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Atsumu pensó que su verano estaba completamente arruinado cuando sus padres decidieron mandarle a un campamento de chicos en las montañas en lugar de su campamento de los últimos veranos, el de vóley, para castigarle por haber dejado de lado los estudios por el deporte. Intentó explicarles que, si iba al campamento a seguir mejorando, no tendría que dedicarle tanto tiempo durante el curso, pero sus padres decidieron ignorarle y mandarle a él solo allí. Ese detalle era el golpe de gracia. No solo tendría que dejar el vóley durante casi todo el verano, sino que encima tenía que lidiar con ello solo, sin Osamu.
Ya hacía dos semanas que se lo habían dicho y aún no se hacía a la idea. Seguía intentando convencer a su madre —porque con su padre sabía que no había posibilidad de conseguir nada— de que le dejara, al menos, no ir a ese campamento y quedarse en casa, pero no consiguió demasiado.
—Mamá, por favor. Voy a estar solo, apartado de vosotros, del vóley y de todo lo que me gusta. Es demasiado por un suspenso de nada en lengua. Además, luego lo recuperé con nota. —Le puso ojos de cachorrito a su madre. —Mami, sabes que es un castigo desproporcionado que solo le parece bien a papá. Por favor, no dejes que me encierre allí todo el verano. Prometo que el curso que viene me…
—Atsumu. —Suspiró y levantó la mirada para mirar a su hijo. —Es cierto que todo el verano es mucho tiempo.
—Es demasiado. Solo fue un examen y ni siquiera un final, era…
—Déjame terminar, Tsumu. —Cogió aire. —Todo el verano es mucho tiempo, lo sé, pero también sé que vivir nuevas experiencias es bueno para ti. Conocerás gente nueva, harás amigos y quizá hasta descubras nuevas aficiones. Así que vamos a hacer lo siguiente: como nos dejan llamar una vez a la semana para ver qué tal estáis, cuando te llame de aquí a un mes, es decir, en la semana cuatro, si no te gusta y no quieres seguir allí, me lo dices y yo voy a buscarte. Solo te pido que mientras estés allí intentes pasártelo bien. ¿Trato hecho?
—¿Y me llevarás al campamento de vóley con Samu y los demás?
—Atsumu…
—Te prometo que haré un esfuerzo para intentar pasarlo bien —añadió rápidamente. —¿Podré ir?
—No te puedo prometer nada porque aún tengo que contarle a tu padre lo de nuestro trato, pero lo pensaremos.
—Me vale. —Sonrió y se fue a su cuarto a terminar de hacer la maleta.
Solo tendría que aguantar cuatro semanas y después sería libre. Iba a ser pan comido.
—Oye, tú, copia barata.
—¿Qué quieres ahora, Osamu? Voy a ir al campamento de vóley dentro de un mes, así que ni se te ocurra vaguear mientras no estoy. Yo haré lo posible por entrenar en ese sitio.
—¿Cómo que vas a ir? ¿Has convencido a papá?
—A mamá. Hemos acordado que si aguanto un mes allí, me dejará largarme y volver al campamento de vóley.
—Has tenido suerte de ser el ojito derecho de mamá.
—Habló el mimado de papá.
—Eres un imbécil, Tsumu.
—Me vale con serlo menos que tú, capullo. —Atsumu se giró para cerrar la maleta por fin. —¿Dónde están mis muñequeras? ¿Has vuelto a coger mis cosas, atontado? —Miró a su hermano con los ojos entrecerrados mientras se acercaba a él.
—No sé de qué me hablas.
De pronto oyeron la voz de su madre pidiéndole que bajara ya, que había que salir hacia el campamento.
—Osamu, no me toques las narices. ¿Dónde las has metido?
—No es mi problema. —Se levantó de su cama y salió de la habitación.
«Puto idiota», pensó para sí.
Se puso a buscar por toda la habitación mientras oía a su madre llamarle una vez más.
«Mierda. Samu, ¿dónde las has metido?».
Siguió buscando mientras revolvía toda la habitación. Se le estaba echando el tiempo encima y…
—Atsumu. —La puerta de su cuarto se abrió de golpe y entró su madre. —¿Qué haces? Si esto es una estrategia para que me canse y pases menos tiempo allí rompemos el trato y te quedas todo el verano.
—Mamá, no encuentro mis muñequeras y juro que las metí ayer en la maleta.
—No las necesitas en el campamento, Atsumu. —Cerró su maleta y miró a su hijo. —Desfilando.
Atsumu bajó a regañadientes y le hizo un corte de mangas a su hermano mientras le miraba con odio.
—Idiota.
Subieron los tres al coche y, tras cuarenta y cinco minutos, por fin llegaron al campamento. Atsumu nunca lo admitiría, pero el sitio era una pasada. Tenía tirolinas, zona de escalada y un horario lleno de actividades para chavales de su edad. Hasta le había parecido ver una red de vóley desde el coche. Ya lo comprobaría más adelante.
Su madre aparcó el coche y todos bajaron. Hacía bastante calor aquellos días, pero allí corría una brisa fresca que se agradecía mucho.
—Cariño ¿lo llevas todo? ¿Has cogido antimosquitos? ¿Crema de sol? Mira que eres muy pálido. ¿Has cogido mudas suficientes? Dime que has cogido champú y gel. ¿Voy en un momento a comprarte algo? He visto un super por el camino.
—Mamá, estoy bien. No quiero estar aquí, pero eso no significa que sea un infierno. Vamos a buscar mi cabaña.
Le preguntaron a un monitor que había por ahí y les guio hasta donde tenían que ir, además de darles un pequeño tour por el lugar. En cuanto llegaron, vieron que en cada cabaña dormían cuatro personas y que ya había una ocupada, la del fondo a la izquierda. Atsumu se decidió por la del fondo a la derecha y dejó la maleta sobre la cama.
—Cielo, creo que nos tenemos que ir ya. Hoy le toca a Samu preparar la cena y tenemos que pasar por el super antes de que cierre.
Regresaron al coche los tres.
—No os preocupéis, estaré bien. Sufriendo en este infierno entre masas gigantes de piedra y tierra y rodeado de no-vóley —dramatizó un poco—, pero bien.
Su madre le abrazó fuerte y le dio un beso en la frente.
—Te quiero, chiquitín.
—Mamááá. Mido más que tú. —Se sonrojó un poco y la abrazó de vuelta. —Yo también te quiero. Y a papá. Hasta a Osamu.
—Eres un pringado —dijo mientras abrazaba a su hermano y este le correspondía con más ganas de las que habría admitido. —No te pudras demasiado aquí.
—No te preocupes por mí, preocúpate por tu culo cuando vuelva. Te lo voy a patear de lo lindo si veo que no has trabajado en el campamento, copia desteñida.
—Lo que tú digas, copia barata.
Atsumu se quedó a ver cómo su madre y su gemelo se iban y luego regresó a su cabaña.
—Será desgraciado. —Sobre su cama estaban sus muñequeras de la buena suerte que tanto había buscado en casa.
—¿Quién es un desgraciado? —dijo alguien detrás de él.
Se giró y vio a un chaval alto con el pelo de dos colores todo peinado hacia arriba.
—Oh, hola. Me llamo Miya Atsumu, creo que vamos a ser compañeros.
—Genial. —sonrió el chico. —Yo soy Bokuto Kotaro. ¿Es tu primer año? Nunca te he visto por aquí.
—Sí, la verdad. Normalmente voy a otro campamento, pero este año ha tocado aquí.
—Bienvenido entonces. —Dejó sus cosas sobre la cama frente a la suya. —Oh, Kiyoomi ya ha llegado. ¿Le has conocido ya?
—Que va, solo he visto que había escogido cama, así que me he tomado la libertad de escoger yo también, si no os importa.
—Al final da igual donde durmamos, calor va a hacer igual —rio un poco y se estiró. —Voy a saludar a un amigo, luego vuelvo. —Y se fue.
Si estuviera donde tenía que estar, él también tendría amigos a los que ir a saludar nada más llegar.
Suspiró y decidió empezar a colocar sus cosas en su lado de habitación. Tenían unos estantes sobre la cama para poner cosas y una mesita de noche, además de un armario para compartir de dos en dos. Estaba bastante bien. Tampoco se había traído muchas cosas, solo lo básico, no iba a estar allí mucho tiempo. Llevaba ropa cómoda, cartas, el uno (porque no pueden faltar unos buenos piques) y algunas cosas más.
Cuando acabó, se sentó un momento en la cama frente a la suya para ver si lo había colocado todo bien y vio la puerta de la cabaña abrirse.
—¿Qué haces en mi cama? ¿Quién te ha dado permiso para sentarte ahí?
—Oh, perdona. —Se levantó rápidamente. —No pensaba que fuera a molestarte, solo me he sentado, no he hecho nada. Supongo que tú eres el Kiyoomi que me había dicho Bokuto. Encantado, soy Miya Atsumu. —Le tendió una mano para saludarle, pero el chico pelinegro pasó de ella. Normalmente le habría respondido con cierta mordacidad, pero tenía que aguantar allí un mes entero. Lo mejor era intentar llevarse bien con los demás o, como mínimo, no llevarse mal con ellos.
—Mantente en tu espacio y no toques mis cosas.
—Tampoco es para ponerse así, hombre. Que solo me he sentado.
El chico se dirigió a su mesita de noche y sacó una mascarilla. Se la puso y volvió a salir de la cabaña.
«Vaya tío más raro».
