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Ostracised

Summary:

Eran dos foráneos en una sociedad que ostracizaba a aquellos que eran diferentes y en base a eso, forman una amistad.

Notes:

Este fue escrito eeeeeeeen ¿2019? Para el ficsotón Aioria & Marín que se hizo en el foro de SSY en marzo de 2019.

Originalmente iba a ser slowburn childhood friends, pero terminó siendo mucho más corto (y más Gen) por
1) falta de tiempo,
2) no sé escribir romance;
así que terminó siendo más como de amistad. Igual si lo quieren tomar como pre-relationship, puede ser así, pero eso no es lo verdaderamente importante de la historia (aunque en un inicio lo era), lol.

Más notas de mis headcanons abajo.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

¿Es que no lo entiendes, estúpido? ¡Tu hermano traicionó a la diosa Athena!

Algo que disfrutaba mucho antes de la traición de Aioros era ir a ver las embarcaciones que llegaban con nuevos aprendices. Quizás no fueran muchas (a lo mucho llegaban unas diez al año, y conforme más armaduras se conseguían menos aprendices se “importaban”), pero cada una de ellas era una persona nueva que introducían a su pequeño mundo y un potencial nuevo amigo.

Su entusiasmo no había disminuido después de lo de Aioros, claro está, pero el cambio de rutina fue un tanto evidente en el sentido de que ya no lo hacía tan abiertamente como antes. Ahora, en vez de pedirle a Aioros que lo acompañara a recibir a los nuevos al puerto, se escondía detrás de unas rocas y los observaba a lo lejos.

Aunque sabía que ya no podía acercárseles (los entrenadores de los nuevos reclutas notaría su intento y lo alejarían de todo y todos), así que en su mayoría se dedicaba a observar. Recuerda cuando todavía entrenaba en grupos, cuando nadie sabía sobre la traición de su hermano y hasta se llevaba bien con Milo, ¡si hasta jugaba con los aprendices de plata y de bronce!

Pero ahora las cosas eran distintas. Después de verlo regresar desanimado varias veces de entrenar en la arena con los otros aprendices, el Patriarca le había dicho que si tanto lo molestaban, tenía permiso de entrenar solo (bajo su supervisión).

En parte era bueno, pues de esa forma ya no tenía que lidiar con los comentarios despectivos de los demás aprendices. Pero por otro lado… era muy solitario, y la mayor parte del tiempo ni siquiera la presencia ni los comentarios adulativos del patriarca lograban hacer que se sintiera mejor.

Y llegó ella.

No era castaña, ni rubia, ni su piel era oliva morena como el resto de los aprendices. Su cabello era pelirrojo, pero no del mismo tono que Camus, uno mucho más elegante, más indómito; su piel era casi tan blanca como la de la diosa Afrodita (si es que las imágenes de los compendios eran ciertas), aunque muy sonrojada de tanto que llevaba parada bajo el sol griego. Sus características daban a indicar que no era europea (y si lo era, ¿qué nacionalidad cumpliría con tales características? Su hermano le había dicho que Gales lo habitaban tantos pelirrojos como a Grecia la habitaban tantos castaños).

No había forma de comprobar su teoría, sin embargo, pues ya podía ver una máscara plateada sencilla cubriendo su rostro. ¿Cómo serían sus ojos? ¿Serían verdes?


—Marín, ponte esto.

La joven dejó de girar inconscientemente el dije en su cuello y observó a la mujer que la había recogido de las calles de Japón con curiosidad.

—¿Perdone? —aunque insegura de qué pasaba, tomó la máscara y como pudo se la acomodó en el rostro. Le había visto la máscara a la mujer, pero… ¿para qué servían?

—Seguridad.

Dudaba mucho que fuera a decirle más (desde un inicio su vocabulario era muy limitado) así que se limitó a asentir con la cabeza. Sorprendentemente, podía ver a través de los (no) orificios de la máscara, como uno de esos espejos de una vista.

Arribaron a un puerto que parecía haber visto mejores años… hace otros varios años, y en donde los recibieron personas vestidas con ropas de entrenamiento, hablando un griego tan distinto al que había visto en ese par de películas que sus padres le mostraron antes de irse.

—Te quedarás en mi cabaña, pero no voy a poder entrenarte yo —se quedó quieta, sorprendida, pero con su rostro vistiendo una máscara de indiferencia (menuda ironía)—. De aquí hay un caballero que habla japonés. Me parece que él puede prepararte.


—Aioria, despierta.

La mano del patriarca golpeando la puerta de su habitación lo despertó cerca de las 5 de la madrugada. Al ser esta una hora inusual para entrenar, se desperezó con incipiente lentitud, casi como si intentara alargarlo todo lo posible. Con torpeza, se alzó de la cama, se quitó la cobija y se puso unas sandalias que comenzaban a quedarle demasiado chicas. ¿Debería pedirle al patriarca que le comprase unas nuevas?

—Buenos días, señor. ¿Ocurrió una emergencia?

El mayor negó con la cabeza. —No realmente, pero asumo que estabas ayer por la tarde en el puerto.

Sin preguntarle de dónde venía dicho conocimiento, el menor asintió. Ambos caminaron rumbo a la cocina, con el patriarca deteniéndose para tomar un par de frutas y entregárselas a Aioria. —El caso es que la novata no es del área, y no hay nadie aquí que hable bien su idioma. Recuerdo a Aioros decirme que desde niño eras bueno con los idiomas.

El pequeño dejó de mordisquear el trozo de sandía que había cortado y se quedó mirando a la mesa, su mano que no sostenía la fruta hecha puño. —Bueno, ya sabe que no se puede confiar en ese traidor.

La forma tan venenosa que salió la frase de sus labios hizo que el patriarca se le quedara viendo, casi como si esperara que se arrepintiera de lo que dijo. —Aioria… sabes muy bien que a pesar de lo ocurrido con Aioros, él siempre fue honesto en todo lo que a ti respectaba.

El menor observó un par de segundos la manzana antes de encogerse de hombros. —No importa mucho ahora, ¿o sí? Los muertos no hablan —soltó un suspiro resignado y viró su vista hacia la máscara del patriarca—. ¿Qué idioma dice que habla?

En esto no dubitó. —Japonés.

Aioria se pensó su respuesta unos minutos, terminándose la manzana y dejando el corazón en el trayecto.

—Hace un par de años que no lo practico, pero nunca es tarde para ponerme al corriente. ¿Quién va a ser su entrenador?

El patriarca se notaba visiblemente menos tenso con el cambio de tema.

—Idóneamente, la debería entrenar alguien de su propio signo, en este caso Afrodita o un caballero de plata. Sin embargo, Afrodita ni siquiera ha conseguido su armadura, deja de lado sabe japonés, lo cual es lo que me trajo a pedirte que la entrenaras tú mismo.

Aioria lo observó unos segundos, luego al corazón de manzana que ya se había terminado (no vaya a ser que tenga alucinaciones auditivas porque el patriarca intentó tacharlo), abrió y cerró la boca un par de veces y finalmente soltó un suspiro.

—Creí que había otro par de caballeros que estaban estudiando japonés.

—Ninguno de ellos lo estudió tan detalladamente como para creer que necesitarían un aprendiz que hablase japonés.

Aioria soltó un suspiro, sabiendo que no había forma en la que pudiera evitar hacer lo que el patriarca tan amablemente le pedía.

—De acuerdo, señor. Si es posible, dígale a quien sea que esté entrenando con ella que la suba al patio trasero de Leo, que iniciaremos el entrenamiento en un par de horas.

El hombre, que ya estaba descendiendo para hablar con los otros habitantes de los signos restantes asintió con la cabeza.

—Antes de que me vaya, Aioria, una cosa —el menor se giró al viejo maestro, cuya expresión cubría con una máscara—. Recuerda que no es una mujer, es una amazona. No es necesario que vayas tan suave con ella en el entrenamiento.

Lentamente, asintió con la cabeza.


—Esta es la última.

La voz de Mayura (como aparentemente se llamaba la mujer) no terminaba de convencer a Marín, quien intentaba recuperarse tanto de la impresión que le causó cruzar una casa infestada de rostros de gente asesinada (no necesitaba que se lo dijeran para dilucidarlo) como de las… muchas… escaleras…

Esta casa a diferencia de las primeras cuatro (de las cuales dos estaban completamente deshabitadas) tenía una forma rectangular, algo que no sabía si agradecer o temer (¿qué tanto había dentro?). De igual forma tenía que entrar, así que asintió con la cabeza y siguió a su profesora dentro. Afortunadamente, no era mucho el largo por el que tenían que cruzar, y pronto llegaron a la parte trasera del templo, donde estaba ya entrenando un chico de edad parecida a la suya (o al menos parecía unos dos o tres años mayor que ella).

Mayura se detuvo unos segundos, haciendo que Marín se le quedase viendo. Después de ello siguió caminando hasta llegar a donde estaba el otro muchacho.

—Amazona de Pavo Real —saludó el joven, quitándose el sudor de la frente y girándose para verlas a ambas seriamente (a Marín le dio la impresión de que intentaba ver su expresión detrás de la máscara, y no le gustaba admitir que se sentía como si lo lograse)—…aprendiz.

—Caballero de Leo, he traído a la chica de afuera —Aioria enarcó una ceja, pero no hizo comentarios al respecto de la forma en la que Mayura presentó a Marín—. Creemos que va a obtener una armadura de plata, y que sería bueno que usted la entrenase, pues necesita aprender griego.

Aioria asintió con la cabeza. —Sí, el patriarca me puso al tanto de su particular… situación —observó a Marín por unos segundos más, como deduciendo su valor neto. Se volvió a la adulta, quien esperaba instrucciones (o al menos así le parecía a Marín)—. Se puede retirar, Amazona. No estoy acostumbrado a entrenar con… espectadores, presentes.

Aunque no parecía ser algo que quisiera hacer, la mujer asintió y susurró “máscara" a Marín antes de retirarse. Cuando ya no se podía escuchar el eco de sus pisadas en el interior del templo, Aioria se giró a Marín y le sonrió cálidamente.

—Y… ¿cómo te llamas?


—¿Aries?

—Hamal.

—¿Tauro?

—Aldebarán.

—¿Géminis?

—Castor.

—Nope, Pollux.

—Bueno, Pollux.

—¿Cáncer?

—Em… ¿Alrataf?

Aioria dejó de lado la enciclopedia que estaba utilizando y arqueó una ceja, notando obviamente cómo a Marín no le parecía segura aquella respuesta.

—¿Es eso una pregunta? —inquirió, notando cómo aquello mosqueaba a la aprendiz.

—¿Cuál es el punto de que me aprenda todas las estrellas? ¡Apuesto a que tú ni siquiera te las sabes todas!

—No, Marín, sólo el gran maestro conoce todas las estrellas de todas las constelaciones, así como sólo él sabe llegar a Star Hill y leerlas con claridad —se rascó la barbilla, riéndose por dentro de sólo ver lo mucho que está conversación hacía enfurecer a la joven aprendiz—. Sin embargo, hasta el más razo de los soldados debe conocer las estrellas más brillantes de los doce signos zodiacales. No querrás meterte en problemas por decirle a Aldebarán que deje de atacarte con sus golpes de Acuario, ¿o sí?

Marín hizo lo que Aioria dedujo, fue rodar los ojos. —Ya, entiendo tu punto. Pero sigue sin tener mucho sentido…

—¿Piscis?

—Alrisha.

—Bueno, eso no pareció muy difícil para mí.


—Escuché que tienes una aprendiz.

Aioria ni siquiera intentó girarse para saber de quién se trataba. —Lo dice quien pasa más tiempo en el Yomotsu que entrenando como se debe.

—Los que entrenan sólo intentan justificar el hecho de que tienen debilidades.

El Caballero de Leo simplemente suspiró. —¿Vas a siquiera pedirme permiso para pasar, o el Patriarca dijo que era urgente?

—No lo suficiente como para enterarme de lo que dicen los otros aprendices —tomó una pausa y se acercó más a Aioria, como si lo que estuviera por decir fuera un secreto que, de decirlo en voz alta, fuese a enterarse alguien indebido— ¿Es verdad que evitas que haya gente a su alrededor para poder verle el rostro?

Se quedó unos segundos en pausa, intentando descifrar qué es lo que el otro quería decir. —No, eso no se acerca para nada a lo que intento hacer. Además, es una niña… no debe tener más de nueve o diez años.

—Tú no eres lo que se dice, el epítome de la adultez tampoco, baboso —Aioria decidió ignorar aquél último insulto—. Sólo era una pregunta, nada por qué alterarte.

—Una pregunta que atenta con mi imagen como caballero, te recuerdo.

Deathmask ladeó la cabeza, con una confusión tan inocente que debía ser fingida. —Creí que ya no te quedaba nada de eso.


Aunque intentaba no tomarle importancia, las palabras del Caballero de Cáncer realmente le hicieron reflexionar sobre el cómo podría verse lo que hacía con Marín. En un inicio, lo había tomado como la ruta lógica (después de todo, ¿quién querría ver al hermano del traidor entrenar cuando podría estar entrenando por sí mismo?), pero es verdad que también había aprendices mayores a él que podrían creer que de alguna forma intentaba aprovecharse de la aprendiz (¿cómo, si sólo tenía trece años?)

—¿Ya terminamos con el entrenamiento? —preguntó la pelirroja, intentando (y fallando en el progreso) no sonar tan cansada como se sentía. Aioria resopló, sonriéndole nervioso.

—¿De qué hablas? Apenas vamos a la mitad del entrenamiento.

La chica dejó salir un suspiro cansado, cosa que no pasó desapercibida para el otro. Intentando consolarla o decirle algo que la hiciera sentir menos mal. —Deberías sentirte agradecida conmigo, Marín. Si vieras el entrenamiento que las amazonas promedio tienen, notarías que estoy siendo ligero contigo.

—¿Y por qué no entreno con las otras amazonas, entonces? ¿Por qué eres “ligero” conmigo?

Notando que intentaba alargar su descanso, Aioria sacudió la cabeza. —Hasta que puedas entender griego como para mantener una conversación cotidiana con los aldeanos, tienes prohibido interactuar con alguno de los otros aprendices. Creí que ya te lo habían explicado.

La incertidumbre de la postura de Marín le indicaba que no, no era así.


—Ven, quiero mostrarte algo.

—Espero que no sea otra de las enciclopedias que te prestó el Patriarca, porque ahora mismo no tengo energía para memorizar una sola estrella más.

Aioria sonrió. —No es eso, observa.

La aprendiz alzó la vista y se quedó viendo al paisaje que se cernía frente al acantilado. Casi con certeza podía decir que era lo más hermoso que había visto en su vida, con el sol casi ocultándose y buena cantidad de estrellas a la vista. Aioria agitó una de sus manos un par de veces frente a su rostro, para asegurarse de que no estaba perdida o algo por el estilo. Le indicó que se sentara en una roca que estaba por ahí, imitándola y sentándose a su lado.

—Me gusta venir aquí después de los entrenamientos, sobretodo en invierno después de la lluvia y el olor del petricor está por todos lados.

—¿Petricor?

—Tierra mojada.

Marín asintió ligeramente con la cabeza. Sintiendo el cansancio del entrenamiento inundarla, junto con la caminata que les tomó llegar hasta ahí, recargó su cabeza en el hombro de Aioria. El griego se tensó, pensando en las palabras de Deathmask, en las pocas personas que todavía convivían con él (dígase, el Patriarca y Marín), y en que no debería volverse cercano a la aprendiz de amazona.


Aioria nunca creyó que realmente se sentiría más contento con alguien (además del patriarca) con quién convivir, pero en verdad… en verdad no se sentía tan feliz desde que su hermano…

—Y dime, Marín. ¿Cómo es que te volviste una aprendiz? Quiero decir, además de que Mayura te haya encontrado.

La pelirroja dejó la plana de caracteres griegos a un lado y se le quedó viendo (Aioria jamás comprendería cómo funciona la máscara para que respiren siquiera) por unos segundos antes de responder.

—Mi hermano… desapareció, y lo voy a encontrar.

Aioria arqueó una ceja, interesado por la determinación que había en la voz de la chica. —¿Y cómo estás segura de que no lo secuestraron o asesinaron o…?

De haberle podido lanzar una mirada asesina, está seguro de que la chica lo habría hecho ya. Resopló. —Perdona que sea tan insensible, pero…

—Plumas —interrumpió la suave voz de la chica, haciendo que Aioria callase—. Te sonará ridículo, pero… no recuerdo lo que pasó… íbamos caminando por un parque y… de repente yo estaba rodeada de plumas y ya no estaba él conmigo.

Aioria se quedó en silencio por unos segundos. —Misteriosa o no la desaparición de tu hermano, no debería ser tu mayor preocupación en esta vida —la máscara de plata parecía reírse de él, pero está seguro que en realidad tenía curiosidad por lo que sea que fuera a decirle—, ahora eres una aprendiz a amazona, y lo quieras o no tu mayor preocupación debe ser aquélla que se resguarda detrás del templo patriarcal.

—Si es así, ¿por qué te esfuerzas tanto en hacerte amigo mío?

El caballero dorado arqueó una ceja. —¿Cómo?

—Eso mismo —la aprendiz de amazona se irguió en su asiento, quitándose el cabello de la cara en el proceso—, cuando Mayura está presente eres todo seriedad, pero una vez que se aleja tu rostro… tus expresiones… incluso tu lenguaje corporal… se relajan mucho y eres muy amistoso conmigo.

—¿Sí? Bueno, no soy un instructor como tal. Sólo te entreno porque la circunstancia fue muy extraordinaria, te sorprendería la cantidad de caballeros dorados que tienen aprendices —notando lo poco apegado que había sonado (e inmediatamente, reprimiéndose por pensar en que debería ser amable y amistoso con ella), agregó:— lo que quiero decir es: no soy tu instructor. No debo hacer que me temas, soy… una especie de sustituto, en lo que mejoras tu griego y puedes entrenar con las otras amazonas.

Aquélla respuesta pareció no satisfacer a Marín, quien parecía querer decir algo más. —Tener sentimientos no significa ser débil, ¿sabes? Sí, recuperar a mi hermano no debe ser mi prioridad como alguien al servicio de Athena, pero tampoco debo hacer como si nunca hubiera existido. ¿O acaso así son todos los hermanos al servicio de Athena?

Aioria no pudo evitar sentir como si algo le estrujase las entrañas. —Te sorprendería la cantidad de problemas que tener un hermano conlleva este Santuario —tragó saliva— a veces, es mejor hacer como que nunca existieron.


—¡Aléjate!

A pesar de lo distraído que caminaba, esa era definitivamente la voz de Marín. Aioria sintió casi de inmediato el golpe de adrenalina en sus venas y corrió hacia donde creía que la voz de la chica provenía. Al llegar al sitio reconoció a uno de los aprendices para las armaduras de plata, y sintió cómo la sangre le hervía.

—¿No deberías estar con los otros aprendices, en el coliseo?

El aprendiz al verlo con la caja de Pandora en su espalda, abrió grandes los ojos y se alejó de la chica.

—Eh… yo…

—Tienes tres segundos antes de que decida que el Santuario tiene demasiados aprendices —cuando el otro se hubo ido, Aioria se giró preocupado a ver a Marín, quien tenía el tirante de su blusa roto—. ¡Ay, por Athena! Deja te ayudo con eso.

Dejó su caja de Pandora en el suelo y tomó los dos extremos de la tela, haciendo un nudo con ellos y alejándose de ella, poniendo una mano en el otro hombro de la chica.

—¿Te encuentras bien? Ese tipo…

—Estoy bien —asintió la chica, luciendo un poco más pálida de lo que usualmente se la veía, su voz un poco temblorosa—… gracias.

Aioria negó con la cabeza. —No sé si te lo haya dicho tu maestra, pero tendré que irme un par de días.

—¿Vas a ir a una misión?

—Síp, por lo que el entrenamiento se cancela por los próximos tres días —después de unos segundos, agregó— a menos, claro, que ya puedas entrenar con las otras amazonas.

Marín asintió, luciendo menos abatida que hace unos minutos. —De hecho, eso venía a decirte. La maestra Mayura ya parece entenderme cuando hablo, y vine a darte las gracias por… ayudarme con mi entrenamiento, de mientras.

No sabiendo cómo responder, Aioria asintió con la cabeza, dándole un par de palmaditas en el hombro, como si de esa forma pudiera decirle que a él también le había ayudado bastante convivir con ella (sólo que no por las mismas razones que a Marín).

Se aclaró la garganta y tomó la caja de Pandora, acomodándosela de nuevo en los hombros y acercándose a la chica. —Recuerda que te advertí sobre el entrenamiento de las amazonas. —sin pensar demasiado, le dio un beso en la frente de la máscara (fría, muy fría, pero no es como si pudiera quitarle la máscara y hacerlo en su frente)— Y no dejes que te intimiden. Si alguno se atreve a decirte “forastera”, lo más probable es que ellos tampoco vengan de Grecia —sonrió de lado, divertido—. Demuéstrales quién es mejor.

Marín asintió con la cabeza, y el griego casi podía ver la sonrisa que se dibujaba en su rostro detrás de esa máscara de plata.

—Y tú no gastes mucho dinero en comida.

—¿Libra?

—Zubeneschamali.

—¿Leo?

—Regulus.

Aioria negó con la cabeza. —Seguro. Será difícil, pero me aseguraré de no gastar mucho.

Notes:

1.- Durante el manga clásico se da a entender de que Saga era muy benevolente (así es como no lo descubrieron por trece años, lol), así que obviamente haría algo tan significativo para Aioria como el supervisar él mismo su entrenamiento o protegerlo de comentarios racistas por parte de los otros aprendices; además de que en Ep.G (vol.5) Saga mantiene una conversación con DeathMask en la que /sugiere/ que lo vio desarrollar su cosmos a lo que era actualmente (15 años).

2.- No vamos a hablar de la línea temporal, porque yo no sabía lo que pasó con Mayura (para cuando escribí este fanfic apenas iba por el tercer arco de StS Sho, cuando se "muere" Kyoko por primera vez y el "esta sera la última vez que llores"), así que ignoraremos que Mayura no debería estar en el Santuario para este punto después de la muerte de Olivia, lol.