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El Sendero de Dregarnuhr

Summary:

Han pasado cerca de mil años desde la disolución de la familia real en Yurgensmith y la apertura de todas las puertas en busca de aliados.
En un Yurgensmith moderno, rodeados de magia y tecnología se encuentran hilos que siguen destinados a entrelazarse con fuerza para formar historias... para formar familias.

Con todo mi afecto para mis compas escritores de La Flor y el Demonio.

Chapter 1: 1.

Chapter Text

Estaban bebiendo en la cabaña para vacacionar de Karstedt sin dejar de bromear sobre el pasado.

Ferdinand lo recordaba bien. Luego del divorcio, su padre había tomado otra esposa y él había nacido de esa unión. Mientras Georgine y Sylvester solo se llevaban dos años, él y Sylvester se llevaban quince. Era algo a lo que no solía darle muchas vueltas.

Karstedt, por otro lado, era hijo del mejor amigo de su padre, de modo que ambas familias invertirán demasiado tiempo juntas. Karstedt y Sylvester se habían hecho amigos desde la infancia a pesar de los cinco años de diferencia entre ambos, de modo que cuando Ferdinand terminó el preescolar, se vio arrastrado por ese par en más de una ocasión… Que al principio lo usaran para conseguir chicas nunca había sido de su agrado, pero eso estaba en el pasado. Justo ahora, los dos hombres mayores eran padres de familia bien establecidos en tanto él seguía soltero.

–¿Irás a la graduación de Rozemyne? –preguntó Sylvester de inmediato con una sonrisa divertida.

–Se lo prometí –suspiró Ferdinand mirando el líquido dando vueltas en su vaso–, armará todo un escándalo si falto a mi palabra.

–¡Y que lo digas! –se quejó Karstedt mirándolo con molestia y resignación–. Aún no entiendo que le hiciste a mi hija que la tienes tan encandilada, como un bahelem frente a las luces de un carromato.

Ferdinand se tomó la mitad de su bebida de un trago y luego miró a Karstedt con cara de pocos amigos. Broma o no, estaba preocupado por la situación. Él no debería estar ahí, interfiriendo en las vacaciones familiares de ese par sino en su laboratorio o en su taller… Justo ahora sospechaba que su pequeña protegida comelibros tenía algo que ver en todo eso.

–¿No sería maravilloso que mi hermanito se casara con tu hija menor, Karstedt? –comentó Sylvester entonces con una cara llena de ilusión– ¡Al fin seríamos familia, tal y como querían nuestros padres!

–¡No inventes, Sylvester! –respondió el menor de ellos sintiendo que el alcohol ingerido comenzaba a retirarle los filtros que, por lo general, lo mantenían más callado que un ziltze examinando una presa– ¡Rozemyne podría ser mi hija!

–Si, por supuesto –murmuró Karstedt en tono de broma. Seguro el alcohol también lo estaba afectando.

–¡Si hubieras sido precoz en otra área, podría serlo! –se burló Sylvester de manera abierta, soltando incluso una risa nasal–. Tendrías que haber embarazado a alguien cuando tenías doce para que fuera tu hija, jajajajajajaja, a los doce armabas modelos a escala y te daban asco los besos, no veo como podrías haberla engendrado entonces.

Se sintió sonrojar, tomando el resto de su alcohol y volteando a otro lado bastante molesto por el comentario. ¿Cómo es que su hermano no veía lo malo de la situación?

El sonido de su vaso llenándose lo hizo mirar de nuevo. Karstedt había rellenado su vaso y conociéndolos, ninguno lo dejaría ir si no se lo terminaba… También iban a comenzar a interrogarlo.

–Entonces, ¿no sientes nada por mi pequeña, señor tutor?

Se cubrió la mitad del rostro bastante tentado a dejarse caer sobre la mesa, pero eso sería demasiado dramatismo y él no era Sylvester.

–Rozemyne es una buena niña. Es inteligente, optimista y dedicada… Va a ser una belleza cuando alcance la edad adulta.

–¡Suena a que a alguien le gusta su sobrina! –canturreó Sylvester sin dejar de mirarlo con la cara sonrosada antes de comenzar a beber su segundo vaso de vize.

–Hermano, ¡estás muy enfermo! –trató de defenderse Ferdinand–. Todas esas novelas de romance que lees con Florencia deben haberte freído el cerebro. ¡Por todos los dioses!

–¡¿Estás insinuando que mi esposa escribe mal y que mi hija no es suficiente, pequeño rapaz?!

La voz de Karstedt lo habría hecho temblar y cagarse del miedo si fuera diez años más joven, sin embargo, con su experiencia actual y el vize en su sistema, en lugar de mostrarse asustado o con un rostro neutral, su boca se torció en una media sonrisa.

Ferdinand apuró el vaso, dejando una pequeña parte de licor en su interior antes de mirar de uno a otro de sus acompañantes.

–Amo a tu hija, pero soy demasiado viejo para ella. Y no tengo nada contra los libros de Elvira, puedes preguntarle cuántas veces la he felicitado por sus logros. Solo me molesta que ese idiota hermano que tengo trate de emparejarme con una niña.

–¡Pero, Ferdinand!

–¡No, Sylvester!

Estaba furioso ahora, furioso y preocupado. Podía sentir las miradas de ambos hombres sobre él y no le gustaban nada. Era mejor ser sincero de una vez y matar cualquier estúpida expectativa que tuvieran.

–Amo a Rozemyne pero no siento atracción alguna por ella. Es una menor de edad. Le llevo trece años y la he apoyado en sus estudios la mayor parte de su vida debido a su inteligencia… Así que voy a irme del país.

–¡¿Qué?!

Ignoró las dos sillas cayendo al suelo o como su hermano y su primo postizo parecían sujetarse de la mesa para verlo más de cerca. Si estaban sorprendidos o molestos, no podía decirlo. Sus ojos seguían posados en el líquido dorado oscuro dentro de su vaso… Tan similar al tono en los ojos de Rozemyne...

–Me quedaré aquí hasta su graduación de la preparatoria y luego me iré a Bozweits por una investigación. Ya envié la solicitud, envié mi currículum y pasé una entrevista. Hace una semana recibí una llamada para confirmar mi asistencia y hace tres días un correo electrománico corroborando que asistiré. Mi boleto para el tren bala que me llevará a la frontera parte la tarde de la graduación de Rozemyne.

Los escuchó sentarse de nuevo seguidos de un par de gulps. La enorme mano de Karstedt tomó su brazo entonces, obligándolo a voltear. Podía notar el conflicto interno en la cara roja del castaño, incluso a pesar de su bigote.

–Ferdinand, no es necesario que te vayas tan lejos para…

–Lo es, Karstedt. Si quiero darle la oportunidad de enamorarse de alguien más cercano a su edad y sentar cabeza, entonces debo irme lo antes posible, por tanto tiempo como pueda y lo más lejos permitido.

–¿Pero, Bozweits? –insistió su hermano–, ¿Por lo menos hablas el idioma?

Suspiró sin más.

Pronto el recuerdo llegó a él.

Había estado en casa de Karstedt para apoyar a Rozemyne con su último proyecto de ciencias y a terminar de comprender algunos conceptos de formulación y alquimia que vendrían en su examen final. No era algo fuera de lo usual. La niña era tan inteligente que apenas entrar en la primaria la habían hecho saltarse tres cursos y él había comenzado a apoyarla en ese momento.

–¡Lo logré! –anunció ella estirándose en su lugar mientras él terminaba de leer el libro de física cuántica Lanzenaviana en sus manos.

–¿En serio? Entonces puedo ponerte un pequeño examen justo ahora.

–¡Oye, no! –lloriqueó ella inflando sus mejillas como un shumil molesto, haciendo un puchero adorable sin dejar de mirarlo–. ¡Prometiste prestarme ese libro si terminaba de estudiar todo!

–Y te llevaré a comprar un helado si pasas el examen que te preparé. Tómalo o le entregaré el libro a tu madre para que te lo de luego de tu examen formal.

La escuchó suspirar con resignación. Nunca se cansaría de tomarle el pelo de esa manera para forzarla a ir un poco más lejos en sus estudios, sintiéndose orgulloso de haber ayudado a nutrir una mente tan brillante los últimos ocho años.

Apresuró su lectura entonces, terminando en el mismo exacto momento en que ella contestaba la última pregunta del cuestionario que le había puesto.

–¡Terminé! –anunció ella con una sonrisa orgullosa, levantando las hojas del cuestionario y poniéndolo tan cerca de él, que podía oler la tinta seca en la hoja.

–Bien, bien. No tienes que golpearme con eso –se quejó Ferdinand con algo de fastidio, sintiendo como se deshacía su molestia al ver la sonrisa tonta y demasiado orgullosa de la joven a su lado.

Revisó el examen con rapidez, palomeando con su propia pluma y subrayando un par de conceptos que la chica tendría que repasar con tarjetas si quería sacar una calificación impresionante como había advertido.

–¿Y? –preguntó la joven mirado con atención lo que él hacía–. ¿Cómo lo hice, Ferdinand?

–Lo has hecho muy bien –respondió él con una pequeña sonrisa, apretando con afecto una de las redondas mejillas de Rozemyne, disfrutando de la poca grasa de bebé que todavía quedaba ahí–. Aquí tienes el libro, ahora ve a avisarle a tu madre que iremos por un helado.

–¡Si! ¡Helado y libro nuevo! ¡Hurra!

Ferdinand sonrió sin dejar de mover la cabeza a un lado y al otro. Poco importaba que vivieran en Alexandria, esa pequeña revoltosa y sus hermanos parecían más de Dunkelferger que de cualquier otro Ducado.

Poco después estaban sentados en el parque, cada uno con un cono de helado. Rozemyne no dejaba de hablar sobre su último altercado con Cornelius y su amigo Harmut. El chico de verdad era un dolor de cabeza para los hermanos Linkberg con su fanatismo y asombro no solicitado.

–… y entonces dijo “si Rozemyne se uniera al Templo, yo iría todos los días a rezarle”, ¿puedes creerlo? ¡Cómo si fuera la única chica que se saltó tres cursos en la primaria y eso me hiciera una diosa o algo así!

Ferdinand sonrío con disimulo sin dejar de ver a la chica dejarse caer contra el respaldo de la banca y el desagrado pintado en sus facciones, antes de meterse la base de su cono de helado a la boca y empujarlo con el índice sin dejar de masticar.

–¡Rozemyne! –la amonestó con cansancio–. Tu madre va a matarte si haces eso con tu comida. Una dama no debería meterse tanta comida a la boca de una sola vez. Es desagradable.

En realidad le parecía divertido mirar sus mejillas inflarse como si fuera un shumil llenándose la boca de semillas para almacenar, pero no quería decirle eso. La última vez, la pequeña salvaje lo había derribado para hacerle cosquillas hasta dejarlo despeinado y suplicando piedad. No era una experiencia que ansiara repetir. Odiaba las cosquillas.

–¡Ferfón Ferfifan! –se disculpó ella cubriendo su boca.

–No tienes remedio –se había quejado él con descuido, notando el frío contacto de su propio helado contra su mejilla y parte de su boca, haciéndose atrás a tiempo de ver como una parte considerable de su helado caía al suelo por entre sus piernas.

Escuchó a Rozemyne tragar y luego manotear demasiado, llamando su atención. La chica estaba rebuscando entre los bolsillos de su jumper de mezclilla hasta encontrar un pañuelo.

–¡Lo lamento! ¡Déjame ayudarte!

Debió negarse. Debió limpiarse con el dorso de la mano o ponerse en pie para ir a los lavamanos y hacerse cargo en lugar de soltar un suspiro cargado de fastidio mirando el pañuelo.

–¿En serio?

–Tú me has limpiado helado, chocolate, miel y algunas otras cosas de la cara con frecuencia, creo que es un buen momento para retribuir.

–De acuerdo –murmuró sin soltar el cono casi vacío y levantar la cara con los ojos medio cerrados, sonriendo para evitar reírse al notar a la chica levantarse y luego apoyar una rodilla junto a él, sosteniéndose del respaldo de la banca con el pañuelo todavía en alto.

–¿Por qué tienes que ser tan alto, Ferdinand? –se había quejado Rozemyne comenzando a limpiar despacio el helado en su mejilla.

–¡Tú eres demasiado chaparra! –se había burlado él antes de que ella pasara el pañuelo con suavidad sobre sus labios, sonriendo al verla inflar sus cachetes indignada.

–Todavía estoy creciendo –le espetó Rozemyne, retirando el pañuelo, acercándose a examinar su trabajo.

–¿Listo? –preguntó él recargando ambos brazos en el respaldo y con la cara todavía un poco atrás.

–No, te faltó… aquí.

Debió empujarla entonces. Debió gritarle y llamarle la atención en lugar de quedarse paralizado cuando la lengua de Rozemyne retiró hasta la última gota de dulce de su boca y la mano con el pañuelo se apoyo apenas en su hombro, besándolo un momento después sin que él alcanzara a corresponderle.

Cuando ella se alejó sonreía como estúpida con los pómulos sonrojados y los ojos nublados de estrellas y flores brotando.

Él mismo podía sentir sus orejas arder y la base de su nuca. Su mano no tardó en cubrir su propia boca sin dejar de mirarla con miedo, preocupación e incredulidad. Ella no podía haberlo besado adrede. Tenía que ser una puta broma pesada marca Linkberg, ¿verdad?

–¿Rozemyne…?

–¡Me gustas, Ferdinand! Me gustas desde hace años, pero, yo… Bueno, ahora que iré a la Academia Real para estudiar una carrera o dos… ¿Crees que…? Bueno…

Se sentía horrorizado al verla con esa sonrisa tonta en los labios desviando la mirada, acomodándose un mechón de cabello azul media noche detrás de una de sus orejas antes de juntar los labios para lamerlos con “disimulo” en una actitud tan de enamorados como la que ponía su hermano cuando era joven, luego de haber besado a Florencia e intercambiar un poco de mana con ella ahí donde hubieran ido de paseo.

Lo peor no era que ella lo hubiera besado o que confesara que él le gustaba desde hace tiempo, no. Lo que lo tenía aterrado era su corazón latiendo como loco y sus manos picando por la necesidad de atraerla contra su pecho para besarla otra vez. No ese beso torpe de niños, sino un beso real, un beso de adultos… Cuando ella no era una adulta aún.

Se cubrió el rostro, avergonzado al darse cuenta de lo que eso significaba. Se había enamorado de una niña. Si la dejaba seguir cualquiera pensaría que la había estado educando con la finalidad de hacerse de una esposa a su medida cuando solo había estado haciéndole un favor a un amigo… No era correcto.

–¡No! –logró decir luego de ignorar toda la perorata, seguramente cursi y cargada de clichés románticos que la chica estaba balbuceando, deteniéndola en seco.

–¿Fe, Ferdinand?

–¡Dije que no, Rozemyne! ¡No puedo gustarte! ¡No puedes querer que yo…! No es correcto. Búscate un novio en la Academia Real. Búscate dos o tres si quieres, no es de mi incumbencia. No puedo corresponderte…

–¿Porqué no? ¡Estoy terminando la preparatoria en un mes! ¡Entraré a erudición en la Academia Real en dos meses?

–¡Eres una niña!

–¡No es cierto, Ferdinand!

Ambos se habían mirado desafiantes y molestos esa vez por un par de segundos. Él se levantó apenas notar el círculo mágico de drenado iluminarse en el suelo, respirando para calmarse antes de ponerse en pie y tirar el cono a la basura sin dejar de caminar, notando a la perfección a Rozemyne siguiéndolo de cerca.

Ninguno dijo nada en todo el camino de regreso. Apenas llegar a la casa Linkberg ella entró corriendo a encerrarse en su habitación del segundo piso con un portazo tan fuerte que él y Elvira la escucharon desde la puerta principal que daba a la calle. Él solo suspiró con fastidio antes de despedirse sin dar explicación alguna. Había estado muy avergonzado, tanto que por poco no va en el viaje con ellos a la cabaña de pesca en los límites con Ehrenfest. Si al menos Karstedt y Sylvester no lo hubieran obligado a salir de casa para llevarlo a rastras con ellos…

–No necesitas ir a otro país para huir de mi hija, Ferdinand –suspiró Karstedt, sacándolo de la calle de los recuerdos–, ella estará en la Soberanía con los otros chicos del verano de todos modos.

–Es una Linkberg terca y obsesiva, Karstedt. Mientras yo esté aquí no se va a permitir darle oportunidad a otros.

–¿Bueno, y? –intervino su hermano de nuevo–. Es una niña, igual que Wilfried, pero va a crecer, ¿sabes? No es como que los niños no crezcan algún día. ¡Solo mírate! Eres más alto que Karstedt y yo, incluso.

Ferdinand resopló tomando su último sorbo de vize antes de mirar a los dos hombres y responder con amargura.

–¿Crees que soy idiota y no lo sé o solo te parezco ingenuo porque sigo soltero? –casi gruñó–. Sé que va a crecer, sé que en tres años será una adulta… Y también sé que tiene derecho a buscar a alguien de su edad… Igual que yo.

El sonido de cristal quebrándose en la entrada a la cocina los hizo voltear a todos. Ahí estaba ella. Ese pequeño gremlin quinceañero mirando dentro con horror y los ojos anegados de lágrimas. Se habría reído de la expresión estúpida de Karstedt entrando en pánico al ver a su consentida a punto de llorar si no supiera quién era el responsable.

–¡No puedes! –gritó la chica embutida en una playera holgada que casi no cubría el short de pijama que traía puesto y que resaltaba sus piernas torneadas–. ¡No voy a salir con otro, Ferdinand! ¡No…!

–¿No, qué? ¡Soy demasiado grande para ti, entiéndelo y búscate a alguien de tu edad, que yo haré lo mismo!

–¡No!

Podía sentir el mana de la niña tratando de someterlo. Estaba furiosa. Por suerte él había pasado más tiempo que ella comprimiendo, así que la presión era apenas una molestia.

–¡Rozemyne, basta! –ordenó Karstedt, caminando con dificultad hacia la chica y tapándole los ojos de inmediato, obligándola a calmarse–. Cálmate y ve a dormir, pequeña, yo…

–¡No soy pequeña! ¡No soy una niña y esto no es justo!

Ferdinand volteó al lado contrario. Si la miraba, si la notaba débil y desvalida con la cara llena de lágrimas no tardaría nada en acercarse y abrazarla para poder consolarla como tantas veces en el pasado.

Ser un niño genio era algo complicado. Nunca faltaban los idiotas burlándose o aprovechando que eran más grandes y fuertes para molestar, él lo sabía por experiencia propia, así que había sido el primero en consolarla a ella cuando comenzó a pasarle también. Siempre había sido el primero en tomarla en brazos y limpiarle las lágrimas. El primero en consolarla. El primero en insultar a esos energúmenos idiotas e inferiores que la acosaban. El primero en darle palabras de aliento y ofrecerle llevarle libros nuevos o de paseo a donde ella quisiera para fortalecerla lo suficiente… No esta vez.

–¿Porqué se aleja de mí, papá? ¿Porqué? Rezaré a Anwachs y a Geduldh todos los días. Me volveré una adulta pronto, solo tiene que esperarme tres años y podré casarme con él, yo…

–¡Rozemyne!

El silencio que siguió a su grito de angustia era doloroso.

Ferdinand se puso en pie sin atreverse a mirarla, temeroso de que la escena acabara con su resolución y él terminara por condenarla y encerrarla como Ewigeliebe a Geduldh… Ella merecía ser libre y encontrar a alguien mejor en lugar de conformarse con alguien conocido.

–¡Pero, Ferdinand, yo te a…!

Podía escuchar el dolor en su voz o las miradas cargadas de consternación de Karstedt y Sylvester.

–Te veré en tu graduación como prometí, pero es todo. Ya no me necesitas. Con permiso.

Tuvo que huir como un cobarde en ese momento. Era lo mejor. La escuchó gritar su nombre con angustia mientras él salía de inmediato formando su bestia alta y abordándola para volver a su departamento. La regulación de bestias altas estipulaba que podían usarse con libertad en caso de emergencia y, para él, esto era una emergencia.

Mientras mantenía firme en su mente la imagen del camino a casa, aplicó mana a su dispositivo de comunicación atado a su muñeca izquierda. La pantalla de mana no tardó en desplegarse y comenzó a buscar a Elvira en sus contactos. Tecleó un mensaje rápido con los dedos de su mano derecha disculpándose, explicando que debía irse y pidiendo que le enviaran sus cosas después.

Cuando al fin llegó a casa pateó sus zapatos y se dejó caer sobre su cama con un terrible dolor de cabeza y otro en su órgano de mana. Las palabras de su protegida dando vueltas en su cabeza una y otra vez como si fuera la persona más masoquista en todo Yurgensmidt. La palabra prohibida que no la había dejado decir retumbando como un terremoto al fondo de su mente.

Él también la amaba demasiado y era por eso mismo que debía renunciar a ella y darle espacio, tanto como la barrera del país lo permitiera.

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Notas de la Autora:

Ya sé, ya sé, tengo algunos fics pendientes de avanzar... y un libro de terminar de corregir para enviarlo a concurso, pero no podía quitarme la comezón de las yemas de los dedos con esto. La historia está completa, así que la iré subiendo poco a poco hasta llegar al último capítulo. Espero que la disfruten mucho.

Feliz ombligo de semana.