Work Text:
Las bebidas y bocadillos habían repuesto el ánimo de los sobrevivientes.
Era una mañana de junio que prometía, histórica en todo el sentido de la palabra. Había un ambiente de jolgorio palpitando en el tren, aún después de dejar atrás el apartadero donde cientos de civiles los recibieron como héroes pese a no traerles ninguna victoria. Tommy, encogido en su sitio y aparentando dormir, recordaba las palabras de un viejo que repartía mantas en Weymouth: «Es suficiente», había dicho mientras sus ojos ciegos seguían clavados sobre una mesa.
¿En serio fue suficiente?
Tommy podía haber hecho algo más que sobrevivir. Como mucho defender la vida de ese pobre francés disfrazado de británico. A fin de cuentas, ¿quiénes eran todas esas almas ocultas en el barco pesquero para negarle huir del infierno igual que ellos? Ya es tarde, se decía a si mismo y renegaba por su falta de firmeza. Renegaba de la bulla obscena que se había desatado en el tren y no lo dejaba dormir. Pero sobre todo renegaba de Alex, el maldito responsable que tenía delante riéndose como hiena igual que el resto.
—No sé ustedes… —Escuchaba resonar su voz achispada—, pero entre cavar un túnel en esa puta playa o confiar mi vida a los franchutes, escogía la primera opción. Un hueco en la arena con mis manos es más de fiar que esperar a que esa gente haga algo bien. Ah, y nuestra aviación no se queda atrás. Más lenta que un bicho pegajoso, ¿no creen?
Un enredo de voces furibundas coincidió automáticamente con él:
—¡Malditos poilus, nos dejaron en la estacada!
—¡La RAF va a pagarlo todas juntas!
—¡Si pudiera ponerles las jodidas manos encima!
—En fin —concluyó Alex—. La sorpresa que se llevarán en casa cuando nos vean de una pieza. Aparte de las extremidades, tenemos hasta las pelotas en su sitio.
Estalló la risa. Manos ajenas golpeaban la mesa festejando la gracia. Tommy, procurando hacer caso omiso, esperaba que el sueño de nuevo lo venciera.
—Habrá que decírselo a Churchill —dijo alguien.
—Oh, sí —aprobó Alex y su voz achispada se puso elegante—. Señor Primer Ministro, la Fuerza Expedicionaria le saluda de una pieza. Nadie se cagó ni se orinó. Incluso tenemos las pelotas en su sitio. ¿No me cree? Me bajo los pantalones para que los vea.
La risa esta vez alcanzó un punto histérico y Tommy no pudo evitar fruncir los labios con rabia contenida. Abrió los ojos de golpe cuando un brazo chocó bruscamente contra sus rodillas. Alguien pretendía sentarse a su lado y Tommy se vio obligado a bajar los pies del asiento.
El enredo de voces protestó divertido:
—¡Eh, no lo jodas! ¡Estaba soñando como un angelito!
Tommy observó alrededor, apunto de soltar un joder al descubrir que en su compartimento había una decena de soldados, apestando a combustible igual que él, que compartían con Alex como si se tratara del anfitrión de una fiesta. La mesa estaba atiborrada de botellas, cenizas de los cigarrillos que se fumaban y el periódico del día olvidado junto a la ventana. Dos hombres se habían embutido en el asiento de Alex que no se quejaba por la falta de espacio y Tommy reconoció en sus rostros a dos de los Highlanders del barco pesquero. Y había un tercero; el que acababa de sentarse a su lado era quien apuntó al falso Gibson con el fusil.
—Compañero, al fin te despiertas. —Alex sonrió detrás de una nube de humo. Elevando su mirada por encima de la cabeza de Tommy, añadió—: Mungo, idiota, ya puedes estar devolviéndole su cerveza.
Tommy se giró. Encaramado sobre su asiento había un soldado con cara de borracho que pretendía devolvérsela medio vacía y en la cabeza de Tommy surgió el recuerdo de Gibson ofreciéndole la cantimplora.
La rechazó.
—¿Cuánto falta para llegar a la estación? ―preguntó Tommy.
—Lo que tenga que faltar me imagino —contestó con desdén el Higlander sentado a su lado—. Capaz la prensa te espere allí con un Bordeaux.
—Yo quiero eso —balbuceó el tipo encaramado sobre el asiento.
—Ya estás que no das más, Mungo —se burló Alex—. Pero adelante si no te importa celebrar el no haber disparado ni un tiro. Total, salvar el culo ahora es la victoria.
El resto de hombres largó otra risotada.
—Por cierto, ¿quién más tiene arena en las malditas botas? —preguntó Alex al cabo de un rato—. Me está sacando de quicio.
—Yo tengo en donde no me da el sol, imagínate —comentó un soldado.
—¿Hemorroides? —lo fastidió otro.
—Imbécil.
—El pobre Dennis acabó con más arena que tú, ¿recuerdas?
—Sí, sí, sepultado como guijarro en Dunkerque.
Tommy se turbó ante la mención de esa playa e imaginó a Gibson flotando sin vida en la negrura del mar. Sus ojos cerrados para siempre, antes le habían mirado suplicantes, como si su futuro dependiera de lo que Tommy hiciera. Pero él nada pudo hacer. Ni contra Alex ni contra el resto de hombres que respaldaron su acusación. Su tumba sería en adelante un barco de pesca holandés, y estos idiotas carcajeándose como si no faltara nadie en este mundo.
De pronto una lluvia de cerveza lo sorprendió al caerle encima. El soldado encaramado sobre su asiento parecía ido luego de un ataque de tos.
—Oye, mira lo que haces —se quejó, Tommy, enseñando los dientes.
—Caramba, pero si éste tenía carácter —soltó alguien.
—¡Bah! Que aburrido eres —intervino Alex—. Y ya que no te beberás nada, mínimo fúmate algo.
—¿Un cigarrillo? —Uno de los escoceses de enfrente le ofreció—. Me queda uno.
—Trae eso, se me ocurrió algo —El Highlander junto a Tommy le quitó el cigarrillo a su compañero y se lo colocó entre los dientes. Cogió el periódico junto a la ventana y se puso de pie. Leyó —:
«Defenderemos nuestra isla, al precio que sea.
Lucharemos en las playas, lucharemos en los aeródromos.
Lucharemos en los campos y en las calles.
Lucharemos en las colinas.
¡Nunca nos rendiremos!»
La imitación fue recibida entre jarana y aplausos festivos. El chistoso volvió a sentarse, arrimando el trasero con brusquedad hacia Tommy para hacerle hueco a un tercer soldado. El costado de Tommy dolía, su cadera dolía. Si tuviese la manta la usaría de barrera, pero Alex se la había robado y, por lo visto, se había sentado encima de ella.
—¿Puedes ponerte un poco más allá? —Tommy volvió a quejarse.
—Tranquilo, perro rabioso. Ya estarás en casita con mami.
—A propósito, mi madre prepara unas ricas tartas para chuparse los dedos —comentó Alex—. Si te portas bonito, Tommy, no te lo vas a perder. Seguro que me está esperando con todo dispuesto en la mesa.
—¿Quién demonios quiere eso? —dijo otro con desdén.
—Eh, cuida tu lengua. Si nadie quiere, jodanse. Así nos quedará mucho para él y para mí. ¿No es cierto, Tommy?
Tommy se preguntó a qué se debía esa cochina amabilidad. Quiso refregarle en la cara sus verdades, pero resolvió contenerse. En su lugar, Gibson acudió a su mente. Imaginó su cadáver flotando al interior del barco pesquero, la cadena todavía enganchada en él. Sin proponérselo, su imaginación fue más allá: el cadáver volvía en sí como si todo este tiempo se hubiese tratado de un desmayo; de su boca escapaban miles de burbujas. Desesperado, se sacaba del bolsillo un cuchillo. El cuchillo trabajaba con eficacia y Gibson conseguía liberarse, emergiendo por fin a la superficie. El terror en su cara al verse rodeado de la nada, después el alivio cuando un barco británico, cargado de soldados franceses, venía a su rescate.
Aquello a Tommy se le antojó vívido. Al minuto, le surgieron preguntas:
¿Y si Gibson no estaba muerto?
¿Y si logró escapar del barco pesquero?
¿Y si un barco civil lo rescató?
¿Y si abordó también este tren y Tommy no lo sabía?
Hasta el momento la guerra nunca lo había vuelto religioso, pero la fe que ahora reunía le instaba a buscar la única respuesta a todas sus preguntas. Fastidiado todavía por la falta de espacio se inclinó hacia adelante, pero, por más que lo intentase, era un caso perdido.
—¡Miren, aquí viene la RAF!
El periódico con el discurso de Churchill se había convertido en avioncitos de papel que volaban en todas direcciones y picaban los ojos a varios desafortunados. Para Tommy era un cuadro patético ver a un montón de borrachos jugar como colegiales. Al mirar por la ventana descubrió que el tren poco a poco aminoraba su velocidad. Nadie más que él notó que acababan de llegar.
En el andén la celebración continuaba. Algunos civiles los recibieron agitando banderas británicas, en tanto otros ofrecían viandas. Soldados que habían llegado antes que ellos deambulaban de aquí para allá, ignorándoles. Tommy reconoció, además de uniformes británicos, los uniformes belgas y franceses. Estos últimos se mantenían en grupos, charlando y fumando a la par que observaban desconcertados la insólita celebración.
Tommy suspiró empañando el vidrio de la ventana con su aliento. En seguida la limpió con el puño de su camisa y lo que vislumbró, detrás de toda esa gente, fue a un hombre de oscuros cabellos rizados sentado en el suelo con los brazos cruzados sobre las rodillas. ¿Gibson? A Tommy el corazón le dio un vuelco. Estaba envuelto en una manta al que se aferraba como si tuviese frio, su semblante abatido mantenía un perfil bajo como si no mereciera la pena mostrarle al mundo que seguía con vida.
Las preguntas anteriores ahora tenían respuesta: ¡Gibson había logrado escapar!
—¿Te haces a un lado? —exigió Tommy al Highlander embutido en su asiento.
—Nos estamos divirtiendo, ¿o no? ―le respondió éste.
―¡Muévete!
―Oh, vamos, hombre ―Se burló Alex―, relájate, ¿sí? Te hace falta una cervecita.
Tommy negó con la cabeza.
―Solo quiero salir de aquí ―insistió.
―Ah, no ―dijo alguien―. Éste no se va hasta que se beba algo.
Algunas manos, incluyendo las de Alex, golpetearon la mesa, demandando al unísono a que Tommy se bebiera algo. El escándalo que hacían lo aturdió al punto de sentirse solo e incomprendido. Echó otro vistazo a la ventana: Gibson seguía allí, esperando.
Tommy se envalentonó. Se puso de pie y con un brinco ágil se subió a la mesa cubierta de porquerías, cruzándolo a la vez que tironeaba con fuerza de un extremo de la manta que Alex le había robado, obligando a éste a levantar el trasero, lo que provocó la carcajada de todos. Una vez fuera del tren, con la manta sobre sus hombros, aceleró sus pasos esquivando a cuanto individuo se le atravesara. Divisó a Gibson a la distancia, dormitando con el rostro oculto entre las rodillas. Cuando estuvo frente a él lo contempló un momento. No había dudas, esos rizos eran del francés, de cerca pudo distinguir rastros de arena pegados a ellos. Tenía los cordones de las botas desatadas, tal cual como la primera vez que se lo encontró en Bray-Dunes enterrando un cuerpo.
―¿Gibson?
No hubo respuesta, tampoco se movió. ¿Tendría que hablarle en francés?
―Allez, Gibson…
―No soy un puto francés ―rezongó el hombre, elevando el rostro, dejando a la vista unos enrojecidos ojos oscuros―. ¿Quieres hacer el favor de largarte? Intento dormir.
Tommy por inercia retrocedió, desilusionado. Le habían engañado sus ojos. Una tormenta de culpa volvía a corroerle en lo profundo. Se alejó, perdiéndose entre el público que sin intención le chocaban el hombro o le propinaban codazos en las costillas. En su cabeza todo lo que podía pensar era que Gibson estaba muerto.
―¡Tommy! ―Escuchó que alguien a sus espaldas lo llamaba.
Haciendo caso omiso, siguió su penoso camino.
―Espera, Tommy. ―La mano de Alex sobre su hombro lo detuvo. Era él quien lo llamaba. ―Quedamos en un trato.
Tommy arrugó la frente sin comprender a que se refería.
―La tarta de mi madre ―le recordó―. No creo que hoy tenga nada dispuesto en la mesa, así que será mejor dejarlo para mañana.
Ya no hablaba con voz achispada, tampoco tenía intención de bromear. Del bolsillo del pantalón, Alex se sacó un pedazo de papel de periódico garabateado con tinta negra y se lo entregó.
—Esta es la dirección de mi casa ―explicó―. Ven por la tarde a la hora del té. A mi madre no le gustan las visitas, pero sé que a ti te adorará; después de todo, somos compañeros de armas.
A Tommy le sentó asquerosa la sonrisita con la que Alex pretendía engatusarlo, como si aquello le bastara para echárselo al bolsillo, antes de darse la media vuelta y alejarse.
Se quedó solo entonces, un punto estático en medio de un mar humano en movimiento, con una dirección escrita crujiendo con rabia en su puño. ¿Acaso se expiaba o solo se trataba de una simple invitación? Alex había resuelto olvidarse del asunto, en cambio Tommy no dejaba de pensar en ese pobre francés al que habían dejado morir. «Puedo vivir con eso», recordó haber dicho; pero era evidente que no podría. Pese a la paliza recibida en Dunkerque, la guerra no había terminado. Lo llamarían de nuevo al servicio activo, lo entrenarían con armas más sofisticadas, estrategias más contundentes. Pero nadie le enseñaría a dejar de sentirse culpable.
«No quiero», decía Tommy en su cabeza, al tiempo que rompía el papel en pequeños fragmentos, «no quiero saber nada de ti. Asesino, asesino, asesino…»
