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Engranajes en conjunto

Summary:

Ochako se enfrenta a las consecuencias de quedarse dormida y llegar tarde a su puesto.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

Uraraka POV

La luz entró por un hueco entre las tablillas de la cubierta, apuntando directo a los ojos de Ochako. Obligada a despertarse, abrió los ojos y levantó la mano para crear una sombra que le impidiera enceguecerse apenas recuperaba la consciencia. Movió la cabeza hacia un lado, buscando a sus compañeros con la mirada. Pensó que el sueño y la repentina luz no le dejaban ver con claridad hasta que la realidad le cayó como un balde de agua helada: estaba sola en el camarote. Los gritos del resto de la tripulación llegaron a sus oídos, sofocados por la madera sobre ella, haciendo que se diera cuenta de otra verdad: era tarde. Había dormido más de lo esperado y esas no eran buenas noticias para la joven ingeniera.

“Mierda”, murmuró para sí misma. Salió de su cama apurada, casi tropezando y cayendo contra el suelo. “Mierda, mierda”, se vistió de forma apresurada y subió las escaleras mientras se ponía las botas, agradeciendo el par nuevo que había conseguido antes de abordar. 

Corre, Ochako. Por amor a todo lo que es bueno en este mundo, no puedes llegar tarde ’, pensó mientras se colocaba la segunda bota, llegando a cubierta.

Años de escapar robando comida de puestos del mercado, seguidos de años de robar artefactos y piezas de su maestro para experimentar, la habían entrenado para poder correr y evadir obstáculos a diestra y siniestra. Tan solo debía mantener el equilibrio de todo su cuerpo en sus pies, repartiendo el peso entre sus dedos y sus piernas. Sus labios pidieron disculpas a todo tripulante que se cruzaba, ignorando a un Izuku que la miraba confundido en el camino pero viéndose obligada a detenerse cuando una figura de autoridad se cruzó de brazos en su trayectoria.

“Oficial Uraraka.”

“Primer Oficial Iida”, sonrió de lado a lado, cruzando los dedos mentalmente para que se apiadara de su alma y la dejara ir. Por supuesto, no tenía esa suerte.

“¿No debería estar en la sala de máquinas?”, frunció el ceño. Pudo sentir cómo su sentencia se sellaba, así como juró escuchar los gritos del Ingeniero Jefe a lo lejos.

“Hacia allí me dirigía”, no dejó que la sonrisa abandonara su rostro en ningún momento, aún esperanzada de ser liberada con rapidez.

“Su turno comenzó hace una hora.”

“Lo sé.”

“Si lo sabe, ¿por qué estaba en el camarote y no en la sala?”

Ochako dejó caer los hombros y su expresión se relajó, rindiéndose ante el regaño que tenía bien merecido. Bajó la cabeza para mirar sus pies, escuchando a su superior recitarle las normas del barco por milésima vez desde que habían zarpado: siempre estar tan presentable como era posible, ser puntual con los turnos, evitar causar disturbios en la tripulación. Entró en demasiados detalles, causando que la joven se distrajera hasta que carraspeó, indicando que ya había terminado y había notado que había perdido la atención ajena.

“¿Escuchó lo que dije?”

“Sí, sí”, movió la mano por delante de su rostro, espantando las palabras impropias con una sonrisa. Tardó unos segundos en darse cuenta de lo que había hecho. “Quiero decir, sí… ¿señor?”, se ganó un suspiro por parte del más alto y la incertidumbre de otro posible reproche nubló su mente.

“Oficial Uraraka.”

“¿...sí?”, se sintió más pequeña que nunca, alzando los brazos a la defensiva de forma automática.

“No vuelva a retrasarse, ¿está bien?”

“Sí, señor”, la sonrisa de lado a lado parecía a punto de explotar en su rostro. Antes de que el oficial pudiera agregar nada, Ochako corrió hacia la compuerta que bajaba a la sala de máquinas.

Tal vez cerró la puerta con más fuerza de la necesaria, mas no importó una vez se apoyó contra la misma y recuperó el aire que había retenido. No importaba cuánto tiempo hubiera pasado desde que habían dejado el puerto, no se creía capaz de acostumbrarse a los sermones de Tenya ni aunque pasara una década. Su atención, sin embargo, se movió del Primer Oficial a los sonidos y aromas de la sala de máquinas.

Bajó las escaleras dejando que el aroma a grasa y aceite la invadieran, el cantar de los motores sirviendo como un saludo de buenos días. Paseó por entre las tuberías y engranajes hasta que un par de voces la sacó de su elemento, obligando a su curiosidad a seguirles el rastro. Momentos después se encontró frente a una escena en la que se sentía una intrusa: el brazo del compañero que debía reemplazar estaba siendo vendado por una de las oficiales. Los labios de Ochako se partieron varias veces, las palabras que se formaban en su cabeza sonaban incorrectas de cualquier forma y la pareja había optado por mirarla en silencio. Rió con nerviosismo, sintiendo la necesidad de salir corriendo por segunda vez en la última media hora.

“Mina… Digo, Contramaestre Ashido… ¿Interrumpo algo?”, ‘ por favor, no respondas ’, pensó.

“Está bien, Ochako”, la tensión en los hombros de la mencionada desapareció al ver la expresión relajada de la oficial. “Tenya no está por aquí, no tienes que ser tan formal conmigo.”

“¿Mejor prevenir que curar?”, no estaba segura de qué decir. Su mirada pasó a su compañero, acercándose con lentitud hasta acortar la distancia entre ambos. “Perdona, Ei. Me quedé dormida”, se rascó la nuca, sintiendo la misma cantidad de vergüenza que de culpa.

“No te preocupes”, la sonrisa del pelirrojo era casi como una réplica del Sol, le recordaba a todas las veces que había escuchado a Mina hablar de ella. Quizás alguien que no hubiera trabajado tanto tiempo al lado de Eijiro no lo hubiera notado, pero sus ojos se suavizaron al mirar a la contramaestre. “Me quemé con un poco de aceite, no es gran cosa.”

“¿No es gran cosa? ¡Tienes una quemadura en casi todo el antebrazo!”, Mina subió ligeramente el volumen en su voz, escandalizada por las palabras de su pareja.

“Estaré bien”, Eijiro se encogió de hombros. La atención volvió a ponerse sobre la castaña por su parte, su sonrisa pareciéndose más a una mueca de tristeza que pretendía no serlo cuando fue a hablar. “Está atrás. No sé qué está pasando, pero la capitana vino junto con el maestre hace más de una hora y aún no han salido”, cesó en su intento de verse alegre, dejando caer los hombros. “No creo que sean buenas noticias.”

Ochako respiró hondo, asintiendo con la cabeza y agradeciendo por lo bajo antes de emprender camino hacia el lugar señalado. Al fondo de todo de la sala de máquinas descansaba un escritorio con todos los planos y las anotaciones de los equipos, usualmente contando con el Jefe Ingeniero sentado detrás del mismo. A medida que se acercó, notó que la única silla del lugar se encontraba vacía y tres figuras rodeaban la mesa: un hombre alto de cabello bicolor observaba los planos, una mujer apenas más baja con una cabellera oscura repasaba las anotaciones con el ceño fruncido y, por último, una figura de espaldas que la ingeniera creía ser capaz de reconocer en cualquier lugar. Rubio, tal vez media cabeza más alto que ella y músculos tensos, una voz ronca que se encontraba extrañamente tranquila al explicar aquello que los otros dos veían en los papeles.

“¿Estás seguro que podrás tenerlo listo en dos días?”, fue lo primero que oyó de parte de la capitana.

“¿Dudas de mi capacidad?”, el ingeniero se irguió, cruzando los brazos. “¿Alguna vez fallé?”, se podía notar la arrogancia en sus palabras. Mas su postura se relajó al igual que su tono de voz al ver la ceja enarcada de la morocha. “Fue solo una vez, hace mucho tiempo”, comenzó, como si estuviera pidiendo una disculpa. “Estoy seguro, capitana. Déjemelo a mí.”

“Confiaré en tu palabra”, estaba a punto de agregar algo más cuando cayó en la cuenta de que ya no eran los únicos en aquella sección de la sala. Las miradas de ambas jóvenes se cruzaron, Ochako siendo la primera en apartarla al acercarse a paso tímido al escritorio. “¿Tercera oficial Uraraka, verdad?”

“Capitana Yaoyorozu, lamento interrumpir”, respondió sin alzar la vista.

“Estaba terminando de hablar con el Jefe Ingeniero”, registró un movimiento con el rabillo del ojo, lo que supuso era su mano señalando al susodicho. “Si no queda nada más para decir, nos retiramos”, los ojos de Ochako se despegaron del suelo para ver a la capitana inclinar su cabeza hacia ella, lo cual respondió. “Siga haciendo un gran trabajo, Oficial Uraraka”, se inclinó para susurrar al oído de la ingeniera. “Si Katsuki te molesta, no dudes en decírmelo”, el tono burlón en su voz la toma desprevenida, siendo algo que no asociaría con la más alta.

“Lo tendré en cuenta, capitana.”

“...no lo olvides”, alcanzó a escuchar por parte de Todoroki, cuya mano se apoyó en el hombro del Jefe Ingeniero hasta que el mismo la sacó de un movimiento brusco de su brazo. El maestre lo miraba como si aún no notara la presencia de la castaña, lo cual confirmó al ver la sorpresa en sus ojos cuando pasó a su lado.

Sin palabras de más pudo escuchar los pasos del par alejarse, las suelas de sus botas retumbando en la lejanía de las escaleras junto al otro par que se encontraba más cerca de la puerta. Luego de eso hubo un minuto de silencio, Ochako se sintió inquieta al ver al rubio pasarse las manos por el cabello y reacomodar los papeles sobre el escritorio. No estaba segura si debía carraspear, mirar el enrejado sobre el que estaban parados o simplemente empezar su ronda de revisión. Estaba por optar por la última opción cuando el contrario se giró repentinamente sobre sus talones, observándola con una sonrisa de lado a lado y un ceño fruncido que más de una vez había hecho que se replanteara el haberse embarcado en aquél viaje.

“Tenemos trabajo que hacer, Tsukina ”, anunció con un plano y una pequeña pila de notas apretadas en uno de sus brazos. “Vamos, no hay tiempo que perder.”

“Pero…”, su voz se perdió en el volumen que disminuyó de su voz. Pestañeó un par de veces antes de seguir al ingeniero, casi tropezándose con sus propios pies – agradecía no llevar falda como era de esperarse al estar en tierra. “¿Y las rondas?”

“Kirishima las hizo por ti, ya que decidiste no llegar a tiempo para tu turno”, sus palabras tenían un doble filo, cargadas de acusación pero también de información para quitarle peso a sus preocupaciones. “Tendrás que trabajar extra por ello.”

Ochako tuvo que hacer un gran esfuerzo para no dejar salir un grito exasperado ante la orden de su superior. Aprovechó el caminar detrás de él para tirar pequeños puños al aire, apretando sus labios en una fina línea de manera que no pudiera escaparse un sonido, ni siquiera si era lo que más quería en ese momento. Nunca volvería a quedarse dormida en el resto del viaje, quizás hasta despertaría antes de tiempo para evitar que una situación así se repitiera nuevamente.


Bakugo POV

Se limpió los restos de grasa de las manos con un trozo de tela. Si bien prefería utilizar sus guantes en todo momento, era de su conocimiento que no siempre se le daba la oportunidad de elegir. Existía la opción de abusar de su poder y obligar a Uraraka a hacer todo el trabajo, pero ese no era su estilo: él no dejaría que alguien hiciera el trabajo por él. De no ser por orden directa (algo parecido a una amenaza, en su opinión), de Yaoyorozu, lo habría hecho solo. Pero ya había sido advertido de utilizar la ayuda de los oficiales que se le habían asignado si no quería perder su puesto en la tripulación. Y Katsuki podría ser terco, totalmente obstinado, pero sabía cuándo necesitaba ayuda, incluso si no quería admitirlo.

“Eso es todo por hoy”, declaró. Se quitó el guante restante, guardando el par en los bolsillos de su abrigo antes de colocárselo. Volteó sobre sus pies, buscando con la mirada a la oficial y esperando que estuviera a su lado. Se llevó una sorpresa al verla salir de abajo del prototipo de motor en el que habían trabajado toda la tarde, una sonrisa decorando sus facciones de lado a lado.

“Aseguré los engranajes para que no hayan problemas mañana”, Katsuki se equivocó al pensar que su expresión no podía volverse más brillante, la emoción que tiñó sus sílabas creando un aura que iluminaba la profunda noche en la popa del barco.

Los vidrios protectores contra la luz, sujetos por cobre que ayudaban a darle peso para que no se movieran, estaban por sobre los vidrios de protección estándar de sus gafas. Sus mejillas, uno de los rasgos que más llamaban la atención de Katsuki, estaban manchados de grasa, aceite y polvo. Puso los ojos en blanco antes de buscar un pañuelo en sus bolsillos, su mano libre alzando la primer cobertura óptica para que la joven pudiera verlo.

“Ten”, le ofreció el pañuelo, su mano tardando en abandonar las gafas impropias. “No quiero escuchar al cuatro ojos diciendo lo irresponsable que soy al no hacer que mis oficiales cumplan con sus estúpidas reglas”, se apartó apenas perdió posesión de la tela.

Sus pasos lo llevaron hasta la borda, apoyándose de brazos cruzados sobre la misma. Sus orbes rojizos pasearon por las estrellas que los rodeaban, su mente se desconectó de su cuerpo y escapó a los millones de cuerpos de gas que los abrazaron como una madre a su hijo. Fue una de las pocas veces en las que la falta de ruido en la cubierta no lo molestó; lo encontró hasta cómodo. Fue tal el ensimismamiento que tenía después de un largo día de trabajo, que casi no se dio cuenta de que Uraraka se había apoyado en la borda, a medio metro de distancia.

El par carmesí viajó de las estrellas lejanas a las que descansaban en las pupilas ajenas, su curiosidad cautivada por la impropia. Habían pasado meses desde que habían zarpado del puerto, de trabajar lado a lado a diario, por lo tanto Katsuki había podido estudiar los rasgos y las expresiones de la castaña. La forma en la que sus mejillas se volvían cerezas al sonreír, su fuerza superior a lo que los prejuicios dejaban ver, la similitud con un pequeño conejo cuando saltaba de emoción. Eran muchos detalles que había descubierto y muchos más para descubrir el resto del viaje. Pero su detalle favorito eran los ojos de Uraraka, a veces café, a veces avellana, a veces de un tono marrón que no conseguía identificar – usualmente aparecía cuando sus ojos brillaban y dejaban ciega a media tripulación. Adoraba cuando sus ojos se veían así, como si tuviera todo el poder del universo a sus espaldas.

“¿Sucede algo?”, la burbuja se rompió y Katsuki cayó en la cuenta de que había usado uno de sus brazos como pilar para su cabeza, mirando fijamente a la contraria por quién sabe cuánto tiempo hasta que se dio cuenta.

“Nada”, se irguió, apoyando solo las manos en el borde de la borda esta vez. Uraraka le dedicó una sonrisa amable con un par de cejas enarcadas de la confusión: un ladeo de su cabeza bastó para sentir que su mundo se ponía de cabeza.

“Izuku y yo solíamos ver las estrellas todas las noches”, la atención de la castaña ya no estaba puesta en él y su extraña forma de actuar, si no en la historia que estaba contando. No supo por qué compartió aquello con él, pero una voz en lo más profundo de su mente estaba tratando de decidir si le gustaba tener nueva información sobre ella o si le molestaba que fuera relacionada a Midoriya.

“¿Y… qué sucedió?”, fingió desinterés. Mas ya se estaba preparando mentalmente para todas las posibles respuestas, incluyendo las peores que jamás llegaron a volverse realidad. Katsuki había asumido, al ver el trato amistoso y la cercanía entre ambos desde antes del viaje, que estaban conectados por algún tipo de lazo romántico.

Después de todo, esa misma sensación de pisar cáscaras de huevo era lo que había impedido que intentara mostrarse demasiado amable con Uraraka, al menos para su forma de ser

“Ahora prefiere soñar con el maestre en el camarote”, bromeó. De todas las posibles respuestas para las que el rubio se había preparado, una declaración de amor de un tercero no era una de ellas. Mientras Uraraka comenzó a entrar en crisis y le pidió que guardara el secreto, Katsuki solo podía pensar en cada uno de los momentos en los que Shoto le había hablado de lo adorable que encontraba al asistente de cocina – era casi enfermizo.

“No diré nada”, le aseguró a la castaña, una sonrisa ladina mostró lo divertida que le parecía toda la situación. “Si te sirve de algo, es recíproco. A diferencia de ti, no me importa si Shoto se entera de que te lo dije o no”, se encogió de hombros.

Nunca creyó que el menor de los Todoroki hubiera sido muy sutil en la relajación que su cuerpo sufría de tensiones corporales al ver al peliverde, mucho menos en las ridículas peticiones que les hacía a Yaoyorozu con tal de estar cerca de él. Le revolvía el estómago pensar en su mejor amigo siendo tan obvio en su flechazo con Izuku, divertido por lo mucho que se había expuesto al mundo. Sin embargo, dejó de serle divertido al tener que enfrentarse a la idea de que, tal vez y solo tal vez, él también era así.

Tal vez sus pupilas se dilataban cada mañana cuando el turno de Kirishima terminaba y podía escuchar los pequeños pasos de Uraraka, bajando los escalones de la sala de máquinas. Tal vez la mala iluminación del lugar no era suficiente para ocultar el calor en su piel, sonrojos producidos por la alegría contagiosa que la ingeniera parecía llevar consigo a todas partes. Tal vez alguien había reparado en la pequeña sonrisa que Katsuki intentaba reprimir, con todas sus fuerzas, cada vez que la escuchaba hablar de sus proyectos antiguos. Tal vez ella misma había notado que el rubio tomaba todas y cada una de sus sugerencias sobre los equipos y los mantenimientos de la nave, poniéndolas a prueba y adaptándolas para sacarles un mejor provecho cada vez que podía.

Tal vez él tampoco era tan sutil como creía y la galaxia entera sabía que todos sus días se habían visto mejorados apenas la joven huyó de un Denki entusiasta, encerrándose en la sala de máquinas junto con el Jefe Ingeniero y fallando tres veces seguidas en presentarse ante él antes de poder hacerlo correctamente. Tal vez él tampoco era tan sutil como creía y el universo entero se reiría de él por el tiempo que restaba con vida, porque era tan obvio que Ochako Uraraka vivía en los pensamientos diurnos y los sueños nocturnos de Katsuki Bakugo que resultaba ridículo.

“¿Oficial Bakugo?”, su propio pañuelo, ondeando frente a su rostro, lo sacó de transe. El rostro ajeno sonrió con timidez y su pequeña mano, la cual siempre se veía demasiado delicada para la cantidad de milagros de la ingeniería que era capaz de cometer, extendió cautelosamente el trozo de tela.

“Katsuki”, susurró. Quizás había tomado el pañuelo con un poco más de fuerza de la necesaria de entre las yemas ajenas, apartando la vista el sentirse avergonzado por haber divagado tanto entre sus sentimientos por la contraria.

“¿Disculpe?”

“Puedes decirme Katsuki”, si bien lo había pensado anteriormente, no fue hasta ese momento que se lo había dicho. “No tienes que ser tan jodidamente formal conmigo, tenemos la misma edad.”

“Katsuki”, el temor en su voz se había mezclado con la emoción de sus ojos. Maldito fuera él por haber puesto sus ojos en Uraraka en ese instante, un brillo que no había visto antes ocupó sus orbes y sintió que el corazón se le saldría del pecho en cualquier momento.

¿Cómo puede alguien tan inteligente verse tan adorable todo el tiempo? No tiene sentido.

“Solo no me llames así frente al Primer Oficial”, frunció el ceño y llevó el foco de su mirada al pañuelo, doblándolo hasta guardarlo de nuevo en su bolsillo. “No necesito escuchar sus estúpidos reproches más de lo normal.”

“Dímelo a mí…”, la escuchó susurrar.

Se permitió mirarla una vez más, su entrecejo frunciéndose y su mano buscando el pañuelo a ciegas antes de sacarlo de su bolsillo. Sin pensarlo dos veces, se acercó a la castaña y limpió una mancha en una de sus mejillas. La sintió sobresaltarse ligeramente ante su tacto, su mirada alzándose y conectándose con la del rubio como si de un puente trazado de ambos lados se tratase. El tiempo pareció congelarse por unos segundos (quizá minutos), hasta que el par de ingenieros aclaró sus gargantas y rompieron contacto visual. El pañuelo volvió al bolsillo del abrigo de Katsuki, el dorso de la mano de Ochako limpiando la mejilla contraria a la del contacto de forma distraída.

“Es tarde y el prototipo no está terminado”, si bien debía sonar como una declaración, sonó como un comentario casual. La cercanía había descolocado al joven Bakugo por unos instantes, haciendo que se irguiera como si de un soldado en presencia de un general se tratase, antes de volver a hablar. “Debemos ir a dormir”, entrecerró los ojos, observando a la castaña. “No hay tiempo que perder”, no necesitó decir nada para ver cómo la joven se hacía pequeña en el lugar, sabiendo perfectamente que se refería al incidente de ese mismo día.

“Entendido”, asintió con la cabeza, ganándose un asentimiento por parte de Katsuki también. El rubio relajó su expresión por un momento al darse vuelta sobre sus talones y, dejando segundos de margen entre su retirada y su diálogo, se despidió:

“Descansa, Atsuki Uraraka.”

Notes:

Escribí este fic como regalo de Santa Secreto en 2020 y decidí publicarlo ahora para que la persona que lo recibió tenga mejor acceso si quiere releerlo 3