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La posta

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San Martín y Belgrano se encontraron por primera vez en esa casa, en enero de 1814, concordando el genio militar y la abnegación, el verbo de la emancipación americana. Sellando en acciones aquello que se dice amor.

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Los golpeteos galopantes de mil corceles se elevaban bajo el sol salteño de enero, devolviendo vitalidad al adolorido cuerpo del general, con el presagio de la llegada del comandante estimado. Belgrano tomaba una manzanilla recostando su cuerpo contra la fría pared de la posta, procurando que sus nervios de ver por primera vez la figura azul de su amigo fueran aplacados, como el hambre, por el té. Esa secuencia que había soñado las últimas noches se hacía próxima, tan real, como que aquel otro igual patriota lo buscaba con la misión de relevo, pero tanto no importaba si al menos causaba una excusa para el encuentro.

El sonido alertó al general que su destino estaba cerca, quien se apresuró entre sus soldados para recibir al que anhelaba con la cordialidad militar que este se merecía. Quedando prendido en el saludo por la mirada profunda, cual mar nocturno, de San Martín. No esperaba un hombre más alto, ni la tez dorada por el astro mayor, pero disimulaba su sorpresa pues la emoción era mayor que la del final de toda batalla. Las pieles desnudas de sus manos ahora se encontraban sintiendo cada callo inflamado por las asperezas de un sable. El abogado sostuvo la vista al oscuro mirar de su otro, esperando encontrar en ella un atisbo de complicidad, y tal vez un pretexto para alargar aquel primer contacto; el buen Manuel se temía haberse dejado ser demasiado sutil en sus pretensiones al escribirle, anhelaba que tal campaña que lo alejaba de su esposa, de los Buenos Ayres que quedaba a muchas noches y días de allí, escondiese otros asuntos más que un remplazo o el espíritu libertador.

Los negros, los indios, los pobres uniformados llenaban los campos de la posta, hablando a los gritos con los extraños del regimiento que ya copaba esta tierra, mientras llevaban sus animales a descansar a la sombra de los algarrobos. El hedor penetrante era medianamente apaciguado en la cocina por el eucalipto que quemaban y las hierbas de té que se hervían constantemente. Con una joven cocinera de chaperona, al fin ambos hombres podían sentarse frente a frente, cara a cara, sabiéndose satisfechos de haberse encontrado como iguales en sus inquietudes intelectuales; tal vez del alma y de su carne también.

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Poco después del asalto al Tucumán llegaba un papel a las manos del general Belgrano, firmada por un nombre que ya había oído nombrar maravillas de la boca de su buen amigo José Vicente; nombre que causaba recelo de otros hombres que no lograban comprender las razones en confiar en quien consideraban un militar de la corona. Al abrirla se encontró con unas felicitaciones por el triunfo en la ciudad, estas palabras de aliento sonrojaron al militar, pues este era un crítico  estricto de sus andares, así como el saberse dueño de la admiración de aquel hombre. Decidió contestarlo como si de un viejo amigo se tratase, abriendo el caudal a las cartas que viajarían de mano en mano entre ellos dos. Si la libertad era la excusa, el cariño era la causa. Se hizo parte de sus obsesiones esperar sus cartas, buscar algo que dijera más que lo escrito entre cada palabra. Inclusive le había confiado sus preocupaciones como ajeno al oficio militar, que a ningún otro hubiera permitido conocer si no creyese que José no le reprocharía su desconocimiento.

“¡Ay amigo mío! ¿Y qué concepto se ha formado usted de mí? Por casualidad o mejor diré, porque Dios lo ha querido me hallo de general sin saber en qué esfera estoy: no ha sido mi carrera y ahora tengo que estudiar para medio desempeñarme y cada día veo más y más las dificultades de cumplir con esta obligació n […] La abeja que pica en buenas flores proporciona una rica miel […] Crea usted que jamás me quitará el tiempo y que me complaceré con su correspondencia.” Firmaba M. Belgrano, Lagunillas, 25 de septiembre de 1813. Al Sr. José de San Martín. Esperando que este hombre, un tanto más joven que él, supiera usar la astucia de militar para leer sus intenciones en conocerlo.

Sensiblemente escribiría para sí en palabras que nunca nadie más que su espíritu habría de leer sobre como en tan solo tinta el natal del norte había sabido penetrar en su alma como ningún otro, más que otro patriota y más que cualquiera de sus amantes. Lo había visto a los ojos sin conocer su mirada, eso elevaba su espíritu; y la idea del encuentro, la carne.

La racha de suerte para el general Belgrano en su campaña de libertad acabó por partida doble en el Alto Perú, y aún en la derrota se encontró pensando en San Martín. Para el alivio de su corazón supo ser respondido por el comandante que le anunciaba la inevitabilidad del encuentro cara a cara. Manuel conocía el carácter de aquella visita, pero no temía a ningún castigo si de mano de su amigo se daba.

“[…] la patria necesita de que se hagan esfuerzos singulares y no dudo que usted los ejecute según mis deseos […] Crea usted que no tendré satisfacción mayor que el día que logre la satisfacción de estrecharle en mis brazos […]” Firmaba M. Belgrano el 17 de diciembre de 1813; entre otras letras comentando su éxtasis y nimiedades, incluso insurrecciones que le valdrían a Dorrego una sanción bajo la palabra de José. Ahora sabía que San Martín poseía la perspicacia necesaria para apreciar la insinuación, como en otras cartas ya él supo sacar indicios que esta era contestada con sutileza. Su pecho galopaba de emoción. Lo quería pronto, lo quería ya, tener cerca su cuerpo como ha tenido su mente al leer las palabras que le dedicaba .

“Mi corazón toma nuevo aliento cada instante que pienso que usted se me acerca […] mi amigo espero en usted un compañero que me ayude y quien conozca en mí la sencillez de mi trato y la pureza de mis intenciones que Dios sabe no se dirigen ni se han dirigido más que al bien general de la patria y sacar a nuestros paisanos de la esclavitud en que vivían... Empéñese usted en volar, si le es posible con el auxilio y en venir a ser no sólo amigo, sino maestro mío, mi compañero y mi jefe si quiere». Firmaba nuevamente M. Belgrano el 25. Esperar al comandante se volvió tan agotador que en menos de diez días tuvo que volver a escribir sin aún haber recibido una respuesta. El hambre y los dolores no daban descanso a la ansiedad que verlo al fin le provocaba y estos sentimientos se derramaban en cursiva en el papel, esperando que sus palabras lo encuentren y le lleguen tan profundo en el alma del otro, como de la suya la sola expectativa ahora estremecía cual malón toma por asalto y devasta todo a su paso. Él era el indio y la cautiva de su propia empresa, pues había dejado todos sus deseos desnudos a voluntad en el papel, encontrándose preso de una respuesta que no llegaba aún.

Deseo mucho hablar con usted de silla a silla […] sin tratar con usted a nada me decido” Insistía firmando como M. Belgrano el 2 de enero de 1814, mientras esperaba la llegada del otro, intentando calmar el hervidero de sus entrañas con una respuesta sobre el papel. Aprendería a controlar las ansias de saber de su amigo pues su único remedio era la espera; con esta conoció de sí mismo la profundidad de sus sentimientos hacía San Martín.

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- Es que usted me sabe molesto para quienes lo mandan y me viene a llevar cautivo por mis errores en Vilcapugio y Ayohuma ¿O me equivoco?

José lo escuchaba anonadado de tal suposición, pues la naturaleza rebelde que conoció en sus palabras parecía rápidamente obedecer a los deseos de aquel triunvirato.

- Yo quiero que usted sea molesto, que lo quiero al frente para molestar a todos esos que prefieren quedarse cómodos sin luchar por nuestra libertad. Un facón o un sable puede portar cualquiera, pero yo necesito sus ideas… yo lo necesito a usted.

Saberse necesario para lo que San Martín quisiese era el remedio a su malestar. La charla bajo la sombra en la posta del algarrobo transcurría huyendo a lo personalísimo, pues eran observados por la joven a su servicio, y porque Belgrano no lograba percibir intenciones ocultas en su aspiración libertadora, lo que dolía profundo en su corazón. Tendría que aprender a conformarse con la cercanía de una fricción al pedirle que facilitara un ungüento en los dolores de su espalda.

Aún algo ajeno a la variación de relieves propios de estas tierras, San Martín escuchaba atentamente al mayor que le explicaba sus saberes rioplatenses, mientras esperaban que su caballería fuese por provisiones que tanto le hacía falta a Belgrano y sus guerreros. A su regreso consumieron charqui salado como el mar, bajado con el vino y ron que cargaban desde Buenos Ayres. Las palabras intercambiadas ya no eran manchas en el papel pues se elevaban para perderse por siempre el en aire, exceptuando la memoria del interlocutor; si bien Manuel había emprendido la misión, al ver alumbrada por el fuego de una pira que los soldados encendieron la silueta de su amigo, de grabar en su memoria la curva de su nariz aguileña y la expresividad de sus frondosas cejas para recordarlo bien cuando no lo tenga tan cerca. Fue distraído al verse interpelado por los ojos de medianoche de José que al voltear a mirarlo acortaban la distancia entre sus rostros, creando intimidad entre tantos hombres a su alrededor, como si este le fuese a confesar un secreto. El abogado nunca había tenido tan cerca a otro hombre, tan asiduo que era a los cargados perfumes de las mujeres que lo rodeaban siempre, pues sabía que su fama de mujeriego lo precedía, era novedoso y estimulante el poder percibir todas las notas que la piel y mugre de varios días desprendían de San Martín. Su respiración se volvió pesada y su corazón ligero y veloz, para ser interrumpido ese momento donde solo eran ellos dos en estas tierras por la dulce voz de una joven que advertía a don José que su habitación estaba lista, pequeña y humilde, justo bajo a la de Manuel.

- Reniego de esos lujos, dormiré como mis granaderos.

La declaración del comandante revolvió los intestinos de Belgrano, que pretendía poder escabullirse hasta su puerta para hablar a solas de hombre a hombre cuando todos quedaran noqueados por el cansancio, pero ahora notaba que no existiría otra intimidad más que los susurros si este se quedaba a dormir sobre el lomo de un caballo como el resto de sus soldados. Se fue frustrado a su habitación, la única en la planta alta de la finca, sobre la chirriante escalera, que humildemente ostentaba una cama, una silla y una mesita petisa, opuestas a la puerta de un balconcillo de madera que dejaba abierto para que entre fresco a la noche. El general se dejó caer sobre la lana del fino colchón y cerró los ojos imaginando que si estiraba la mano izquierda encontraría la de José, sabiendo lo que ahora era evidente, que esa nunca estaría ahí buscando la suya también. Con la otra no dudó en ir a su garompa ya bien dura, pues el olor del otro se guardó en su nariz y si lo aprovechaba podría imaginar aún que lo tenía arriba. Mientras la estiraba recordaba el mapa de su perfil que hoy mismo había estudiado e imaginaba como de contrastantes debían sentirse sus labios suaves rodeados por la piel áspera del mal afeitado que llevaba hoy su amigo, quería pensar que si el destino hubiese estado de su lado ese día, él le estaría recorriendo con la lengua toda su masculinidad al militar de carrera. De solo imaginar de la punta rosada suave sobre su piel morena bien peluda ya estaba al borde. Pero no pudo esparcir sus deseos sobre su vientre y las sabanas pues el rechinido de las escaleras alertaba que alguien más que él se venía. De un salto estaba sentado, con una piel tapando su erección y estirando la mano hacia el facón por temor que un enemigo se haya escabullido entre los soldados y sin lío haya llegado a su encuentro. Su temor se vio remplazado por los nervios de antes, al ver a la luz de la luna filtrada por el balcón el pelo corto y las patillas de San Martín a contra luz.

- Me asustó, pensé era usted un realista muy astuto.

El comandante escuchaba a Manuel declarar aquello, soltando un resoplido de risa, mientras este prendía unas velas.

- El tono no me ayuda

Era cierto, Belgrano no había podido ignorar que sonaba muy distinto a sus compatriotas, pero parecido a sus compañeros del sur que recordaba de sus días universitarios que había dejado atrás cruzando el mar. Un poco le causaba ternura saber que el hombre que ahora se sentaba en la silla de algarrobo frente a él había elegido su patria como propia a pesar de haber partido mucho más joven que él hacia tierras enemigas; pero no podía ocultar en esas ideas suaves, ni a la luz amarrilla de las velas que estaba quemado del sonrojo por haber sido atrapado en tal situación, y él que era tan blanco dejaba notar mucho ese contraste en su cara; culpó al calor, si bien a la noche refrescaba. San Martín excusó su presencia con que sus ideas ya no lo dejaban dormir en paz, había mucho que hacer y Manuel le dio la razón, porque quería saber cuáles eran sus ideas, qué conocimiento que a él le faltaba sabría aplicar sobre esos territorios. José se le acercó para contarle como un secreto innecesario, pues la intimidad de esas paredes era suficiente, pero cómo negarse a que este hombre se le acerque tanto; este le susurró una idea que había surgido hace unos años en tierras anglosajonas, donde, inspirado un plan que escuchó que un tal Sr Maitland había ideado, pretendía juntar a un par de hombres disciplinados, cruzarlos a Chile y una vez captados ellos y en alianza tomar Lima por mar. El abogado devenido en militar ahogo una risa ante la idea de tal campaña, no era duda de las capacidades de su buen amigo, pero temía el tiempo que llevaría realizar tal ambición; aunque al norteño no le hizo tanta gracia, por lo que con fuerza lo agarró de la nuca haciendo chocar su frente con la frente del otro y mirándolo sorprendido, con las cejas más levantadas que de costumbre.

- No comprendo el chiste.

Ante estas palabras expulsadas con fuerza de lo profundo del pecho de San Martín su aliento chocó contra los relieves de todo el rostro de su buen amigo, recordándole bien que hace unos minutos se estaba tocando recordando ese mismo olor y que desde hacía meses soñaba con tenerlo cerca, tan cerca como ahora. Si había dejado su alma en su cursiva y el otro había respondido a todo, hasta cuando no lo escribió, se presentó ante él a ser su buen amigo, su compañero, maestro y seguramente, nuevo jefe, no había razones para no darle un beso ahí mismo. Pero el beso que le dio era un beso de hombres, un beso de dos militares cansados, un beso de dos patriotas rioplatenses, áspero y seco en los bordes, suave y húmedo en el centro. Era muy distinto a la costumbre de las chicas que morían por besar al general y se abalanzaban apenas este les daba el pie; José respondía a sus movimientos, pero más pausado y con una delicadeza que nadie sospecharía que un hombre feroz y tosco como él podría poseer. San Martín no había besado a otro hombre desde su último amante, un negro de su propia caballería, que en esa noche se hacía poco menos de un año que había entregado su vida para salvar la de José. Y su esposa, no amaba menos a la frágil mujer que lo esperaba en casa por los actos que cometía cuando estaban lejos, pero era mejor que esos cariños no se cruzaran en la mente cuando los hombres atendían asuntos entre hombres; así que cuando su recuerdo se presentó lo sacudió abriendo levemente los ojos, para ver el corto cabello de un rubio sucio y las mejillas coloradas de su buen amigo que lo llevaron al presente. Con esa mirada ubicó la mano del otro que lo sostenía de su cintura y la guio hasta su sable bien erguido, para que Belgrano pudiera palpar sobre su ropa cómo se sentía en esta situación. Sin separarle la boca de la suya, el general se arrodilló frente a San Martín para desnudar sus inferiores y guiado por sus propias preferencias comenzó por chuparle los huevos frondosos que tenía ahí colgados, mientras su amigo en lugar de la nuca, ahora lo tomaba por su fino pelo, y Manuel subía con su lengua parando a disfrutar del relieve de cada vena, para ensalivar todo el cuerpo hasta la punta, tan rosada como imaginó. El suave resoplido bajo el aliento de José le indicaba que no se equivocaba al llenar de espesa saliva toda esta, para que sea más fácil resbalarla dentro de su boca. San Martín se dejó caer sobre el colchón, entregado a lo que Belgrano le podía dar, sin soltar la seda de su pelo. Era este tal vez el hombre más fino que alguna vez lo había complacido, que al levantar un poco la cabeza se asombró al verlo tan rosado contra su piel bronceada mientras engullía todo el largo de su masculinidad, parando eventualmente para lamer la punta que brotaba en amargura y frotaba con manos y uñas limpias el cuerpo de su robusto pingo.

- Acomódese sobre la cama que quiero estar ya dentro suyo

Ante la urgencia de San Martín, que golpeaba el colchón a su lado, la situación se hizo real como nunca antes, pues ahora debía dejar que entraran en él, por primera vez. Con algo de timidez se arrodilló y de un empujón su amigo hizo que levantara el culo al caer con el cachete del rostro sobre el colchón. Se apresuró a bajarse el pantalón así y estiró sus manos para revelar la entrada, mientras su amigo de tonada mediterránea esputaba densa saliva desde la garganta sobre su mano para mojar su gordo sable y escupía nuevamente sobre el culo del otro. Al verse en la entrada con resistencia cambió su la estrategia por unos dedos para empezar, que causaron uno gemidos de incomodidad en un principio en Manuel, quién desconocía esa sensación de arrastre hacia adentro como buscando algo, pero con paciencia logro que cada vez su interior presentara menos resistencia al estimular partes que desconocía podían hacerlo sentir así. Posicionando la punta bien húmeda en el hueco del abogado pudo pasar hasta hacer chocar sus huevos contra el cuerpo de Manuel, que solo dejó salir un quejido ante el sentir que lo llenaban con otra carne. Deshechos en resoplidos y un golpeteo húmedo con ritmo militar, el silencio rural ya no lo llenaban las chicharras gigantes cortejando a alguna novia, solo estos dos hombres que tanto se habían amado por cartas consumando tanta sutileza entre líneas. Manuel nunca había sentido el cariño tan robusto que un hombre voraz como José sabía brindarle, en cada estocada sentía que este se hundía un poco más en su cuerpo, aunque sabía que ya se la había metido toda pues golpeaban contra su culo regordete las pelotas del comandante. La baba le caía inundando su mejilla que friccionaba contra la cama y podía sentir como ese límite que no pudo llegar con su imaginación más se acercaba ahora que San Martín estaba varios centímetros adentro suyo, procurando movimientos cada vez más violentos. Así, con un ritmo ahora lento, una calidez líquida inundó las entrañas de Belgrano, mientras él se derramaba en la frazada de cordero que le habían prestado, y su mente se quedaba en blanco como las manchas sobre su cama.

El fresco entraba fuerte por el balcón, por lo que Manuel maximizó el contacto con la peluda y cálida piel de su amigo y amante, este le habló aún de la libertad hasta el alba, pues ese amor tan inmenso que se tenían nacía desde la profundidad de cada hombre, del hambre por ser libres. Ese era solo el decantar natural de dos mentes patriotas tan parecidas.

A fin de ese mismo mes, concluyendo su encuentro en Salta, San Martín relevó como general en jefe del ejército auxiliar del Perú a Belgrano; él y su buen amigo sólo se encontrarían una vez más en todas sus vidas en Tucumán, consumando nuevamente la concordancia de sus mentes en un acto de amor entre dos hombres.