, apretándolo contra su cuerpo. Roier se sobresaltó al principio, tratando de apartarse por si había sido un error, pero el firme agarre le dijo que se dejara de tonterías y que disfrutara del beso, así que Roier cerró los ojos y le correspondió.
Spreen luchó contra el impulso de gemir cuando sintió los largos dedos de Roier enterrarse en sus rizos oscuros. Lo achacó a sus sensibles orejas de oso, crispadas y delicadas al tacto, pero se negó a que se le escapara de la garganta, de forma que mordió el labio inferior de Roier y fue el otro quien dejó salir un gemido vergonzoso.
—Trolo de mierda —murmuró, provocando que Roier soltara una risita.
Se besaron de nuevo y esta vez supo a respuesta. Le puso nombre a ese algo que la estaba llevando a la locura. Le reveló el motivo por el que no podía apartar los ojos de él. Por qué sus cuerpos parecían imanes de lados opuestos. La respuesta estaba en sus labios, en sus ojos y en todo Roier.
—¿Soy el joto aquí, aunque tú seas el besucón?
Spreen enarcó una ceja y se separó de sus labios, sonriendo con suficiencia.
—Sí, ¿y?
Roier se mordió el labio inferior e hizo ademán de estrangular al chico mayor.
—Dios, eres tan exasperante que me dan ganas de besarte otra vez.
—Dale, capo —dijo Spreen—, ese sería el pago por no apostar a que ganaría.
En lugar de estrangularle, Roier le echó los dos brazos al cuello y acabó sonriendo como un idiota enamorado. El argentino era tan tonto a veces.
—¿Acaso herí el pequeño ego de Spreen?
Spreen resopló al ver el mohín burlón de Roier, pero acabó agarrándolo por la cintura una vez más y tirando de él para devorar sus labios rosáceos. Ahí estaba: algo que le volvía loco, algo que le hacía sentirse más vivo que la propia adrenalina y algo que solo podía identificarse como el jodido amor.
