Chapter Text
Al principio, Willow intentó escapar. O, más bien, planear su huida. Si esperaba al momento oportuno… Si se aseguraba de crear una distracción para la bestia… Si los sirvientes la ayudaban… Confeccionó cuerdas con sábanas, memorizó los pasos que había de una estancia a otra del castillo (las que le permitían ver, al menos), estudió los horarios y recorridos de sus habitantes, buscó pasadizos secretos, preparó y ocultó petates de emergencia, fingió resignación mientras tramaba todo tipo de ardides. Y no llevó a la práctica ni uno solo de ellos. Al final, siempre se acababa dando de bruces con un muro infranqueable: el de las variables que no podría ni imaginar hasta que fuera demasiado tarde. No sabía dónde se encontraba el castillo, no sabía en qué dirección estaba su pueblo ni a qué distancia. Además, no tenía más medio de transporte que sus propios pies, pues no había caballos y el carruaje embrujado quedaba automáticamente descartado. Incluso si su plan funcionaba y lograba salir de la finca…, una vez que se adentrara en el bosque, estaría a merced de los lobos y la bestia no tardaría en recortarle la ventaja y dar con ella. No; con el tiempo, Willow tuvo que resignarse de verdad y asumir que no podría escapar.
No sin matar a la bestia antes.
La fuerza bruta no era una opción, eso estaba claro, pero en un castillo tan grande, tan antiguo, tan descuidado… No sería nada raro que hubiera un accidente. De hecho, le sorprendía que durante su estancia allí todavía no hubiera sucedido ninguno. Tanta escalera, tanto polvo. El veneno también era una posibilidad más que viable, por supuesto, aunque quizá no tan rápida como una buena defenestración. De todas formas, sabía de un par de plantas que…
—Ejem.
Willow levantó la mirada del plato. La bestia parecía afanarse en encontrar las palabras adecuadas con las que iniciar una conversación, instada a todas luces por el reloj y el candelabro, que la flanqueaban. Saltaba a la vista que tal cortesía le era, cuando menos, ardua.
—Espero… —empezó, trabajosamente—. Espero que la cena sea de vuestro agrado.
Willow no se inmutó.
—Le falta sal.
—Le falta sal. —La bestia apretó su agarre en torno a la cuchara.
—Eso he dicho.
Cuchara que, bajo consejo de su servicio y en contra de su voluntad, se esforzaba en utilizar por ella. El metal empezó a doblarse por la presión y el candelabro y el reloj se apresuraron a intentar calmar a su amo. «No hay por qué alterarse», decían, «Recuerde lo que hablamos», suplicaban, pero fue inútil: con un «clanc» que tintineó por todo el comedor, a la bestia se le agotó la (poca) paciencia y estalló en rugidos:
—¡En tal caso, quizás vuestra merced prefiera lamer las rocas del calabozo a partir de ahora!
Willow se puso en pie de un arrebato.
—¡Serían mejor compañía que vos!
Tampoco podía fingir sumisión siempre.
Se midieron (y fulminaron) con la mirada durante lo que al público presente le pareció una eternidad. Ella ya había soltado el dardo que le había estado guardando, pero estaba más que preparada para lanzarle otro si él volvía a saltar. Él no sabía contenerse como ella. Sin embargo, debió de decidir que no merecía la pena enfadarse más, porque se levantó de la mesa con brusquedad y un gruñido y salió airado del gran comedor sin pronunciar palabra. Willow no apartó los ojos de él hasta que ya no lo vio más. Después, se recogió tras la oreja el mechón de pelo que se le había escapado del recogido, se recolocó las gafas, se alisó la falda y volvió a sentarse como si nada hubiera pasado.
La defenestración no basta, se dijo mientras sorbía la sopa con calma. No se ha ganado el lujo de una muerte rápida.
—¿Señorita?
Volvió a posar la cuchara en el plato. El reloj se le había acercado.
—El señor… se esfuerza. Si le diera una oportunidad, descubriría que la merece.
Willow consiguió sonreírle débilmente. No tenía nada en su contra, ni en contra del candelabro, de la tetera, del armario. Ellos no tenían la culpa de su situación; es más, se desvivían por hacerla sentir cómoda y concederle todo lo que estuviera en su mano. Pero tampoco parecían entenderla.
—Perdonadme el comentario sobre la cena —respondió—. Lo cierto es que jamás había probado nada mejor. No obstante, eso que me pedís… Me temo que no es posible. Perdió esa oportunidad cuando me tomó cautiva.
…
—¡Nada la satisface!
Hunter daba grandes zancadas a lo largo y ancho de sus dependencias, consternado. Se había quitado la máscara que llevaba siempre en presencia de la muchacha y se pasaba la mano por el pelo y la cara con frustración.
—Le he dado la mejor alcoba, le he conseguido buenos vestidos, encargo los mejores platos y hasta me esfuerzo en ser cortés. ¿Por qué nada da resultado?
—Porque lo que ella quiere es la libe… —El reloj le tapó la boca al candelabro antes de que pudiera terminar.
—¿Quieres enfadarlo más o qué? —masculló entre dientes. Se volvió hacia su amo y añadió—: Paciencia, mi señor. A veces solo hace falta darle algo de tiempo.
—¡Pero es que no tengo tiempo! —espetó.
El candelabro miró al reloj con suficiencia, como diciendo «No, claro, y eso no le enfada».
—Mi señor —interrumpió la tetera. Había estado callada hasta ese momento para no echar más leña al fuego, pero el príncipe tenía que oír lo que iba a decir—. Ni las vistas, ni los vestidos, ni los manjares…, ni vuestra exquisita conversación la harán olvidar que se halla presa.
—¿Y qué sugerís? ¡No puedo dejar que se vaya!
—¡Enseñadle la biblioteca! —apuntó el reloj—. Apuesto a que quedará maravillada.
—No es mala idea —concordó el candelabro—. Quizá la lectura le agrade.
La tetera suspiró. Sus próximas palabras no le iban a gustar un pelo a su amo.
—Sed sincero. Permitid que os vea como sois.
El príncipe se paró en seco, de espaldas a los tres.
—Podéis retiraros. —Fue lo único que dijo.
El reloj lanzó una mirada acusadora a la tetera mientras todos salían de la habitación. Cuando la puerta se cerró tras ellos, Hunter volvió a llevarse una mano a la cara, esta vez para trazar con los dedos los surcos que la atravesaban. No, pensó, mirando la urna de cristal junto a él. Un pétalo amenazaba con caer desde hacía días. La biblioteca aún no. Pero quizá el jardín.
