Actions

Work Header

Rating:
Archive Warning:
Fandom:
Characters:
Language:
Español
Series:
Part 1 of SLY Shorts
Stats:
Published:
2023-04-27
Words:
2,892
Chapters:
1/1
Kudos:
13
Hits:
101

SLY Shorts 1/10: Demandas

Summary:

Han pasado tres años desde que Helga se mudó de casa y se presenta una oportunidad de aclarar algunos asuntos con su padre ¿será capaz de confrontarlo? ¿Y cómo responderá Bob?

Notes:

- - - - - - - - - - - -  
Esta historia se relaciona con los hechos ocurridos en mi otro Fanfic: Still Loving You
Contiene spoilers de esa historia xD así que sería mejor no leerlo a menos que hayas pasado del capítulo 9

Work Text:

 

–Escucha, viejo– Helga golpeó el escritorio que los separaba con ambas manos. 

El gesto agresivo no asustó al enorme hombre frente a ella, pero fue suficiente para hacerlo alzar un lado de su ceja. 

Su uniceja y una actitud agresiva era lo único que le dejaba en claro que esa adolescente frente a él era la niña , todo lo demás era completamente diferente a la última vez que la vio: había crecido bastante, ya no llevaba su listón, tenía el cabello teñido de rosa y rapado a un costado, como esos estúpidos punkis; y usaba demasiados aros. 

Helga miraba a su padre con desprecio. Llevaba meses atenta a la venta de la avioneta, la última pista de su padre. Desde el divorcio desapareció de la ciudad y ni ella ni Miriam sabían de él. Había faltado a la escuela cuando escuchó que estaría en la ciudad cerrando algunos tratos. 

–Eres un hombre de negocios – continuó explicando Helga – así que esta es mi oferta. Necesito una motocicleta y el dinero para obtener mi licencia. Es eso o una demanda, pero los dos sabemos que eso tomará meses y ninguno tiene tanta paciencia 

–¿Por qué te daría algo? Tú decidiste dejar a la familia 

–Porque soy menor de edad y sigues siendo mi padre, aunque a ninguno de los dos nos agrade la idea 

El hombre la miró con seriedad. 

–No puedo darte nada. Necesito el dinero 

–Perfecto. Nos vemos en la corte 

–Piensa en tu hermana 

–¿Por qué me importaría Olga? 

–No en Olga, ¿Ella no te dijo? Tendré otra hija 

Helga logró evitar que su mandíbula cayera. Eso explicaba que Bob tuviera mejor vestuario, más musculatura y un poco menos de panza. ¡Claro! Estaba con alguien. 

–¿Cuándo? 

–En cinco meses… quizá la primera semana de octubre 

<<Cerca del cumpleaños de Arnold≥> 

–La tercera es la vencida, ¿No? – comentó la chica –. Intenta no arruinarlo está vez 

–Olga salió bien 

–Tú y yo sabemos que eso no es cierto 

Olga era todo un caso. Aunque Miriam le dijo a Helga que todavía hablaba con frecuencia con ella y las dos sabían que la mayor de las hermanas Pataki seguía en contacto con Bob, no les contaba nada sobre él. En cierto modo la mayor culpaba un poco a ambas por “abandonar” a su padre. 

Helga se calmó un poco y se sentó. 

–El asunto es, Bob, que necesito la motocicleta para trabajar. En bicicleta se reduce mi alcance y aumenta el tiempo. Pero en consideración a las circunstancias, este es el nuevo trato: Cómprame la maldita motocicleta como compensación por todo y jamás volveré a tocar el tema, contigo o con nadie. Préstame el dinero para el curso, dura dos meses, te lo devolveré en tres pagos, así tendrás esa parte de a tiempo para el parto 

El hombre la miró, confundido. 

–No soy idiota, sé que la salud es costosa y los bebés también – añadió la chica. 

–Es un trato 

Bob le ofreció la mano y ella la estrechó segura. 

–Ahora vete 

–El cliente no llegará hasta las dos 

–¿Cómo lo sabes? 

–Tengo mis contactos 

Hubo un silencio incómodo. 

–¿Cómo se llama? – dijo la chica, rascando su brazo. 

–¿Quién? 

–Tu nueva esposa 

–Veo que Olga no les ha dicho mucho 

–No hablo con ella 

Bob miró a la chiquilla frente a él, lucía triste y eran pocos los recuerdos que tenía de ella así. Enojada o frustrada eran un montón, pero siempre pensó que era un tema de actitud. Y como no estaba triste, herida o enferma, él pensaba que su trabajo estaba hecho. Tenía un techo sobre su cabeza, una cama decente, ropa limpia y tres comidas… 

No, las comidas eran responsabilidad de Miriam y ella no estaba en condiciones de asegurarlas. Cuando la niña se fue, discutieron al respecto, él la culpó de todo por semanas hasta que su entonces esposa decidió que no quería seguir así. 

–Stella –dijo Bob. 

<<¿Qué clase de chiste es este?>> 

–¿Y hace cuánto se casaron? –continuó la chica. 

–En cuanto supe que estaba embarazada… hace unos meses 

–Supongo que no fue una gran boda 

–No 

–Criminal–Helga medio sonrió–¿Sabe de la familia que tuviste? 

–Sabe que me divorcié de una mujer alcohólica 

–Miriam ya lo dejó 

–Bien por ella 

–¿Sabe de mí o siquiera de Olga? 

–Olga ya la conoce 

–Y supongo que yo no existo 

–Tú te fuiste 

Helga iba a concederle ese punto. 

–¿La amas? 

El hombre sabía que le preguntaba sobre su nueva esposa, pero él pensó en la madre de la niña, porque fue lo último que le dijo antes de salir de la tienda con sus maletas: ¿me amas? 

Alguna vez fue el hombre que conquistó a la hermosa nadadora olímpica que era Miriam, una joven simpática, graciosa, agradable y cariñosa. ¿Y qué pasó con ellos? Lo que suele pasar: el romance dio paso a una propuesta con anillos, que llevó a una boda, que llevó a un embarazo. Olga dio bastante trabajo, su esposa apenas dormía y él siempre trabajaba, pero pronto la mayor de sus hijas demostró tener la victoria en la sangre, los esfuerzos con ella valieron la pena y Olga se convirtió en su orgullo. 

Con la niña, la ahora adolescente frente a él, las cosas fueron diferentes. Olga seguía siendo su estrella y necesitaba potenciarla. La pequeña era problema de su madre hasta que pudiera hacer algo de valor, así que ¿por qué iba a prestarle atención? 

Con los años Olga se fue a la universidad y Miriam se perdió. La niña podía cuidarse sola, así que nada le impedía beber hasta dormir. Al principio era de vez en cuando, pero cuando se dio cuenta ya era cotidiano. Y él no fue capaz de afrontarlo a tiempo. ¿Por qué iba a hacerlo? Hacía su parte, pagaba las cuentas dirigiendo un imperio. 

Pero su reino cayó y como un castillo de naipes, todo en su vida se fue desmoronando. 

Después del divorcio se fue de la ciudad, invirtió el dinero que tenía en un nuevo negocio. Compró un espacio donde podía poner una tienda al frente y vivir en la parte de atrás. El negocio prosperó. 

Stella tenía apenas treinta, trabajaba cerca y pasaba a diario por afuera de su tienda. Un día se quedó mirando las nuevas computadoras portátiles y entró a preguntar algunas cosas. Luego siguió yendo por semanas sin decidirse por ningún modelo y era que no le interesaba ninguno. Invitó a salir a Bob cuando estuvo segura de que estaba soltero y disponible. Era graciosa, lista, paciente y segura. 

Amar sonaba infantil, ese matrimonio no fue planeado, tampoco el embarazo, pero ella le contó lo que quería. Bob pensaba que ya se había desligado de la vieja familia y no le molestaba empezar una nueva, pero el dinero no sobraba y su nuevo negocio no era el gran monopolio de la ciudad. 

–Bueno… supongo que sí– respondió incómodo –. Stella es joven, ella quería ser madre, yo solo acepté, ella es un buen partido 

–Suena como si lo hubieras negociado 

–Todo en esta vida son negocios 

–No todo, Bob, pero no me sorprende que no lo entiendas – Se encogió de hombros.–. Después de todo, lo único que preguntaste cuando me fui era cuánto te iba a costar 

Ambos apartaron la mirada. 

–¿Estás... emocionado... por tener otra hija? – quiso saber. 

–No diría que emocionado, niña 

Bien, era su último esfuerzo de ser cordial.  

La chica abrió su mochila, sacó una hoja de su cuaderno y anotó rápidamente. 

–Envíame un cheque a esta dirección – dijo, entregándole el papel –, lo recibirá una amiga. Si voy a cobrarlo y no tiene fondos, sabrás de mí y no de buena forma – Dejó escapar un bufido molesto. –Cuando tengas a tu nueva hija, no olvides decirle que la amas, no la presiones para ser la mejor, alégrate cuando lo sea y dale consuelo cuando no. Estaré al pendiente de ella, de alguna forma… y si me entero que la está pasando mal, tu esposa sabrá de mí y del pésimo padre que fuiste 

–No vengas a amenazarme 

–Tú no me interesas. No quiero que esa niña se sienta tan abandonada y despreciada como me hiciste sentir 

–Te alimenté, te vestí y tenías un techo sobre tu cabeza 

–Miriam dejó de alimentarme, compraba mi ropa con mi mesada y ya tenías la casa cuando yo llegué– rodó los ojos– así que no, Bob, no me hiciste un favor, deja de actuar como si lo hubieras hecho. Los niños necesitan dedicación, necesitan afecto 

–Cursilerías 

Helga apretó los párpados. No valía la pena discutir con él. 

–Me hubiera gustado tener más momentos como cuando nos reímos de lo patético que era ese estúpido musical. Tal vez las cosas hubieran sido distintas. ¿sabes? Y aunque deteste admitirlo, sé que tenemos más en común que este carácter del demonio… pero supongo que una niña pequeña no tiene cabida en tu mundo si no es levantando trofeos. Adiós Bob, tienes una semana para enviar el cheque o haré que servicios sociales te encuentre 

Helga se puso de pie y caminó hasta la puerta con decisión. Se había prometido que no rogaría y que no mostraría debilidad. Solo era entrar, negociar y salir. 

–No te enviaré un cheque– dijo de pronto Bob. 

Helga volteó, furiosa, dispuesta a discutir, pero su padre evitaba su mirada con incomodidad y lo extraño de la imagen la descolocó. 

–Estaré en la ciudad hasta el domingo– añadió el hombre, rascando su nuca–. Podemos ir a ver tu motocicleta mañana cuando salgas de clases 

– Hecho 

– ¿Todavía te gusta Wrestlemania? 

–Sí– respondió por inercia, no entendía lo que estaba pasando. 

–Tengo algunos contactos, podemos ir al show del sábado. ¿Qué dices? 

–Seguro, Bob 

La chica lo miró un minuto. 

–¿No piensas escapar de la ciudad? – añadió cruzando los brazos y mirándolo con suspicacia. 

–No–explicó con seriedad– Sabes que soy un hombre de negocios y todavía tengo varias cosas que hacer. Así que ese es el trato: te compraré tu motocicleta y te prestaré el dinero para que saques tu licencia, pero iré contigo a inscribirte 

–¿Qué? 

–Y ya que faltaste a clases, ¿por qué no te quedas a almorzar? 

–No, Bob–Helga suspiró –Mira, sé lo que estás haciendo y esto no arregla nada, pero lo aprecio–medio sonrió con tristeza–Podemos ir mañana a ver la motocicleta y hacer el papeleo del curso. Y el sábado iremos a las luchas. Pero hoy no me quedaré a comer contigo, no estoy de humor 

–Lo entiendo 

–Dicen que es mejor tarde que nunca– lo dijo con cierto sarcasmo–. Mañana a las cuatro en el centro comercial 

–Mañana a las cuatro 

–No hagas que me arrepienta, Bob 

 

La chica salió de la oficina que sabía que su padre había rentado por el día para darse aire de gran hombre de negocios. 

–¿Qué piensa? –murmuraba furiosa, camino a la parada del autobús– ¿Qué acaso cree que tengo seis años? ¿Qué con un par de regalos y un paseo puede arreglar las cosas? 

No alcanzó a sentarse en la banca cuando notó que el autobús que le servía se aproximaba. 

–Gracias, Bob, por considerarme otra vez tu hija–dijo, levantando los brazos. 

El vehículo se detuvo y ella subió. Caminó por el pasillo mascullando con molestia y se dejó caer en uno de los asientos del fondo. 

Notó algunas miradas preocupadas a su alrededor. Bufó cruzando los brazos. 

Perfecto, lo que le faltaba, preocupación de extraños en la calle. 

Sabía que su aspecto intimidaba o incomodaba a varios adultos y ancianos. Eso estaba bien. Pero de vez en cuando se cruzaba con la mirada compasiva de alguien que negaba sutilmente, como diciendo “pobre niña”. 

Y lo detestaba. 

Ella era Helga G. Pataki y no necesitaba la lástima de nadie. 

Sacó su teléfono y se dio cuenta que podía llegar a la última clase del día. Tal vez podía hablarle a Phoebe o a Lila de lo que había pasado. En ese momento necesitaba la compañía de alguna de ellas. 

Miró otra vez alrededor. No había nadie conocido cerca. 

Sacó de entre su ropa su viejo relicario con forma de corazón. 

–Oh, mi amado Arnold–dijo entre suspiros– Si tan solo estuvieras aquí... ¿qué consejo me darías? ¿Dirías que le dé una oportunidad de enmendarse? ¿Qué todos cometemos errores? ¿Qué valore que al menos lo está intentando? 

Observó extasiada la fotografía en la que el chico sonreía. Se la había enviado desde San Lorenzo, antes que ella le pidiera que dejara de escribirle. 

–Oh, mi amado Arnold, tan correcto, tan justo, tan ingenuo – frunció el ceño–. Cómo te desprecio... y aunque no sé cuándo vas a volver o siquiera si volverás algún día, te sigo extrañando. Oh, mi pobre corazón, aferrado a estos profundos sentimientos – Guardó su relicario– Está bien, sé lo que debo hacer y lo haré. Son solo dos tardes de mi vida. ¿Qué tan malo puede ser? 

 

Fue horrible.  

Tanto ella como su padre estuvieron incómodos todo el tiempo, esforzándose al comienzo por hacer conversación y tratarse mutuamente como personas. Además, todo el proceso de la inscripción en la escuela de manejo, el papeleo y la burocracia fueron aburridos. Al menos cuando llegaron a la tienda, todo para Helga se volvió maravilloso. Consultó con entusiasmo por los modelos, marcas, velocidad y otros detalles. Le comentó al vendedor que un chico mayor de la escuela le recomendó la tienda y en cuanto mencionó su nombre, el tipo pasó de ser frío a una persona agradable y confiada, incluso le dijo que su nombre era Jerry. Hablaron durante largos minutos de las posibilidades, hasta que encontraron algo adecuado para la chica. Bob solo intervino para negociar algunos descuentos y preguntar por posibles mejoras. 

Cuando se despidieron, ambos repetían en su cabeza que solo quedaba el evento de lucha y que al menos ahí no tendrían que hablar. Acordaron verse en la entrada y Bob ya había reservado dos lugares VIP. Así que no había de qué preocuparse. Excepto... 

Excepto que no dejaba de pensar que su hija había mencionado a un muchacho que conducía una motocicleta. ¿Acaso era su novio? ¿Se juntaba con delincuentes? ¿Por eso tenía ese aspecto tan rebelde? ¿Y qué acaso Miriam no era capaz de decirle que todo eso estaba mal? ¿Y por qué sus nuevos tutores no la controlaban? ¿Y qué pasaba en la escuela que le permitían asistir con esas fachas? ¿Seguía asistiendo a la escuela con regularidad o vivía al borde de la expulsión? ¿Se estaba convirtiendo en un desastre? 

Intentó no pensar en eso, pero no pudo evitarlo y cuando llegó a las puertas de la arena, estaba enfadado. Podía ser que no fuera su problema, pero no se iría de la ciudad sin hablar un par de cosas con su hija. 

Helga no reparó en el mal humor de Bob, la simple idea de ver a sus ídolos de las luchas en primera fila la entusiasmaba demasiado. Además, el hombre siempre fue gruñón, eso no era precisamente una novedad, quizá un negocio no salió como esperaba o el almuerzo le cayó pesado. Nada de eso era asunto suyo. 

Al interior del recinto la música y los gritos hicieron imposible conversar y por suerte el espectáculo comenzó no más de diez minutos después que encontraron sus lugares. 

Helga se puso de pie y gritaba los movimientos y técnicas, aplaudiendo emocionada. Pronto Bob se unió, olvidando sus preocupaciones. Tal vez la niña no era como Olga y con esa actitud y personalidad, se dio cuenta que el último de sus problemas debía ser que saliera con un chico, ¿quién iba a estar tan loco para aguantarla? No era femenina ni delicada. Si acaso la miraba alguien, lo más probable era que le tuvieran miedo.  

No iba a decirlo, pero se dio cuenta que sentía algo similar al orgullo y una gran culpa. La niña realmente estaba mejor sin él y Miriam. 

Cuando el espectáculo terminó, los dos salieron más relajados. Comentando entre risas los momentos más intensos e interesantes de las peleas de esa noche. 

–Fueron buenas pelea– dijo de pronto la chica, sacando su teléfono celular.  

Bob vio que respondía un mensaje en esos malditos celulares. Aunque ya tenía uno, no lograba acostumbrarse. 

–Debo irme–añadió mientras guardaba el aparato. 

–Así que ahora tienes novio– comentó su padre incómodo. 

–¿Quién? ¿Yo? No, claro que no. Iré a estudiar con mis amigas– dijo con una naturalidad tal, que cualquiera podría haber notado que no mentía. 

–Ya veo– sonrió. 

–Gracias por esto, Bob–Helga sonrió de vuelta –Trata de ser así con tu nueva hija, aunque sea de vez en cuando... ¿sí? 

–Lo intentaré 

Helga se encogió de hombros. 

–Suerte 

–Gracias niña-digo Helga 

–Adiós, Bob 

La chica detuvo un taxi y se subió, dando indicaciones tras cerrar la puerta. 

El hombre la vio partir. Ella no volteó a despedirse por última vez. Fue como cuando se marchó de la tienda. Bob entendió que perdió la oportunidad de formar un vínculo con ella y que ya no había forma de arreglar las cosas. Pero bueno, tampoco era su trabajo. La niña decidió irse y aunque él no fue él padre que ella quería, hizo lo que un hombre debía hacer por su familia. 

Por fortuna para él, la vida le estaba dando otra oportunidad y aunque no fuera a reconocerlo, los comentarios de la chica se quedarían en su cabeza. 

Series this work belongs to: