Chapter Text
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Gavin Reed era de esos chicos de secundario, cliché y problemático. Logró destacar en el equipo de fútbol local de su escuela y se las arregló para sacar buenas notas como requisito necesario para permanecer dentro del equipo. A su buena educación y preparación física se le sumó su carisma. Gavin era bueno para engatusar a las personas, aunque el hecho de no poder guiñar bien llevaba a la confusión a veces. También trabajaba de medio tiempo en taller de Hank Anderson. Y era bueno.
Era bueno para correr detrás de un balón, bueno para sobresalir, bueno para conducir por la ciudad con la moto que le regalo su madre por sus dieciocho años: bueno para todo.
Quizás fue eso lo que lo llevó dudar de él, de quién era.
Dio la casualidad que un día despertó solo entre basura. Sus padres no regresarían hasta la próxima semana, porque habían viajado hasta Cambridge para visitar a su hermano mayor, Elijah, y él aprovechó para organizar una GRAN fiesta en su casa.
Estaba tendido en el suelo mirando el techo. No recordaba con claridad lo que había pasado, ni como había terminado en el suelo de su sala de estar. Pero el dolor de cabeza lo mareaba lo suficiente para renunciar a la idea de levantarse. Su mañana se reducía a ello. Y la tarde amenazaba con lo mismo, pero finalmente el hambre le hizo levantarse y prepararse algo.
Más tarde de ese día, después limpiar la casa, levantar la basura que sus compañeros habían dejado y vomitar y vomitar, se dejó caer en las baldosas del baño y apoyó su cabeza en el cerámico. Cerró los ojos y respiró, se puso de pie y tiro la cadena. Dejo caer su ropa sucia y se dio una ducha rápida.
"Ya está. No festejo más los cumpleaños en mi casa", se dijo a sí mismo.
La verdad es que no sabía como se sentía, se dio cuenta de que hace tiempo no sabía qué hacer. Ganas de alto tenía. Ganas de salir de su casa. Y lo hizo. Se vistió, tomo las llaves de su motocicleta y cuando cayó la noche, se puso su chaqueta favorita y salió de su casa.
Puso en marcha su moto y dio un paseo largo por la ciudad. Siguiendo el camino de las luces acelero. Olvido su casco, no le importo. El aire frío se sentía tan malditamente bien. Condujo hasta el puente y jugo carreras con el viento en las calles cerca del río de Detroit.
Pero, en el medio de su viaje de desvío de sí mismo —o de encontrarse a sí—, vio una silueta alta y fina conocida, caminando por el puente. Vio de reojo en el espejo retrovisor y lo recordó: ese era el hermano menor de Connor. Richard. Eran compañeros de clase, porque Gavin había repetido un año después de que Connor lo acusará de hacer trampas. No se hablaban, pero, sin embargo, lo había invitado la noche anterior a su fiesta. Él solo lo miro con esos ojos fríos y se fue. Y aunque no lo espero, nunca llegó.
—Es un gilipollas—, él se recordó. Pero, no pudo evitar reducir la velocidad al escuchar el sollozo del chico.
Gavin se preguntó que podría hacer llorar a alguien cuasi perfecto. "Quizás un nueve". De hecho algo así había sucedido unos años atrás por lo que escuchó, después de que Richard tuviera como clasificación nueve en un examen, al parecer había llorado frente a sus compañeros antes de escaparse al baño. Por eso le decían Nueve como nombre de pila. Gavin pensó en él como un come libros con un palo metido en el culo, que se creía superior a todos por tener los puntos más altos de la institución. Frunciendo el ceño llegó a la conclusión de que no le importaba una mierda si ese idiota sufría, ¡Él tenía que aprender que la vida no siempre iba a ser fácil y que duele, siempre duele!
Parpadeo. Cuando quiso darse cuenta, la voz en sus pensamientos ni siquiera era suya. Esa frase siempre se las decían sus padres. Suspirando, redujo la velocidad y dio la vuelta, persiguiendo la caminata de Richard.
Este ni siquiera notaba su presencia allí, sus hombros estaban caídos y aunque era leve, su sollozo se escuchaba en el silencio de la noche y el motor de su motocicleta. Gavin se preguntó que hacía caminando a esa hora, solo, por el puente de Detroit. Y sin pensar, se acercó, siguiendo su caminata lenta con la moto.
—Hey— finalmente habló. Richard dio un brinco y giro su rostro rápidamente, buscó el gas pimienta de su bolsillo y apuntó a los ojos de Gavin, —¡Espera!, ¡Espera, maldita sea!
—¿Gavin...?— Richard bajo el gas pimienta y parpadeó confundido, —quiero decir, Reed. ¿Qué haces aquí?— preguntó, trabándose con su propia lengua y apartando el rostro para intentar arreglar su rostro hecho un desastre.
—No te estoy siguiendo, tranquilo— Gavin soltó una risita —Solo salí a dar un paseo— encogió un hombro, —Eh– ¿Y tú?— preguntó, nervioso —no te molestes conmigo por decir esto, pero recién lucías como si tu equipo favorito hubiera perdido, ¿Estás bien?
—Yo– sí. Sí, estoy bien. Yo– necesitaba aire— respondió rápidamente, sobando su nariz, —solo eso. Puedes continuar con tu paseo nocturno, lamento haberte preocupado–
¿Preocupado por él?, Richard había entendido todo mal. Gavin no estaba preocupado por él, no. Gavin lo tenía todo: un montón de amigos, estudios y dinero. No necesitaba preocuparse por él. Es más, ahora que lo pensaba, recordó que la noche anterior apostó con un amigo cien dólares a que no sería capaz de traer al chico Nueve a la próxima fiesta.
—– sé defenderme, entonces...
Quizás podría quitarle un poco de dinero a ese gilipollas...
—¿Planeas regresar?
—Aún no— él parpadeó ante su pregunta y frunció su ceño —, ¿Por qué lo preguntas?
—Caminemos juntos— Gavin se bajó de la motocicleta y la sostuvo con sus manos —después de todo me lo debes por no aceptar mi invitación a mi fiesta de cumpleaños...
—No necesitas... Yo no– sí, está bien, es lo justo— suspiró, Gavin podía jurar que vio lo blanco de su piel enrojecerse de repente. Eso lo hizo reírse.
Ellos caminaron en silencio por largos minutos, mirando el río. Su paso era lento porque la motocicleta les hacía ir despacio, pero Gavin estaba acostumbrado a ella así que no fue difícil. El viento jugueteaba entre ellos una caricia, Gavin no entendía la sensación, la calma y la ligereza en sus pasos. Dejo escapar una bocanada de aire, avergonzado por sentirse de ese modo y miró a Richard. Su piel resplandecía a la luz de la luna y sus pestañas aún retenían una que otra gota. Este giro su rostro de repente y atrapó a Gavin mirándolo.
Él rápidamente apartó la mirada, tosiendo para acomodar su voz.
—¿Y entonces?— Gavin preguntó, regulando su propia respiración y acomodando su cabello.
—¿Disculpa?— él ladeó la cabeza.
—¿Qué te hizo llorar?
—Yo no estaba–
—No lo niegues, lo vi— Gavin frunció el ceño —quiero decir, si no quieres decírmelo está bien, pero no me mientas. Soy bueno para atrapar a las personas mentirosas. Y tengo dos putos ojos— señalo sus ojos, abriéndolos exageradamente. Esto provocó una risa en Richard.
—Es solo que...
Richard detuvo sus pasos, entre abriendo su boca para decir algo. Como si dudará qué decir.
—Yo– quiero ser como el resto de chicos— dijo apretando sus puños, Gavin soltó una risita, —Yo–, olvida lo que dije por favor— él se ruborizó, apartando la mirada y retomando su caminata.
—No, espera— Gavin fue detrás, —lo siento, no me estaba burlando— lo miró —, solo me dio curiosidad, que yo sepa eres un chico normal...
—No, no lo soy. No para mi familia y para– los chicos de clase por lo menos— suspiró —, ¿Has conocido a alguien que no pueda sonreír?
—¿Una máquina, tal vez?
—Ahí tienes. Es lo que soy. Una máquina, mi familia espera que lo sea por lo menos. Quieren que sea perfecto y perfecto, pero ni siquiera sé lo que significa serlo, ¿¿Cómo puedo ser algo que ni siquiera sé explicar??
Gavin parpadeó, Richard siempre tartamudeaba al hablar con él, pero esta vez hablo sin problemas, rápidamente y casi gritando.
—Quieran que sea mejor que Connor, pero yo no veo el problema en él y yo no puedo ser mejor que él... no– ¡No quiero ser él!, quiero ser yo. Pero hace tanto tiempo dejé de serlo que ni siquiera sé que es lo que los otros dijeron que necesito y que es lo que necesito realmente.
Gavin lo miró, las lágrimas se asomaban en su lagrimal y parecía estar conteniendo el dolor. Su voz se hacía débil entre las quejas y un sollozo se colaba en cada palabra. Él estaba enojado, cansado. Cansado de ser lo que otros esperaban. Y Gavin lo entendía.
Era como una sensación que lo cambiaba todo, ese sentimiento de soledad, de despertar solo en su cumpleaños esperando que sus padres se quedasen en Detroit y alguna vez notarán sus esfuerzos por ser como su hermano mayor.
De cierta forma, él también terminó perdiéndose. Ni siquiera podía decir si realmente le gustaba el fútbol o si solo se resignó a que le guste porque fue en dónde su padre lo reconoció por primera vez. Siempre le decían que era bueno, bueno para nada. Nada de lo que hacía bastaba.
—Realmente quería ir a tu fiesta de cumpleaños, pero ellos decidieron que no era apropiado, que esas cosas: la música, la droga, no eran para mí. Pero yo quería, realmente— su voz tembló, —porque yo–, yo— tartamudeo y miró a Gavin. Dándose cuenta de que había estado gritando y llorando frente a él, —yo...— jadeo, apartándose y ruborizándose.
—¿Por qué tú... qué?— Gavin ladeo la cabeza y levantó una ceja.
—No, yo solo– nada. Hable sin pensar, lo siento— ladeo sus labios, —lamento que hayas tenido que ver– escuchar esto. Olvida lo que dije, yo–
—Te entiendo.
—¿Eh?— el de ojos claro parpadeo.
—Te entiendo, Nines— sonrió de lado, —pero déjame decirte que el problema no eres tú. Es difícil darse cuenta de que no podemos ser lo que otros quieren que seamos, tú por qué aún eres un niño...
—Gavin... solo tienes un año más– incluso soy más alto. No soy un niño.
—Cállate, gilipollas, déjame terminar— resopló —Nunca vamos a complacerlos, incluso si nos olvidamos de quién somos para ser lo que ellos quieren ser. No necesitan hacernos sufrir para demostrar amor, ni la vida debe ser dolor. Es así como nos acostumbraron. Pero si tú eres perfecto, no es por lo que ellos dicen y quieren que seas. Si no, porque eres tú.
Nines dejo sus labios entreabiertos, sorprendido. Era la primera vez que le decían eso y no sentía dolor ni pesadez en su pecho. Tuvo apretar aún más fuerte sus uñas en sus palmas para no llorar otra vez frente a Gavin. Jesús no quería que él, de todas las personas, lo viera como un niño. Él era un hombre. Podía serlo para Gavin.
Dejando un lado ese pensamiento y la vergüenza, volvió a pisar tierra y a observar a Gavin a la luz de la luna. Este buscaba entre sus bolsillos un cigarrillo, al parecer ni siquiera se había dado cuenta de lo mucho que significaron esas palabras para él. Que siendo extraños, Gavin no dudó en seguirlo.
Esa noche lo entendió. Esa calidez. Esa brisa fresca.
—Gracias...
—Si, de nada— Gavin encendió el cigarrillo, encogiendo un hombro, —no soy bueno para estas cosas, así que no esperes mucho.
—No importa solo... Gracias.
Gavin levantó su mirada del cigarrillo y vio el rostro de Nines. Él sonreía. Incluso si hace unos minutos dijo que no sabía hacerlo, Gavin podía jurar que en su puta vida había visto una sonrisa tan hermosa y perfecta. Él preguntó por una explicación por la perfección y Gavin acaba de encontrarla. Ahí la tienes. En su sonrisa, sus ojos achinados y la luna en sus grandes pupilas.
—Lo que sea— dijo, sintiendo sus propios latidos de corazón acelerado en sus oídos.
—Hey, dame un poco de eso— Nines pidió, señalando al cigarrillo.
—¿Esto?, no, puede matarte— Gavin negó —espera... ahora que lo recuerdo, hijo de puta, hiciste una clase entera respecto a eso. Prácticamente, casi me pones de ejemplo— chasqueó —No dejabas de mirarme y el profesor–
—No era por eso...
—¿Eh?, ¿Qué?— jadeo, confundido.
—Que me des el maldito cigarrillo. Quiero probar, hoy quiero hacer algo nuevo— entrecerró los ojos, divertido.
Gavin carcajeo ante la orden.
—Wow, wow ten— Gavin le extendió el cigarrillo —¿Qué sigue ahora, robar un banco?, ¿Ser una máquina asesina?
Richard sonrió e intento fumar, pero terminó tosiendo todo el humo y apretando los ojos, devolviéndole rápidamente el cigarrillo.
—¡Jajaja!— Gavin comenzó a carcajear con fuerza, abrazando su estómago, —eres un maldito idiota, Nines.
—Se necesita ser uno para conocer a otro y, cielos, ¿Tú también me vas a llamar así?, solo fue un malentendido, yo– definitivamente no llore por un nueve— frunció el ceño, avergonzado.
—No puedes esconderte de mí, Nines, ahora sé que eres un sensible— sonrió y Richard suspiro.
—Si... sí. Lo que tu digas.
Gavin sonrió y mordió sus labios, mirando su moto.
—Oye, ¿Quieres hacer algo más loco aún?— señaló su moto con su dedo pulgar, invitándolo a subirse.
—No podría negarme...
Gavin se subió a su motocicleta y Nines lo siguió detrás, abrazando su estómago.
—¿Estás listo?
Gavin encendió la motocicleta e hizo vibrar el motor. Pero de repente, Nines se soltó.
—Si, solo es que– Feliz cumpleaños Gavin— Gavin se giró para verlo con los ojos abiertos, —sé que es tarde, pero yo...— su voz se hizo débil en las últimas palabras, susurró algo que Gavin no pudo escuchar y volvió a colocar sus manos en su estómago —No importa, ahora sí. Estoy listo.
Gavin volvio a mirar al frente y miró a Nines desde el espejo retrovisor, este sonreía y parecía no darse cuenta de lo que esas palabras significaron para él. Sintiendo la cercanía y la calidez de las manos del otro en su estomago y pecho, esperaba, por lo bajo, que Nines no escuchara su corazón tanto como él podía hacerlo...
...
Esa sensación realmente cambio algo en ellos. Pasaron de no mirarse a odiar no poder hacerlo. Del dolor en su pecho por algo cálido y continuo. Como un latido suave y bonito. Se escaparon de eso que los otros querían de ellos y se encontraron. Se presentaron y se gustaron.
Resultó que ambos tenían mucho en común: ambos querían estudiar en la universidad de Detroit criminalista. Así que los dos comenzaron a trabajar para juntar su propio dinero.
Los dos sentían ese "no sé qué" al verse. Pero no hablaban de amor. Después de todo, no era posible entre ellos. Sus padres nunca aceptarían que alguien como Nines se desperdiciara en Gavin y los padres de Gavin no aceptarían a un hijo bisexual. Pero hace tiempo entendieron que eso que sus padres les dictaban no los determinaban.
Quizás solo era vergüenza o simplemente necesitaban un empujón.
Y un día... simplemente llegó.
En una fiesta, Gavin invitó a Richard. Junto a Connor (aunque no se llevará bien con Gavin) hicieron un plan para que pudiera escaparse de la casa e irse juntos a la fiesta. Como si fuera su príncipe encerrado en una torre, Gavin lo fue a buscar en su motocicleta. Y aunque el dragón intentó separarlos, su héroe logró rescatarlo.
Los sentimientos lograron vencer al malvado dragón.
Ambos bailaron juntos y la mirada del otro se grabó en el alma del otro. Sin embargo, fue el comentario de su amigo y el dinero que este le entrego a Gavin, con quién tiempo atrás había hecho la apuesta, lo que enfrió todo.
—Mierda, realmente lo conseguiste, lograste traer al gilipollas a la fiesta— le entregó el dinero —Aquí tienes, lo mereces. Debió ser una putada fingir tanto tiempo por unos dólares, debes haber estado desesperado...
Nines lo miró y miró el dinero en las manos de Gavin. Gavin no había visto esa expresión de dolor en el rostro de Nines desde esa noche que pasaron juntos en el puente de Detroit.
—Nines yo– no–
"Quizás podría quitarle un poco de dinero a ese gilipollas..." él recordó.
—¿Qué, no sabía que era una apuesta?
—Cállate gilipollas— Gavin se giró a su amigo, tomándolo de su camisa, —deja de escupir mierda–, esto no fue por la estúpida apuesta.
—¿Entonces?, no me digas que te enamoraste...— alzó una ceja.
Gavin apretó los dientes y cerró sus puños. El chico sonrió, divertido, y miró detrás de Gavin.
—Oh mira, se está yendo...— lo señaló con la barbilla y Gavin lo soltó, corriendo tras Nines.
Todo se sentía tan frío, la música demasiado fuerte y su corazón también. Viendo como la multitud se interponía entre ellos. Todas las barreras que superaron ahora parecían regresar. Nines borró su sonrisa y aparto la mirada, alejandose. Y Gavin recordó el porque se había acercado a Nines ese día y la culpa volvía su pecho pesado y agitado.
Cuando salió a fuera de la fiesta lo alcanzó.
—¡Espera, por favor!
Este se detuvo.
—No te vayas Nines, por favor— jadeo, recuperando el aliento —, déjame... explicarte.
—¿Lo que dijo, era verdad?
—Si— confesó —, es verdad. Yo aposté que te traería a la próxima fiesta. Soy un idiota imprudente, y no espero que me perdones por eso. Pero yo... aunque me costó entenderlo, necesitaba de esa apuesta, la necesitaba para tener el valor de quedarme ese día y los otros. Los nervios de estar a tu lado no me dejaban pensar, pero ya– ya no la necesito— dio un paso hacia Nines —tengo el valor de estar contigo incluso si no soy lo suficiente y sé– sé que cuando estas el día es bonito, que eres único y no quiero- no quiero que un error mío te lastime. ¡Te amo!
Confesó entre gritos y cerrando apretando los ojos. Nines se giró, sorprendido y Gavin abrió los ojos, asustado y nervioso por su propia voz.
—No. Quiero decir, si, yo– te amo si, pero no quiero que pienses que solo porque me gustas estoy disculpándome, quiero decir–
De repente Nines comenzó a reír suavemente, cubriéndose la boca con su mano. Su rostro estaba sonrojado. Pero no tanto como el de Gavin.
—¿¿De qué mierda te ríes??— se quejó, enojado y avergonzado.
—Estás tartamudeando— sonrió, acercándose.
—¡Bueno, lo siento por no explicarme bien!, ponte en mi lugar, maldita sea— se cruzó de brazos, apartando la mirada.
—Gavin— Nines se paró al frente suyo y acarició su mejilla, haciendo que este dejará caer sus brazos de su pecho lentamente —, yo no tengo dudas de ti— sonrió —también te amo, pero... desde hace mucho tiempo. Y tampoco podía evitar tartamudear al hablar contigo.
—Espera– ¿Tú también?, ¿Me amas?, no– ¿Desde hace mucho?
—Si, desde hace mucho. Pero tampoco me quedé solo por tu cara bonita— pellizco su mejilla.
—Uh, cállate— se sonrojó, empujandolo.
—Fue porque eres tú...
—Te amo porque eres tú.
Él le confesó, sus ojos brillaban más que las estrellas de esa noche. Y Gavin sonrió y sin pensarlo dos veces, lo besó. Con un suspiro, esa primavera lo dejaron todo de lado. Y aunque quizás solo eran un bueno para nada y una máquina, nunca dejaron de amarse. Y esa pequeña particularidad de amarse en todas las historias, es lo que los hace únicos. Los hace ellos.
Su amor fue el primer sentimiento propio de ellos y la primera necesidad, de amarse y quererse, construida desde lo profundo de su corazón, como un castillo de cuento de hadas, su refugio eterno...
Fin.
