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No sabe cuánto tiempo pasó desde que se despidió de Cellbit, su marido, Sobre lo que piensa que pudo ser la noche anterior, solo recuerda cómo se despidieron en el balcón, junto al atardecer y que desde ahí, se tumbó en la cama que compartían y tras unos instantes, cayó rendido por el sueño.
De repente, Roier abrió los ojos, siendo deslumbrado por una intensa luz blanca que alumbraba toda la habitación en donde estaba, haciendo que se revolviera entre el colchón donde estaba tumbado. Pero espera… el castillo de Cellbit… no era blanco…
No sabia ni que hora era, ni donde estaba Cellbit y mucho menos donde estaba el. El castaño se sentó en el mismo colchón soltando un apenas audible gruñido, girando su mirada intentando buscar alguna pista que le indicara donde estaba, aunque parecía ser que el lugar era completamente blanco y solo el y un colchón con sábanas también del mismo color estaban en el.
—Buenos días.— La voz robotizada resonó por la habitación, haciendo que Roier se sobresaltara y comenzara a mirar de lado a lado como un niño perdido. —¿Qué diablos…?— Cuestionó el castaño levantándose y dando unos pasos por el alrededor de la habitación. —¿Cucurucho? ¿E-eres tú…?— No comprendía nada. ¿Estaba loco? ¿Qué le estaba pasando? ¿Será que la Federación lo secuestro como a Felps y a Cellbit? ¿Será que la Federación sabe que…-
El contacto de una mano apoyándose contra su hombro le sacó de sus pensamientos, un escalofrío recorriendo por su cuerpo. Se dio la vuelta lentamente, solo para observar al oso blanco con una sonrisa en su cara mirándolo fijamente. —Buenos días.— Repitió la voz de Cucurucho. Roier frunció el ceño. —Cucurucho.— Dijo serio y dando pequeños pasos hacia atrás, asustado de algún posible daño que le podría hacer el oso.
—¿Dónde estoy? ¿Qué es este lugar tan… deslumbrante?— Su voz temblaba ligeramente, no lo podía evitar. —¿Le- Le has hecho algo a Cellbit?— Trago en seco. —Hahaha.— Cucurucho río, haciendo que el castaño alzó las cejas. El oso sacó un libro, entregandoselo al otro. —‘‘No te preocupes, él está bien :)’’— Leyó en voz alta Roier. —¿Entonces…?— Cucurucho sacó otro libro, haciendo la misma acción.
—‘‘Tengo una sorpresa para ti, considéralo como regalo de boda :)’’— Alzó la voz en las últimas tres palabras. ¿Regalo de boda de parte de Cucurucho? ¡Qué sorpresa! —Por favor, sígueme.— Sin nada más que decir, los dos caminaron, uno detrás de otro.
Tras algunos minutos caminando por pasillos sin luz, parecía ser que llegaron a su destino. Esta habitación le sonaba de algo, pero no podía recordar exactamente el que… Cucurucho le dio un último libro a Roier. —‘‘Quédate de pie delante de esta pared. Se abrirá en unos instantes :).’’— Leyó el castaño. Cucurucho se alejó, dejando solo a Roier frente a esa pared.
Tras algunos segundos, la puerta se comenzó a abrir. Por unos instantes, Roier dudó si confiar en el osito, pero al comenzar a ver su sorpresa, no se arrepintió de ello. Un audible sonido de sorpresa salió de su boca sin poder evitarlo mientras sus ojos comenzaban a cristalizarse. Quería gritar, pero las palabras no salían de su boca, estaba demasiado sorprendido para poder hablar.
Se tapó la cara y dejó que el primer sollozo escapara de sus labios. Cuando se la destapó, lo primero que sus ojos pudieron analizar fue un cartelito con ese color que destacaba a su pequeño que ponía; ‘‘Pa, te he echado mucho de menos ;)’’ No lo podía creer. ¡Su pequeño estaba de vuelta!
Roier dejó que las lágrimas cayeran por sus bronceadas mejillas y corrió acercándose a su hijo. Su Bobby estaba de vuelta otra vez, pero no por mucho.
“Solo puedo estar contigo un rato, pero podemos hacer lo que quieras ^^” Escribió Bobby en un cartel y sin dudarlo, Roier lo cogió en brazos y se teletransportaron fuera de ese lugar.
Roier le enseñó la pequeña ciudad que construyó en su honor y le habló sobre lo que pasó después de su muerte, sin poder evitar derramar algunas lágrimas traviesas mientras hacía tal cosa. “Pa, no me queda mucho tiempo :((“ Escribió el pequeño. Roier frunció el ceño tras leerlo. —Hay un último lugar… Ah- Vamos antes de que Cucurucho vuelva. — Contestó el castaño con una suave sonrisa que reflejaba la tristeza que sentía.
En realidad no se sentía triste, estaba contento de poder volver a ver a su hijo, pero le dolía mucho la idea de ya probablemente no verlo nunca más. Le dolía que su familia feliz no estuviera completa, faltaba el.
Roier agarró la mano del pequeño y se teletransportaron a ese lugar tan bonito, pero lamentablemente, ahora un tanto destruido por culpa de Quackity. El sitio donde él y Cellbit se casaron. Los dos se dirigieron a uno de los bancos que sobrevivieron la explosión en la parte más atrás del altar y se sentaron.
—Esto no te lo conté pero…— Comenzó el castaño, sonriendo tímidamente. —Ayer me casé… Me casé con Cellbit…— Los ojos de Roier volvieron a cristalizarse, un suave sollozo escapo sus labios. —Ojalá tú- ojalá hubieras estado ahí… — El pequeño Bobby le abrazó el brazo, Roier sintió como más difícil se hacía retener las lágrimas.
“Lograste robarle el corazón apa” Bobby escribió, haciendo que con una leve sonrisa Roier suspiró audiblemente. —Me hubiera gustado que estuvieras ahí Bobby…— Frunció el ceño, levantando su mirada para ver el precioso atardecer que los acompañaba mientras el pequeño volvía a escribir un cartel. Cuando acabó, estiró la manga de la sudadera de Spiderman de su papá, sacándolo de sus pensamientos.
—“Me alegra que al fin estes feliz, yo siempre estaré ahí”— Leyó el castaño, el cartel estaba acompañado por un corazón, haciendo que Roier lo pusiera en su regazo para abrazarlo. —Apoco si patitas de cheeto. — Río por lo bajo el mayor sin separarse de su hijo.
De repente, su visión comenzó a tornarse borrosa y blanca, murmurando varios “No” sabiendo que era la hora de despedirse de su pequeño hijo. Roier logró apreciar como el pequeño tenía lágrimas en sus ojos y estaba despidiéndose con la mano, eso es todo lo que pudo ver Roier antes de gritar un “¡NO!”.
Sus ojos se abrieron de repente, soltando un sonido de sorpresa. ¿Dónde estaba…? Unas suaves caricias en su mejilla le devolvieron a la realidad. Cellbit estaba ahí.
El mayor limpio varias lágrimas de las mejillas de su esposo, su expresión de confort nunca desapareció. Roier se dio la vuelta, dándole la espalda a su marido por la vergüenza.
—Ei, Roier... Está tudo bem, amor?— Susurró Cellbit, abrazándolo por la espalda. Roier asintió. —Solo- solo fue un sueño…— Respondió el menor en el mismo tono de voz. El híbrido de gato plantó un beso en el cuello del otro, sacándole una suave risa. —Com que você sonhou guapito? Quer falar?— El de mecha blanca entrelazo una de sus manos con otra de su esposo, mientras que con la otra le daba pequeñas caricias en el pelo. Roier suspiró.
—Vi a Bobby… — sorbió por la nariz. Cellbit murmuró un “oh”. —E que tal? Foi bonito, certo?— Roier río tras escuchar a su marido. —Siempre que tiene que ver con Bobby es lindo, a no ser que sea sobre su muerte…— Cellbit volvió a murmurar a método de comprensión.
—Duérmete vale? É bastante tarde, querido, descansa. — Cellbit dejó otro suave beso en el cuello del más joven antes de acercar el cuerpo de este más hacia él. Haciendo que Roier sonriera. Lágrimas de felicidad volvieron a formarse en sus bonitos ojos, era feliz con su familia, pero siempre pensó que estaría incompleta, aunque ahora sabe que su pequeña Bobby le observa desde donde sea que el estuviera.
