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La música era lo que le daba sentido a su existencia. Eso y las noches cálidas de verano y el amor de su familia, de la "Bandada". No necesitaba a ningún hombre alto y rubio que la amara. De hecho, no necesitaba a ningún hombre.
Sentada en la orilla del lago, como de costumbre, elevó la voz y comenzó a cantar las tristísima canción del ahorcado, hasta que no pudo evitar echarse a llorar. ¿Qué estaría haciendo Coriolanus ahora, en la gigantesca ciudad del capitolio?
¿Estaría buscando otra chica o matándose a entrenar para ser el mejor, para alimentar ese clasismo que lo corroía por dentro? No, era más complejo. Vivía para su prima y su abuela, tenía amigos y la había amado a ella, aunque no había sido capaz de comprender sus deseos de libertad.
Se lo imaginaba observando las rosas de la terraza, en la penumbra, de noche, incapaz de dormir, con las luces de la ciudad bajo él. Tal vez tendría una buena vida a partir de entonces, pero esta estaría cargada de responsabilidades, de cosas horribles que Lucy no quería ni imaginar.
Se levantó de donde había estado sentada, la orilla del lago en el bosque, donde la joven había pasado gran parte del día e inició el camino de retorno a casa. Esa noche tocaba con la Bandada en el Quemador y tenía que estar en casa al anochecer como tarde.
Echó a caminar por el bosque, lenta, tranquila. Se había llevado poca comida a la cabaña, a pesar de que cada vez pasaba más tiempo allí y que en relativo poco tiempo la naturaleza sería su hogar para siempre.
Fueron largas horas de caminana, horas cansadas y tensas, pues los sinsajos, que la acompañaban de normal en sus tonadillas de paseo, habían ido callando, progresivamente. Sin embargo, lo atribuyó a la proximidad de la noche y con eso se volvió a tranquilizar un poco.
Las cosas se pusieron raras conforme se acercaba más a la alambrada. No era solo que los pájaros hubiesen cedido su canto, sino que estaba pasando algo raro, lo notaba en el aire, en cómo este sonaba.
Conforme más se acercaba más lo notaba, pero tenía que llegar a casa, como fuera, antes del anochecer, simplemente tenía que lograrlo, por su familia, por la Bandada. Sin embargo, cuando ya había llegado prácticamente a la valla cuando lo que había estado temiendo tanto ocurrió.
Eran unos diez hombres o mejor dicho niños, chicos jóvenes con sus armas preparadas para dispararle. Lucy Gray, que sabía que no tenía escapatoria, así que cerró los ojos y comenzó a cantar la más polémica de todas sus canciones, la canción del ahorcado.
Los hombres no tardaron mucho en disparar, tras lo cual su joven cuerpo cayó al suelo mullido del bosque, sin vida.
