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Cucurucho solía tener pesadillas a causa de los terribles experimentos que había recibido por parte de la Fundación QSMP. Eran una especie de flashbacks o recuerdos de horribles momentos que había vivido, recordándole una y otra vez aquella terrible experiencia. Los sudores fríos eran comunes, al igual los despertares sobresaltados. A veces el tan solo pensar en irse a dormir le daba ansiedad, miedoso de volver a revivir sus traumas.
El único que sabía de esto era su actual pareja, Roier. Aquel rayito de sol que le había abierto los ojos, mostrándole que aquel trabajo, o más bien tortura, no merecía la pena. Roier le había convencido de que esa no era su vida, a base de muestras de cariño, las cuales había anhelado por años.
Lo había conocido en aquella maldita isla y, en su opinión, fue como lo que la gente suele llamar amor a primera vista. La personalidad del castaño era deslumbrante y físicamente era lo más bonito que había visto nunca. Roier siempre se había encargado de hacerle saber que, al contrario de lo que le habían impuesto en aquel lugar, era capaz de tener sentimientos, de sentir emociones. Y aunque al principio Cucurucho no lo había creído así, con el tiempo se había dado cuenta de que era cierto. Después de tantos años por fin sentía las lágrimas deslizarse por sus mejillas, por fin reía a carcajadas al escuchar las bromas de Roier, por fin sentía ira hacia las personas que se habían encargado de quitarle todo aquello que lo hacía humano. Y lo más importante, pudo sentir el amor que Roier le transmitía y el que él estuvo encantado de devolverle. Después de aquello, ambos consiguieron escapar, rehaciendo su vida en algún lugar remoto, no les importaba donde, solo querían estar juntos.
Sin embargo, poco después de su huida, las pesadillas comenzaron a perseguirle por las noches. Aquellos recuerdos lo atormentaban noche tras noche y, aunque al principio no quiso decirle nada a Roier para no molestarle con sus insignificantes problemas, el castaño eventualmente se dio cuenta de que algo no iba bien. Cucurucho empezó a asistir a un psicólogo, después de miles de insistencias por parte de su pareja, siendo diagnosticado con un Trastorno de estrés postraumático.
Desde entonces, Roier, siendo la bondad en persona que es, se quedaba a su lado, acariciando su cabello y haciéndole mimos, asegurándose de que lo último que tenía Cucurucho en su mente antes de dormirse era a su querido castaño. A veces funcionaba y el albino conseguía dormir sus 7 horas sin ningún problema ni ningún sueño extraño, pero otras veces era inevitable para él despertarse a media noche, con la respiración entrecortada y las lágrimas recorriendo sus mejillas. Pero Roier siempre se encargaba de que Cucurucho volviera a dormir, asegurándole que estaba con él y, por lo tanto, estaba a salvo.
Justo como aquella noche.
-Osito -le llamó Roier, ya acostado en la cama que compartían.
Cucurucho le miró con una sonrisa triste mientras terminaba de ponerse el pijama, preparándose para dormir. Con pequeños pasos se acercó a los pies de la cama y Roier se movió hacia un lado, haciendo un espacio para el albino. Cucurucho se aseguró de acomodarse sobre el colchón, tapándose hasta los hombros con el edredón.
Cuando ambos estaban bien tapados y cómodos, Roier se acercó a su pareja, rodeando su cuerpo, preocupándose de que su Osito Bimbo se sintiera lo suficientemente protegido por él. Una de sus manos se escabulló hasta llegar a su cabeza, acariciando con cariño su cuero cabelludo. Cucurucho cerró los ojos dejando caer sus blancas pestañas suavemente, centrándose únicamente en el tacto del castaño. Con cuidado Roier comenzó a peinar los mechones albinos de su pareja, acomodándolos uno por uno, dejando que sus dedos rozaran delicadamente la cabeza de Cucurucho.
Una pequeña sonrisa se dejó ver en los labios de Osito Bimbo, soltando un suspiro, relajándose con el tacto de su amado. Roier era la persona más dulce que había conocido jamás, lo había ayudado tanto en todo, sin él seguiría atrapado en aquella isla siendo consumido lentamente por la Fundación. Era tan feliz de haberlo conocido.
-Duerme Osito -la dulce voz de Roier llegó a sus oídos, deleitándole-, estaré aquí para cuando despiertes.
Morfeo acunó en sus brazos a Cucurucho adentrándolo en el mundo de los sueños, mientras que Roier seguía susurrando palabras, esperanzado que de su pareja lo escuchara incluso en el estado inconsciente del sueño. Con el paso de los minutos Roier fue el siguiente en caer dormido, dejando a ambos chicos abrazados el uno al otro, de una forma adorable.
Cucurucho soñaba que tenía a Roier a su lado, ambos en la cocina de la casa que compartían. Roier amasaba con una pequeña sonrisa en sus labios la masa de galletas, mientras que el albino tan solo estaba ahí parado, observando maravillado a su pareja. Roier le miraba riendo, preguntándole algo que ni siquiera entendió, y Cucurucho no pudo evitar reir con él. Ambos preparaban galletas disfrutando de la compañía del otro.
Sin embargo la felicidad no le iba a durar tanto. Cucurucho escuchó unos pasos a su espalda, encontrando a unos hombres enmascarados detrás suyo. Roier también se giró, asustado, y Cucurucho no lo dudó ni una sola vez antes de ponerse delante del castaño, protegiéndole ante cualquier tipo de amenaza que esos desconocidos pudieran presentar.
Cruzó miradas con los hombres, reconociéndoles al instante. No se trataban de otros sino de los desgraciados que le habían lavado el cerebro día tras día cuando trabajaba en la isla Quesadilla. Uno de ellos se acercó a la pareja, mostrando un arma y las piernas de Cucurucho empezaron a temblar, fallándole. Otro de los intrusos se acercó decidido a ellos, tomando a Roier del brazo y forzándolo a venir con él. Cucurucho intentó moverse, ir detrás de su amado, pero sus piernas no se movían. Luchaba contra su propia mente, insistiendo en correr tras ellos, pero lo único que podía hacer era ver las lágrimas de desesperación que derramaban los bonitos ojos de Roier mientras este gritaba su nombre en un intento de pedir auxilio.
Cucurucho se levantó exaltado de la cama, respirando con dificultad. Se llevó una de sus manos a su pecho, intentando regular su respiración mientras sus ojos buscaban con desesperación a Roier. El castaño se despertó a su lado, extrañado por los ruidos, encontrándose con el albino sentando en la cama, observándole con los ojos llorosos.
Sin pensárselo dos veces, Roier se sentó a su lado pasando uno de sus brazos por su espalda acariciándole con cariño mientras que con la otra mano tomaba la barbilla del albino, forzándole a mirarle a los ojos.
-Osito -le llamó en un susurro-, estoy aquí, ¿sí? No tienes de qué preocuparte. Lo que has soñado no es real.
Cucurucho se derretía en el tacto del castaño mientras asentía levemente derramando más lágrimas saladas sobre el edredón de la cama. Roier limpió con el pulgar las pequeñas gotas, acariciando su blanca piel.
-Ha sido una pesadilla tonta ¿No?
-Sí...
-¿Quieres hablar de ello?
Cucurucho negó con la cabeza y llevó sus brazos a la cintura de Roier, abrazándolo, para después esconder su rostro en el cuello del castaño. Mientras, Roier besaba sus mejillas con cuidado, en un intento de tranquilizarle y hacerle volver a la realidad, olvidándose del estúpido sueño.
-Todo va estar bien, amor.
Y aquellas palabras eran suficientes para que Cucurucho se sintiera el ser más querido del mundo.
Con el paso de los minutos Roier acostó a ambos en la cama de nuevo, asegurándose de que su Osito no pasara frío, y volvió a hacer lo de siempre. Acarició su cabello con cuidado, pasó sus dedos por el rostro del albino acariciando con cariño las pequeñas pecas que decoraban sus mejillas. Eventualmente, Cucurucho se durmió de nuevo, seguido de Roier, esta vez soñando únicamente con su amado.
