Chapter Text
–¡Arnold! ¡Cuidado!
El ruido lo ensordeció.
Objetos cayendo a su alrededor.
Silencio.
Gritos.
Ruidos de metal torcido y vidrios rotos.
Luces parpadeantes.
Sirenas.
Más ruido.
Una sensación de presión en su costado.
Un sonido agudo en sus oídos que parecía venir de adentro.
Silencio y oscuridad.
El brillo lo cegó por un instante. Pestañeó con fuerza. Estaba entumecido. Tenía una aguja en el brazo y sensores pegados en distintas partes de su cuerpo.
–¡Hijo! – dijeron Stella y Miles a coro, acercándose a abrazarlo.
–¿Mamá? ¿Papá? – Arnold miró alrededor. – ¿Dónde estoy?
–Estás en el hospital– dijeron ambos.
–¿En el hospital? Yo... ¿Qué hago en el hospital?
En ese momento entró a la habitación una mujer de cabello rizado y piel oscura que vestía una bata blanca y tenía un estetoscopio colgando.
–Veo que despertaste, Arnold – dijo con una sonrisa– Soy Rebecca
–Mucho gusto – dijo el chico con su cordialidad de siempre –¿Qué hago aquí? ¿Qué me pasó?
–Estuviste en un accidente y perdiste la conciencia
–¿En un accidente? ¿Dónde? ¿En la escuela?
–¿No lo recuerdas?
Arnold negó.
–Es probable que se confunda – dijo dirigiéndose a la pareja, parecían preocupados – y que algunas cosas parezcan incoherentes o sin sentido... – añadió revisando sus notas – con el tiempo eso pasará. A veces los recuerdos vuelven de golpe, otras veces poco a poco y algunas veces no regresan, varía de persona en persona...
–¿Cuánto llevo aquí?
–Apenas unas horas, el accidente fue esta mañana – Sonrió. – Por suerte no hay heridas de gravedad, haremos algunas pruebas y si todo sale bien, pronto estarán en casa...
Arnold asintió.
–Bueno, campeón – dijo Miles –, dejaremos a la doctora hacer su trabajo. Volveremos cuando terminen las pruebas
–Claro
Vio a sus padres apartarse.
–¡Mamá, papá, esperen! –dijo el chico.
Los adultos voltearon a verlo.
–Hay algo que me molesta
Sus padres intercambiaron una mirada.
–¿Qué es, hijo? –dijo Stella – Sabes que puedes decirnos
–Es solo – Arnold cerró los ojos. La cabeza le dolía. Levantó una de sus manos y notó que su frente estaba vendada – ¿D-dónde está mi gorra?
Los adultos frente a él sonrieron.
–En la mesita de noche – dijo Stella acercándose para abrir el cajón –, junto con tu ropa, cariño
Arnold asintió y vio a sus padres salir.
Tras algunos exámenes y revisiones, lo dejaron descansar. El chico miraba la habitación y jugaba con sus dedos.
Más tarde la doctora habló con su familia, le permitieron vestirse y guardar sus cosas, le dieron algunos analgésicos explicando cómo debía tomarlos y luego dijo que estaba listo para irse a casa.
El chico subió a la parte de atrás del auto. A un lado estaba su madre, al otro su abuela.
–Nos diste un gran susto, hombre pequeño–dijo Phil en el volante.
–Pero nos alegra que estés bien – añadió Miles, desde el asiento del copiloto.
–Lamento haberlos preocupado – dijo el chico.
–No fue tu culpa, querido – dijo Gertie –. Los accidentes pasan
–Lo sé, abuela... es solo que tengo la sensación... de que de algún modo fue mi culpa
–¿Por qué? –preguntó su madre –¿Recordaste algo de lo que pasó?
El chico negó.
–Es una sensación. Apenas recuerdo levantarme para ir a la escuela. No sé qué pasó después de eso. De hecho... apenas recuerdo los últimos meses. Sé que viajamos a San Lorenzo... y que pude encontrarlos, pero no recuerdo cómo ocurrió
Los adultos a su alrededor intercambiaron una mirada de preocupación.
–¿Qué ocurre? –dijo el chico.
–La doctora dijo que esto podía pasar, hijo –dijo Miles.
–Si recuerdas algo – añadió su madre –, lo que sea, tienes que decirnos ¿sí? Incluso si es raro o confuso. Tu estadía en San Lorenzo no fue precisamente un paseo, así que si crees que algo es extraño no te lo guardes, tal vez podamos ayudarte
Arnold asintió y cerró los ojos.
Una punzada en su cabeza.
El dolor en su cuerpo.
Estaba a salvo.
Pestañeo.
Las luces del alumbrado a intervalos.
Su abuelo y su padre charlaban.
Arnold
Esa voz no era de nadie que estuviera en el auto.
Calidez.
Alguien tomaba su mano, jugando con sus dedos. No era su madre. Se sentía diferente. Conocía ese contacto, pero no lograba darle nombre ni rostro. Era agradable, tibio, suave y en cierto modo protector.
Un bache que el abuelo no logró esquivar hizo saltar el auto y lo despertó.
Su mano se cerraba en el aire.
Estaban por llegar a casa.
¿Acaso se había dormido? ¿Soñó que alguien tomaba su mano? ¿Quién era?
Su corazón latió de forma dolorosa y luego sintió la presión en su cabeza.
–Ya estamos en casa – anunció el abuelo apagando el motor.
Una vez adentro la abuela calentó algo de sopa y los cinco se sentaron a la mesa.
Arnold no vio a los residentes de la casa. Tal vez ya estaban durmiendo. Se convenció de que su familia les informó que él estaba bien y que era mejor darle espacio, pero en parte le dolía que ninguno de ellos estuviera preocupado por él.
El teléfono sonó fuerte en el silencioso hogar. El abuelo contestó.
–¿Diga?... Sí, habla Phil... oh... ¿hace cuánto?... sí, entiendo... lo siento... sí... sí... gracias por avisar... sí... nuevamente, lo siento mucho. No, no lo sé... ajá... sí... lo intentaré, pero tal vez sea mejor hablar mañana. Gracias
El hombre se tomó su tiempo para regresar al comedor.
–¿Quién era, abuelo? – dijo el chico, con curiosidad, no eran horas comunes para llamar.
–Oh, una conocida – dijo el anciano rascando su mentón.
–¿Llamando a esta hora? Debió ser algo importante
–Sí, era una información importante – lo miró –, pero no es algo que importe ahora mismo, mañana lo resolveré. Cambia esa cara de preocupación, hombre pequeño – le sonrió – ¿Qué tal la sopa? ¿Quieres más?
Arnold miró su plato que aún tenía la mitad de la comida y negó.
–Estoy bien, abuelo, gracias... – Bostezó. – Creo que iré a dormir
–¿Necesitas ayuda para subir la escalera? – dijeron sus padres.
–Creo que puedo hacerlo – dijo con una sonrisa.
El dolor era peor que una paliza, sí, pero no había recibido pocas en su vida, en especial de Wolfgang.
Al pasar junto al arrimo del pasillo miró el teléfono, intrigado. Sabía que el abuelo había hecho lo mejor que pudo por evadir su pregunta, pero no estaba seguro de por qué.
Otra vez la punzada en su cabeza. Tal vez... tal vez podía llamar a Gerald.
Decidió intentarlo en el teléfono del segundo piso. En cuanto subió notó que sus padres y abuelos charlaban en voz baja. Algo estaba pasando y nadie le decía.
Tomó el auricular y marcó de memoria el número de su amigo. Fue tan automático, que ni siquiera miró los botones cuando lo hizo.
–¿Hola? –contestó una mujer al otro lado de la línea.
–Hola, señora Johanssen. Habla Arnold
–¿Cómo estás? Supe del accidente
–Oh... ya estoy en casa... sigo un poco adolorido, pero estaré bien
–Me alegra oírlo. Gerald se pasó la tarde preocupado por ti, pero ya sabes como son las políticas del hospital, solo familiares
–Hablando de Gerald, ¿sigue despierto?
–Oh, querido, lo siento mucho, hace unos minutos fue a ver a su novia
Otra punzada en su cabeza y el recuerdo de su amigo contándole con emoción que había comenzado a salir con la chica más inteligente de la clase. Entonces aparecieron en su cabeza la imagen de los lentes que ella usaba de toda la vida, pero no veía su rostro.
–¿A esta hora? ¿Por qué? ¿le pasó algo?
–Así parece, estaba muy angustiada cuando llamó. Le diré que ya estás en casa y que llamaste. ¿Quieres que le diga que te llame desde allá?
–No hace falta, creo que iré a dormir. Gracias, señora Johanssen
Gerald tenía otras prioridades ¿Acaso lo de su novia era más grave? ¿Y qué pudo pasarle? ¿Estuvo ella también en el accidente? ¿Pero no habría estado Gerald con ella en ese caso? ¿Cómo se llamaba la chica? Era de su clase, sí, pero...
Demonios... no podía quitarse la sensación de malestar.
Su cabeza seguía doliendo.
Tal vez si le pasó algo a la novia de su amigo. Sentía que se llevaba bien con ella y que era una chica dulce, amistosa y preocupada. No le habría pedido a Gerald que fuera a verla en una situación así, a menos que fuera realmente importante.
Dio otro largo suspiro y siguió rumbo a su habitación. Parecía que no estaba tan lastimado. En uno de sus brazos tenía un corte un poco feo, pero no profundo, en sus piernas varios moretones y lo de la cabeza sabía que había sido un golpe.
Al entrar a su habitación, todo estaba como siempre. Sin embargo, algo se sentía fuera de lugar. Miró alrededor. Sus libros, su despertador, su computadora, el sillón, la alfombra con ese extraño diseño, el tejado de vidrio, su cama.
Todo estaba ahí, pero sabía que algo faltaba.
–Tal vez solo estoy cansado – se dijo bostezando.
Se dejó caer sobre la cama y apagó la luz con su control remoto. El sueño llegó a él.
Un parpadeo.
Su habitación borrosa.
Otro parpadeo.
La luna en el cielo.
Otro parpadeo.
Una niebla más allá de la ventana.
Otro parpadeo.
Oscuridad.
–Bueno, niños... hoy tenemos un viaje muy especial, iremos al Museo Ferroviario...
En el autobús, tras una introducción de Sid, Gerald contó la historia del Tren fantasma que les había contado el abuelo hacía unos años.
–Patrañas– murmuró una chica, sin interrumpir la historia.
Eso le causó gracia a Arnold.
Una sonrisa.
Calidez.
Luego de dejarlos en una estación, subieron al tren, mientras una mujer les contaba sobre la construcción de las líneas ferroviarias de la región, las empresas involucradas, las dificultades, materiales, tiempo y otros detalles similares. En cuanto llegaron a la estación donde estaba el museo, les mostraron las diversas locomotoras que se usaron durante los años, restauradas y habilitadas para que pudieran verlas por dentro.
Harold, Stinky y Sid se subieron sobre una dando saltos y llegaron los guardias a bajarlos, así que los tres escaparon.
Les enseñaron modelos a escalas de los distintos trenes que habían circulado y las particularidades de los vagones según lo que transportaban: alimentos, ganado, materiales, pasajeros, etc.
Arnold se divertía. Podía escuchar una que otra risita de Phoebe y Gerald que estaban juntos. También los comentarios de Rhonda, que parecía aburrida, junto a ella Nadine se distraía mirando los insectos que pasaban por la ventana, Eugene tratando de no accidentarse. Stinky, Harold y Sid quejándose por ser retenidos... y alguien estaba mascullando cerca de él.
La risa de Lila lo hizo voltear. Rhonda le habló en ese instante.
–Oh, Arnold, parece que lo estás pasando bien en este paseo
–Claro que sí...
–Sí, te ves muy contento, justo como en el viaje de regreso desde San Lorenzo
–¿Qué quieres decir?
–Oh, Rhonda, no seas así... – dijo Nadine –. No pasa nada, Arnold, discúlpala
–Pero... – Rhonda intentó seguir la conversación.
–Rhonda tiene razón – dijo Lila –, Arnold, últimamente se te ve más feliz. Supongo que es por tener a tus padres de vuelta en tu vida – le guiñó un ojo.
–Claro que sí
Le siguió el juego, incómodo. A su espalda alguien daba pisotones alejándose de él. Iba a voltear, cuando escuchó al señor Simmons.
–Niños, ya llegó el autobús
Arnold iba a seguir al grupo, pero se quedó atrás un momento.
La alegría de estar de excursión en lugar de pasar la mañana en la escuela se había desvanecido.
Hubo una discusión.
Se sentía mal. Sabía que se sentía mal.
Tenía que alcanzar a los demás, se estaba quedando atrás.
–¡Arnold, cuidado!
Alguien lo empujó.
Ruido de objetos cayendo.
La sensación de ser aplastado.
No poder orientarse.
Una mano tibia, suave y acogedora se cerraba en torno a la suya. Conocía esa sensación, había tomado esa mano antes...
Un golpe en su puerta y luego su abuelo entrando sin esperar respuesta.
–Buenos días, hombre pequeño – dijo –¿Cómo te sientes?
Arnold se sentó en la cama y restregó sus ojos.
–Hola, abuelo... – dio un bostezo – ¿Qué hora es?
–Todavía es temprano, pero tu abuela hizo wafles y querrás desayunar antes que se acaben
–Gracias, abuelo. Bajaré en un momento
Con esfuerzo se levantó de la cama y bajó en pijama.
En la mesa solo estaba su familia.
–Buenos días, querido – dijo su madre con alegría.
–¿Cómo te sientes? – preguntó Miles.
–Como si los matones de la escuela hubieran tomado turnos para golpearme – respondió medio en broma.
Sus padres sonrieron.
–Arriba ese ánimo, Kimba – dijo Gertie –. Come algunos wafles
–Gracias, abuela – dijo el chico, mirando su plato.
Tomó una botella de miel y la derramó. La vio deslizarse lentamente llenando algunos cuadritos. Otra vez una punzada en su cabeza.
–¡Buenos días! – gritó el señor Hyunh –¿Ya te encuentras mejor, Arnold?
–Ya déjalo, Hyunh, el chico necesita descanso – comentó Ernie, sentándose a la mesa – ¡Qué maravilla! ¡Wafles!
–¿Alguien dijo wafles?
–Kokoshka, no tendrás más comidas hasta que pagues la renta...
–¡Apuesto cinco dólares a que puedo comer más wafles que cualquiera!
–¡Perderás esa apuesta! – dijo el señor Potts, poniendo un billete en la mesa.
Arnold reía, viéndolos actuar como siempre. El señor Hyunh insistió en preguntarle sobre su salud.
–Solo estoy adolorido, pero estaré bien
–Hijo, ¿has podido recordar algo? – dijo su madre.
–No mucho. Intentaré hablar con Gerald más tarde, creo que él podría ayudarme
Siguió comiendo y mientras lo hacía pensó súbitamente su sueño. Era lo que había pasado el día anterior. No lograba ordenar las piezas, todo era extraño y mientras más se esforzaba por ordenarlo más le dolía la cabeza.
Seguía con la sensación de que algo estaba fuera de lugar.
¿Qué era?
Comió lo que pudo, agradeció y luego de beber medio vaso de leche decidió volver a su habitación.
Seguía seguro de que algo faltaba.
Se recostó otra vez, preguntándose si Gerald pasaría a verlo antes de la escuela.
Hacía tiempo que Gerald iba por... Phoebe.
¡Ella era la novia de su amigo!
Ya no era común que fuera por él. Pero eso no le molestaba.
Cerró los ojos un momento.
El cansancio y la calidez de su habitación lo acunaban.
Abrió los ojos y observó las nubes.
Los wafles de la abuela estaban deliciosos ese día, pero no pudo comerlos todos.
Tal vez el accidente había afectado su apetito.
¡Arnold, cuidado!
¿Quién lo había empujado?
Alguien... alguien estuvo con él durante el accidente.
Apretaba los ojos tratando de recordar.
Otra vez la molesta punzada en su cabeza y los latidos dolorosos.
Objetos cayendo a su alrededor.
Silencio.
Abrió los ojos.
En el suelo había alguien más.
Podía ver un largo cabello.
Logró tomar su mano.
–Vamos a estar bien...
Apenas oía su respiración.
Una punzada de dolor lo obligó a cerrar los ojos.
La mano que sujetaba temblaba.
Gritos de otras personas.
Movieron algunas cosas.
Sonidos de metal y vidrio.
De pronto ya no podía sentir sus dedos.
Oscuridad.
Sin abrir los ojos, intentó tomar esa mano en la soledad de su habitación.
Debió ser de su pareja de excursión.
Esa mano la conocía... la había tomado muchas veces...
Ese cabello...
Algo era distinto con su cabello ese día...
Abrió los ojos. El sol brillaba a través de los cristales, iluminando su habitación.
Le dolía el pecho y le ardían las heridas.
¿Quién era?
Se levantó y bajó las escaleras apresurado. Su familia seguía en la mesa del comedor. Todos voltearon a mirarlo con sorpresa.
–Había alguien más ahí ¿no es cierto? – dijo.
–Hijo... – dijo Stella.
–¿Quién más estuvo en el accidente? ¿Saben si esa persona está bien?
–¿No puedes recordarlo? – preguntó el abuelo Phil.
–No... pero... era alguien de mi clase, tengo que saber...
Otra punzada lo hizo cerrar los ojos con fuerza.
–¿Quién estaba conmigo? ¿Sigue en el hospital?
Ese día camino a la escuela... Gerald fue por Phoebe, porque estaban saliendo. Estaban saliendo desde el viaje a San Lorenzo. Donde él recobró a sus padres... gracias a que Gerald lo ayudó a escapar... gracias a que... una chica con una ceja, ojos azules y mirada de enfado intervino...
Ella tenía un cabello rubio... un largo cabello rubio...
Esa sensación en su sueño... la mano que sujetó...
Era la mano que había tomado esa mañana camino a la escuela.
Y el rostro que vio junto a él, era el mismo que antes de la excursión había llenado de besos a escondidas en el salón, cuando todos los demás salieron para tomar el autobús.
Apoyó las manos en la mesa con brusquedad.
Cerró los ojos con fuerza tratando de recordar.
Estaba frente a él justo antes del accidente.
¡Arnold, cuidado!
Era quien había gritado.
Estaba inconsciente a su lado justo después del accidente.
... por favor...
No podía respirar
responde
Latidos.
Vamos a estar bien...
El aire entrando a sus pulmones quemaba.
... no vayas a dejarme...
Pulso.
Te amo...
Exhalar era necesario para volver a inhalar.
La mano que tomó... la persona que lo empujó...
–¿Cómo está Helga? – dijo sin rodeos – Ella... estaba conmigo...
Phil y Gertie intercambiaron una mirada.
–Al parecer ella te protegió durante el accidente – dijo su abuela.
–¿Que ella que? – dijo el chico.
–Salió muy lastimada, hijo – dijo Miles.
–Entonces ¿sigue en el hospital? Debo ir a verla... incluso si no me dejan entrar, quiero... quiero estar ahí...
Stella tomó su mano y lo hizo sentarse.
–¿Qué pasa? ¿Acaso está muy grave? – dijo el chico.
Otra vez todos intercambiaron miradas.
–Hijo... – Stella ahogó un puchero.
Helga... está...
Arnold se resistía a completar esa idea. No podía ser, no era cierto.
–No vale la pena ocultarlo – dijo Gertie – Tarde o temprano te vas a enterar... y creo que no nos perdonarías... si pierdes la oportunidad de despedirte de ella
El chico levantó la vista hacia su abuelo, deseando que corrigiera la información. Su abuela nunca fue muy cuerda, quizá estaba confundida.
–Lo lamento, hombre pequeño, tu amiguita uniceja... su pequeño cuerpo no resistió
–Entonces... Helga...
–Falleció anoche mientras veníamos a casa. Su hermana fue quien llamó para contarnos
El mundo entero se fragmentó en un instante.
–¡No es cierto! – el chico se levantó, soltándose de la mano de su madre –¡Helga no puede haber muerto! Ella no... ella no sería tan tonta de poner su vida en peligro por mí...
Era Helga, sin importar los problemas en los que se metiera, siempre encontraba una forma de salir.
El chico regresó a su habitación. Eso era lo que estaba fuera de lugar.
Comenzaron a salir cuando volvieron de San Lorenzo. Apenas tenían unos pocos recuerdos como pareja, pero él tenía algo de ella en su habitación... algo que ella le había dado. Una tira de fotografías de los dos, de esas de cabina. Las tomaron durante su primera cita ¿Dónde estaba?
Buscó en las repisas, entre sus libros y bajo el escritorio ¿Por qué no estaba?
Escuchó un golpe en la puerta.
–¡Quiero estar solo! – dijo el chico, con un rastro de furia.
–Soy yo, viejo – dijo una voz familiar del otro lado.
–¿Gerald? – Dudó un instante, pero era su mejor amigo. – Pasa
Su amigo entró cerrando la puerta tras de sí.
–¿Cómo estás? – dijo el moreno, acercándose a su abatido amigo.
Arnold estaba recostado en el suelo, cubriendo su rostro con sus manos.
–¿Es cierto lo de Helga? – dijo el rubio, separando un poco sus dedos para poder mirar a su amigo.
–Lo siento mucho – dijo Gerald, sentándose junto a él.
–¡No es justo, Gerald! – El rubio volvió a cubrir sus ojos, esta vez con sus brazos. – ¡Ella no debía estar ahí!
–Amigo
–¡Helga debería estar bien! – Arnold se sentó, apoyando sus manos tras de sí, mirando el suelo. –. No puedo... no puedo aceptarlo, Gerald. Helga... ella... no puede haberse ido...
–Lo siento mucho, hermano – Gerald suspiró – Phoebe tampoco lo está llevando muy bien
Arnold sintió como su estómago se contrajo y parecía que cargaba una pesada piedra dentro de sí. Culpa.
Phoebe tenía su propio duelo y él estaba ahí, siendo patético. Ella era la persona que más conocía a Helga, a la verdadera Helga. Eran mejores amigas desde siempre, una vida de charlas, experiencias, secretos, desencuentros y reconciliaciones, en cambio él...
–Ve con tu novia – dijo tratando de ser racional –. Ella te necesita
¿Qué tenía él? Aunque llevaba un tiempo observándola, estaba lejos de entenderla. Fueron años soportando sus burlas y bromas, algo que a veces deseaba olvidar. También hubo algunos momentos de sinceridad, algunos besos... dos confesiones... el tiempo que pasaron en la jungla... y los últimos meses saliendo a escondidas, instantes que a ratos aparecían como fotografías borrosas en su cabeza. Era muy poco, su pérdida era incomparable a la de Phoebe.
–Tranquilo, amigo –dijo Gerald, poniendo una mano en su hombro –, ella dijo que estaría bien. Está abajo, charlando con tu familia
–¿Ella vino? ¿Por qué?
–Vinimos por ti. Supongo que querrás ir... a ya sabes... verla por última vez...
Arnold sintió como su corazón dejaba de latir y se despedazaba. El dolor era insoportable. La idea de que Helga ya no estuviera jamás en su vida era absurda.
¡Arnold! ¡Cuidado!
La voz de Helga sonaba distinta. Tal vez era el susto o la urgencia, tal vez era que ya había otros ruidos en ese lugar, tal vez no estaba recordando claramente todavía.
El resto de la clase se había ido ¿Por qué ellos se quedaron atrás?
–Gerald... no puedo recordar... qué fue lo que pasó... – admitió – Mis abuelos... dicen que ella me protegió... y yo... yo no lo recuerdo... no recuerdo los últimos segundos que estuve con ella... no recuerdo lo que pasó ayer... mi último día con... con Helga...
–Viejo, tal vez sea mejor así ¿no crees? Digo, ¿qué imaginas cuando piensas en ella?
–Su sonrisa, sus ojos, su cabello... y su voz... pero... también... la escucho justo antes... ¿sabes lo que pasó?
–Estábamos en el autobús, solo faltaban ustedes. Escuchamos el ruido y luego el personal de emergencia los subió a una ambulancia. El profesor Simmons nos llevó a Phoebe y a mí al hospital después que volvimos a la escuela, pero los dos estaban delicados y cuando sus familias llegaron no nos dejaron quedarnos
–Gerald... ¿qué... qué le diré a su familia?
–No lo sé, viejo, pero pase lo que pase, estaré contigo
–¿Cómo está Phoebe?
–Tal vez sea ella quien deba hablar contigo
–¿No está enfadada? ¿No me odia?
–Claro que no, viejo. Es una chica lista. Sabe que todo fue un accidente
Arnold asintió.
–Adelántense, tengo que prepararme. Ni siquiera me he bañado hoy – dijo el chico.
–No iremos a ningún lado sin ti. Estaré abajo
–Gracias, Gerald.
Su amigo lo dejó solo en la habitación.
Todo parecía irreal. No lograba entender que tuvieran una conversación así. Ni siquiera estaba seguro de cómo se sentía. No era tristeza, frustración o ira. Nada. Dentro de él parecía haber un frío vacío que solo crecía, eso y la sensación de que en cualquier momento las cosas iban a cambiar.
Buscó su traje formal y lo arrojó sobre la cama. Al hacerlo, escuchó un ruido de papel. Volvió a apoyarse contra la cama varias veces, buscando la fuente del ruido, hasta que lo encontró: a los pies de la cama, entre el colchón y el marco, estaba la tira de fotografías que Helga le regaló.
Una esquina estaba doblada. La estiró con cuidado y miró cada una de las fotografías. Ella sonreía, haciendo caras graciosas. En casi todas parecía que eran dos amigos más que una pareja, excepto en la última, cuando él se atrevió a besarla y la cámara capturó su sorpresa y su rostro sonrojado.
Otra vez el dolor en su cabeza, pero con éste llegaron a él las imágenes desordenadas de ese día: Helga con un hermoso vestido, helado de chocolate, nervios, risas y algunas palabras de afecto, demasiado cursis para ese momento.
Vamos a estar bien...
No, las cosas no estaban bien y jamás lo volverían a estar...
Guardó la tira en el bolsillo de la camisa que usaría y se apresuró.
Después de arreglarse, bajó la escalera y escuchó a sus padres charlando con Phoebe.
–Gracias, señor y señora Shortman – dijo la chica.
–Hola, Phoebe – dijo Arnold, incómodo.
Al acercarse al sofá donde sus amigos estaban sentados, notó que la chica vestía también de negro.
–Arnold... yo... lo siento tanto... – dijo ella tratando de no llorar.
–Siento... siento que esto es una pesadilla – fue lo único que pudo responder.
–También yo. Todavía no puedo creer que Helga...
El chico vio las lágrimas escapar de los ojos de Phoebe el medio segundo que tardó en voltear y abrazar a Gerald, quien la contuvo con caricias afectuosas.
En cuanto logró tranquilizarse, el abuelo fue por las llaves de su auto.
–Vamos, niños, los llevaré – dijo Phil.
–Gracias – dijeron los tres a coro.
Arnold añadió “abuelo”, Phoebe “Señor Shortman” y Gerald “Phil”
–¡Que no me llames Phil! – dijo el anciano con una expresión de molestia.
Los tres enseñaron una sonrisa rota. La tristeza no les permitió más.
El abuelo se quedó en el auto y los jóvenes entraron a la funeraria. Caminaron por un largo pasillo oscuro, con paredes grises se sentían enormes y pesadas. Las pesadas puertas de caoba contribuían a la aflicción y las pequeñas ventanas en solo uno de los lados no dejaban entrar suficiente luz.
Arnold siguió a sus amigos por inercia. No podía sentir sus pies, no era consciente de su cuerpo y a cada paso parecía que el camino nunca terminaría.
La sala donde estaba Helga era casi al final. En una puerta había pegada una hoja escrita a mano con una linda caligrafía:
"Helga Geraldine Pataki"
Escucharon un llanto dramático al otro lado.
Gerald abrió.
–¡Hermanita bebé! – se escuchaba entre sollozos.
Olga sostenía un pañuelo entre sus manos y cada tanto limpiaba sonoramente su nariz.
El profesor Simmons estaba sentado algunas filas atrás de Olga. Le daba la espalda a la puerta y parecía perdido en sus pensamientos.
Excepto por ellos dos, el lugar estaba vacío.
¿Dónde estaban los padres de Helga? ¿Y el resto de la clase?
Gerald abrazó a Phoebe cuando ella dijo que necesitaba un momento.
Arnold se acercó al su profesor.
–Ho-hola... – dijo, inseguro de cómo continuar.
–¡Oh, Arnold! ¿Cómo te sientes? Supe que anoche te dieron el alta
–Estoy algo adolorido, pero... estaré bien...
El profesor asintió con tristeza.
–Todavía... – comenzó a decir Arnold, mirando el suelo – todavía no puedo creer que Helga...
–Lo sé, es difícil de creer. Helga era una niña muy especial... realmente especial de una forma única... y ella sentía algo muy especial por ti
Arnold abrió mucho los ojos y luego bajó la mirada, juntando sus manos y reflexionando un segundo.
–Señor Simmons... nosotros, quiero decir, Helga y yo... no queríamos que se supiera todavía... pero... comenzamos a salir poco antes de empezar sexto grado...
–Ya veo. Siento mucho que las cosas hayan terminado así
El maestro lo abrazó y el chico sintió un nudo en la garganta.
–¡ESTÚPIDA HELGA!
Arnold se apartó y vio a Phoebe de pie frente al ataúd.
–¡PROMETISTE QUE NOS GRADUARÍAMOS JUNTAS! ¡DIJISTE QUE SIEMPRE SERÍAS MI MEJOR AMIGA!
–Bebé... – decía Gerald, tomando sus hombros, ella se soltó.
–¡Déjame! – se acercó otro poco y golpeó débilmente el ataúd con sus puños cerrados, llorando sobre éste – ¡CÓMO CREES QUE VOY A SOBREVIVIR A LA ESCUELA SIN TI? ¿CON QUIÉN ME VOY A REÍR DE TONTERÍAS QUE NADIE MÁS ENTIENDE? ¿CON QUIÉN HABLARÉ EN CÓDIGOS ABSURDOS? ¿A QUIÉN VOY A ACOMPAÑAR A HACER LOCURAS?
Gerald la abrazó, intentando calmarla. La chica se dejó caer al suelo, llorando desconsolada.
Olga, se acercó a ella para ofrecerle un pañuelo.
–Helga te quería mucho – le dijo –, muchísimo
Phoebe asintió, limpiando su nariz con un ruido que intentaba ahogar.
–Eras la única persona – continuó Olga – en la que realmente... confiaba
Otro sollozo ahogó ese intento de consuelo y las dos terminaron llorando abrazadas, mientras Gerald se apartaba un poco para darles espacio.
Arnold y Simmons miraban la escena.
–Olga parece muy afectada... – comentó el chico.
–Lo está. Aunque no eran muy unidas, Olga realmente quería mucho a su hermana. Es una lástima que Helga no llegara a apreciarlo
–¿Han venido nuestros amigos de la escuela?
–Stinky estuvo aquí en la mañana – dijo el profesor – También vinieron Lila y Sheena. Se fueron poco antes que ustedes llegaran. Quizá el resto vendrá durante el día. Debido a lo que ocurrió ayer, la escuela ha suspendido las clases para nuestro grupo
El chico asintió.
Entonces Gerald logró llevar a Phoebe a un asiento.
Dudó por un instante, pero el profesor Simmons lo alentó con un gesto y Arnold se acercó a Olga.
–Hola – dijo Olga con una sonrisa triste.
–Hola... – dijo él.
–Al menos tú estás bien
–Sí. Yo... siento mucho lo de Helga
–¿Eran buenos amigos?
Arnold se dio cuenta que era probable que su familia no lo supiera.
–Éramos bastante cercanos... en la escuela – dijo, incómodo.
–Mi pequeña hermana, era tan joven – añadió la chica y no pudo continuar cuando un intenso llanto la desbordó y lo abrazó.
El chico se quedó inmóvil los diez minutos que le tomó a Olga controlarse.
–Perdona si esto es incómodo, pero ¿dónde están el señor y la señora Pataki? – quiso saber el chico.
–Papá está ocupado en el trabajo, pero estoy segura que no viene porque se niega a aceptarlo. Y mamá intenta afrontarlo... a su modo... – Cerró los ojos y dio un largo respiro.
Arnold sabía a lo que se refería. Helga se había quejado de eso algunas veces
–Olga... ¿puedo verla? – dijo, mirando primero a la mujer y luego al ataúd.
–Lo siento mucho. Está cerrado. Traje... esas fotos...
Arnold miró sobre el ataúd. En todas las fotografías estaba a un costado de su familia, enfadada. ¿En serio su familia no tenía más fotos de Helga? ¿Ningún cumpleaños? ¿Ninguna fiesta de Navidad o Año nuevo? ¿Ninguna salida de vacaciones? ¿Es que Helga odiaba tanto pasar tiempo con su familia que evitaba cualquier registro de lo que podrían ser quizá lindos recuerdos?
Deseó haber tenido tiempo suficiente para entenderla.
Deseó haber puesto suficiente atención a sus problemas.
Pero sus deseos no le regresarían a Helga.
Sacó las fotos que se tomaron en la cabina. En todas ella sonreía. Decidió cortar una y dejarla con las que adornaban el ataúd.
Pasaron en silencio un par de horas, hasta que la madre de Helga llegó.
Los saludó y con dificultad se sentó junto a su ahora única hija. Hizo algunos comentarios en un tono que parecía fuera de lugar, luego comenzó a llorar.
Los chicos decidieron que era momento de irse.
Phil dormía una siesta en el asiento de su auto. Arnold lo despertó con cuidado. Dejaron a Phoebe y Gerald en la casa de la chica y continuaron su camino.
–¿Cómo estás, hombre pequeño? – dijo Phil.
–Yo... no lo sé, abuelo...
–¿Quieres hablar de eso?
–Es... extraño. Todavía... no lo entiendo. No pudimos verla y siento que ella no está allí
–Bueno, hombre pequeño, ella no está allí
Arnold levantó la vista con una pequeña esperanza.
–¿Qué quieres decir?
–Tu amiguita...
–Novia – corrigió sin pensar.
–¿Qué? ¿Desde cuándo?
–Ahora no, abuelo
–Bueno, hombre pequeño. Tu novia era más que la carne y los huesos que hay en ese ataúd
En su interior se apagó una vela.
–Su espíritu, su energía, su alma... – continuó el abuelo – las cosas que hizo, las cosas que dijo, todo lo que fue su vida, eso no está ahí. Cuando nos vamos no nos llevamos nada. Todo lo que fuimos se queda entre la gente que amamos y que nos amó... así que tu amiguita, quiero decir, tu novia... no está en ese cajón. Hay más de ella en tus recuerdos y en tu corazón de lo que fueron a velar esta tarde...
–Gracias, abuelo – dijo Arnold con una sonrisa triste.
En cuanto volvió a casa regresó a su habitación y se preparó para dormir. Era temprano todavía, pero sentía que tanto su mente como su cuerpo necesitaban un descanso.
¡Arnold, cuidado!
Vamos a estar bien...
Te amo...
Otra vez soñó con ella. Al despertar no podía aceptar su ausencia. Las preguntas regresaron a su cabeza y aunque era temprano se convenció de moverse y arreglarse. Era mejor que seguir en la cama atrapado con sus pensamientos.
Una misa. Palabras sin sentido. Poca gente. Sus compañeros de clase. El profesor Simmons, la entrenadora Trish y su esposo y, claro, la familia de Helga. Una tarde soleada que se sentía fuera de lugar.
¿No que los funerales eran con lluvia o días nublados? ¿Quién demonios controlaba el clima?
No podía llorar.
No sabía cómo llorar.
No sabía cómo seguiría en pie.
Una hora más tarde estaban en la casa de la familia Pataki. Varias personas estaban ahí, la mayoría adultos, varios no fueron al funeral, solo llegaron a ver a la familia.
–Por supuesto que era un ataúd de cerezo – escuchó decir al señor Pataki – Ni siquiera en una situación como esta podemos permitirnos baratijas...
El chico rodó los ojos, sentado en la escalera. Llevaba un buen rato alejándose de todos. Quería estar solo, no quería estar ahí. Phoebe no había ido y ahora entendía por qué. Le había dicho a Gerald que se quedara con su chica, que él estaría bien. Mintió.
Escuchó que algo golpeaba el suelo en el segundo piso. Miró hacia arriba. La puerta de la habitación de Helga estaba abierta.
Miró alrededor antes de subir con cuidado y entrar, cerrando suavemente tras de sí.
Por un segundo la imaginó sentada frente al escritorio, con el torso hacia la puerta y sus mejillas sonrojadas por su presencia.
Le era fácil pensar en ella reaccionando con vergüenza o incomodidad a sus muestras de afecto, pero con una mirada dulce a pesar de las amenazas que escapaban de su boca.
Se acercó a la cama y recogió un libro. Supuso que eso era lo que se había caído.
Romeo y Julieta
Un dolor en el pecho, su garganta apretada y lágrimas en sus ojos.
Lo dejó sobre la cama y se acercó al armario.
Empujó la puerta y buscó un interruptor. Movió las prendas con una mezcla de curiosidad y tristeza, reconociendo algunas, tratando de recordar en qué momento la vio usándolas.
De pronto llegó a un suéter rosa con rayas rojas. Con cuidado lo sostuvo delante de sus ojos.
–Helga... ¿Cecile eras tú?
