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Language:
Español
Stats:
Published:
2023-07-08
Words:
4,852
Chapters:
1/1
Kudos:
2
Hits:
46

defectos tras las líneas.

Summary:

Eiden está con ánimos de dibujar a alguien y escoge a Yakumo como modelo. Mientras se trazan líneas, fluyen palabras y Yakumo lo toma como una oportunidad para aprender más sobre su amado joven hechicero.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

 

‘Cómete Tus Sentimientos: Recetas para el odio hacia uno mismo’

Un libro lleno de recetas para curar la desgracia de la vida, o así se promocionaba. Captó la atención de Yakumo con su peculiar, mas no menos impactante, título.

Su ansia de conocimiento no conocía límites cuando se trataba de cocina y él sabía que no debía juzgar un libro por su portada. Los detalles no podían ser expresados en una simple imagen y título, o, por lo menos, eso es lo que le enseñó ‘50 Formas de Comerse una Polla: ¡Recetas Saludables con Gallina y Huevos!’. Más allá del nombre sospechoso se encontraban recetas que habían probado su efectividad numerosas veces.

Aunque el tono humorístico del mismo libro se hizo claro mientras Yakumo pasaba las páginas, pensamientos infantiles se filtraron en su mente. Qué grandioso sería si la comida pusiese resolver tus problemas. Desde tormentos pequeños hasta inseguridades engendradas por los defectos. Sin duda era ilusorio esperar que un pedazo de pastel bien cocido lo resolviera. Pero, no le hacía daño imaginárselo de vez en cuando.

Como mínimo, la comida que venía del corazón podía apaciguar dolencias en cierta medida. Más que nada a través de los sentimientos que rebasaban de ella, pero eso contaba de todos modos. Saber que alguien había puesto todo su espíritu en una comida siempre calentaba el alma un poquito.

“Yakumo~”

La voz alegre que alcanzó sus oídos lo bajó de su nube de fantasías y sus pensamientos se giraron de esas fantasías tontas y utópicas al recién llegado: Eiden. Una visita inesperada que Yakumo recibiría con gusto.

“¿Te molesto?”

Nunca lo hace y nunca lo haría. Yakumo amaba a Eiden mucho más que aprender nuevas recetas, que era bastante para alguien tan absorto en la cocina como él.

“¡No, para nada!” Yakumo se apresuró a responder. “¿Necesita algo?”

“¡Sip! Tu ayuda, de hecho.”

Yakumo volteó la cabeza a un lado levemente, preguntándose cómo podía ser de ayuda, si bien el placer sería suyo. Eiden simplemente tenía que dar la orden y Yakumo daría lo mejor de sí por él.

“¿Estarías dispuesto a ser mi modelo?”

“¿Su modelo?”

“¡Ha pasado mucho desde que dibujé y me sentí con ánimos de intentar hacer un retrato! Por diversión, ¿sabes?”

Yakumo nunca se ha considerado particularmente lindo y, según él, habían otros residentes mucho más atractivos. Edmond, por ejemplo. La belleza del vicecapitán era excepcional y muchísimo más merecedora de ser transcrita en un lienzo que la suya. Dibujarlo a él sólo daría un resultado sencillo, sin importar el talento.

Pese a todo eso, se trataba de una petición de Eiden y Yakumo difícilmente podía decirle que no.

“Entonces, ¿qué dices?” Eiden volvió a pedir ansioso, como si el que Yakumo aceptara fuese el mayor acontecimiento del día.

“¡Estaría feliz de ayudar!”

La sonrisa que esa respuesta llevó a su cara valía millones y era tan fuerte como para llenar a Yakumo de gozo. En la alegría de Eiden estaba su felicidad. El amor realmente lo tenía sin remedio.

“¡Gracias! Pero, voy a necesitar que te desnudes. ¿Estás bien con eso?”

“¡Por supuesto!”

Y entonces, silencio.

Silencio incómodo.

Estar de acuerdo con lo que Eiden pidiera se había convertido en un reflejo prácticamente automático, así que las palabras no habían sido procesadas al momento.

“¡E-espere! Dijo– uhm, dijo-” Su voz cedió bajo la presión, disminuyendo en volumen. “¿Desnudo?”

Esa última palabra salió como un susurro tentativo y lleno de incomodidad. Cientos de veces, la mirada de Eiden había caído en su cuerpo descubierto, tan atenta y despojada de cualquier crítica. A decir verdad, nunca importaba. A lo que Yakumo aspiraba, en esos momentos, era cuidar de Eiden, abrazarlo y disfrutar del placer que podía darle. El resto era irrelevante; a Yakumo no le podría haber importado menos su cuerpo en el calor del momento.

Siempre y cuando pudiera cumplir cualquier deseo de Eiden, el mundo podía incendiarse, por lo menos oiría su canto.

Ahora, sin embargo, Eiden le estaba pidiendo algo completamente diferente. Un momento desprovisto de acción donde sería confrontado por todos sus defectos, los fallos en su forma, esos irritantes detallitos que tan fácil se hacen cenizas una vez que los escondes bajo capas de tela. Serían libres de ser contempladas, expuestas, y la usual mirada tierna de Eiden se agravaría. Insoportable. Si podía aguantar era la cuestión, y Yakumo no era lo suficientemente objetivo para evaluar si estaba en él soportar la pena que radicaría de esto.

En términos generales, tener sexo desnudo: ¡bien!

Posar desnudo: ¡Nada bien! ¡Mortificante! ¡Nada bien!

Su pánico interno frenó de repente cuando Eiden, quien aparentemente estaba esforzándose por no estallar en risas, despeinó su cabello de forma gentil.

“Molestarte un poco era demasiado tentador. ¡Perdón! Es sólo que a veces eres tan tierno, no puedo evitarlo.” Eiden se disculpó, sus palabras plagadas de pequeñas risitas.

“¿Entonces puedo dejar mi ropa así?” No hacía mal confirmar una vez más; nunca se puede ser demasiado precavido.

“¡Puedes! ¡Sólo necesito tu adorable rostro!”

Uff, qué alivio. Esta breve conversación había sido una montaña rusa emocional; de las mariposas danzando de alegría en su estómago a polillas comiéndose su autoestima, Yakumo agradecía encontrar esta nueva paz en esas palabras.

Luego, Eiden lo guió hacia el jardín, a una área ya bien preparada. Cerca a un árbol se encontraban unas almohadas, estas sobre una manta de considerable tamaño en el piso. Sea que había anticipado el inevitable ‘sí’ de Yakumo o planeaba preguntarle a cada miembro del clan hasta encontrar una respuesta afirmativa, Eiden había arreglado el sitio para hacerlo acogedor.

Yakumo se recostó contra el árbol, su espalda cómodamente apoyada en una de las suaves almohadas mientras Eiden se ponía frente a él, lápiz y cuaderno en mano.

“Eh… ¿Necesita que haga alguna pose en específico?”

“Nah, sólo ponte cómodo, relájate, ¡y yo iré de acuerdo a lo que decidas!”

Está bien, relajarse. Fácil. Muy simple. Podía simplemente mirar la fuente que se veía a la distancia, ojear el cielo despejado, o admirar la flora o intentar no estresarse porque Eiden estaba mirando hasta su alma. Ciertamente sus ojos se turnaban entre él y el cuaderno, así que no era una mirada por nada, pero aún así. ¿Cómo podía mantener la compostura mientras la mirada de Eiden trataba de prenderle fuego?

“Yakumo.” Dijo Eiden, habiéndose puesto increíblemente cerca, algo de lo que Yakumo no se había dado cuenta durante una de sus incontables crisis internas de amo-tanto-al-señor-Eiden-qué-hago-esto-es-estresante.

Antes de que pudiera decir algo, Eiden lo besó. Aunque Yakumo no sabía exactamente qué había hecho para merecer un beso repentino, lo recibió con brazos abiertos de todos modos. Sus besos eran especiales, tan, tan especiales; un hechizo para desaparecer su estrés, una forma de recordarle que era querido.

Besarlo era como respirar por primera vez. Era tan cliché, pero a Yakumo le parecía que nunca le faltaría oxígeno mientras Eiden estuviese a su lado. Sea a cinco metros bajo el agua o en la cúspide de una montaña donde escasea el aire, Eiden lo haría sentirse vivo. Amado. Comprendido. Que no estaba solo.

Los besos de Eiden– no, Eiden lo haría sentir en paz, aunque el mundo entero se estuviera derrumbando.

El momento en que sus labios se separaron, la codicia de Yakumo decidió por él y lo llevó a conectarlos nuevamente. Tan sólo una vez más, quedarse en este instante por unos segundos más antes de su fin. Sintió la sonrisa del joven hechicero estirarse contra su boca, complacido por el impulso inesperado o listo para molestarle por ello. O ambos.

"Listo, ahora te ves relajado." Así que ése era el cómo y el por qué del beso espontáneo. "Sólo voy a dibujarte un momento. No te preocupes por eso, ¿sí?"

Yakumo accedió asintiendo y Eiden regresó a su lugar, no sin dejar un último beso en su mejilla sonrojada. Aunque ser sometido a la mirada de Eiden aún lo presionaba en cierta medida, sus pensamientos se volvieron más racionales y serenos.

Con el fin de posar y ocuparse, una forma de matar dos pájaros de un tiro, Yakumo empezó a leer 'Cómete tus sentimientos: recetas para el odio a uno mismo', que había traído con él. Su cara no estaba tan inclinada, sólo lo suficiente para dejar a Eiden hacer sus cosas. Leer era lo único que mantenía su cordura y concentrarse demasiado en el joven hechicero habría hecho que la pierda. Y funcionó.

Desafortunadamente, no por mucho.

Hizo su mejor esfuerzo por mantenerse concentrado, leer las recetas con cuidado y tomar notas mentales de las que le parecían más interesantes, pero Eiden estaba justo ahí y decir que era difícil ignorarlo era una subestimación. Ojeándolo de vez en cuando, a Yakumo le parecía adorable al borde de lo soportable, concentrado como estaba. Y lindo, también. ¡Y sexy! De alguna forma. Y sólo… él mismo, siendo su simple ser, el todo que apreciaba.

Yakumo amaba mirar a Eiden en general; posar su mirada en su rostro rebosando de alegría, notar sus sutiles cambios de expresión en medio de la confusión, el pequeño pliegue entre sus cejas y sus labios fruncidos cuando algo le molestaba, la chispa brillando en sus ojos mientras probaba su comida. Cada pequeñez que normalmente pasa desapercibida, o consideradas sin la suficiente importancia para llamar la atención, estaba impresa en su totalidad en la memoria de Yakumo en la tinta más opaca, más indeleble.

Ahora no era la excepción. El Eiden frente a él, simplemente apasionado y dejándose llenar por la paz de una tarde soleada, era una visión que no cambiaría por nada. Ni siquiera millones.

Sin embargo, estaba esa cosa que era miles de veces mejor que admirar en silencio.

“¿Señor Eiden?”

Hablar.

“¿Hm?” Eiden levantó la vista, curiosidad cubriendo su rostro. Esta también era una expresión que Yakumo adoraba.

“Podríamos, tal vez, eh.” Yakumo se estaba enredando, asustado por la idea de incomodar a Eiden y parecer necesitado. “¿Estaría bien si… hablamos?”

Quedar en silencio no era molesto, y había momentos en los que disfrutaban de su compañía mutua sin mayor conversación. Estos momentos eran incluso relajantes. Pero, a veces, sólo a veces, no era suficiente, y un gran ejemplo sería ahora mismo.

“Claro, no tienes que preguntar.” Eiden contestó, la respuesta era tan cálida que podría haber estado llena del mismo sol.

“Está ocupado y no quería ser una molestia.”

“Si hay algo que no puedes hacer, es molestarme.”Dijo, como si fuese algo tan natural como respirar, sin consideración por cómo tal frase podía hacer que el corazón de Yakumo pare.

Y sobre el tema, bueno, no había pensado más allá de ‘quiero escuchar la voz del señor Eiden’. A pesar de eso, una idea brotó en su cabeza rápidamente. O, más que brotar, hace mucho que había aflorado, pero eran pocos los momentos que permitían el tema.

Más o menos.

En realidad, no. No era así. Era sólo que Yakumo temía hurgar demasiado en el pasado de Eiden desde la catastróficamente vergonzosa, o encantadora dependiendo de la perspectiva, noche del White Day. Sí, había dejado que el alcohol tomara las riendas. Sí, no había bebido nada desde entonces. Aún así, los recuerdos de ese evento persistían, decayendo en una esquina de su mente como una tortura eterna.

Ahora era el momento ideal para reunir el valor de hacerlo –claro, hacer eso también requería de valor en primer lugar– y aprender más sobre la vida de Eiden más allá de Klein; la que tenía antes de venir y voltear de cabeza el mundo de Yakumo. No sólo el suyo, de hecho.

“Dibujar… solía hacer eso bastante, ¿verdad?”

Eiden nunca había sido muy explícito sobre su vida anterior en su mundo, casualmente soltando algún detalle aquí y allá si le preguntaban, pero Yakumo recordaba que dibujar solía ser una gran parte de eso. Para su oficio, si la memoria no le fallaba. Ahora probablemente era un buen momento para saber más acerca de eso y confirmar algunos detalles inciertos.

Eiden confirmó con un pequeño murmullo. “Pues sí, ya que soy un diseñador de juguetes sexuales.”

La mención del término “juguetes sexuales” le dió una coloración indeseada al rostro de Yakumo. Pese a todas las cosas indecentes que había hecho con Eiden, y seguramente continuaría haciendo, permanecía puro de corazón. Excepto embriagado.

“Pasé por una tonelada de trabajos antes de establecerme en algo que amaba. Pero también se volvió agotador, y mucho.”

Eiden suspiró, al parecer recordando memorias desagradables.

“¿Agotador?”

“Trasnochaba constantemente y apenas tenía tiempo para mí. Disfrutaba mi trabajo y diseñar juguetes me daba una sensación de logro, pero, en retrospectiva, también estaba carcomiendo mi vida.”

A Yakumo le apretaba el pecho. Era Eiden narrando un pedazo de su vida, dejando ver la soledad que reinaba sus días. Y él sabía bien qué tan blando y descolorido podía parecerte el mundo cuando buscabas a tu alrededor sólo para no encontrar nada. Por lo menos, la situación de Eiden estaba a millas de distancia de la vida que había llevado él años atrás, cuando no había tenido más que su sombra en las profundidades del territorio del bosque.

Pero, aunque Eiden la había pasado mejor que él, y le revelaba algún indicio de su vida social –como ese… vecino– a Yakumo, lazos trenzados estrechamente por la noche para ser deshechos en la mañana era un sinónimo de soledad. Ver a la gente ir y venir, sin que se queden nunca. El sólo pensarlo le dolía.

“¿Lo extraña?”

El agarre en su libro se apretó mientras sus dedos se tensaban con una pesada inquietud.

“¿Mi trabajo? Bueno, tenía sus cosas malas, pero aún así era mi sueño. Es una parte importante de mi vida, ¡así que no puedo evitar extrañarlo!”

“N-no, no el trabajo. Su…” Yakumo tragó en seco, temeroso de reiterar la pregunta que se empozaba en su estómago como ácido. “Su mundo. ¿Extraña su mundo, señor Eiden?”

La respuesta lo petrificaba, casi lo suficiente para hacer que sus latidos pararan. Pedirla era equivalente a rogar por la verdad. Escucharla fuerte y claro. Era dejarse vulnerable a palabras que podrían lastimar, quemar, estrujar y llevarse esas quimeras a las que se aferraba sin saber si eran también la realidad de Eiden. Si es que un mundo en el que se quedara aquí, sujetándose a esta nueva vida que estaba construyendo lentamente, era el día a día que deseaba mantener.

La necesidad de irse atrás y retractarse lo abrumaba, pero quería– necesitaba saber. Será lo que tenga que ser.

“Hay cosas allá que extraño, como el internet, mi celular o incluso mi tableta gráfica.” Enumeró mientras Yakumo hacía su mejor esfuerzo para mantener la concentración y no pensar en qué eran esas cosas. “Tecnología, en realidad.”

Los trazos de Eiden pararon en un momento de reflexión antes de resumir.

“Pero, estoy bien aquí.” Dijo, y la presión acumulándose dentro de Yakumo se esfumó en un instante. “No es todo felicidad y regular los altares puede ser duro, pero, no estoy sólo en esto. Todos ustedes están para mí y… es suficiente para hacerme sentir en casa.”

No levantó su mirada hacia Yakumo, sus ojos pegados al dibujo, como si la confesión lo pusiera tímido y mirar a su versión pintada fuese más fácil.

“En este mundo, siento que pertenezco, con personas a quienes les importo igual como me importan a mí… es una sensación linda.”

Y a Yakumo siempre le importaría y lo amaría. Hoy, mañana, pasado y los días, meses y años por venir también. Ahora y siempre, en cada vida en la que se encontraran de nuevo.

Deseaba poder vocalizar estos sentimientos, sacarlos de su garganta, pero no lo lograba. Sería como aterrizar en territorio desconocido, sin saber qué límites sus palabras podrían cruzar. Le había dicho a Eiden que le gustaba una vez, sólo que, en ese momento, había estado enterrado hasta las bolas en él, con el cerebro nublado con amor y lujuria– al igual que Eiden.

Esto, en cambio, todo esto, probablemente era demasiado para lo que eran. Era mejor ponerle doble cerradura a este afecto eterno donde no podía ser dejado libre, muy, muy, muy lejos, lo suficiente para que no alcance a Eiden.

“Perdón, estoy hablando de más.” Eiden se disculpó con una pequeña risa hecha para ocultar su ligera vergüenza.

“¡Por favor, no diga eso! ¡No lo está!”

La negación salió instintivamente.

“Gracias por contarme eso, señor Eiden.” Yakumo frunció los labios, deliberando, antes de finalmente seguir con su línea. “Estar con usted se siente como estar en casa para mí también.”

Y siguió fingiendo leer su libro, sin osar mirar a Eiden a la cara y seguir presionando. De otro modo, a su corazón se le escaparía todo lo que había trabajado por esconder. Si lo poco que había dicho alcanzaba a Eiden, era suficiente.

Luego de decidir cambiar el tema en un acuerdo silencioso, Yakumo preguntó por lo que había llamado tecnología y vaya, las cosas que aprendió. Su mundo era definitivamente fascinante, a pesar de ser un poco… ¿aterrador? Aunque Eiden le había asegurado que nada podría ser mejor que la comida casera, enterarse que una tipo de máquina podía hacer una comida entera con sólo presionar unos botones –por lo que había entendido– de verdad lo asustaba.

Gracias al Dios de Klein que no había algo así en este lugar. ¿Y si la gente ya no quería comer su comida por eso? Sintió un escalofrío. Mejor no pensar en ello.

Para cuando Yakumo había descubierto más y más complejidades de todo sobre Eiden, el joven hechicero había terminado con su dibujo.

“¿Listo para ver?”

Yakumo asintió entusiasta, impaciente cuanto menos.

“No es lo mejor que he hecho, ya que no dibujo a nadie hace mucho, pero, ¡aún así lo dí todo!” Eiden explicó mientras le pasaba el cuaderno a Yakumo. “¡Aquí tienes!”

¿‘No es lo mejor’? Era increíble.

Eiden era el epítome de alguien subestimándose. Yakumo esperaba algo genial, habiendo tenido la oportunidad de ver cuán talentoso era el hombre cuando su mano se encontraba una pluma, pero no tan genial. Particularmente porque él había sido el modelo.

El retrato había sido hecho en su propio estilo, pero permaneciendo fiel, y Yakumo podría llegar a preferir esta versión dibujada de él. Puede que incluso Eiden lo haya hecho más lindo de lo que es en realidad.

“¿Te gusta?”

“¡Lo amo!”

Y no había rastro de mentira en su expresión. Yakumo no se consideraba particularmente digno de ser replicado en papel, pero al ver el resultado del esfuerzo y paciencia de Eiden hacía que lo valiera. Le hacía preguntarse cuánto mejor sería con alguien más atractivo o incluso con el mismo Eiden.

“Es muy talentoso", Yakumo elogió sin pensar, aún mirando fijamente al ya muy querido retrato. “No me podría imaginar nunca dibujando algo, especialmente tan bien como esto.”

Cualquier persona capaz de hacer arte en cualquier forma era increíble para él. Cocinar, limpiar, coser y quehaceres en general, eran cosas que podía hacer prácticamente cualquiera. Yakumo no era especial, y estaba bien con eso. Pintar las líneas de una sonrisa satisfecha en el rostro de Eiden, gracias a una comida hecha por él, era suficiente. Siempre que pudiera ser de ayuda y hacer felices a sus seres queridos, no importaba.

“¿Has intentado?”

Además de algunas páginas para colorear que sus abuelos le habían dado cuando era niño, nunca más había intentado algo artístico con un lápiz mientras crecía. Claro, eran los dibujos de un niño; aún así nunca le pareció que era bueno. Era entretenimiento, más que nada. Como tal, había llegado a la simple conclusión de que no era para él y había seguido con su vida.

“No realmente.”

“Entonces, ¡Por qué no cambiarlo! ¿Quieres intentar conmigo?”

Yakumo lo miró incrédulo. ¿Él? ¿Dibujar a Eiden? ¿No había escuchado –o entendido– lo que acababa de decir?

“¡Sólo por diversión! Dibujar es bastante relajante, incluso cuando no sabes lo que haces!”

Yakumo negó con la cabeza en desacuerdo. “No puedo, no se parecería en nada a usted.”

Veía a Eiden de forma tan bella; con las habilidades inexistentes que tiene, no puede esperar poder reproducir ni las más simples de sus facciones. Yakumo no haría más que destrozarlo y visualizar el desastre que crearía si siguiera la idea de Eiden fortalecía su respuesta negativa.

“¿Y qué? No creo que las esculturas de Blade se parezcan tanto a mí,” Tenía un punto, aunque luego de observarlas lo suficiente, irradiaban su energía. “Pero siempre les pone todo su empeño, ¡así que las amo igual! ¡Podrías dibujar palitos, ponerle mi nombre y aún así me harías el más feliz!”

El corazón de la serpiente se ensanchó ante eso.

“Yakumo, todo lo que viene de ti tiene valor para mí.”

Y casi explotó ante eso.

Pero, sin importar estas amorosas palabras, simplemente no podía. Lo que sea que pudieran hacer sus manos, sin importar cuán contento estaría Eiden, no lo dejaría satisfecho. Incluso eso era especial para él.

Yakumo no se percató de por cuánto tiempo no había hablado, pero debe haber sido bastante –ocupado encontrando cómo explicar apropiadamente que preferiría no hacerlo– ya que Eiden tomó la palabra primero.

“Hey, no lo pienses mucho. ¡Si no quieres, no te voy a forzar! Pero podemos dibujar algo más, si quieres,” El joven hechicero lo animó mientras cambiaba de posición para estar junto a Yakumo.

“¿De verdad está bien?”

Eiden pellizcó suavemente una de las mejillas sonrojadas de Yakumo.

“De verdad, está bien.”

“Entonces… En lugar de dibujar, ¿podría observarlo?” Se rectificó rápidamente cuando se dió cuenta del fraseo ambiguo. “¡D-dibujar! Me refería a observarlo dibujar.”

“Entendí a la primera, no te preocupes.” Eiden sonrió con su voz ahogada en risa

Yakumo le devolvió el cuaderno a Eiden. Él volteó la página y pausó para reflexionar sobre qué dibujaría ahora y, mientras lo hacía, dejó su cabeza caer sobre el hombro de Yakumo.

“¿Va a dibujar a todos los demás también?” Preguntó Yakumo curioso. Si lo hacía, de cualquier forma querría verlos a todos.

“Me gustaría, aunque no sé si tenga oportunidad con todos.”

“Y, ¿está planeando dibujarse también?” Siendo honesto, este es el que desearía más.

“Bueno, realmente no estaba en mis pendientes.”

Esta afirmación era la mayor pérdida del día. O de la semana. Se podría decir que del año.

“¿Por qué?” Habilidad para ocultar su decepción, cero. “¿Es… es porque piensa mal de sí mismo?”

“No es eso”, Eiden le aseguró con una sonrisa de consuelo y una pequeña risa. “No soy el más guapo en la tierra, pero creo que aún estoy bastante bien. Mi apariencia no es el problema, bueno, no el mayor.”

Lo que significa que  hay cosas que no le gustan sobre sí mismo. Después de todo, todos tienen pequeñas singularidades que niegan y no pueden asimilar, sin importar los cumplidos. Incluso alguien con tanta confianza como Eiden no era inmune a eso. Aunque, para Yakumo, no había nada malo en Eiden, sea en apariencia o personalidad. Si hurgara lo suficiente, claro que encontraría fallas, pero qué importaría si probablemente ya las amaba también.

El amor lo tenía sin remedio, por dos.

“Fuera de la dificultad, creo que un autorretrato es realmente ser honesto contigo mismo, y eso es algo difícil. Es reconocer cada pequeña parte de ti para ponerlo en papel, positivo y negativo, y ahí está el problema. Aceptar lo bueno es fácil, pero, ¿puedes hacer lo mismo con lo que odias de ti?”

Eiden tenía un punto, era más difícil. Mucho más difícil. Pero también era complicado aceptar lo bueno cuando te costaba encontrarlo. El poder moviéndose bajo su piel, amenazando con explotar ante el más mínimo exceso de enojo, era todo lo que siempre había detestado en él. Eclipsaba su mejor lado, aquel que esperaba ver cada vez que miraba el espejo y no el Yakumo al que temía.

El que cualquiera podría llegar a temer.

Aceptar lo bueno en él no cubriría el caos potencial por el que su peor parte pueda ser responsable algún día.

“Es como confrontar cada pequeñez que te sienta mal. No puedes ignorarlas porque son parte de ti, pero al mismo tiempo, ¿realmente quieres verlas?” No, no quieres. “O mejor dicho, ¿'estás listo’ para verlas?”

“Yo… creo que entiendo lo que dice. Cuando me pidió, eh-, posar d-desnudo,” Algún día dejaría de titubear ante eso. “Más que estar avergonzado, no quería que viera todo lo que me disgusta de mi cuerpo.”

Era distinto, pero al mismo tiempo tan similar. Abrirse en tal situación implicaba hacer las paces con sus defectos, acogerlos para no deshacerse por la vergüenza de exponerse.

“Pero, ¿no te he visto desnudo muchas veces?”

Yakumo podía notar una visible confusión esparcirse por el rostro de Eiden.

“Sí, pero, estábamos haciendo… eso.”

“¿Eso?” El joven hechicero fingió ignorancia.

“¡S-señor Eiden! Sé que entendió lo que quise decir.”

“Está bien, me atrapaste. Aún así, ¿en qué se diferencia? Además de no estar desnudo yo también, y no estar montado en tu pene, y– está bien, es diferente, pero, ¡mi punto aún es válido! Entonces, ¿cuál es el problema?”

“En esos momentos no está prestando atención, está concentrado en… otras cosas.”

En el ímpetu del éxtasis, Yakumo difícilmente podría imaginar que a Eiden le importasen los rasgos de su cuerpo más que el placer surgiendo de él.

“Eso no es verdad, aún me importa. Y déjame decirte que no hay una sola cosa que no me guste de tu cuerpo”, Yakumo se sentía como una burbuja llena de alegría a punto de reventar en cualquier momento. “O de ti.”

Y reventar es lo que hizo, saturándolo con una oleada de emociones que apenas podía contener. Había muchas cosas que quería decir, hacer, y, sin embargo, se quedó en silencio, sin poder organizar el desorden en su mente. Ahí estaba todo demasiado revuelto para ser coherente sobre literalmente cualquier cosa.

Yakumo no sabe por cuánto tiempo estuvo en cortocircuito, pero una vez más fue el suficiente para que Eiden alzara la voz nuevamente para deshacer el silencio.

“Yaku- ¡Wow!” Eiden empezó e interrumpió a medio camino al ver a un Yakumo vuelto tomate. “¡Estás muy rojo!”

“Es porque sigue diciendo cosas así” Yakumo sollozó apenado, ocultando su rostro color cereza en sus manos.

Cosas que hacían a su corazón saltar. Cosas a las que se aferraría el tiempo que viviera. Cosas que estaban incrustadas en su alma para nunca desaparecer. Simplemente, las cosas que Eiden le decía.

Una brisa rozó su rostro, disminuyendo el calor gracias a Eiden, quien usaba su cuaderno como abanico improvisado.

“Agh, siento que voy a acabar por matarte un día.”

¿Siendo serios? Puede que sí.

Pasaron unos segundos y el sonrojo pintando el rostro de Yakumo se fue progresivamente atenuando. Inhaló profundo, limpiando mente y espíritu con una bocanada de aire fresco, y resumió la conversación donde la habían dejado. Él también tenía palabras que necesitaba que Eiden oyese. Aunque expresar el torrente de amor guardado en lo profundo de su ser estaba fuera de su alcance, no todos sus sentimientos debían ser suprimidos.

“No hay nada que no me guste de usted tampoco, señor Eiden.” Su mirada vagaba por todos lados excepto en Eiden mientras vertía el fondo de sus pensamientos. “Lo que sea que no le guste de sí mismo… Yo- Yo voy…”

Era difícil –era vergonzoso– terminar esa oración, pero logró hacerlo tras reunir los pocos fragmentos de confianza que tenía dentro de él.

“Voy a amarlo por usted.”

El final de esa frase se tornó en un susurro, pero, incluso entonces, llegó a Eiden.

La verdad que sostenían esas líneas que Eiden temía dibujar, los defectos ocultos en ellas y los hechos que revelaban, nada de eso importaba a Yakumo. Las partes que Eiden no era capaz de aceptar, las aceptaría por él con gusto.

“Entonces, estamos en la misma página.”

Lo estaban.

El joven hechicero se acurrucó más cerca a Yakumo y empezó a bocetar el contorno de un algo desconocido.

“Si alguna vez me animo a hacer un autorretrato, serás el primero en verlo.”

“Sería un placer.”

Donde Yakumo veía la sombra de sus defectos, Eiden veía una luz.

Donde Eiden se ceñía a sus fallos, Yakumo adoraba cada parte de ellos.

Puede que sus perspectivas no sean intercambiables, pero siempre que pudieran ver tras los trazos feos, estaría bien.

Cuando la tarde se estaba yendo, cuando el sol proyectaba tonos naranja sobre ellos y el estómago de Eiden expresaba su descontento por estar vacío, empacaron sus cosas y regresaron al confort de la mansión– aunque, Yakumo creía que estar acurrucados era suficiente confort.

Consideró complacer el estómago de Eiden esta noche con una receta proveniente de ‘Cómete Tus Sentimientos: Recetas para el odio hacia uno mismo’, siendo que una había llamado su atención antes, mientras posaba.

Yakumo volvió a pensar en el extraño nombre y, luego de su charla con Eiden, sus ilusiones sobre comida cambiaron. Sí, no curaría ningún mal o resolvería los problemas de Eiden además de su hambre.

Las inseguridades engendradas por los defectos permanecerían, la comida no sería un remedio.

Y Yakumo dejó de desear que lo fuera.

Notes:

Muchas gracias a Peastashe por dejarme traducir su fic pq tenía pedacitos que estaban como ameba comecerebros en mi cabeza y de algún modo tenía que exteriorizar todos esos sentimientos Yakuei JAJAJAJ Y tmb por resolverme mis dudas y ser una persona súper súper linda en general, tqm 😭<3

En fin, esta es la primera vez que publico cualquier cosa en AO3 y también la primera vez que traduzco algo completo, así que obviamente el trabajo no es perfecto y no le hace justicia al original como quisiera. Pero, ruego que esto lo haga accesible a alguien más porque cambió mi química cerebral y no puedo ser la única.

Si leen en inglés o conocen a alguien que sí, queda recomendadísimo leerse sus otros fics porfabor estoy de rodillas.