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Language:
Español
Series:
Part 2 of volaré
Stats:
Published:
2023-07-01
Words:
2,108
Chapters:
1/1
Comments:
14
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129
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8
Hits:
908

bailemos (otro más)

Summary:

Lo han hablado. Ha surgido el tema, producto de los casamientos de sus amigos, las invitaciones que llegan en el correo y los trajes hechos a medida. La mamá de Enzo no puede esperar a que ellos den el gran paso, y el papá de Juli les dijo, la primera vez que Julián lo llevó a Calchín, que tiene reservado con su carnicero un costillar descomunal para festejar el compromiso.

Donde otro amigo suyo se casa, y la excusa sirve para bailar lentos y hacer promesas sin decir nada.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

—¿Qué tendrán los casamientos, no?

Julián abandona su lugar, apoyado en el hombro de Enzo, y levanta la cabeza para mirarlo.

—¿Por?

La sonrisa de Enzo es canchera, sobrada, brillante. De las que más le gustan a Julián.

—Y, no sé —le responde el menor—. Siempre terminamos así.

Así: la mano derecha de Enzo entrelazada con la izquierda de Julián, su propia mano izquierda descansando suavemente en la cintura del cordobés mientras se mueven despacio, sin apuro, al compás de la música en la pista. Hay una banda en vivo, y desde el pequeño escenario comparten una melodía suave, instrumental, para pasar el tiempo mientras que algunos terminan de comer el postre, los flamantes novios se preparan para que empiece la fiesta propiamente dicha, y las señoras más avanzadas en edad aprovechan para pararse al margen del salón y comentar sobre los vestidos de las invitadas.

Enzo y Julián aprovechan para estar juntos un ratito más.

Julián no sabe exactamente qué es lo que hay, qué es lo que tiene este tipo de fiesta; si será la música, la comida, el ambiente general de jolgorio y celebración. El hecho de que transcurre en un país ajeno al suyo, en una cultura que es prestada. No sabe qué tienen, porque aunque el casamiento de un integrante de la Selección signifique la reunión de la mayoría de ellos, hay algo diferente que volverse a ver en el predio de la AFA para hacer una de sus infames joditas o encontrarse por algún cumpleaños.

No; los casamientos tienen algo especial. Si Julián se atreviese a ser un poco más romántico, diría que es por todo el amor que los rodea, porque es un momento de festejo y de brindar por la felicidad de quienes se encontraron y decidieron prometerse quedarse para siempre. O hasta que la muerte los separe.

Pero Julián nunca se consideró tan romántico, y no le preocupa particularmente resolver esta cuestión, así que elige guardarse la pregunta y disfrutar de la mística que lo envuelve, que los envuelve: que hace que la postura de Enzo sea un poquito más relajada, que su sonrisa sea más ancha, que sus manos sean más traviesas y depositen toques pícaros a escondidas de los demás. Hay algo del ambiente que lo envuelve en libertad, y a Julián le encanta.

—Es verdad —dice Juli, sonriendo cuando Enzo lo hace girar—. Siempre terminamos así.

Así: el nudo de la corbata de Enzo un semblante de lo que alguna vez fue, los dos primeros botones de su camisa libres de su prisión. Sus labios rosados y con gusto al daikiri de frutilla que había estado tomando antes, objeto de cargadas de sus compañeros (aunque Julián vio a Emiliano pedirse un Sex on the Beach, pero quién es él para juzgar) y del deleite de su novio cada vez que le roba un beso.

Así, entrelazados, enamorados. Ajenos al mundo, viviendo en su universo de a dos.

Y no es que en su día a día sean totalmente diferentes: disfrutan tanto de su cotidianeidad como de estas escapadas fugaces. Hay algo en el día a día —en compartir unos mates apenas se levantan, en acompañarse en sus respectivas obligaciones, en volver a su hogar compartido y ser lo último que ve la otra persona antes de irse a dormir, para hacerlo todo de nuevo al día siguiente— que los reconforta, que les da una base sólida. Y no falta el cariño: el beso de los buenos días, buenos mediodías, buena mediatarde (a veces Enzo se queda sin excusas y tiene que improvisar), y los abrazos eternos, los toques sin intenciones, ahí sólo para sentirse cerca. Las cosquillas —que resultan en batallas campales, almohadas revoleadas, patadas en las costillas y besos para pedir perdón— y las chicanas, un puntapié inocente detrás de la rodilla cuando uno está distraído para hacerlo flaquear y arrancar en una puteada, una mano pícara desordenando el peinado que acababa de ser acomodado, la boca de Enzo mordiendo el dedo de Julián cada vez que éste lo apunta para decir algo.

(Porque se aman un montón, y porque tienen veintipico, y son un poquito boludos e insoportables cuando quieren serlo).

Pero hay algo en estos espacios, en estos resquicios que escapan de su vida de rutinas y obligaciones, que hace que lo normal se vuelva algo más, algo que va más allá de los límites de lo cotidiano. Que hace que los abrazos sean más fuertes y frecuentes, que los besos sean más dulces y suaves, que la mano de Enzo siempre busque la de Julián, y que a Julián, de repente, se le escapen todos los apodos melosos juntos.

(—Nah, Enzo, ¿cómo vas a dejar que te anden diciendo “mi solcito hermoso” en público? Pensábamos que eras un tipo serio.

—Callate, Nicolás, no sabés nada vos. Rodrigo, ¿podés venir a buscar a tu osito que está diciendo boludeces?)

Hay algo de los votos que hace que se tomen más fuerte de las manos. Algo del puede besar a la novia que los lleva a otro plano, a otra dimensión, donde se proyectan como, alguna vez, siendo ellos quienes convocan a sus amigos para que atestiguen su amor. Hay algo de toda esa felicidad compartida cuando la pareja sale de la capilla riéndose y resguardándose del arroz que le tiran sus familiares que hace que se miren a los ojos como diciendo nosotros también tenemos de eso.

Han hablado del matrimonio infinidad de veces. De manera directa algunas, bordeando el tema en otras.

Cuando Enzo llamó a Julián en el medio de la noche, angustiado, hablando rápido y diciéndole que parecía que su novia estaba embarazada. Me tengo que casar, Juli, no me va a quedar otra. Mis papás me van a matar si no. Al final había sido un falso positivo, y su novia lo dejó por otro a la semana.

Cuando, una noche estrellada de verano, ambos yacían tendidos en el césped inmaculado de la cancha de River. La noticia del pase de Julián al Manchester City era primicia, y Julián miró a Enzo y dijo creo que me gustan los pibes y Enzo sonrió de costado, canchero como él, y le respondió casate conmigo y llevame a Europa con vos.

Cuando llegaron a Qatar, su relación oficializada apenas algunos días atrás, y el debate moral sobrevolaba sus cabezas todo el tiempo como pájaro de mal agüero — los años de prisión para las demostraciones públicas de afecto entre personas del mismo género, las multas millonarias para personas como ellos, simplemente por existir.

Lo han hablado. Ha surgido el tema, producto de los casamientos de sus amigos, las invitaciones que llegan en el correo y los trajes hechos a medida. La mamá de Enzo no puede esperar a que ellos den el gran paso, y el papá de Juli les dijo, la primera vez que Julián lo llevó a Calchín, que tiene reservado con su carnicero un costillar descomunal para festejar el compromiso.

Pero, por ahora, no tienen apuro. El amor que se tienen ya es, de por sí, inconmensurable, y están totalmente seguros de eso. Tienen mucho tiempo para decidir quién va de blanco, si smoking o frac, si servilletas de seda o de tusor, si Argentina o las Maldivas.

(Además, siempre que surge el tema, Enzo insiste en que se presentará con un traje rojo y blanco y un piluso de River, y Julián se tienta tanto con esa imagen mental que no puede seguir hablando).

El tiempo sigue pasando, y de repente la banda deja de tocar para permitir que ingresen, oficialmente, los novios. El Tucu y su mujer se ven increíbles, radiantes. Como recién casados.

Enzo codea a Julián. —Dormiste, eh. Se te casó nomás tu chongo.

Julián finge un suspiro pesado y se recuesta contra Enzo, quien le hace un lugarcito en el hueco de su cuello.

—Se me pasó el tren —dice Juli, dramático, y chasquea la lengua—. Me parece que me voy a tener que conformar con vos, nomás.

Se ríe cuando Enzo le tironea la oreja. —Mirá si te vas a conformar conmigo, salame. Yo soy… ¿cómo es que dice Grealish siempre?

A luxury few can afford.

—¡Eso! —exclama Enzo, quedándose quietito cuando de al lado lo callan, porque los recién casados están dando un pequeño discurso de agradecimiento—. Soy un lujo que pocos pueden pagar. Tenés suerte de que te di bola.

Julián se gira, quedando de frente a Enzo. —Pf, no me hagás hablar de dar bola, mi amor, que tenés todas las de perder. Casi que me tuviste que rogar que fuera tu amigo cuando nos conocimos.

Si no se sintiese cohibido por el reto previo, el sonido de indignación que escapa de la boca de Enzo se hubiese sentido en todo el salón.

—Nah, si sos un chanta─ ¡vivíamos en el mismo departamento! Obvio que tenías que ser mi amigo, tarado.

Y Juli le quiere seguir la pelea, de verdad, pero es que cuando Enzo se indigna y toma vuelo se le ponen los cachetes colorados, y se ve todo redondito y adorable con el ceño fruncido, y el delantero un poco se distrae.

—Decime algo, Juli, dale.

—Estoy muy enamorado de vos.

Y ahí los cachetes de Enzo se ponen al rojo vivo, y se hace todo chiquito como le pasa cada vez que Julián y sus declaraciones lo toman desprevenido, y mira hacia un costado, avergonzado.

—Da, no era para que me digas eso, igual.

Julián se ríe y lo abraza por los hombros, depositando un pequeño beso en su cabello cuando Enzo esconde su cara en su cuello. Siente como el menor rodea su cintura con sus brazos, y se quedan así un momento, escuchando a la mujer del Tucu saludando a todos los presentes en un castellano impresionante. La fiesta comienza no mucho después, con la banda reemplazada por un DJ (que, sorpresivamente, no es Fer Palacio) y la pista de baile repleta de invitados moviéndose al compás del enganchado de música argentina e italiana, para todos los gustos.

El Tucu los arrastra a la pista y se forma ronda tras ronda de baile, se arman grupos y se desarman, se cantan canciones a los gritos y se piden tragos a rolete.

—¿La estás pasando lindo? —pregunta Julián cuando se encuentra a Enzo apoyado contra un pilar, con una botellita de agua en la mano. Está transpirado y su corbata ha desaparecido, probablemente en medio del quinto pogo al son de Pa’ la Selección.

—Mhmm —dice Enzo, acercándolo con una mano en su cintura y dejando un beso en su cuello—. ¿Vos?

A su alrededor, la fiesta se ha tornado un poco más íntima y melosa, El Bombón sonando a todo volumen por los parlantes mientras los invitados bailan al compás de Los Palmeras. Desde algún lugar se escucha un oooooooooaaaaaaa inconfundible que hace que Messi rompa en risas mientras ve al Kun bailar con sus pasitos de siempre, el un, dos, tres que es su marca personal.

Julián sonríe.

—De diez —responde.

Se quedan en silencio un momento, observando la escena, hasta que Julián dice:

—¿Querés que vayamos a ver si traen el carnaval carioca así nos agarramos las mejores cosas?

Enzo se despega de Julián con un salto, y le brillan los ojos mientras asiente.

—Sí, sí, creo que vi a una de las tías de Joaquín con una bolsa —dice mientras toma a Juli de la mano y lo guía entre la gente—. ¡Quiero uno de esos collares con luces! ¡Y un choclo de plástico! ¿Vos decís que tendrán de esos, Ju?

Julián piensa, te amo, a vos y tus benditos choclos de plástico.

—¡Seguro que sí! —le responde a los gritos— ¡Y si no, te lo invento!

Y se deja guiar por el salón.

Al final, no tienen choclos de plástico, pero Julián negocia con las hijas del Fideo para que le intercambien unas maracas amarillas por una vincha de luces, y la sonrisa de Enzo es tan grande que Juli siente que se desmaya, y le dice sos el amor de mi vida, y Otamendi pasa por atrás y, antes de poder decirles nada, Rodrigo le estampa un beso que lo deja recalculando.

Y vuelven al hotel entrada la mañana, cansados y borrachos y con ganas de dormir, y Enzo no puede sacarse la camisa porque se enreda en los botones y Juli no entiende cómo pero tiene solo una media puesta, y se acuestan con todas las luces prendidas y haciendo cucharita como si fuera invierno, y duermen hasta la tarde.

(Julián hace una nota mental de conseguir muchos choclos de plástico para cuando ellos dos se casen).

(Enzo concuerda).

Notes:

estos dos volvieron a mí, y quien soy yo para negarselo? (enzo vive en mi mente alimentándome pedacitos de diálogos y no me deja en paz) (ayuda)

gracias por leer <3

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