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PERDÍ A MAMÁ

Summary:

Leí por ahí que las almas de los muertos no bajan el día 2 de noviembre antes si es su primer año de fallecidos, ya que se quedan en el portal ayudando al resto de almas a llegar a salvo al mundo de los vivos. esto es porque todavía son muy cercanos a la vida.

Work Text:

CUANDO ERA más joven las cosas solían ser más simples. Su madre solía ser más grande, más cálida, pero aún con el tiempo, ella conservaba ese peculiar olor que le recordaba siempre al hogar. Era la mezcla perfecta de paz y amor, igual que una suave caricia en la mejilla o un beso en la frente. Eso era Inko Midoriya, su madre.

Su primer recuerdo fueron los cristalinos ojos verdes de su madre.

“Mamá, mamá”, Izuku vitoreaba, su cuerpo lleno de adrenalina por la emoción.

“¿Qué pasa ‘Zuku?”, había dicho su madre y una sonrisa amplia se formaba ya en sus labios.

Izuku había sido tan feliz. Él tendría poco más de tres años en ese entonces y ella lo había vestido con un pijama de All Might. Recuerda que estaba saltando con frenesí y su madre lo cargó, dio giros sobre sus propios pies haciéndole sentir que estaba volando por el cielo. Su madre se había reído tanto aquella vez.

El recuerdo hace que Izuku sonría, aun cuando una lápida se dibuja frente a él. Quiere tocarla, trazar con sus dedos el nombre allí escrito. Sonríe más ampliamente.

La música al otro lado del sendero es melodiosa, pero lo suficientemente alta como para escucharla.

Siente que puede escuchar la voz de su madre llamándolo a casa.

Izuku avanza. Sus pasos comienzan torpes, tambaleantes. Los recuerdos de su madre comienzan a desequilibrarlo.  Es la música y las risas de las personas dentro del cementerio, lo que lo mantiene en pie.

Algunas personas lo miran, como si le reconocieran. Unos asientes, otros sonríen. Hay quienes ni siquiera le dan el más mínimo vistazo.

Ve a una niña que le da una especial mirada, con los ojos abiertos ampliamente de asombro, y él le sonríe tan ampliamente como puede; la pequeña parpadea, para luego devolver una pequeña sonrisa que adorna su regordete rostro.

 

LA MÚSICA y la gente se quedan atrás, aquella niña también. Y todo es reemplazado por los recuerdos de su madre a cada paso que da por el sendero adoquinado que lo lleva fuera del cementerio.

Y allá afuera, en las calles, todo se ve como siempre; o se vería igual si no fuese por el ambiente de celebración que se respira en el aire. La gente, extrañamente, se ve más feliz que de costumbre.

 

MÁS ALLÁ, cuando deja la calle detrás y la entrada de su edificio se cierra…

Más allá, donde su palma toca la puerta y se siente estremecer…

Más allá de todo, está su hogar.

Cuando entra a casa, el delicioso olor a comida inunda sus fosas nasales. Huele a carne y fideos, a verduras salteadas y a picante. Y él sabe quién está en su cocina.

—Kacchan —balbucea.

Pero Katsuki no lo mira.

Ve a Katsuki bailar con una melodía dulce que sale de los altoparlantes que están en la sala. Es una canción antigua, cantada en un idioma que Izuku nunca pudo aprender; pero su madre amaba ese tipo de música. Sonidos de guitarras y pianos, de tambores y trompetas; todos los sonidos mezclados tan perfectamente.

E Izuku la extraña… a su madre, a la música. No ha escuchado la voz de su madre ni aquellas viejas melodías en casi dos años. Extraña el calor de los abrazos de su madre, y los torrentes de lágrimas cuando se ponía locamente feliz. Extraña esos ojos tan parecidos a los suyos, que lo miraban con preocupación y cariño. Extraña un beso en su mejilla, el beso en su nariz que tanto le hacía reír cuando niño.

Oh, Izuku extraña tanto a su madre.

—Haré katsudon picante para la cena — dice Katsuki. —Y, ¿sabes?, de verdad espero que le pique la lengua al idiota mitad y mitad, —y luego Katsuki se está riendo al mismo tiempo que mezcla ingredientes frescos dentro de una sartén caliente.

Izuku se sienta ante la mesa del comedor, viendo a su amigo moverse por la cocina de su casa como si fuese suya, dominando cada pequeño espacio de ese lugar.

Izuku se sienta y piensa en su madre, en sí mismo, en quién es Katsuki Bakugo en su vida.

Katsuki que fue su amigo de infancia. Katsuki que fue un bastardo agresivo y grosero. Katsuki que fue su rival. Katsuki que fue su amigo. Katsuki que fue su compañero de lucha.

No evita que su pecho se hinche de orgullo al pensar en Katsuki, que ahora se ve tan grande y amplio y musculoso, que tiene una mueca que se asemeja a un puchero y la mirada suave mientras vaga por su cocina.

Izuku escucha el clic que la perilla de la estufa hace cuando Katsuki la gira. Cuando mira al frente, ya hay dos tazas de té servidas. Katsuki se sienta frente a él, pero no lo mira directo a la cara. Hace mucho tiempo que no lo hace.

Izuku cree que Bakugo se siente culpable por aquel trágico día. Él cree que Bakugo debería quitarse ese peso de encima.

Y Katsuki no lo mira, no habla. Su cabeza ladeada a un costado. E Izuku sabe lo que su amigo está mirando.

Allí, al otro lado de la habitación, más allá de la puerta de la cocina, empotrado en la pared, está ese hermoso altar.

Izuku casi puede percibir el olor dulzón de las flores naranjas y el incienso hace un camino de humo que sube hacia el techo. El ligero crepitar de las velas es audible. Hay un grillo tocando su triste canción en algún lugar de la casa.
Mira, con más atención, todo lo que hay ahí: las frutas, las velas, la sal y el agua. Las figurillas coloridas adornan el blanco del mantel que cubre la madera, enmarcando perfectamente la fotografía.
Y  allí, en esa foto, unos verdes ojos inertes le devuelven la mirada.

— ¿Sabes? Podría haber estado en otro lugar el día de hoy —habla Katsuki. Izuku quiere hablar, aunque su amigo lo hace primero. —Pero no podría dejarte solo. No hoy. Tía Inko no me lo perdonaría nunca. A pesar de su noble corazón, yo sé que se sentiría mal si te dejara solo el día de hoy o en… —La boca de Katsuki se cierra, convirtiéndose en una línea recta que parece dolorosa.

—Ninguno de esos tres días —añade Izuku. —Hoy, mi cumpleaños y…

—El fatídico día, —Katsuki completa.

Y luego una enorme ola de silencio golpea fuertemente la habitación.

El timbre suena.

Es una tonadita musical que le recuerda a la típica música navideña. Recuerda que hace tiempo él se había reído tanto cuando un día, después de una pesada misión, llegó a casa de su madre y escuchó aquella tonadilla. Su madre se había sonrojado, diciendo que había sido demasiado distraída cuando compró el tonto timbre y lo había hecho colocar antes de escuchar el sonido que emitía.

Izuku la había abrazado fuertemente, con el pecho subiendo y bajando violentamente por el ataque de risa que le dio la expresión de su madre. Y ella lo había reprendido por burlarse. Él no lo estaba haciendo, era solo que las cosas pequeñas podían hacer grandes cambios en la vida.

El timbre se quedó y la tonadita también.

El timbre vuelve a sonar. La persona al otro lado parece insistente.

—Ya voy —Bakugo gruñe. E Izuku piensa que eso es muy típico de él.

 Él no se levanta de su asiento. Se limita a observar los pasos largos y cansado de su amigo andar por su casa. No se pierde la forma en que Katsuki mira de reojo el altar que está colgado en la pared, antes de perderlo de vista al doblar por el pasillo.

Regresa un par de minutos después, Shoto pisándole los talones.

Katsuki le ofrece asiente a Shoto y camina de nuevo en dirección de la tetera que todavía sigue sobre la hornilla.

Shoto no habla, se sienta en una de las sillas desocupadas muy cerca de donde estaba Bakugo sentado anteriormente. Y Shoto se ve tan sereno. En sus ojos desiguales titila un sentimiento que Izuku no puede descifrar.

—Creí que estarías en Milán o New York con tus padres.

—Siendo tú, Shoto, me sorprende que no seas tan inteligente como para descifrar que dejaría cualquier cosa por estar aquí hoy —contesta. —Además, hoy es un día de celebración. Las almas que no bajaron el año pasado, estarán aquí ésta vez —añade.

—Es cierto, pero ¿katsudon picante? Esto no es por ti, Kats, —hay una pizca de burla en el tono de Shoto.

E Izuku piensa en Shoto, en su evolución de ser el ente rencoroso al chico dulce; de ser un sujeto que no sabe procesar las cosas, a convertirse en el sujeto que sabe hacer casi cualquier cosa bien.

Lo mira. Shoto no lo hace, parece distante, ajeno a cualquier cosa que no sea la atención a la tetera chirriante sobre el fuego. E Izuku se pregunta mentalmente sí a su amigo todavía le quedan secuelas de trauma respecto a teteras y agua hirviendo y cicatrices. Pero Shoto no parece inmutarse cuando Katsuki sirve una taza caliente de té.

El sonido de la cerámica sobre la madera, se le antoja demasiado estruendoso para su gusto. Pero lo hace mirar a su propia taza que ha estado siendo ignorada desde que fue servida.

Sin embargo, no la toma entre sus manos.

En cambio, sus ojos vagan entre el cabello largo de Shoto y el ceño fruncido de Katsuki.

Mira la forma en que Bakugo se mueve, todavía de pie. Si no lo conociera bien, pensaría que está incomodo.

—La señorita Uraraka ha enviado saludos —habla Shoto, tomando su propia taza de té y llevándola a sus labios, donde sorbe ligeramente el líquido demasiado caliente. —Hace un par de días me la he topado al otro lado de la ciudad y me ha dicho que éste año le será imposible venir. Sabe que es un día especial pero hoy mismo ha viajado a la costa oeste en una misión de recuperación o algo así —finaliza.

—Bueno, Iida y los otros chicos han dicho algo parecido.

— ¿Incluso tu dulce novio?

—Incluso mi dulce novio, —Katsuki dice en acuerdo. —Nadie demasiado cercano. Siquiera Robotín o Cara Redonda, —suspira, —Nadie demasiado cercano —repite.

—No como nosotros.

—Sin embargo, sé que All Might estará en el cementerio ésta noche.

Hay una nueva ola de silencio.

Es cómodo.

Es ensordecedor.

Es ligero.

Es doloroso.

Izuku se pierde en la imagen del pasillo. Mira las pequeñas flamas de las velas bailar ligeramente. Casi puede escuchar el pabilo quemándose y la cera derritiéndose. Puede ver las ligeras deformaciones de las sombras.  Él puede… él puede…

Escucha a Shoto sorber su té. La respiración de Katsuki se vuelve pesada.  Sabe que hay algo ahí, en medio de todo: pesar, pena, dolor, llanto.

Pero hay más. Tanto más cómo es posible retener en un corazón.

—Chicos —llama en un susurro.

Sus pensamientos comienzan a hilarse aceleradamente.

Un suspiro.

Un golpeteo de dedos sobre madera.

El recuerdo de un llanto.

Las flamas enardecidas cambiando la forma de las sombras.

Una fotografía de ojos verdes brillantes.

Y…

—Música —habla Katsuki.

Izuku lo mira extrañado. Shoto tiene su misma expresión estoica de siempre, aunque todavía pregunta: — ¿Música?

—Música, —Kats repite. —Y te encantará.

Los altoparlantes se encienden. La dulce melodía de antes de la hora del té, inunda de nuevo el espacio.

Ve a Bakugo estirar la mano en dirección de Shoto y, a pesar de la renuencia, el hombre toma la mano y se levanta de la silla.

Bakugo le da indicaciones sobre la manera en que deben moverse, toma de la cintura a su amigo y comienza a moverse al ritmo de la música.

Shoto es torpe, igual que un niño pequeño aprendiendo a caminar; pero sus manos se aferran al hombro y la cintura del otro.

— ¿Qué clase de música es ésta? —pregunta.

—Danzón —dice Izuku.

—Tú solo disfrútala. A tía Inko siempre le ha gustado.

—Ni siquiera sé en qué idioma está. — Shoto se ríe, tambaleándose.

Y luego los tres están riendo a grandes carcajadas, porque el chico que aparenta hacer todo bien es sumamente torpe con los pies cuando se trata de música. Y el chico  que siempre fue problemático, tiene la espalda recta, sus pies fluyen por el suelo  al son de la música y su voz se mezcla entre risas y palabras de un idioma que Izuku nunca pudo comprender.

—Oh, Izuku, tú deberías estar bailando ahora, —es una risa chillona de parte de Shoto cuando casi se cae.

E Izuku se limita a reír y reír, disfrutar de aquel momento donde sus amigos danzan en la cocina de su madre.

Las risas son, por muchos decibeles, más bulliciosas que la armonía; lo que hace que Izuku no escuche el sonido de las llaves tintinear, ni la puerta siendo abierta y cerrada suavemente y, menos, los paso golpeando el suelo de madera.

Él no es capaz de escuchar nada más allá de los aullidos de sus amigos; no hasta que la persona que ha entrado a su casa, habla.

—Hola chicos.

Ellos se detienen. Una pausa. Un respiro. El salto de un latido.

—Midoriya-san.

—Tía Inko.

Responden Shoto y Bakugo al mismo tiempo.

Izuku observa a su madre. Nota que ha perdido peso, hay nuevas arrugas adornando alrededor de sus ojos, se ve cansada y pequeña. Tan frágil.

Eso no evita que una sonrisa se pinte en sus labios y sus ojos brillen con algo parecido a la felicidad.

—Hay tres tazas —dice ella y Bakugo se sonroja visiblemente.

—Y-yo… pensé que Izuku querría un poco y yo no quería beber solo mi té.

—Eso es bueno, eso es bueno.

Eso es todo lo que su madre tiene que decir para que Izuku recuerde.

Él ha perdido a su madre.

Ha perdido a sus amigos, a su mentor.

Él ha perdido la vida.

El último recuerdo de su madre fueron sus verdes ojos cristalinos, llenos de lágrimas contenidas y emoción de verlo irse al otro lado del mundo a ser el héroe que siempre quiso.

El último recuerdo de su mentor fue la sonrisa cansada y sus palabras de aliento.

El último recuerdo de su amigo bicolor, fueron sus gritos de advertencia.

El último recuerdo de su mejor amigo, fue el grito desgarrador que éste dio.

Y su último recuerdo de cuando estaba con vida, fue el enorme edificio cayendo sobre su cabeza.

Él recuerda más allá de eso.

Recuerda el lastimero llanto de sus amigos. Recuerda la prensa rodeando el lugar. Recuerda el caos. Recuerda a los rescatistas sacar su cuerpo de debajo de los escombros.

Recuerda a la mujer… no, no mujer, la muerte… recuerda a la muerte viéndolo con sus ojos huecos e invitándolo a seguir el camino hacia adelante.

Él había tomado la esquelética mano y había seguido. Por supuesto que lo hizo.

Y luego la visión de un año atrás aparece: Su madre desecha en llanto mientras abrazaba su foto, su mentor perdiéndose, su mejor amigo borracho en un bar, su amigo incinerándolo todo.

Él había visto eso desde su lugar en las puertas del más allá, donde ayudó a las viejas almas a volver al mundo terrenal.

Él también vio gente conocida como Sir y la señorita Nemuri, incluso vio a Jin y a un chico que una vez vio en una fotografía de su antiguo maestro de la UA. Y todos ellos estuvieron sonriendo, felices de regresar al mundo terrenal y ver a sus seres amados.

Izuku no había tenido suerte, en ese entonces llevaba tan solo tres meses muerto.

Ésta vez la tiene, piensa.

Izuku ve a su madre y sus amigos sentarse a la mesa, con té tibio y una conversación amena.

Y él desea quedarse aquí tanto como pueda.

Quiere tantas cosas, como la calidez de su madre y la lealtad de su amigo y las risas de su mejor amigo. Quiere poder tocarlos y abrazarlos y decirles, por última vez, lo mucho que los ama y los ha extrañado.

Él no puede. Él sabe.

Pero se queda ahí, todavía sentado en esa silla que, para los ojos de cualquiera, está vacía.  Y por la noche, cuando todos duerman plácidamente en sus camas, él devorará la esencia de los alimentos, del katsudon y de las frutas, y beberá tanta agua como pueda y ese jugo de cajita que siempre ha sido su favorito.

Y luego armará su camino de regreso a donde su alma pertenece. El sendero se formará de flores anaranjadas y las llamas de las velas iluminarán su camino.

Y luego dormirá. Dormirá por un largo año antes de poder bajar el siguiente dos de noviembre.

Y él no se arrepentirá de nada.

Y él… él…

—Estoy en casa —dice, mirando la tenue sonrisa que se dibuja en los labios de su madre.

 

Fin

 

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