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La noche era fría, demasiado. El invierno siempre era difícil de manejar para Yuichiro, especialmente en estos últimos tres años en los que había estado viviendo solo. Solo desde que su gemelo, Muichiro, había tomado la decisión de aceptar la invitación de la señora Ubuyashiki en convertirse en un espadachín.
Tres años ya desde que él le había gritado que no quería volver a verlo y que no se atreviera a aparecerse frente a él, porque lo odiaba, porque hubiese deseado que no hubiese nacido y porque no quería tener nada que ver con… un traidor como él. Un traidor que había decidido abandonarlo, que había decidido que no quería estar a su lado a pesar de ser lo único que realmente tenía y dejarlo allí en su hogar. Un hogar que ya no se sentía como tal desde que sus padres habían muerto y mucho menos ahora que sólo era él y un pequeño gato que había recogido de las calles hacía unos meses.
Es por ello por lo que no puede creer lo que sus ojos están viendo al abrir la puerta en medio de la noche luego de un muy leve y casi inaudible toquido que logró interceptar sólo porque no había podido conciliar el sueño por el condenado frío que el miserable calentador no podía erradicar.
Sus ojos se encuentran con unos idénticos a los suyos; estos apagados, tristes, desolados, enrojecidos. Unos ojos que, si bien él conocía a la perfección, tuvo que analizar por un buen momento para poder entender que sí, pertenecían a su gemelo. Este lo observaba con temor, con angustia, con un sentimiento que trascendían la desesperación y la soledad.
Le es imposible no abrir la boca sin comprender lo que estaba presenciando.
—Muichiro —deja escapar de sus labios, instintivamente, en un susurro casi sin aire.
Su hermano había aparecido en su puerta a pesar de todas las cosas que él le había dicho en su momento y su corazón se comprime. Se comprime porque sabe que todas aquellas palabras no habían sido verdad y que durante todo este tiempo él había asumido que su hermano se las había creído por completo. ¿Y cómo no hacerlo? Si por un tiempo él mismo lo había hecho; no queriendo aceptar que toda esa palabrería era sólo su mecanismo de defensa ante la realidad de que él estaba aterrado de aceptar la oferta, de ser incapaz de proteger a su hermano menor, de no ser lo suficientemente fuerte para aguantar lo que significaba el entrenamiento y que su mente fuera tan débil como para dejarse ver como el incompetente que realmente era.
Todo porque no fue tan valiente como su hermano como para decir que tenía miedo de perderlo, de tener que pasar de nuevo por un luto que no estaba preparado a sentir y porque, dentro de sí, asumía que ninguno de los dos duraría mucho; porque vamos, sólo era cuestión de observarlos. Hijos de una mujer enferma y de un hombre al que el mundo siempre lo pisoteaba. Eran dos niños que no tenían nada más que un negocio en decadencia heredado que estaba condenado a la miseria, sin dinero, sin ninguna habilidad especial, que pasaban hambre, calor y frío y que apenas se hablaban.
La culpa que Yuichiro había cargado durante tanto tiempo por haber dicho y hecho tantas cosas como para herir a su hermano, como para que este de verdad jamás hubiera vuelto y jamás le hubiera asegurado que estaba bien, que seguía con vida, comenzó a acentuarse sobre sus hombros, logrando que sus piernas flaquearan y que por un momento sintiera que iba a caer al suelo. Fueron tres larguísimos años en los que él estuvo en una incertidumbre al no saber qué había sido de su hermano que logró hacerlo arrepentirse de todo. La ignorancia en ocasiones no era más que una maldición y no saber nada de Muichiro por tanto tiempo, a él le había pasado factura.
¿Cómo pudo haber sido tan estúpido como para alejar a la única persona que lo mantenía en este plano?, ¿cómo pudo decir tantas mentiras sin ni siquiera ponerse a pensar en lo que ambos necesitaban en ese momento?, ¿cómo no se le pudo haber ocurrido irse con él y entrenar lado a lado? Incluso si él nunca hubiese querido entrenar, al menos podía apoyar a su hermano.
¿Cómo es que había renunciado tan banalmente a ello hacía tres años?
—Yo… —la voz de su hermano es temblorosa, débil. Yuichiro se toma unos segundos para apreciar el estado lamentable en el que su hermano se encontraba y su corazón duele tanto que le impide respirar. Su cabeza sangraba, su ojo estaba morado y con una hemorragia, sus ropas rasgadas dejaban ver heridas profundas que no parecían dejar de soltar aquel líquido espeso carmesí que se mezclaba con la tela y oscurecía su color. Sus ojos soltaban lágrimas pesadas y parecía estar sosteniéndose su costado derecho, luchando por mantenerse de pie. Y aunque la tormenta de nieve dificultaba el escucharlo, aún podía hacerlo a la perfección—… no tenía otro lugar al cuál ir.
Sus ojos expresaban tanto dolor, tanta tristeza, que él entendió que se sentía culpable por haber roto aquella petición absurda que él le había pedido hacía tres años. Había vuelto a pesar de creer que él no quería volverlo a ver, había aparecido en el portón de su hogar, aunque lo más seguro es que él le terminaría cerrando la puerta en el rostro y dejándolo afuera para que muriera o desangrado o congelado.
Pero Yuichiro jamás podría hacer algo así.
Nunca.
Antes de poder hablar, la fuerza cede en las piernas de Muichiro y este cae al suelo, inconsciente debido a lo que Yuichiro sólo pudo creer era el agotamiento, el frío y la falta de sangre. Lo tomó en sus brazos y lo posicionó dentro de su pequeño hogar. Un hogar que él fácilmente pudo haber dejado hacía mucho tiempo, pero que jamás hizo porque muy en su interior tenía la esperanza de que algún día, como aquel, su hermano volviera a él.
