Work Text:
En retrospectiva, antes de que la tragedia comience a surgir silenciosa, Izuku pensó que era un simple mito, una completa locura que tiende a la envidia en una definición más básica. No escuchó las advertencias, tan intensas y cansinas.
Si hubiera prestado atención a lo inevitable, tal vez su amante no estuviera muriendo lentamente cada día que pasaba.
Pero dejarlo ir pesa más ante la idea de un corazón roto. El egoísmo es más fuerte ante los gritos de protesta de todos a su alrededor. Ante las acusaciones. Necesitan entenderlo, la sola idea de que el rubio lo abandonara por su alma gemela destinada lo aterraba.
El maldito destino interrumpió su felicidad ante los reclamos que brillaban dolorosos sobre el nombre que Katsuki tenía grabado en la piel, el cual quemaba como fuego y consumía sus energías mientras más se separaba del dueño de ese peculiar apellido.
Todo sucedió demasiado rápido para su gusto. En uno de sus paseos rutinarios, el mundo se detuvo y la marca que estaba inactiva hace un par de años volvió a gritar. Izuku no quería creerlo. Pensó que ese tatuaje se borraría con el tiempo y los dos olvidarían que Katsuki pertenecía a alguien que hasta el momento no habían conocido.
Una cuerda invisible tiro al rubio atrayéndolo con fuerza a otro chico de aspecto serio y mirada apagada. En ese preciso momento se dio cuenta que todo lo que había construido por años empezó a caerse en pedazos. Tuvo miedo, una emoción que había dormido tranquila en lo profundo de su pecho, hasta que supo que todo lo que vivieron solo era una mentira demasiado bonita para ser verdad.
En su cruda realidad, al momento que dos almas destinadas se cruzan, empiezan a depender una de otra. Donde el cosechar una buena relación era el punto clave para que el órgano atrapado entre los pulmones siguiera latiendo con fuerza. No podían vivir separadas, porque comenzaban a morir como una rosa que se marchita si no la cuidas todos los días.
Al principio los jades que amaba quedaron hipnotizadas por los orbes contrarios, un heterocromático que miraba con curiosidad. Supo que lo había perdido, pero su sorpresa fue grande cuando Katsuki regresó y se posicionó a su lado llevándolo a rastras hasta el callejón más lejano.
Lo entendió, armaron una vida juntos de preciosos recuerdos. Pero esa pequeña decisión les costaría caro en un futuro.
Las consecuencias no los dejaron respirar ni por un par de años.
Cada mañana Izuku debía escuchar como Katsuki ahogaba gemidos de dolor encerrado en el baño, como todo su cuerpo se iba apagando.
Como las arcadas continuaban hasta consumir su energía. Las tardes se vuelven solitarias y el único ruido que lo acompañaba en el espacioso apartamento, eran los suaves ronquidos provenientes de la figura acurrucada a un costado de su pecho.
El remordimiento se incrusta como una minúscula espinita y pincha tan profundo que lo único que quiere hacer es romper en llanto y que todas sus lágrimas lo consuman hasta olvidarse de todos los problemas.
Esa profunda tristeza acompañada de un sentimiento de posesión lo estaban volviendo loco. Katsuki estaba muriendo y era su culpa.
Al poco tiempo, cuando el rubio ya no podía levantarse. Izuku se acercó con sigilo hasta sentarse a un lado del cuerpo casi inerte. Acarició con dulzura el cabello desordenado, colocando un par de besos en la frente contraria reunió todo el coraje del mundo para dejar caer una decisión que solo estaba en las manos del rubio.
– Contacte a la familia Todoroki – los jades contrarios se abren y el pánico se cuela por las pupilas volviéndolas salvajes.
– ¿Qué hiciste? – el tono ronco y demandante se quebró en las últimas sílabas.
– Pedí que trajeran a Shoto – las lágrimas amenazaban con deslizarse. – Es la única alternativa.
– ¿Shoto? – el nombre salió débil de las aristas resecas, pero se hace más fuerte en el área donde el tatuaje se mantiene de un negro brillante.
– Si, Katsuki. El nombre del chico, con el que casi chocas esa mañana. – una sonrisa se forma en los labios de Izuku al recordar el campo magnético que los unió y como no podían resistirse ante el otro.
– ¿Eres estúpido? – el autocontrol pierde los estribos y las cejas peliverde se fruncen ante la pregunta fuera de lugar.
– ¿Por querer salvarte? Dime, Bakugou. ¿En qué parte estoy siendo estúpido? – todavía no puede creer que estando al borde de la muerte el rubio sea tan terco. Casi les recuerda a sus años de adolescencia.
Katsuki resopla molesto. Hace un esfuerzo por levantarse y recostarse sobre la cabecera de la cama. – Lo eres, porque a pesar de demostrarte lo perdidamente enamorado que estoy de ti. Quieres que me vaya con un total desconocido. Donde una putada mística lo eligió para que sea mi alma gemela. Es una mierda.
– ¡Katsuki! – lo recrimina molesto el peliverde. – ¿Cómo puedes ser tan egoísta?
– ¿Cómo puedes ser tan hipócrita, cariño? – una sonrisa se dibuja en el rostro que ha perdido color con el paso de los días, pero sigue siendo tan atractivo.
Izuku se da cuenta, los dos eran egoístas. – ¿Qué pasará con Shoto? – pregunta con tristeza.
– No creo que le importe. – dice el rubio despreocupado. Izuku quisiera golpearlo por ser tan insensible. Está mal. Está tan mal lo que están a punto de cometer. El peor de todos los pecados.
– Lo dejamos morir – no es una pregunta, es un hecho. Ambos lo saben.
– Escapemos juntos. No, mejor que eso. Hagamos el amor primero. – y suena tan fácil que lo único que el peliverde quiere es aceptar.
En un momento de debilidad. Él lo hace.
Esa noche los besos se convirtieron en un incendio de posibilidades. La pasión jugó un papel importante ante el amor que los consumía a ambos en aquella hoguera llena de caricias y toques sutiles. Donde las palabras recibían demandas y suplicaba algo más que no era imposible de dar. Un baile de interacciones que los dejó satisfechos e hizo olvidar las desgracias por un par de horas.
Escuchando los débiles latidos que provenían del corazón de Katsuki. Izuku se permitió atesorar los sonidos en sus recuerdos, los repetiría en bucle por la eternidad.
– Te amo, Izuku Midoriya. Nunca lo olvides. Jamás amaré a alguien como te he amado. – el aliento roza contra las mejillas llenas de pecas y el retener las lágrimas es casi inevitable.
– Te amo, Katsuki Bakugou. Nadie me amaría tan bien como tú lo haces. – El llanto rompe el silencio y las dos almas no predestinadas empiezan a sangrar.
Dejan atrás los pequeños espacios felices y se enfrentan con el corazón en el puño a sus fatídicos destinos.
Katsuki no aguanto un día más de lo acordado. Cuando dejó de respirar, Izuku sabía que Shoto debió hacerlo al mismo tiempo.
Un par de minutos después de las fervientes declaraciones, la melodía se detuvo. Dejando un vacío, un terrible abismo, uno que no tenía fondo. Uno donde Izuku estaba dispuesto a ahogarse. Nada tenía sentido si él no estaba a su lado por el resto de su vida.
Dentro de unos meses, el otoño se convirtió en invierno. Izuku yacía parado sobre una tumba que tenía el mismo nombre que estaba tatuado sobre la piel de su amante. A su lado una mujer albina con algunos años encima lo observaba en silencio.
– Me arrepiento de no haberla llamado antes. – Existe sinceridad en sus palabras a pesar de pensar en abandonar todo y dejar a esa familia a su suerte.
Ella le sonríe con dulzura. Rei Todoroki no tenía una pizca de resentimiento. Si lo tenía, era incapaz de demostrarlo.
– Sabes – dejó que las palabras quedaran suspendidas en el aire por unos segundos. – Shoto amaba a alguien. Cómo lo destrozó el saber que en esa parte de la ciudad existía otra persona que también debía estar enamorada y tendría que dejarlo todo solo para no morir. – Rei se limpió un par de lágrimas que comenzaron a deslizarse por sus redondas mejillas. – Se molesto tanto aquel día cuando te pusiste en contacto. Dijo que te dejáramos en paz. Que ya tenías bastantes problemas como para que él fuera otro agregado a la lista.
Izuku no lo conocía, pero llegó a la conclusión de que Shoto debía sentirse igual que él. Comprendió el dolor ajeno con tan solo una pequeña interacción. Se guardó sus sentimientos para sí mismo y siguió los pasos que la pareja había seguido. Amando a otra persona que en el plan místico no era la correcta.
Izuku no supo qué decir. Rei no lo presionó. Se alejó de la tumba de su hijo y dejó solo al peliverde, quién estaba perdido todavía en sus pensamientos.
– Gracias – dijo finalmente. – Por dejar que nos amemos a pesar de que sabíamos que nos terminaría destruyendo. Por permitir que pasara sus últimos momentos junto a la persona que apreciaba. Gracias por comprender, Shoto. Aunque eso te terminó por matar. – Colocó con cuidado la flor amarilla en la lápida, recorrió con sus dedos el nombre grabado y lo golpeo suavemente.
Permitió que el viento acariciara su rostro, inclinó la cabeza hacia arriba para observar cómo los pequeños copos caían, pequeñas motas de color blanco adornando el cielo. No pudo resistirse a reírse con ironía. En otro universo deseó tener un final feliz con Katsuki a su lado y rezó para que Shoto encuentre por quién valió la pena aceptar que su alma se desvaneciera.
