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El rugido del motor la sacó de sus pensamientos.
Julia giró la cabeza buscando algo, mientras sus compañeras de trabajo seguían cuchicheando sobre el hombre alto y risuño que había llegado al centro más tempraño esa mañana, seguido de dos oficiales de policía encantadores hasta las botas. Ella arrugó la nariz con condecendencia: dos de ellos eran innegablemente guapos, al menos bien parecidos, pero nada demasiado fuera de serie o maravilloso como para armar un escándalo.
Se río cuando las chicas lo hicieron, inmersas en sus pequeñas fantasías y los hoyuelos encantadores del oficial de rizos castaños que resultó ser el favorito de todas en la oficina.
—Díos bendíto, que me pegue, me embarace y me abandone. ¿Ya vieron eso? —canturreó Yashira, la rubia torneada del grupo, mientras meneaba provocativamente las caderas.
Julia atrapó los ojos de su marido viéndola desde la distancia, recargado en la motocicleta negra que acababa de comprar con sus ahorros de toda la vida. No era la cosa más genial del mundo, pero era suya, y Daryl parecía tan feliz como un niño obteniendo un premio grande y brillante. Una sonrisa se dbujó en su rostro al verlo tan feliz presumiendo de su logro, también sintió sus mejillas calentarse ante la vista.
Su marido era tan sexy.
Agitó una mano para despedirse de sus amigas y corrió tan rápido como los tacones le permitieron hasta estar frente a él.
—Hey.
—Hey.
Se saludaron. Quería besarlo, no lo hizo. Daryl odiaba las demostraciones de afecto en público, lo hacían sentir expuesto y tonto. Julia lo aceptó, sabiendo que sus compañeras de trabajo los estaban observando con atención y armarían un alboroto ante cualquier interacción que ellos tuvieran. En su lugar, se puso el casco que Daryl le tendía, se sentó detrás de él en la moto y cruzó las manos sobre su pecho para sostenerse.
—¿Fuiste por Dean a la escuela?
—A la hora correcta, sí. Debe estar en casa esperando a que volvamos.
Él era cálido, no por el calor habitual de Georgia o porque él seguramente acababa de volver del trabajo en el taller. Incluso a través del viento que chocaba contra sus cuerpos, Daryl irradiaba un calor que conmovió su corazón. Se recostó sobre su espalda, cerró los ojos y se sintió la mujer más feliz del mundo.
El camino fue corto, más por la costumbre que porque fuera corto en sí. Se detuvieron en el pequeño estacionamiento al frente de la casa y subieron las escaleras hasta su piso. Antes de que pudieran entrar Julia tomó la mano de Daryl para llamar su atención y lo besó en los labios, saboreando cada parte de su boca como si se sintiera completamente hambrienta y desesperada, pero sin ser agresva.
—Esa moto tuya va a hacer que quiera hacerte un hijo.
Daryl sonrió ante eso. Dio un rápido vistazo a su alrededor y le devolvió el beso, sujetándola de la cintura y presionando una mano debajo de la nuca para profundizar el beso, tal como sabía que a ella le gustaba. Como la hacía hervir de locura.
Una linterna se encendió debajo de ellos y los inundó con su luz en la cara.
—Iugh, papá, mamá, eso es horrible.
Se quejó Dean, su hijo, pero sonreía a sus padres desde elpiso de abajo, donde la puerta del departamento de Merle estaba abierta y la luz se colaba a la calle que comenzaba a oscurecerse. Julia tomó nota de los pantaloncillos negros cubiertos de harina blanca antes y la camisa batida de mezcla cuando pasó junto a su hijo para besarle la frente y abrazarlo.
—Ahora, sabandija, quiero oírte decir eso en otros doce años.
Daryl se agachó frente a él y lo levantó sobre sus hombros como si de un niño pequeño se tratara. Dean tenía ocho años, pero era pesado, quizá hasta un poco rellenito. Daryl seguía diciendo que eso lo había sacado por parte de ella mientras lo balanceaba de un lado a otro con peligrosa diversión.
—¿Qué estás haciendo?—preguntó Julia.
—El tío Merle dijo que haríamos brownies para hombres fuertes.
—¡No son de los especiales, pastelito, el tío Merle se está portando bien con la sabandija! —gritó su cuñado desde el interior del departamento.
Julia puso los ojos en blanco: Merle, de todas las cosas. No había sido un buen cuñado al principio, pero tampoco era un mal hombre. Y su relación definitivamente mejoró cuando se mudaron a una casa más grande y separada y ella le enseñó cómo preparar pequeños postres especiales con “harina de la buena” incluida. Daryl se rió por su gesto e ingresaron juntos a la sala de estar.
Detrás de la barra de la cocina estaba Merle. Vestía un enorme mandil amarillo pollo que decía “JÓDEME” en grandes letras rosas por encima de su desgastada camiseta blanca. Batía un tazón de mezcla oscura que parecía cómicamente pequeño en sus enormes manos y se mecía al compás de una canción que Julia no supo reconocer, pero que, de algua forma, sonaba a Merle.
—¿Necesitas ayuda?
Preguntó.
—Puedo cuidar a un niño y cocinar al mismo tiempo, ¿sí, pastelito? Mira a mi hermanito: prácticamente lo crié yo solo y ahora es un macho fuerte y semental. —Julia tuvo que preocuparse ante eso. Daryl era y siempre sería un buen hombre pero, ¿Merle criando a un niño correctamente? El recuerdo del hombre molesto y emocionalmente estreñido que era su marido cuando lo conoció la hizo temblar para sus adentros.
Dean no necesitaba eso.
—Ahora, vayan ustedes dos arriba y arreglen sus mierdas. Le mostraré a la sabandija como hacerse hombre mientras bajan.
—¡Sí, mamá! Haremos pasteles de hombres.
Julia no estaba muy segura, pero asintió. Estaba cansada. Se deslizó hasta el costado de su cuñado y beso suavemente su mejilla. Merle le dedicó una sonrisa burlona a su hermanito y se apresuró a contar una historia sobre unas diosas bronceadas de piernas largas que conoció una vez en la costa del Golfo de México.
La puerta se cerró detrás de ellos y Julia no logró escuchar más de la historia. En cambio, subió con Daryl hasta su casa y entraron en el departamento que seguía a oscuras.
Se movió para encender las luces cuando Daryl envolvió los brazos al rededor de su cintura, pegando peligrosamente su espalda contra su torso tonificado.
—¿Habías dicho algo sobre hacer un hijo?
Murmuró contra su oído, enviando una descarga eléctrica a través de su columna que bajó como estática hasta la punta de sus dedos y las plantas de sus pies. Contuvo el aliento. La imagen de él recargado contra la motocicleta más temprano, con la luz del sol de la tarde bañando sus facciones provocó que sus entrañas se revolvieran y contorcionaran con anhelo. Con lujuria.
Las grandes manos de su marido la guiaron en la oscuridad, dándole la vuelta y pegando sus labios con un deseo carnal insufrible, ardientes como dos encendedores brillando en la oscuridad de la habitación. Entonces Julia se movió dejando un rastro de pequeños besos húmedos a lo largo de su mentón sin barba, bajando por su cuello y demorándose ahí porque sabía que a Daryl le gustaba.
Se separaron por un momento, Daryl se apresuró a quitarse la playera sin mangas que llevaba encima, antes de volver a buscar sus labios con rudeza. Ella lo aceptó, envolviendo los brazos detrás de su cuello y pasando las manos sobre su cabello corto y castaño.
Se paró de puntitas y atrapó la oreja del hombre con su boca, mordiendo su lóbulo y consiguiendo un gemido de su parte. Sonrió.
—Te haré todos los hijos que quieras, pero primero vamos a bañarnos.
Fiel a su promesa, Merle cuidó de Dean hasta que Daryl y Julia fueron a buscarlo un par de horas después, todavía mojados y con la cara roja. Merle se burló a su manera, y Dean se contentó con mostrarle a su mamá el trozo de pastel que había guardado para ella.
Julia, sentada en la mesa con su hijo, su marido y su cuñado, se sintió la mujer más feliz del mundo.
