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Una cara angelical, facciones consideradas perfectas para cualquiera; cabello rubio y brillante, era como si cada hebra en su cabeza fuera un hilo hecho de oro puro; piel pálida y suave, era fácil ver lo mucho que cuidaba su persona; labios siempre curvados en una sonrisa, tan hermosa que te dejaba sin habla por sólo verla; y ojos… joder, esos hermosos ojos, tan cálidos y brillantes como el mismísimo sol.
Aether era la personificación misma de una estrella caída del cielo mismo.
No había nada ni nadie que no lo notara, por eso no era tan anormal que muchos lo buscaran o siguieran, hasta el ser más arisco y agnóstico de todo Teyvat caía ante la belleza tan natural del joven viajero creyéndolo una deidad misma.
Aunque tal vez lo era, tal vez no, lo único concreto era lo brillante y atrayente de su aura.
Por eso, nadie lograba entender qué ocurrió.
Un día todo el brillante ser angelical que Aether se desvaneció en un abrir y cerrar de ojos, tampoco era como si hubiera desaparecido o muerto; un día, simplemente… todo su ser se apagó.
Era como una estrella que había perdido toda su luz en un abrir y cerrar de ojos.
Su rostro, antes adornado de facciones angelicales y exóticas, ahora lucía demacrado y destruido; su cabello, antes tan brillante como el oro de la mismísima mora, estaba tan opaco y seco como la paja; la sonrisa que antes iluminaba toda una habitación, ahora lucía tan cansada que sólo demostraba su dolor interior.
Incluso esos hermosos ojos dorados que una vez brillaron como dos estrellas, estaban apagados, opacados por lo que fuera que destruyó el resplandor tan único que Aether tuvo.
Hasta que simplemente, en la que pudo haber sido la noche más oscura en Teyvat, esas estrellas se apagaron.
Aunque nadie lo había visto en su momento, todo el mundo se dio cuenta, la presencia de Aether era exactamente la misma que las hermosas estrellas que iluminaban el cielo nocturno… la ausencia de aquellos astros, demostraba el deceso del joven.
Y sólo se reafirmó cuando en una de las montañas que algunas fueron los cuernos del adeptus Guia de los Cielos, una espada desgastada se alzaba con su mango cubierto por la inconfundible bufanda que Aether portaba con tanto orgullo… sí, el día en que se encontró aquellos objetos, el mundo se plantó en un luto silencioso por la pérdida de su hermosa, misteriosa y altruista estrella aventurera…
—... Estrella que yo asesine, ¿no?
—...
—... Xiao-fùqin, ¿podría al menos fingir que sólo exagero o miento? —un joven de cabellos rubios y mechones oscuros y verdosos, atados por una larga trenza, y un arete dorado con forma de estrella en su oreja derecha, hablo sentado con sus piernas cruzadas mientras volteaba a ver a su padre… aunque en todos esos años, jamás supo si realmente podían considerarse como un padre y su hijo, el muro imaginario que el Yaksha había puesto entre ambos desde que el otro nació nunca, pero nunca, flaqueo; incluso ahora, el menor con la trenza sentía la indiferencia de su padre biológico hacía su persona.
—Mentir es algo que sólo los humanos hacen, los adeptus no tenemos esa necesidad.
Fue todo lo que el mayor le dijo al rubio mientras desaparecía como si nada usando su habilidad, el joven sólo observó el lugar donde su progenitor estaba hace un segundo antes de reírse y devolvía su vista hasta el cielo nocturno, recordando más cosas que escuchó a lo largo de su vida.
—Los demás niños estaban hablando de algo sobre el día de las madres…
— …
—¿Yo también tengo madre? —había sido una pregunta ingenua, no sabía la respuesta y necesitaba una, la que fuera— Baba-Xiao-.
—Sí, tuviste —aquella respuesta le sorprendió, más aún por el tono que su padre había usado, era uno que expresaba emociones… emociones reales—. Tuviste a alguien que era tu madre…
—¿De verdad? ¿¡Y dónde-!?
—Murió poco después de que naciste. Al parecer, su destino, y el de toda su gente, era fallecer en cuanto naciera su primogénito.
—… ¿Primogénito…? —volvió a preguntar, sabía tanto como tan poco del mundo y sus palabras, su padre y su larga edad eran toda su fuente de conocimiento, eso sin contar a la señora jefa, Huaian-yéye, Yanxiao-gēge, o la señorita de cabellos blancos que a veces lo iba a visitar, aunque ellos pocas veces solían mirarlo o hablarle, no le trataban con la misma indiferencia que su padre le miraba ahora y estaba tan acostumbrado.
—Primer hijo… su primer y único hijo sería el causante de su muerte.
—… ¿E-Eso significa que…?
—Si hubiera sido por mí.. —su padre volvió a verlo, sus ojos se veían más brillantes a lo normal, tal vez por las lágrimas acumuladas de la gran verdad que estaba por decirle— Por mí… no debería haber ocurrido el milagro de las estrellas.
¿Cuánto tiempo pensó en esas palabras? Simple, pensó en ellas en todo momento.
Su madre había muerto después de tenerle, si él no hubiera nacido, su padre sería feliz, todo el mundo sería feliz. Porque si las estrellas no hubieran concedido el milagro de darle vida, su madre seguiría con vida… no, Aether, la persona que le dio a luz, todavía estaría con vida, la más destacante y única estrella de Teyvat estaría con vida, iluminando la vida de cualquiera con su sola presencia.
Por eso, no debía dudar más.
—Xiao-fùqin, me voy.
—... —siempre estaba donde mismo, siempre estaba en el balcón de la posada Wangshu mirando a las estrellas con nostalgia y dolor… Al menos, lo hacía hasta que él aparecía y le hablaba, era entonces que su mirada cambiaba a la estoica e indiferente de siempre.
—... Iré a buscar el milagro de las estrellas.
—¿Qué cosa?
—Iré en busca del milagro de las estrellas, el milagro de vida que las estrellas conceden… el mismo milagro que me dio vida a mí, creo que puede darle nuevamente vida a mamá… —debía aferrarse a esa creencia, debía hacerlo por su bien y el de su padre; aún cuando inconscientemente sólo deseaba que su padre lo detuviera de irse— Creo firmemente en que si encuentro ese milagro, mamá podrá revivir. Lo juro ante mamá y Morax.
—... Adelante.
—...
—Pero ya lo juraste ante tu madre y mi señor —fue toda la respuesta que recibió y en ella casi le pareció sentir algo de burla—, no vuelvas con las manos vacías.
—... No lo haré.
Y esa fue su última conversación como padre e hijo… En realidad, fue su última conversación en sí, porque al amanecer, él había partido en busca de aquel milagro, que ni siquiera sabía si existía… y de existir, ¿quién podría detenerlo del alto precio que debiera pagar por él?
(...)
—¿Có-cómo… ¡Cómo es eso de que morirás!?
—Esa… Esa es la naturaleza de mi gente… —era horrible verle; su cabellera rubia se había oscurecido hasta parecer maleza de pantano; su piel estaba tan pálida que parecía un verdadero cadáver; lo único que parecía mantenerse igual en su amado, era el hermoso brillo en sus ojos.
Aquel brillo, tan hermoso, tan único… que lo dejaba sin habla sin importar lo que hiciera y lo enamoraba cada vez más del otro, ese brillo era lo único que le impedía creer la estupidez que Aether le decía sobre que iba a morir… que iba a morir después de tener a su único hijo en común dentro de un par de días.
—¿T-Tu gente…? —pregunto indagando un poco, quería escuchar todo el argumento estúpido que Aether quería usar para justificar sus afirmaciones, y el hablar de su gente era algo nuevo para él.
—Sí; mi gente… es difícil pronunciar su nombre… en la lengua de Teyvat… pero también somos llamados “Los niños de las estrellas”.
—Jamás escuche de ustedes-.
—No me sorprende~ —le interrumpió riendo, aún cuando su sonrisa demostraba cansancio, era el único que podía notar lo genuinamente feliz que era, en especial mientras acariciaba tan dulcemente su estómago apenas hinchado… donde se supone que dentro hay una nueva vida, de ya casi nueve meses de gestación se debería mostrar—. No somos de Teyvat, mi gente es de más allá del cielo… llamame “extraterrestre” si quieres, no serías el primero en hacerlo, Xiao.
—Jamás podría llamarte así… —y entonces volvió a reírse, esta vez lo hizo tosiendo y sólo después de acercarse a ayudarlo es que vio la sangre salir de su boca; tragó en seco, totalmente horrorizado mientras aguantaba sus lágrimas y lo ayudaba acomodarse en la cama de su habitación.
Aether había llegado a la posada, pidiendo una habitación de forma indefinida, Verr Goldet se sintió extrañada… pero obedeció y le dio la habitación, incluyendo el “costo” de esta, aunque por el nivel de cariño y confianza que había entre Aether y las siete estrellas de Liyue, era obvio que ese costo sólo era una formalidad de apariencias; si el rubio deseaba quedarse ahí y hacer de ese lugar su base de operaciones, nadie se opondría. Desde entonces, apenas había salido de su cuarto, siendo él quien se ocupaba de mensajero para Aether y el personal de la posada…
—Moriré cuando nazca este niño… nuestro niño, nuestro hijo… de aquella noche estrellada con luna llena —recordaba esa noche, su relación era secreta por ciertos motivos, que ya ni recordaba, pero encontraba inaceptable olvidar las pocas noches que pasaron juntos volviéndose uno—. El destino de mi gente es simple… “Debe haber un equilibrio… cuando una estrella nace, otra debe morir para darle un lugar.”
—Eso significa…
—Si, lo mismo fue con mi madre… y su madre… y su madre… y así de forma infinita… hasta el inicio de mi gente… a veces nacen mellizos, como mi hermana y yo… en otras nace un sólo niño… como es nuestro caso ahora~.
Volvió a reírse, ahora lo hacía mientras se acomodaba entre sus brazos, tratando de procesar la información recién recibida; Aether, por su parte, parecía haberse resignado a su destino tan fácilmente… que lo odiaba.
—Aether-.
—Quise parir aquí porque quiero que cuides de este niño por mí —el de ojos dorados y brillantes, como las estrellas, volvió a hablar, esta vez soltando cualquier aire que retuviera—, yo moriré en cuanto respire por primera vez… pero no quiero irme pensando… que nuestro hijo estará en peligro desde recién nacido… ¿sabes? Quiero… Quiero que crezca protegido… que crezca sano y fuerte… para que cuando sea el momento… comience su propia aventura… ¿Y qué mejor protector… que su propio padre~?
—Te prometo… te prometo que cuidaré bien de ese niño…
—Sé que lo harás… siempre proteges a todos… es una de las cosas que me hizo… enamorarme tan profundo de tí…
Esa fue su última conversación. Aether entró en labor al día siguiente; sólo estuvieron ellos… y cuando llegó el momento, ese niño también, que contrario a las expectativas de Xiao, tenía claras señales de ser su hijo… lo cual empeoraba todo en su mente.
—Mephisto… su nombre es… Mephisto…
Aquellas fueron las últimas palabras de Aether, el nombre de su único hijo; porque cumpliendo las palabras de su hermosa estrella, en cuanto ese niño nació… Aether murió.
Sus hermosos ojos dorados se oscurecieron hasta lucir completamente apagados, sin un ápice de vida en ellos… no era una vista que le agradara ver, aún cuando entre los brazos de su cadáver, envuelto en una toalla, mantas y la bufanda de su madre, estuviera el recién nacido que había provocado toda esa escena, llorando desesperado por algo de calor y atención.
Tomó con cuidado a Mephisto entre sus brazos mientras tomaba la fría y muerta mano de Aether, esperando que eso le hiciera reaccionar… pero por el contrario, y de un modo literal, todo el cuerpo de Aether se comenzó a destruir. Como si de una frágil muñeca se tratara, todo el cuerpo de Aether se hizo trizas hasta desaparecer… dejando solamente una estrella, una pequeña estrella cuyo brillo era único a sus ojos… esa estrella, era todo lo que le quedaba de su gran amor.
Entonces… ¿por qué le había entregado esa estrella a Mephisto?
