Work Text:
Roier miró el folleto que tenía en la mano con una mueca extraña.
—Parecen una banda bien emo, güey.
Su mejor amigo le arrebató el volante de las manos.
—Pues, sí, pendejo —dijo Mariana—, pero no pongas cara como si estuvieras oliendo mierda. Te juro que está de poca madre. No te vas a arrepentir, mien.
Roier se limitó a asentir con la cabeza, no muy convencido.
En realidad, se consideraba bastante abierto en cuanto a los gustos de los demás y no le importaba ampliar los suyos en lo que a música se refería, pero los sombreros de copa, las prendas a rayas y los chalecos eran realmente una cosa aparte. Aquellos tipos parecían salidos de un circo.
—No mames, pero debería ser ilegal echarse tanto delineador, ¿no?
Mariana dejó de cepillarse el pelo y se volvió para lanzarle una mirada.
—Roiler, te juro que dejo tu culo aquí botado, ¿eh? —le advirtió, apuntándole con el cepillo como si fuera un arma—. No te vayas a pasar de verga, cabrón.
—No, no —Roier levantó las manos en señal de paz y se sentó con las piernas entrecruzadas sobre la cama—, nomás digo, parece que quieren hacerle la competencia a las catrinas del Día de Muertos, pero no hay pedo, papi, me veo más bonito cerrando el hocico y dejando que me compres las chelas.
—Tu pinche amor no es más que puro interés, ¿verdad? Todos los vatos son iguales, ninguno se salva —dijo Mariana mientras negaba con la cabeza.
Roier se echó a reír y arrojó una almohada al muchacho.
—¡Ándale, alístate de una buena vez, pendejo!
Lo más probable era que Aldo, su otro mejor amigo, ya estuviera en el pub esperándoles, o lo estaría pronto, porque por el momento no habían recibido ninguna llamada suya quejándose de su impuntualidad. Pero Mariana era el que se aseguraba de que cada uno de sus cabellos estuviera en perfectas condiciones; Roier, en cambio, daba por sentado el asunto con la bandana que llevaba en la cabeza y su camiseta negra.
Por suerte, consiguieron llegar antes de que empezara el espectáculo. Aldo agitó las manos desde una de las mesas libres y tuvieron que abrirse paso entre la multitud que esperaba a la banda frente al escenario, y vaya que el lugar estaba más lleno de lo que él pensaba en un principio.
—Te lo dije, mien —señaló Mariana una vez que Aldo regresó con la primera ronda de bebidas—, cada sábado viene más y más gente, güey.
—¿Y a mí qué? Roier era el que estaba viviendo bajo una pinche piedra.
Roier jadeó ofendido mientras agarraba una de las botellas de cerveza.
—Órale, ya dejen de estar chingándome, culeros —dijo con el entrecejo fruncido—, ya ustedes saben que a mí no me gusta salir de mi cuchitril.
—Nel, si más bien nos agarraste de sorpresa al aceptar salir con nosotros hoy —contestó Mariana, dirigiéndole una mirada un tanto inquisitiva.
Roier se limitó a dar un trago a su bebida y procuró no hacer muecas ante la sensación de amargura en la garganta. Las últimas semanas habían sido mucho para asimilar y necesitaba un respiro, pensó que sería bueno para él tan solo enterrar sus preocupaciones con sus amigos y el alcohol. Aldo seguro lo llamaría estúpido, Mariana le daría un discurso con lección de vida al respecto, pero ellos no tenían por qué conocer sus segundas intenciones.
—Entonces, ¿tocan aquí todos los sábados?
Decidió cambiar de tema, lo que pareció funcionar porque Mariana esbozó una sonrisa de oreja a oreja y bebió un sorbo de su propia bebida.
—Sí, Trino Gaucho es uno de los pocos grupos que tocan con frecuencia aquí.
—¿Trino Gaucho?
—No conozco la historia de la banda a la perfección —respondió Mariana—, pero lo que sí sé es que son todos argentinos y tocan de puta madre.
Roier dio otro trago a su cerveza y se percató cómo unos segundos después, tres chicos saltaron al escenario y se prepararon para empezar la presentación. Parecían ser bastante conocidos en la zona, porque unos cuantos empezaron a gritar y a aplaudir mientras el cantante, un chico con un corte de pelo bajo y unos pendientes negros que hacían juego con su delineador de ojos, ajustaba el pie de micro y la sujeción de su bajo.
—Ese es Tomás, pero su nombre artístico es Robleis —apuntó Mariana.
El tipo que estaba sentado detrás de la batería llamó la atención de Roier, pero fue más que todo porque el chico llevaba un sombrero de ala ancha que destacaba bastante. Desde luego que le asombró, pues pensaba que nada podría resaltar más que los atuendos circenses y el delineador.
—Ese es el guitarrista, Spreen —continuó su amigo, arreglándose los lentes.
Roier no había estado mirando al guitarrista, pero desvió la mirada para ver a quién se refería Mariana y sintió que se le secaba la garganta. Un tipo alto y delgado con rizos oscuros y tez clara. Pero el detalle que más llamaba la atención era, sin duda, sus llamativos ojos violetas rodeados de largas pestañas y grueso delineador. El chico también hacía difícil no fijarse en sus ojos; dibujaba formas oscuras alrededor de ambos y tenía una especie de espiral descuidada que descendía sobre su mejilla izquierda desde el lagrimal, remarcando todavía más sus ojos.
Cualquiera con ojos podría darse cuenta de que el tipo era bastante guapo.
—¿Trineo Gaucho, dijiste? —preguntó Roier de repente con cierto interés.
—Trino —corrigió Mariana, ajeno a la expresión en la cara del menor—. Y el baterista se llama Carre; todo un genio, en mi humilde opinión.
Mariana tuvo que interrumpir su verborrea porque el vocalista se lanzó a cantar la primera canción de la noche. Roier vio a sus dos amigos chillar con el resto de la multitud, gritando las letras junto al cantante, que tenía una voz bastante potente, llena de energía y soltura.
Y sí, sonaban bastante emo, pero la verdad es que no estaba tan mal.
Además de talento, Robleis derrochó carisma y presencia escénica, moviéndose por el pequeño escenario para interactuar con el público y conseguir que se sintieran en el mismo estado de ánimo que él.
—¡Eh, pendejo, no le manosees a mi cerveza! —le gritó Mariana a Aldo.
Roier no prestó atención a la pequeña disputa entre los dos chicos, porque los acordes de la guitarra atronaron el aire y sintió como si todo el lugar hubiera sido alcanzado por un rayo. Le produjo una sensación hechizante, casi como si se sintiera poseído por la melodía. El guitarrista rasgueó las cuerdas con destreza y las manos del baterista volaron sobre los platillos.
Dio otro sorbo a su cerveza, incapaz de apartar la mirada del guitarrista.
Estaba disfrutando de la música, de verdad, pero al mismo tiempo no podía evitar preguntarse cómo se las arreglaba el tipo para lucir ese estrafalario atuendo. O sea, que no se le entienda mal, el chavo era bueno. Y estaba bueno, pero era demasiado para asimilar y Roier no salía de su estupor.
—¿También canta? —su voz salió más entrecortada de lo esperado.
—De vez en cuando —respondió Aldo—, pero casi siempre hace los coros.
A la mierda, el guitarrista cantaba como un puto ángel.
Perdió la cuenta de cuántas cervezas llevaba cada uno en su sistema, pero después de unas cuantas rondas más y como seis canciones, Aldo se levantó de su asiento y los agarró de los brazos con los ojos brillosos.
—¡A la chingada! Ya estoy bien pedote, papus —les gritó Aldo.
El alcohol estaba empezando a hacer efecto, pero Roier se alegró de la cercanía forzada porque ahora podía tener una mejor visión del guitarrista.
En un momento dado, el baterista tiró agua sobre los platos y empezó a salpicar mientras tocaba, y el cantante apuntó el micrófono hacia el público, lo que hizo que éste saltara aún más y gritara a pleno pulmón. Y Roier simplemente no podía dejar de contemplar al maldito guitarrista. Se dio cuenta de algunas de sus peculiaridades: por ejemplo, que siempre echaba la cabeza hacia atrás cuando tenía que sostener una nota larga. Y, a diferencia del cantante, nunca miraba al público cuando le tocaba cantar.
Roier deseaba que el guitarrista cantara más. No podía explicarse qué tenía su voz, que había algo en ella que le volvía loco. Era inquietante, algo tranquila y tentativa, pero impregnada de emoción. Se sentía como un susurro al oído, un encanto cautivador, o quizá más como un canto de sirena.
Se sintió un poco fastidiado consigo mismo por no haber ido antes al pub con Mariana y Aldo, porque no creía haber experimentado nada semejante en su vida. No podía precisar de qué se trataba en concreto, pero estaba causando estragos en su interior y dejándolo hecho un desastre.
Y entonces esos ojos violetas se encontraron con los suyos.
Roier sintió que se le calentaba toda la cara y tuvo la sensación de que le habían pillado haciendo algo que no debía. Supuso que mirar al guitarrista en lugar del vocalista era una especie de ilegalidad tácita. No solo eso, sino mirar a alguien durante tanto tiempo como un puto bicho raro sí que podía ser considerado ilegal. Roier quiso apartar la mirada para salvar algo de la poca dignidad que le quedaba, pero entonces se dio cuenta de que el tipo esbozó una sonrisa de suficiencia y no le quitó los ojos de encima.
El mexicano no tardó en fruncir el ceño, percibiendo una ligera arrogancia en sus facciones que le crispó los nervios. El güey se estaba burlando de él.
Sí, hijo de tu puta madre, estás bueno y tienes talento, ¿y qué?
Roier quería dejar de mirar esos ojos púrpuras, tal vez solo poner los ojos en blanco y resoplar para que el guitarrista supiera que él había ganado su pequeño concurso de miradas. Pero conocía a los cabrones como él; el tipo seguro que se tomaría el apartar la mirada como una derrota, y no iba a perder delante de imbéciles como él, no iba a dejar que—
—Roier.
A Roier se le estaban empezando a poner los pelos de punta. Claro, él también le había estado mirando como un puto bicho raro, pero en su defensa, solo tenía dos personas más a las que mirar en aquel escenario y el guitarrista tenía al menos sesenta personas, así que, de forma objetiva, el guitarrista era mucho más bicho raro por no apartar la mirada, era todo un—
—Roier, güey.
Roier quería borrarle esa maldita sonrisa de la cara. No estaba seguro de si con un puñetazo o con un beso, o con lo que viniera primero. Y chingada madre, cantar esa frase sin quitarle los ojos de encima debería haber sido un pinche delito. El tipo sabía lo que hacía. Lo confirmó cuando el culero sonrió aún más mientras se mordía el labio inferior, pero no iba a perder, no iba a ceder ante—
—¡Tú, mierda, nos vamos a la mesa a pedir otra ronda! —le gritó Mariana.
Su amigo chasqueó un par de dedos en su cara para llamar su atención.
—Simón, güey —le secundó Aldo, bien acalorado y tratando de abanicar su cara con su camisa—, que me estoy muriendo de sed y ando bien reseco.
Puta madre, cabrón.
Roier siguió a sus amigos y no tuvo el valor de girarse para ver si aún le miraba. Quizás nunca lo había mirado. No había razón para sentirse derrotado, pues con toda certeza creía que le estaba mirando a él, cuando era más factible que estuviera mirando a la columna que tenía detrás.
Eso tenía mucho más sentido, así que no había razón para—
—Güey, ¿soy yo o el guitarrista te estaba echando el ojo? —comentó Aldo.
—¿Qué?
—¡No manches! —exclamó Mariana con emoción—. Pensé que era la miopía que me estaba haciendo ver chueco, ¡pero te tenía el ojo bien puesto, mien!
Roier bufó.
—Ya están hablando puras mamadas.
Ambos insistieron en lo que observaron hace unos segundos y Roier sintió esa extraña sensación en la boca del estómago. Los cortó para ofrecerse a pedir las bebidas y se dirigió hacia la barra con cierta inquietud.
El plan era conseguir que se olvidara de toda la mierda por la que estaba pasando con nada más que alcohol y la compañía de sus amigos, no volver a la causa de sus males en primer lugar. Es decir, Roier había estado en una situación con un tipo brasileño; nada demasiado serio, pero lo suficiente como para perturbar su cabeza un poco. No estaba seguro de estar preparado para meterse en otro lío, y menos con el guitarrista de una banda de rock.
—La siguiente canción se llama «Ventana de oportunidad».
Mientras esperaba a que el camarero trajera las cervezas, se dio la vuelta y echó otro vistazo al grupo. El vocalista asentía con la cabeza al ritmo del suave compás de la batería y el baterista tenía una sonrisa de oreja a oreja en los labios, desarrollando la melodía para un comienzo fuerte.
Y el guitarrista seguía con los ojos puestos en él.
Robleis empezó a cantar la canción y parecía ser una de las favoritas de los seguidores, porque casi todo el público cantó a coro. Vio que sus dos amigos se rodeaban los hombros y se balanceaban de un lado a otro mientras coreaban también la letra, que trataba de seguir adelante. Era una tonada reconfortante, pero también triste sobre aceptar que algunas cosas no podían volver a suceder y que otras ocuparían su lugar.
Roier resopló antes de darse la vuelta y agarrar las tres cervezas de la barra.
—Extrañamente apropiado —murmuró con ironía para sí mismo.
Pagó las bebidas y se dirigió hacia la mesa, pero al volver, oyó que el guitarrista volvía a cantar y, a diferencia de las otras veces, sus ojos parecían seguir clavados en él. Roier se quedó de piedra en medio del local.
—Y te digo que vengas a mí, te devolveré la libertad.
Roier tragó saliva, apartó la mirada y se sentó junto a sus amigos. No perdió mucho más tiempo, después de que los dos muchachos cogieran sus propias botellas, tomó su cerveza y se la bebió entera de una sentada. Durante unos segundos, no pudo sentir nada más que el sabor amargo y frío en sus papilas gustativas; mucho mejor que lo que estuviera sintiendo antes.
—Échale despacito, que eso no es un pinche juguito, Boiler.
Roier intentó reírse, pero estaba demasiado tenso para ello.
—Oigan, creo que me retiro —les dijo de repente, levantándose del asiento.
—¿Qué? —Mariana paró de beber y puso cara de asombro.
—¿Qué pasó? —preguntó Aldo—. ¿Fue por lo que dijimos hace un rato? No te calientes mucho la cabeza, nomás te estábamos cotorreando de mame, güey.
Roier casi se sintió mal por no contarles lo que en verdad sucedía, pero todo era tan reciente y seguía sin saber cómo manejarlo todo. Desde que era niño, había aprendido a superar todos sus altibajos en silencio y a hacer de cuenta que todo estaba bien. Era difícil luchar contra eso.
—No, no es eso, es que estoy empezando a sentirme mal. Demasiados tragos.
Sus dos amigos se mostraron preocupados.
—No puedes irte solo en ese estado, mien. Te acompañamos sin pedo.
—Nel, tranqui, estoy bien —dijo Roier enseguida—. Mira, puedo hacer el cuatro con las patas perfectamente; no es que esté crudo, es más bien que mi estómago la está pasando mal con tanto chupe, pero ando bien.
—¿Estás seguro? —Aldo lo examinó como un halcón.
Dedujo que estaba buscando el menor signo de embriaguez para negarse a que se fuera solo, lo que hizo que Roier sonriera de veras porque, aunque su grupo de amigos la mayor parte del tiempo le parecía un grupo de monos tirándose bananas unos a otros, en realidad se alegraba de que fueran sus amigos. Roier no los cambiaría por nada del mundo.
—Sí, no hay pedo, les juro que no me van a ver en los periódicos de mañana.
Salió del pub y no miró atrás, porque era la mejor opción para él. La opción inteligente. No estaba seguro de estar preparado para exponerse así y, si se permitía ser un poco sincero, también le daba un poco de miedo.
Aquellos ojos púrpuras tenían algún tipo de efecto sobre él, uno que nunca había sentido antes y que daba miedo. Porque, si se sentía de este modo por algo que no había resultado tan intenso, ¿cómo se sentiría si algo saliera mal con tal sentimiento? Lo destruiría por completo, lo despedazaría.
No sería inteligente correr ese riesgo.
Se consolaría añadiendo sus canciones a su lista de reproducción y las escucharía de camino a la universidad. Eso sería más que suficiente, eso callaría las incertidumbres y ese latido irregular de su corazón. Siempre se preguntaría si realmente había perdido el concurso de miradas y se enteraría de ellos por las noches en que sus amigos irían a verlos en vivo, con la esperanza de que un día le dijeran que no volverían a tocar en el pub porque se habían hecho aún más grandes.
Al fin y al cabo, ni siquiera habían intercambiado palabras, así que, por lo que a él respectaba, ni siquiera podía saber si aquel sentimiento era solo una sensación pasajera que se disiparía en cuanto hablasen entre ellos.
En cuanto hablasen entre ellos.
Ese fue un pensamiento que ocupó su mente durante un buen tiempo.
Roier en verdad se esforzó por no pensar más en el guitarrista, pero de algún modo el tipo había conseguido colarse hasta en sus sueños. Si no estaba pensando en él, su lista de reproducción se aseguraba de sacar una canción suya al azar, y entonces, cuando sí estaba pensando en él, recordaba la forma en que el chico seguía cantando las letras sin quitarle los ojos de encima.
De manera que se planteó con toda seriedad la posibilidad de ir a hablar con él. Es decir, tal vez ése era el cierre que necesitaba para lo que fuera que estaba sintiendo, la respuesta a todas sus necesidades y el desenlace gratificante que le permitiría seguir con su vida. Puede que en cuanto el tipo pronunciara una palabra, dejara de encontrarle atractivo y cesaran los estragos en su interior. Igual así conseguiría algo de tranquilidad.
—Te la rifaste, Roier —se dijo a sí mismo, mirándose al espejo con una mueca mientras se arreglaba—, esta podría ser la madre de todas las pendejadas.
Pero ya no había nada que detuviera sus pies.
El pub estaba tan lleno de gente como la última vez, quizá incluso algo más, y la música se oía en todo el local junto a la multitud desenfrenada. Roier no fue tan puntual como el sábado pasado, pero había necesitado un poco de coraje licoroso para conseguir ese tipo de determinación.
El guitarrista estaba tan guapo como la última vez, salvo que en esta ocasión tenía sombra de ojos roja cubriéndole los ojos como una especie de máscara y había un montón de pájaros negros volando sobre su mejilla derecha. Esta vez se puso más creativo con el maquillaje, pero le quedaba de puta madre.
Roier meneó la cabeza al ritmo de la canción, pero su mente estaba ocupada implorando que el tipo mirara en su dirección. Pensó que tal vez esta vez no le prestaría atención, lo que sin duda sería otro final para todo el asunto. Uno mucho menos satisfactorio, pero uno, al fin y al cabo.
Pero casi como si hubiera oído sus pensamientos, sus ojos violetas se cruzaron con los suyos y Roier volvió a quedarse sin aliento.
Se preguntaba si era posible que una vez que hablaran, realmente no se sintiera atraído por él en absoluto. Empezaba a dudarlo, porque ¿cómo era posible que su corazón dejara de latir de esa manera con solo mirar al tipo? Su piel parecía haberse acostumbrado a la sensación de ardor que sentía cada vez que sabía que el guitarrista le estaba mirando. Sus ojos no podían apartarse. Y le empezaban a sudar las manos. Mierda, estaba bien jodido.
Cantó las canciones que conocía con el resto del público y, una vez que el espectáculo parecía haber terminado, buscó asiento en la esquina más alejada de la barra. No sería el primero en hacer un movimiento.
Por supuesto, estaba allí para conocer al chavo, pero no dejaba de ser un tipo vengativo y tampoco le daría la satisfacción de ofrecerle los últimos restos de su dignidad en una bandeja de plata, por lo que esperaría.
—Una cerveza, por favor —le dijo al barman una vez sentado.
—Que sean dos, por favor.
Roier miró a su lado y sonrió cuando vio justo a la persona que esperaba. No tuvo que esperar tanto.
—¿Qué onda, mirón de ojos clavados? —le saludó con ojos risueños.
El guitarrista se sentó a su lado y frunció el ceño, pero Roier se dio cuenta de que también le resultaba divertida su extraña primera interacción.
—Che, hijo de mil putas, si vos fuiste el que arrancó con las miraditas, boludo.
—¿Yo? No te hagas, nomás era un simple espectador de Trino Gaucho.
—¿En serio? —le preguntó el chavo con una ceja alzada, que ahora se daba cuenta de que estaba partida por la mitad—. Porque considerando cómo te rajaste a la mitad del show la semana pasada, estaba re seguro de que odiabas nuestra música, flaco.
—No, mira, al principio no estaba muy convencido, pero mis cuates me chingaron para que los fuera a ver y les digo que me conquistaron con su música. Pues la neta, me parece que son bien chingones.
El guitarrista se mordió el labio inferior con una sonrisa ladeada.
—¿Qué dijiste de que te conquisté?
—Con su música —Roier hizo énfasis, sintiendo el corazón en los oídos y en la garganta al mismo tiempo—, dije que ustedes, los tres, me conquistaron… o sea, me volaron la cabeza con su música.
—Y bueno, gracias, re halagador —le dijo el muchacho—, pero igual tenemos tiempo de sobra para mandarlo a la mierda a ese «con nuestra música».
—¿Qué, así en modo de que los tres me conquisten nomás así?
El guitarrista resopló divertido e hizo que Roier sonriera como un tonto.
—Che, la posta es que hablaba de mí nomás, boludo —respondió.
Roier emitió un sonido de falsa decepción, pero asintió con la cabeza.
—Claro, sí, bueno, supongo que nomás tú también está bien —dijo de broma.
El guitarrista le ofreció la mano con una sonrisa jocosa, por lo que Roier se la estrechó sin apartar la mirada de aquellos hechizantes ojos violetas.
—Soy Iván —se presentó—, pero me suelen llamar Spreen. ¿Y vos?
—Bueno, encantado de conocerte, Spreen. A mí me suelen llamar Roier.
Spreen se rio, lo que hizo que sus ojos se achicaran y su rostro se iluminara.
—El gusto es todo mío, Roier —respondió el guitarrista antes de tomar su botella de cerveza e inclinarla para que Roier brindara con él.
Mientras Roier lo hacía y ambos daban un sorbo a sus cervezas sin romper el contacto visual, llegó a la conclusión de que, en definitiva, no tenía pinta de que el enamoramiento fuera a disiparse por lo pronto.
