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Sin palabras

Summary:

Kaveh no es capaz de atender todas sus heridas así que Alhacén se ofrece a ayudarlo. Ambos parecen llevar medianamente en paz el arreglo, mientras por dentro son incapaces de dejar de cuestionar lo que está sucediendo. La tersa piel de Kaveh parece despertar algo en los sentidos de Alhacén, algo a lo que está dispuesto a dedicarlo más de un pensamiento. Por su lado, Kaveh jamás había llegado a pensar que Alhacén pudiera tratarlo con tanta delicadeza, ¿o acaso esa sólo es otra forma de hacerlo rabiar?

Notes:

El "oh" de Alhacén lo tomo del audio en japonés (así juego). Se me hace súper simpático por alguna razón y quise usarlo.

Chapter 1: Lado A / Lado B

Chapter Text

1 paréntesis

Lado A

 

 

Aunque no era la primera vez, no dejaba de sorprenderle la delicadeza con la que lo atendía. El silencio en la habitación era moderado en tanto el agradecimiento y una especie de culpa repentina se deslizaba lentamente a su alrededor, controlando sus palabras. Podía sentir el aliento de Alhacén en su piel, sus dedos delicados y expertos extendiendo la pomada por las heridas sin ocasionar malestar en estas. La curiosidad despertaba, pero prevalecía la incomodidad de verse convertido en deudor, porque qué podía ofrecer debiendo ya tanto. 

Ni siquiera le había pedido que cuidara de él, podía lidiar con las heridas de sus brazos y costado, y el que no alcanzara la de su espalda no significaba que no llegaría hacerlo después de un par de intentos y una que otra maldición. Alhacén debió escucharlo, ¿por qué otra razón habría llamado a su puerta si no? No era costumbre en ninguno de los dos molestarse tan entrada la madrugada, así que quiso decirle de todo no dispuesto a soportar su intromisión, pero cuando lo vio en la puerta, cruzado de brazos y con sus aires de presumido y despreocupado, la boca se le secó de golpe. Alhacén ya estaba vestido para dormir. Aunque “vestido” no era la palabra más adecuada. Se convenció de que no había manera de que no lo hubiera hecho a propósito. Sin embargo, ceder a sus provocaciones cuando sólo quería dormir, alargaría la noche hasta que la mañana los encontrara, a él más molesto que al otro, y no le daría ese gusto.

Aparte, no hubo manera de llevarle la contraria después de que Alhacén lo encontrara batallando consigo mismo, con las vendas en una mano, la pomada preparada por Tignari desperdiciada en los dedos de la otra, que no alcanzaban el lugar con delicadeza, por lo que sólo había conseguido lastimarse. 

—Lo siento, ¿te desperté? —fue lo único que consiguió decir. 

—Mmm. 

Para qué me molesto, pensó Kaveh. 

Entendía que era él quién le daba a Alhacén ese poder, pero poco podía hacer para evitarlo. Era como una segunda piel, hablarle de esa manera, responder a sus insinuaciones sabiendo que sólo estaban ahí para molestarlo. Siempre caía, como tonto, porque no era capaz de aceptar que quizá el magnetismo de Alhacén ejercía otro tipo de fuerza sobre él; le bastaba reconocer la atracción, que podía deberse a cualquier cosa siendo los dos tan opuestos, pero nada más. 

—Dame acá —dijo Alhacén al fin, acercándose a él.

—¿Me crees inútil? —replicó Kaveh, con tan poco, ya comenzaba a perder la paciencia—. No es necesario, ya te dije que puedo solo.

—Si vuelves a quejarte como hace unos segundos, medio Sumeru se enterará de que vives en mi casa. 

—¡Argh! ¡Está bien! Pero no esperes nada de esto.

La pomada que había preparado Tignari olía bien, al suave y sutil aroma de las rosas de Sumeru, con una textura delicada y cremosa. Esa primera noche de atenciones, el clima estaba un poco más cálido y húmedo de lo habitual, así que al sentir la pomada en sus heridas, el cuerpo se le tensó, envuelto por una calidez distinta de la humedad tropical que los rodeaba. Fue una calidez furtiva, engañosa, que consiguió colarse por su cuerpo alterando los latidos de su corazón, sumiéndolo en un estado de confusión injustificado. A su espalda, Alhacén, meticuloso, enfocado en la presión que ejercía con sus dedos al extender la pomada en la herida, ajeno a todo. 

Kaveh creyó ser capaz de controlar la respuesta de su cuerpo a las atenciones de Alhacén, pero no debió hacerlo muy bien. Cuando los dedos de Alhacén por fin culminaron su tarea, fue su aliento el que lo sorprendió, petrificándolo por completo. Quiso decirle que no era necesario consolar su herida con tales detalles, porque aunque se presentaba algo rojiza todavía, no era tan grave y la crema no le provocaba escozor alguno. Pero no lo hizo. 

—Gracias —fue lo único que alcanzó a decir una vez terminado el asunto.

El “asunto”, sí. 

Alhacén dejó la habitación sin decir nada.

El “asunto” se repitió cada vez que Kaveh necesitaba cuidar de sus heridas y Alhacén estaba presente. Casi siempre en la noche, como un acuerdo tácito, se presentaba en su habitación, evaluaba sus heridas, tomaba la pomada y luego soplaba ligeramente convencido todavía de que esta le provocaba escozor. Kaveh lo prefería así, porque ¿de qué otra manera podría explicar la forma en que su piel se erizaba cuando Alhacén lo tocaba?

Descubrir esa clase de delicadeza en él fue algo para lo que nunca se le ocurrió prepararse. Estaba hablando de Alhacén después de todo. No que fuera incapaz de tales atenciones, sólo no se molestaba con ellas, creyéndolas inútiles. Si había alguien a quien no le interesaba cómo los demás reaccionaban ante su forma de actuar, ese era él, así que aunque confundido, no iba a darle ese gusto. Sí, su tacto lo descolocaba, ¿y qué? ¿Tenía que repasar con lujo de detalles cada una de las sensaciones que despertaba en él? ¿Para qué? 

Se estaba volviendo loco, al punto de que su verborrea condenatoria se había convertido en pequeñas palabras sueltas que parecían tener prohibido salir de la intimidad de su boca. Incluso Alhacén comenzó a hablar en voz baja, cuando lo hacía, si es que lo hacía, porque habían aprendido a comunicarse a discusiones y si nada las iniciaba se mantenían en silencio. 

 ¿Cuánto tiempo más lo soportaría? 

El punto de inflexión lo marcó un pequeño incidente. La apenas existente conversación fue llenándose más de espacios que de palabras. La somnolencia propia de esas horas de la noche surtió un efecto de conjuro. O quizá se debiera a esa incomodidad que había dejado de ser molesta, convertida ahora en algo que todavía no tenía nombre. Kaveh se había acostumbrado en cierta manera a sentir las manos de Alhacén en su herida y cerca de esta, así que cuando sintió sus dedos tamborilear a sus costados con cierta cadencia seductora, no supo cómo actuar; cuando las manos de Alhacén por fin se detuvieron en su cintura, su primera respuesta fue contener la respiración.

—Lo siento —susurró Alhacén, sin detener el contacto.

Le fue difícil reconocer la sensación al inicio. El gesto no sólo lo descolocó por lo sorpresivo de su llegada, sino por el ardor que despertó en él y que no estaba dispuesto a asociar con Alhacén. La piel se le tensó ya no con incomodidad sino con anhelo y le avergonzó reconocer ese gesto como uno de cariño, porque era obvio que no lo era y era aún más obvio que él no lo necesitaba. Si Alhacén lo estaba haciendo a propósito, no le seguiría el juego. 

Y, sin embargo, no lo detuvo.

En su cabeza comenzaron a brotar muchas palabras, como numerosas burbujas submarinas deseosas de alcanzar la superficie. Era fácil ignorar lo que su cuerpo sentía,  concentrarse en sus monólogos internos lo desconectaba del mundo a tal nivel que podía pasarse la noche en vela sin acumular apenas cansancio. La desconexión en esta oportunidad no llegó. El silencio se convirtió en un arma de doble filo. Si se abandonaba a sus reclamos se libraría del contacto de Alhacén, lo sabía, pero ¿cómo permitirse cortar el contacto cuando lo confundía y fascinaba a partes iguales? 

A su espalda, Alhacén parecía ser otra persona, sus manos seguían sujetándolo y no había manera de descifrar la intención de sus acciones. De paso, quizá estuviera un poco más cerca de él de lo que creyera en un inicio, porque aunque no estaba soplando sus heridas, era capaz de sentir su cálido aliento besándole la nuca. Debería voltearse para encararlo y tomarlo desprevenido, porque era obvio que el Alhacén de ese momento se estaba comportando de forma errática y no tendría mejor apertura que esa. O podría acercar la nuca delicadamente a él con la esperanza de que sus labios la rozaran, pero otra vez, ¿para qué? Le avergonzaba. ¿Qué podía decir o hacer cuando ni siquiera alcanzaba a controlar las miles de sensaciones que comenzaban a ahogar su cuerpo y más aún cuando sabía de antemano que caerían en saco roto?

No te hagas ideas —comenzó a repetirse una y otra vez—, todavía estás algo sensible por la información que te proporcionó sobre tu padre, por la competencia y todo eso. No. Te. Hagas. Ideas.  

—Eh… —titubeó Kaveh, incapaz de encontrar sus palabras, deseoso de escapar de una situación que sabía no tenía valor de encarar—. Las heridas ya casi están cicatrizando, ya no es necesario que…

—Oh —respondió Alhacén. Su típico “oh” que sonaba más como “joh” pero que rara vez significaba algo que Kaveh entendiera al cien por ciento. Le molestaba tanto, porque cuando le respondía así sólo parecía que no quería desperdiciar sus palabras en él.

Kaveh se levantó de la cama y se tomó unos segundos para obligarse a recuperar la calma. Al voltearse, fue consciente de su error. Alhacén siempre lo hacía primero, así que verlo allí, sobre su cama, con las piernas cruzadas y con un atuendo para dormir que consistía en nada de la cintura para arriba… ¡Qué pretendía conseguir exponiendo su pecho de esa manera, tocándolo de esa manera, mirándolo de esa manera!  Se mordió la lengua. No iba a iniciar una discusión cuando lo único que quería era que él se marchara. Si se permitía explotar luego de tanta confusión temía ser capaz de confesar cosas que ni él mismo había terminado de entender. 

—Gracias —continuó—. ¡Y no lo diré tres veces! Preferiría invitarte a comer o beber algo.

—¿Y tienes dinero para eso?

—¡Argh! ¡Eres malditamente molesto! ¡Si no lo tuviera, en primer lugar, no lo propondría! Y sí, sí tengo, todavía me sobra un poco de lo que me pagó Cyno, no es que sea asunto tuyo. Además, ya se me hace sospechoso que atiendas mis heridas. ¡Si sólo lo haces por molestarme…!

—Deberías considerar ahorrar, si es que en serio planeas mudarte de aquí algún día.

—¡Y lo dices como si no lo quisiera! No, ya, ya es tarde para estas cosas. Si no necesitas nada de mí, puedes marcharte. Y muchas gracias por ayudarme con esto, pero ya no será necesario.

—Ya van dos veces.

—¿A qué te refieres? —preguntó Kaveh, confundido, hasta que al fin comprendió las palabras de Alhacén—: ¡Eres imposible! 

 

 

Lado B

 

La primera noche, el lamento de Kaveh le sonó tan doloroso, que se ofreció a ayudarlo sin considerarlo mucho. Una de sus heridas estaba en un lugar que no alcanzaba y le pareció de lo más adecuado facilitarle la tarea. Como tenían el hábito de no molestarse ya entrada la madrugada, las formalidades de su convivencia se desdibujaban un poco. Respetar el espacio del otro o la forma que se presentaban ante el otro, no era algo en lo que había pensado tan acostumbrados como estaban a ignorarse a esas horas, así que no le dio importancia. 

Pero a Kaveh le incomodaba. Y no sabía por qué. 

Al inicio creyó que no lo estaba atendiendo con la suficiente delicadeza. Sentir el cuerpo de Kaveh tensarse bajo sus dedos no era algo que había esperado aunque reconocía que despertaba su curiosidad más de lo que debería. Esto no quería decir que disfrutara su incomodidad y la buscara a propósito, todo lo contrario, así su atención se veía dirigida a la presión que ejercía sobre la herida; si el dolor era responsable de la tensión de Kaveh, quería evitarlo tanto como pudiera. 

Intentó no verbalizar esa curiosidad. Habitualmente un comentario breve pero acertado bastaba para que Kaveh soltara sobre él todas sus incomodidades. Ardía como pólvora, sus mejillas también se encendían y gesticulaba de una forma tan apasionada que parecía fuera de lugar, sin importar el tema que se tratara. A partir de ahí, sólo tenía que participar en la conversación en el momento oportuno; era como echarle leña al fuego para que la llama nunca se apagase. Le gustaba más cuando su entusiasmo se debía a algún tema académico, eso sí. Había una aceptación mutua, no acordada pero implícita en la naturaleza misma de su relación, por la que sabían que dicha discusiones nunca iban encaminadas a hacer cambiar la opinión del otro por completo. Alhacén lo veía como un espejo. La imagen invertida resultaba todavía más elocuente que la verborrea entusiasta de Kaveh porque en sus acciones veía resumido el idealismo de sus palabras, y aunque no siempre concluían con los resultados esperados, lo abrían a situaciones que jamás consideraría por su cuenta. Le hubiera gustado entender esto antes, así le habría evitado muchos tragos amargos, pero las lamentaciones de nada servían, era agua pasada. Y si algo lamentaba en realidad, aparte de la dureza de las palabras de su yo más joven, era ver cómo el genio de Kaveh se veía sofocado por ese mismo idealismo cuando este sobrepasaba límites sanos, porque se veía traducido en reacciones desmedidas, apresuradas, siempre apasionadas pero casi nunca bien pensadas. 

Confiaba en que la reciente competición dejaría más marcas en él que las heridas provocadas por la estrepitosa caída que le garantizó la victoria. La preocupación que sentía por él no podía convertirse en nada más, tanto porque Kaveh era su propia persona y parecía no poder sobrellevar bien las intervenciones de otros, tanto porque Alhacén no quería caer en las costumbres que él mismo criticaba. No del todo, al menos. Cierto cambio había comenzado a operarse en él la noche que encontró a Kaveh en el bar luego de mucho tiempo sin verse, el alcohol sólo ocultaba tanto y era obvio que había tocado fondo. De no ser así, ¿por qué lo habría invitado a vivir con él?

Y con todo esto, seguía sin comprender por qué Kaveh reaccionaba como lo hacía cada vez que entraba en su habitación a atenderlo. Aunque él tampoco se estaba comportando como acostumbraba. 

Primero le había llamado la atención la delicadeza de sus heridas. No que fueran demasiado graves, pero el tono rojizo contrastaba con la tersa piel de Kaveh de tal manera que aunque estaba seguro de que ya no existía riesgo de infección y que probablemente tampoco dolieran mucho, no podía evitar centrar su atención en ellas. Incluso llegó a pensar que si Kaveh se encogía ante su tacto se debía a algún efecto de la pomada y, aun reconociendo que no era lo más adecuado, decidió soplarlas con suavidad intentando consolarlo, como hiciera su abuela con él hacía mucho tiempo atrás. 

La suavidad de la piel de Kaveh cuando sus dedos la rozaban resultaba todavía más curiosa. Teniendo en consideración los cánones de belleza modernos, la apariencia de Kaveh estaba muy por encima de la media, y esta a su vez se veía acentuada por su propio sentido estético. A Alhacén le bastaba un cuerpo saludable, pero tampoco era ciego, no perdía nada reconociéndolo. Y es que su piel alcanzaba un nivel de delicadeza tan… interesante. Ni siquiera cuando las heridas comenzaron a cicatrizar su percepción cambió, a pesar de que a Kaveh parecía preocuparle la posibilidad de que estas perduraran en su piel como una sombra de la que jamás podría deshacerse. Adelantándose a esto, Alhacén le recomendó hablar con Tignari. Se preparó para recibir un exagerado rapapolvo: “¡¿crees que no se me había ocurrido?!”, sin embargo, Kaveh asintió y nada más. 

No recibir la respuesta esperada lo sorprendió un poco. Pudiera ser que las cicatrices no le preocuparan tanto como había creído y, viéndolo bien, quizá tuviera razón. Sobre su piel, la sombra de las heridas ya apenas marcaba un contraste, la pomada había evitado que se crearan costras e incluso parecían sanar más rápido de lo normal. Cuando aplicaba la pomada, la diferencia que sus dedos sentían entre la textura de las heridas y la piel sana de Kaveh era notoria, pero eso también desaparecería. Alhacén fue consciente de la decepción que esto le provocaba, aunque no supo explicarla en el momento. Fue una sensación similar a la experimentada cada vez que encontraba un libro y comenzaba a leerlo, sólo para descubrir a media lectura que le faltaban un par de páginas. 

Sin tener muy claro que quería, los dedos de Alhacén comenzaron a alejarse de la única zona del cuerpo de Kaveh que tenían permitido tocar; tamborileando, el tanteo fue alimentando la curiosidad que descubriera en él la primera vez que lo tocó, así, el tanteo se fue convirtiendo en roces más prolongados, hasta que sus manos encontraron espacio en su cintura; al sujetarla, Alhacén notó cómo Kaveh contenía la respiración. 

—Lo siento —se disculpó creyendo que lo había lastimado. La disculpa llegó pero sus manos permanecieron ahí. La cintura de Kaveh era delgada y a pesar de tener una figura estilizada encontró firmeza allí. Y olía bien, no era la fragancia a rosas de la pomada, sino del cabello de Kaveh, amarrado en un moño alto. Su cuello también era delgado, la delicadeza de su piel se presentaba allí con más gracia, como una invitación. 

A Alhacén le tomó varios segundos reconocer de qué tipo de invitación se trataba, pero esta vez ya no se sorprendió. 

Lo veía ahora. Una atracción de ese tipo resultaba perfectamente razonable no sólo dadas las circunstancias sino también tomando en cuenta la familiaridad con la que se trataban después de tantos años de conocerse y más aún después de la competición. Reconoció que nunca había interactuado con Kaveh con esas intenciones pero que quizá no era tarde para aceptar que tal vez sus preocupaciones se vieran alimentadas por esa clase de sentimientos; sentimientos que, a pesar de todo, no le eran ajenos.

Había una confusión con respecto a su carácter que él mismo alimentaba. Estaba más que familiarizado con los muchos matices de la naturaleza humana, simplemente evitaba verse atrapado en esos arrebatos. Sentir a Kaveh entre sus manos era sólo una especie de recordatorio. Esas experiencias, aunque no buscadas, igual podrían terminar siendo agradables. 

En medio de sus contemplaciones, sintió a Kaveh agitarse bajo su tacto.

—Las heridas casi han sanado por completo, ya no es necesario que… —dijo Kaveh a tientas.

—”Oh” —fue lo único que alcanzó a decir y, a diferencia de las noches anteriores, este “oh” fue suficiente para iniciar una pequeña discusión, aunque, a diferencia de otras muchas ocasiones, no había sido esta su intención.

—¡Eres imposible!  —exclamó Kaveh.

Mientras tanto Alhacén se preguntaba de qué manera debía proceder.