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No es la gravedad ni el viento del mar el que me trae de vuelta a ti

Summary:

En un rincón de su libreta llena de piezas musicales a medio armar y fragmentos de letras que poco a poco hacen una melodía, hay una en particular que lleva años completa.

Es una confesión. Una que Santi jamás puede leer.

Notes:

El San Carlos me tiene agarrado y no me suelta

El titulo y la idea base del fic es de la canción Good Enough de Xdinary Heroes

Si estás mencionado en los tags, no se como llegaste aquí pero hazte y hazme un favor y cierra la ventana, no quieres leer esto, trust me.
Also, NO ME DEMANDEN POR FAVOR.

Work Text:

Está lejos de considerarse un compositor pródigo o un músico profesional cuando apenas y es un estudiante recién salido de universidad, pero le gusta soñar. Acevedo anota en su maltratado cuaderno fragmentos de letras, notas y acordes que, aunque no son una canción completa todavía, pueden serlo algún día. Cuida esas notas más que su vida; a donde va él, va esa libreta vieja y llena de garabatos y stickers medio desgastados. Es tanto su recelo a mostrar los contenidos de sus páginas que incluso su mejor amigo bromea cada vez que lo ve escribir fervientemente sus ideas antes de que se le escapen.

—¿Me vas a dejar escuchar alguna vez una de las miles de canciones que debes tener guardadas ahí?— le dice Santi sonriendo mientras choca su hombro levemente contra el de Acevedo. Él se ríe de vuelta y hace una mueca como que no sabe la respuesta.

La verdad es que si hay una sola persona en el mundo que no quiere que abra nunca esa libreta, es precisamente Santi. 

Y no es vergüenza ni mucho menos lo que le hace querer ponerle cadena y candado y esconder el cuaderno bien lejos de su amigo de la infancia. No, al contrario. Sabe que tiene buenas canciones casi completas, con un par de arreglos aquí y allá estarán listas pronto. Además, Santi siempre lo ha apoyado en todo lo que hace, desde que eran pequeños y Acevedo anunció muy decidido que quería ser músico cuando creciera. Ha estado ahí cuando era pésimo tocando la guitarra y mientras fue poco a poco mejorando, siempre dándole ánimos cuando la frustración era demasiada. Santi es la primera persona a la que va para mostrarle todas sus canciones nuevas.

Todas menos una.

En un rincón de su libreta llena de piezas musicales a medio armar y fragmentos de letras que poco a poco hacen una melodía, hay una en particular que lleva años completa. Los márgenes de la hoja están llenos de pequeños cambios y ajustes que ha hecho a través de los años. El papel incluso se siente frágil de tantas veces que ha abierto, cerrado, escrito y borrado en esas hojas. Ha leído y releído las palabras a tal punto que con cerrar los ojos puede visualizar su caligrafía desordenada formando la letra.

Es una confesión. Una que Santi jamás puede leer.

Acevedo guarda esta canción cerca de su corazón. Desearía tener la fuerza para arrancar las hojas —guardarlas en algún lugar más seguro o incluso quemarlas para que la única evidencia que quede de ella sea en su memoria— pero no puede; sería destruir algo invaluable, borrar toda huella de sus sentimientos por su mejor amigo. 

En la privacidad de su habitación se permite tomar su guitarra y canta la canción que le escribió a Santi desde años atrás y que jamás piensa mostrarle. Su voz es suave y casi como si susurrara un secreto. El dolor de saberse no correspondido le cierra la garganta y le llena los ojos de lágrimas que se niega a dejar caer. Es suficiente estar al lado de Santi como amigos, no necesita más que eso; desea mucho más, tanto que le aterra a veces la fuerza de su amor, pero no puede permitirse siquiera pensar en tener algo más que amistad.

 

✵

 

Santi sabe que su mejor amigo le esconde algo. No es tonto, por supuesto que sabe que evita cuidadosamente ciertas preguntas y es mucho más evidente cuando se trata de su música. Y sobre todo, la desgastada libreta que contiene las ideas de su amigo le causa una curiosidad terrible. 

Porque se conocen de tantos años y sabe que Acevedo es muy privado, nunca ha insistido para que le muestre lo que hay ahí dentro. Sabe que su amigo vendrá a él para mostrarle sus nuevas canciones cuando estén listas. Siempre es y será su primera audiencia. Es algo inexplicable, la sensación de orgullo que le causa saber que Acevedo confía en él para mostrarle sus creaciones antes que a nadie más, antes de dejarlas libres en el mundo. Y es esa misma sensación la que alimenta en parte la culpa de Santi al saber que aun así quiere más; quiere ver con sus propios ojos las páginas que guarda con tanto recelo su amigo.

El resto de su culpa la aviva el deseo prohibido de ser algo más que amigos.

Debe admitir que cuando Acevedo llega emocionado a mostrarle una nueva creación, Santi a veces se olvida de prestar atención a la canción porque está demasiado concentrado en las expresiones de su mejor amigo, en cómo se transforma cuando se enfoca tanto que se le olvida el resto del mundo. Se siente egoísta al pensar que le gustaría ser el único en presenciar esa expresión en él. Y aunque le pide repetir la canción una o dos veces más siempre, Acevedo no parece molesto; al contrario, parece feliz de que Santi quiera escucharlo una y otra vez. 

Cada vez es más difícil disimular lo que siente. No puede evitar sonreír mientras escucha a su amigo hablar; no importa el tema, el ver a Carlos contarle tan apasionadamente sobre la nueva película que vio o una nueva canción que está componiendo, o algo tan simple como ponerse al día cuando han pasado tiempo sin verse. Si sus demás amigos lo han notado, no han dicho nada. Es un pequeño alivio. No es algo que quiera que Acevedo note, ni ahora ni nunca; puede quedarse este secreto con él por el resto de su vida con tal de mantener a su mejor amigo a su lado.

 

✵

 

Todo se desenvuelve por accidente. 

Acevedo está mostrándole una canción a medias a Santi, con su guitarra en su regazo y la libreta maltrecha sobre su rodilla, precariamente balanceada ahí para permitirle leer las notas que hay en el papel. Cuando le pregunta sobre la tentativa letra, su amigo le pide que le deje ver sus notas. No es algo extraño para ellos, para nada, por lo que Acevedo le extiende distraídamente el cuaderno a Santi y él estira la mano al mismo tiempo, haciendo que choquen.

La libreta está tan vieja y gastada que muchas de las hojas salen desprendidas en todas direcciones. Los dos maldicen en voz alta y Acevedo deja de lado su guitarra para poder apresurarse a recoger las notas regadas por todo el piso de su cuarto. Santi a su vez le pide disculpas y junta hoja tras hoja, cuidando de no maltratar ninguna de ellas. 

No lo puede evitar. La curiosidad le traiciona inconscientemente y mientras levanta las hojas del suelo, los ojos de Santi pasan rápidamente por ellas. Alcanza a leer fragmentos de notas pero hay una en particular que me hace detenerse, olvidando por completo que está frente a su amigo. Nada importa más que las palabras en esta única hoja de papel y la forma en la que están haciendo un hueco crecer en su pecho.

—¿Santi?— La voz de Carlos parece venir de muy lejos y le toma un par de segundos darse cuenta de que su amigo está sacudiéndolo por el hombro levemente. Santi despega por fin la vista de la hoja que tiene en la mano y mira a Acevedo, intentando recomponer su expresión antes de que se de cuenta de que pasa. —Wey, llevo hablándote como cinco minutos, ¿estas…?—

La mirada de Acevedo cae sobre las notas que su amigo había estado leyendo y las palabras se ahogan en su boca. Santi jamás lo ha visto palidecer así en su vida. Se ve como que le quiere arrancar la hoja de las manos pero al mismo tiempo es incapaz de mover un solo músculo. Después de varios segundos que se sienten eternos, Carlos por fin parece lograr retomar control de su cuerpo y le arrebata bruscamente la nota. La confesión, corrige Santi en su mente; es una confesión en forma de canción.

—Perdón, yo–

—No debiste leer eso.— Lo interrumpe Acevedo con voz ronca y tono golpeado, arrebatando el resto de sus notas de las manos de su amigo. Rápidamente junta los papeles restantes y los pone debajo de su guitarra para evitar que vuelvan a salir volando. Acto seguido, se gira hacia Santi. Está tan enojado que sus labios son solo una línea severa y un músculo en su quijada no deja de temblar. —¿Qué chingados te pasa, Santiago?

Le toma por sorpresa no su carácter, sino que esté dirigido hacia él. Santi frunce el ceño, —Wey, no fue a proposito, yo nada más estaba levantando los papeles y–

—Si, pero, ¿qué verga tienes que andar leyendo mis notas?— Acevedo levanta la voz. Santi siente como comienza a enojarse él también en respuesta al repentino ataque de furia de Carlos.

—Como si no me dejaras verlas nunca. ¡Además ya te dije que no fue a propósito, cabrón!

Carlos aprieta los dientes como si apenas pudiera contenerse y después de varios segundos en silencio, se da media vuelta para darle la espalda a su amigo. —Vete.

Santi siente como si le acabara de aventar agua helada encima. —¿Qué?—

—Que te vayas, Santiago.

Es ahora Santi quién reclama, acercándose a Acevedo para empujarlo y obligarlo a que lo vea. —¿Qué chingados te pasa a ti, Carlos? Ya te pedí disculpas, no fue mi intención pero lo siento. ¿Por qué te pones así?— Su mejor amigo aparta la mirada, testarudo y enojado como siempre ha sido. —Si te preocupa que le diga a alguien lo que leí, nunca haría eso y lo sabes.

Sabe que es un tema delicado por cómo está reaccionando Acevedo, pero una vez molesto es difícil detenerse. Debería callarse y esperar a que se tranquilicen los dos para hablarlo después. Debería hacer muchas cosas, pero es injusto y duele que su mejor amigo lo trate de esa forma cuando no ha hecho nada malo, no hasta donde puede entender. 

—Me vale madres que no haya sido tu intención, sabes perfectamente que esas notas son privadas. Si te las comparto es porque decido hacerlo, no porque te fuiste a meter en mis cosas. En serio Santiago, vete– 

Santi es quien lo interrumpe esta vez, empujando a Carlos de nuevo, casi acorralados en una esquina de su cuarto, —No me voy a ir a ningún lado hasta que me digas por qué me estás gritando. ¿Tu crees que no me siento mal? ¿Qué chingados tiene que haya leído por accidente una canción que escribiste?

Algo parece quebrarse entre ellos.

—¡Porque la escribí para ti!— grita Acevedo mientras empuja de vuelta a Santi, aferrándose a su playera y sacudiendolo. —¡La pinche canción es para ti y lo último que quiero es que la veas!

Ambos se quedan en silencio, Carlos respirando agitadamente y Santiago completamente congelado sin poder esconder la sorpresa de su rostro. Poco a poco el enojo va desapareciendo hasta que parece que Acevedo se mantiene solo en pie por el agarre que tiene en la playera de su amigo; se ve exhausto de repente y sus manos tiemblan. —Santi… neta, por favor, ve– 

Santiago lo toma del rostro y, por un segundo, a Carlos le inunda de nuevo el pánico. Lo siguiente que sabe es que su mejor amigo, de quien lleva enamorado más tiempo del que quisiera admitir, lo está besando con tal desesperación que casi parece coraje. Acevedo le devuelve el beso con la misma intensidad, soltando la playera para aferrarse de los hombros de Santi, pero aún no logra terminar de procesar que en verdad está pasando. Solo se separan cuando se les acaba el aliento. Carlos abre los ojos y se encuentra a Santi viéndolo, los dos tan cerca aún que puede sentir sus jadeos sobre sus labios.

—Eres un pendejo.— Es lo primero que le dice Santi pero está sonriendo y lo sigue de un beso corto, así que no puede enojarse con él. —Somos unos pendejos los dos. ¿Tienes idea de cuánto tiempo llevo enamorado de ti? Años, Carlos, años.

—¿Por qué no dijiste nada?

—No sabía si sentías lo mismo, y no quería quedarme sin mi mejor amigo. Prefería estar contigo así que perderte.

Se quedan en silencio pero sin apartar la vista. A pesar de conocerse tan bien y ser tan cercanos, sienten como si fuese la primera vez que ven al otro con tanta claridad. Carlos baja la vista hacia la boca de su amigo y luego regresa la vista hacia sus ojos; ignorando el miedo que todavía ronda el fondo de su mente, se acerca despacio hasta que sus labios conectan de nuevo con los de Santi. En cuanto siente como le devuelve el beso, su ansiedad se disipa y se permite a sí mismo dejarse llevar. 

 

✵

 

—¿Cuándo me vas a cantar mi canción?— pregunta Santi y suelta la carcajada cuando recibe un mochilazo de parte de Carlos. —¿Ese es un 'ahorita'?

—Es un 'nunca', baboso.

Santi se recarga en él, todavía riéndose mientras que Acevedo intenta mantener su expresión molesta. La sonrisita que se le asoma en la boca lo delata. 

—Me escribiste una canción, merezco escucharla.

Carlos se pasa las manos por el cabello, sintiendo sus orejas quemar de vergüenza. —No, no mames, te amo pero no tanto como para hacer el ridículo así.

—Pinche mamón.— Santi lo agarra del cuello para besarlo. Sigue sin creer que pudieron haber estado haciendo esto desde hace años y ni él ni su novio pensaron en confesarse. —Yo también te amo aunque no me cantes.

Acevedo le da un codazo mientras se ríe y lo besa de vuelta. Lo que Santi no sabe es que en la libreta vieja y medio desbaratada, junto a la confesión que alguna vez le escribió hace años, Carlos ya ha empezado a escribir varias canciones más para él.