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¿Cuándo empezó todo? ¿En qué momento fue que se decidió que ella no podría tener la vida que quería? ¿Fue desde su concepción? Una bastarda nacida de la lujuria, un pecado que ninguno estaba dispuesto a olvidar. La mancha la perseguiría durante años, marcada por las actitudes y habladurías de quienes la conocían. Aunque tal vez las ataduras sobre su destino eran inevitables, aún si no hubiese sido bastarda, era eldiana, por ello la maldición de todos los ciudadanos del reino siempre estaría latente en Historia, esperando para cambiarla. Como tantas cosas en su vida, apenas podía controlar lo que quería.
Desde su infancia en aquella granja muchas cosas han estado fuera de su control. Incluso en aquel lugar siempre había una presión sobre ella; solo Eren la hacía sentir feliz, a él no le importaba su estatus de bastarda. Hasta que un día, el padre de Historia, al que ella solo había visto un par de veces en toda su existencia, la llevó al palacio y la presentó ante el rey Uri, que la legitimó. Un decreto se hizo y un gran banquete se realizó en su honor. Dejó de tener el nombre Krista y el apellido de bastarda Lenz. Podía asumir su identidad como Historia y tomar el apellido Reiss. Era una princesa de Paradis.
De la noche a la mañana los problemas de la corte se volvieron su principal preocupación: atender sus deberes como princesa, administrar lo que el rey le encargara, aprender la etiqueta y cortesía, soportar los banquetes y bienvenidas, además de aguantar a los nobles, que en público la trataban muy bien, pero Historia sabía lo que decían sobre ella a sus espaldas.
Aun así, se esforzaba en ignorarlos. Había prometido a Eren que no le daría importancia a la opinión de otros. Lo único que le quitaba el sueño era la maldición de los eldianos, ¿quién hubiera imaginado, que aquella maldición sería más grave en ella?
Aunque la preocupación constante la agobiaba, Historia contó con Eren, quien aminoraba su carga. Todo comenzó con él defendiéndola de los otros niños que le lanzaban piedras; sus juegos y promesas infantiles escalaron en lo que ahora era un apasionado amorío clandestino.
Eren custodiaba cada rincón donde estuviera ella, siempre con la mirada en alto y la mano sobre la empuñadura de su espada, listo para actuar en cualquier momento, esto a Historia le parecía gracioso.
—¡Alteza! —Eren exclamó con el puño derecho sobre el pecho cuando la vio dejar el lado de su hermana y se detuvo frente a la habitación.
Historia hizo un leve movimiento de cabeza en reconocimiento antes de entrar a su cámara. El joven escudero dejó escapar un suave suspiro, verla finalmente a salvo era gratificante. Varios minutos después, el séquito de sirvientes desfiló frente a sus ojos y antes de que las puertas se volvieran a cerrar, unas suaves manos envolvieron su cintura y fue jalado hacia atrás.
—¿Creíste que esta noche escaparías de mí? —dijo con un tono de voz juguetón.
—Jamás, alteza, este humilde hombre siempre está a su servicio.
Historia rio ante la actuación impecable de Eren, este se giró y la estrechó en un fuerte abrazo, besó con ternura su cabeza.
—Soy yo quién te pide alejarte de todo esto, huye conmigo. —dijo en tono suplicante.
—Eren, ¿a dónde iremos?
—Al campo, al bosque, incluso fuera de las murallas y más allá del mar, a dónde sea, a cualquier parte del mundo, lejos...
—Eren, no importa cuán lejos vayamos, la maldición nos alcanzará a dónde quiera que estemos. —El joven gruñó y su abrazo se hizo más fuerte—. Esta noche no, Eren, estoy cansada —susurró con tristeza al recordar la implicación de su día—, te necesito de otra manera.
—Historia, tú siempre me tienes, soy tuyo.
⚜⚜⚜
Eren jugaba con el cabello de Historia. Ella usaba el pecho de él como almohada. Era una noche tranquila, más de lo normal. Se movió un poco tratando de buscar una mejor postura, aunque estaba seguro de que ya la había encontrado.
Siguió así durante unos minutos, era una tontería que se sintiera incómodo, sobre todo con Historia y después de tener relaciones. Solo son imaginaciones mías. Estoy con la mujer que amo sin que nadie nos moleste o acose por ello. Se repitió a sí mismo, pero no lograba tranquilizarse. ¿Por qué no podía dejar de sentirse tan raro?
—Eren... —Ella le acarició el rostro, aquel contacto provocó que la mirara a los ojos, sus hermosos orbes azules tenían un efecto sobre él, sin embargo, en esta ocasión no fue suficiente para aliviarlo—. ¿Sucede algo?
—No lo sé —respondió Eren y se detuvo antes de girarse, Historia se veía cómoda, por lo que decidió quedarse en aquella posición—. Deben ser solo imaginaciones mías.
—Sabes que puedes decírmelo, ¿verdad?
—Es solo que no quiero que cargues con algo que simplemente podría ser insignificante…
—Eren, si te molesta entonces es importante, ¿qué ocurre?
Eren dudó durante unos segundos, aunque sabía que podía confiar en ella más que en nadie. Se conocían desde que eran niños y acompañaba a su padre, Grisha, a aquella granja.
—Algo extraño sucede en el palacio… —dijo Eren e Historia movió una de sus piernas—. En los últimos días apenas he visto a los demás príncipes y el rey Uri pasa mucho tiempo encerrado en su recámara. Además, al comandante Kenny no se le ha visto por las barracas. Es el capitán Levi quien se ha hecho cargo de encomendar nuestras tareas.
—Es solo la época del año, después de todo, las festividades a la Fundadora se acercan.
—Eso pensé, pero… —Eren se calló, ¿por qué le daba tanta importancia a algo tan nimio? Era un caballero y además un guardia palatino, debería sentirse tranquilo al ser de los mejores y tener una vida como la que tenía. No debería sentirme de esta manera .
—¿Sí?
—¿No crees qué hay demasiado secretismo?
—En el palacio eso es pan de cada día… Raro sería que todo fuera tan abierto —dijo Historia y se rio.
Normalmente Eren se sentiría bien al escucharla reír, pero algo en esa risa lo hizo incomodarse. Hacía tiempo que ella no le causaba algo así, no desde antes de la promesa de ella de dejar de actuar para tratar de agradar a los otros niños. Solo es mi mente haciéndome ver cosas . Historia lo besó en el cuello y él dirigió los besos a sus labios. Esa noche no dormirían mucho.
Eren dio un gran bostezo de pie en su lugar de trabajo. Por lo general, él solía tener energía de sobra, incluso después de una noche apasionada con su amante, pero en los últimos días, un mal presentimiento no lo dejaba descansar.
—¡Jeager! —gritó uno de sus superiores—, ya que tienes demasiado tiempo libre, escolta a la princesa Frieda a la cámara sagrada.
El joven frunció el ceño ante la orden que jamás le habían dado.
—¿No es acaso trabajo del...?
—El capitán tiene asuntos más importantes que atender —le interrumpió tajante—. Anda, se hace tarde.
El hombre lo empujó por la espalda para alentarlo a moverse sin dar mayores explicaciones y Eren obedeció sin posibilidad de negarse.
La princesa esperaba en su carruaje, no había rastro de ningún sirviente o guardia a la vista; pese a ser la primera vez en hacer ese trabajo, a Eren no le pareció extraño la soledad y el sigilo. Así, después de hacer una reverencia, subió al carruaje y lo condujo por los terrenos del castillo hasta la iglesia real.
Al llegar frente a las altas puertas de madera, Eren bajó de un salto, dispuesto a ayudar a la princesa, solo para llevarse la sorpresa de que ella había bajado por su cuenta y sostenía un pequeño bulto de mantas entre sus brazos.
—Espera aquí y no permitas que nadie entre —dijo con esa dulce voz cargada de mando.
—Sí, alteza —respondió plantándose firme cerca de la entrada.
La princesa ignoró su acto de lealtad y sin demora, se perdió en el interior del viejo edificio.
⚜⚜⚜
Eren resopló exasperado, llevaba tanto tiempo de pie en medio de la nada que comenzó a preguntarse por qué demoraba tanto la princesa Frieda. Si bien no era su área, las veces que escoltó a Historia, no tardaba más de una hora haciendo las plegarias del día. Intrigado, se giró para ver por una rendija de la puerta: la sala estaba vacía.
Eren empujó la gruesa madera y las bisagras que la mantenían unida al marco chirrió de forma estrepitosa. Se quedó quieto unos segundos, esperando cualquier reacción de desaprobación y cuando no hubo nada, dejó escapar el aliento contenido y se precipitó al interior.
No lo entendía, ¿dónde estaba Frieda? ¿Y los sacerdotes de la corte? Aligerando su paso, recorrió el largo pasillo hasta el altar, ahí algo llamó su atención. Escuchó un murmullo proveniente detrás de la mesa de piedra y descubrió una trampilla en el piso.
Eren meditó sus opciones, si fisgoneaba, estaría en problemas, incluso le cortarían la cabeza, pero si no lo hacía y después se volvía un problema para Historia, se sentiría peor. Exhaló para relajarse, decidido a bajar por aquellos escalones que apenas distinguió en la penumbra. Después de algunos pasos, la oscuridad dejó de ser un problema, las gemas incrustadas a lo largo del pasillo iluminaban tanto como el sol, los murmullos también se hicieron más fuertes, adquiriendo la forma de plegarias y alabanzas.
Con el corazón agitado, Eren llegó al final del pasillo donde aguardó estudiando la escena: el rey, ataviado con una capa roja, permanecía sentado en un trono situado en lo alto de un peldaño de roca, los sacerdotes reales con sus capas blancas formaban un círculo y justo al medio, Frieda estaba arrodillada vistiendo solo un camisón, en sus brazos sostenía a un bebé recién nacido.
—Alteza, ha llegado la hora. —dijo uno de los sacerdotes.
Otro miembro del culto le ofreció una daga bañada en oro y plata. Frieda suspiró y depositó al bebé sobre el suelo frío, empuñó la daga y miró hacia el techo.
—Ymir, toma mi sacrificio de sangre y perdona una vez más mi vida.
Eren salió a toda prisa, le importaba poco si lo escuchaban. No daba crédito a lo que acababa de presenciar, ¿qué clase de pecados cometía la familia real? Debía sacar a Historia de la inmundicia cuánto antes.
En el instante que sus pies tocaron la hierba fresca del exterior, divisó un caballo acercándose a todo galope, le reconoció de inmediato, ¿sabía su capitán la clase de crímenes que se cometían tras esas puertas?
—Mocoso, no se necesita más tu presencia aquí.
—¡Sí, capitán!
Eren fingió lo mejor que pudo, si planeaba salvar a Historia, no debía levantar ninguna sospecha de haber sucumbido ante su curiosidad. Se alejó lo más rápido que pudo ignorando la mirada perspicaz de su capitán.
Cuando llegó al castillo, el cielo comenzaba a clarear, no tenía mucho tiempo.
—¡Historia! Despierta —urgió de inmediato.
—¿Eren? ¿Qué pasa? —La princesa se incorporó de un salto, aun pendiendo del letargo.
—Debemos irnos.
—¿Qué? ¿A dónde? ¿Sucedió algo en la corte?
—Sí... Siempre estuvo ahí, ¡no sé cómo no me di cuenta antes!
Historia alejó el sueño de sí para estudiar el semblante alterado de Eren, jamás lo había visto en aquel estado de alarma y preocupación, por un segundo un pensamiento atravesó su mente.
—Eren... ¿Tú...? —mordió su labio inferior incapaz de poner en palabras lo que quería preguntar.
—¿Lo sabías? —cuestionó con aire herido. No podía ser así.
—He estado ahí... Es el deber de la familia Reiss —dijo con amargura.
—No, no, ¡no! ¡Imposible! ¡Tú no puedes! —exclamó caminando de un lado a otro por la habitación.
—Eren, la maldición corre por mis venas, yo no soy una niña buena, también quiero vivir...
—Entonces vive conmigo —interrumpió—, escapemos, huyamos lejos de aquí como prometimos que haríamos.
—En ese entonces no sabíamos sobre la maldición… ya te lo dije, no importa a dónde vayamos siempre nos acompañará —colocó una mano sobre su corazón—. En el mejor de los casos tarde o temprano cargarás con un ser incapaz de reconocerte. En el peor, tú también sucumbirás.
—Estarás a salvo conmigo, voy a encontrar la forma de liberarte de esto.
—¿Cómo lo harás? Han pasado cientos de años, nadie ha encontrado nada certero… Incontables eldianos han perecido.
—Debe haber una manera…
—¡Entonces dímela!
Eren no podía responder a esa petición. No tenía idea alguna de cómo salvarla, había visto los efectos de la maldición cuando acompañó a su padre a atender a algunos afectados. Era un destino horrible. La abrazó para confortarla, negándose a creer que ellos sufrirían por lo mismo, pero ¿qué podía hacer para acabar con ello? Solo era un simple caballero.
En vísperas de la fiesta a Ymir, los sirvientes en el palacio y los súbditos de la corona Reiss estaban presionados por terminar con los preparativos a tiempo y no provocar la ira de su fundadora.
Eren había tenido que cumplir con deberes que no correspondían a su rol como guardián palatino, aunque no le importaba mucho. No dejaba de pensar acerca de las acciones de los Reiss y mucho menos del hecho de que Historia también era partícipe.
El método que les evitaba sufrir la maldición era atroz. Solo el peor de los demonios exigiría el sacrificio de hermanos, hijos y padres. Pero… ¿acaso no eran peores aquellos que lo realizaban?
Había estado buscando algo para terminar con aquello, ¿qué pasaría si Historia quedaba embarazada? ¿Tendría que sacrificar a su hijo? Eren sintió escalofríos… Prefirió no seguir esa línea de pensamiento. Debía haber una manera de romper la maldición.
Así que después de cumplir la orden de su capitán de ayudar en la limpieza de las barracas, Eren se escabulló hacia la biblioteca real. El encargado de ella, el señor Arlert lo detuvo en la entrada.
—Sir Jaeger… ¿Tiene el permiso de algún miembro de la familia real?
—Me manda la princesa Historia.
—¿Sí? ¿Podría mostrarme algo que lo compruebe?
Eren no tenía algo para comprobarlo. Sonrió y fingió buscar algo mientras pensaba en alguna forma de convencer al encargado de dejarlo pasar. Por suerte, su salvación llegó en forma de Armin, el nieto del señor Arlert.
—Buenos días, Sir Eren, ¿necesita algo?
—La princesa Historia me mandó por un libro. Tiene que investigar para las festividades. —respondió Eren, esperando no ser descubierto en su mentira.
—¿Tiene algo que lo compruebe?
Fue Armin quien habló antes que Eren.
—Abuelo, no creo que Sir Eren tenga que comprobarlo… Dudo que un guardia palatino tan honorable quiera acceder sin algún permiso.
El señor Arlert soltó un suspiro y miró a Eren, con un gruñido bajo le dejó pasar. En tanto, el joven guardia le pidió a Armin que lo acompañara.
—¿Hay algo sobre maldiciones?
—¿Maldiciones? —Armin se mostró extrañado por la pregunta de Eren—. ¿Qué clase de investigación está haciendo la princesa?
—¿Por qué debería saberlo?
Armin asintió y lo guio a una parte poco frecuentada de la biblioteca real. Eren observó a su alrededor, la mayoría de los libros eran viejos, mas Armin los pasó de largo para centrarse en un pequeño estante.
—Es lo único sobre maldiciones que tenemos aquí.
—Gracias, puedes dejarme solo.
Armin no respondió y se quedó al final del pasillo. Eren sabía que no conseguiría que su viejo amigo le diera más espacio e inició su búsqueda.
Pasaron las horas y no encontró algo útil, no había nada que él no supiera ya. A pesar de que Paradis era una tierra afectada por una maldición, no tenían información que explicara sobre ella, en su mayoría eran leyendas sobre la fundadora.
Eren resopló exasperado, al darse cuenta del puñado de hojas faltantes en uno de los libros, era un trabajo tan minucioso, que seguramente había pasado desapercibido por la gente común. Quería creer que allí estaba la clave para romper la maldición.
Dejó escapar un resoplido y en medio de la crisis de frustración, golpeó con el puño un costado del estante. La madera endeble cedió, dejando al descubierto un compartimiento secreto. Eren echó un vistazo por el pasillo para cerciorarse de no haber llamado la atención antes de examinar el hueco en el estante.
Sus ojos se abrieron con sorpresa al descubrir las páginas faltantes; imágenes de vivos colores e inscripciones en una lengua que no conocía, relataban la continuación de la historia contada por generaciones a cada eldiano. Debía mostrarselo a Historia cuanto antes. No obstante, antes de que pudiera retirarse sin ser visto, Armin caminó en dirección a Eren.
—Sir —su viejo amigo miró las páginas que tenía en las manos—, está prohibido quitar las páginas de los libros.
—Ya estaban así cuando las hallé —contestó con seguridad, al cabo que no era una mentira.
—¿Puedo ver? Tengo que confirmar que sea así.
Con reticencia Eren aceptó, lo mejor era actuar como si nada sucediera. Armin se tomó su tiempo para revisar el contenido de las hojas, su expresión se mantuvo serena en todo momento. Al terminar devolvió las hojas a Eren.
—Hasta luego, Sir. Espero que la princesa encuentre lo que está buscando.
⚜⚜⚜
Historia dejó la pluma en el tintero. No podía concentrarse en lo que hacía. No había vuelto a hablar con Eren sobre los sacrificios de los Reiss, él evitaba el tema ¿Por qué lo hacía? ¿La juzgaba?
Sabía que las acciones de su familia eran horribles. Tengo que hacerlo… O yo seré la siguiente. Otra posibilidad no dejaba de molestarla, ¿qué pasaría con los hijos de ella? Llamaron a la puerta. El guardia en turno anunció la presencia de Eren, ella permitió la entrada y unos segundos después Eren entró, lucía emocionado. Historia se alegró al verlo así, era la única que veía ese lado de él.
Sin decir algo Eren colocó las hojas en la mesa. Historia estaba confundida, pero solo bastó con verle la ansiosa alegría para comprender que debía examinar aquellos papeles. Las hojas tenían ilustraciones muy bellas, parecían vivas, más aquella de una jovencita mirando al Sol, aunque lo que más llamó su atención fue la escritura. Era de una vieja lengua, fue lo primero que aprendió cuando se convirtió en princesa.
Historia se tomó su tiempo para leer. Era una leyenda sobre la Fundadora, contada a los niños como un cuento para antes de dormir, incluso Frieda lo hizo cuando la visitaba en la granja. La inscripción tenía un estilo diferente a los antiguos libros de eldia, estaba segura que debía tratarse de una versión más antigua. Al final tenía un pasaje cuya traducción más acertada sería “Solo el regalo del gran amor concluirá su tormento”. Miró a Eren a los ojos, fue un momento que sintió como una eternidad, no había necesidad de palabras.
Se tomaron toda la noche para decidir lo que harían, era una posibilidad poco fiable, pero era la única que tenían. Las preparaciones fueron rápidas, el mejor momento para escapar era durante las festividades a Ymir. Fue durante la gran ofrenda, mientras la casa real y la población estaba concentrada en hacer los sacrificios, que Eren e Historia huyeron de allí y partieron hacia el este. De allí era la civilización que escribió aquella leyenda, si había pistas, allí las encontrarían.
Despertó en medio del bosque cuando la luna estaba en lo más alto del cielo. No era el momento ni el lugar para desconectarse del mundo, sin embargo, el agotamiento mental y su embarazo la superaban. Habían pasado meses desde su escape y el descubrimiento de llevar un niño en su interior. Por instinto llevó una mano a la pequeña curva de su vientre y miró en derredor, estaba sola. Historia se puso en pie con lentitud para no marearse a pesar de su urgencia, debía volver cuánto antes. El crujir de las hojas secas la detuvo.
—Estás despierta. —La voz de Eren tenía un timbre de emoción.
—No voy a hacerlo, si es lo que esperas.
Eren se acercó a ella y extendió su mano para ofrecerle un trozo de pan.
—Lo único que espero y deseo es que puedas ser libre... Que mi hijo sea libre y no perpetúe el mismo ciclo de sus antepasados.
—Eren, no me pidas eso, ¡ni siquiera estamos seguros de que sea verdad lo que dice el libro!
Una de las noches habían descubierto algo en aquellas hojas. Era la ilustración de un sacrificio y al releer la inscripción Historia comprendió que la traducción no era “regalo”.
—Historia, ya hablamos acerca de esto así que tranquilízate. Come un poco, no es bueno para el bebé que no te alimentes.
—¡No voy a comer nada hasta que pares esta tontería! —Arrojó la hogaza de pan lo más lejos que le fue posible y enfrentó a Eren con mirada furiosa.
—Entonces hazlo de una vez —sacó una daga dorada de la cinturilla de su pantalón y la puso en la mano de la princesa—, acabemos con esto ahora, atraviesa mi corazón.
—¡No lo haré!
Ambos se enfrentaron con una mirada determinada, ninguno de los dos dispuesto a ceder. Eren no dejó de aferrar la mano de Historia y ella no hizo ningún intento por alejarla.
—No hay más alternativas, debes hacerlo, antes de que la maldición consuma tu mente.
—Esto no es muy diferente a lo que hacía la familia Reiss ¡y me estás orillando a hacer lo mismo!
—¡Esto es diferente!
—¡¿En qué es diferente?!
—En que esta vez al fin se romperá la maldición. Ni tú, ni nuestro hijo tendrán que sufrir más por ello.
Eren mantuvo extendida la mano, el que él no cambiara de idea respecto a la solución la molestó y en un impulso Historia golpeó la daga… Entonces electricidad corrió por su cuerpo, sintió que volaba y el tiempo se ralentizó. Dejó de estar en aquel bosque y se encontró en un misterioso lugar en el que la única luz venía de lo que parecía ser un árbol del que emanaban lazos, algunos más grandes que otros, aparte de ello lo único que había era arena. Fue solo un instante y el escenario cambió, se encontraba con Eren y una niña que Historia cargaba.
—¡Papá!
Eren sonrió y antes de escuchar la respuesta de él la escena cambió. Cientos de miles de escenas pasaron ante sus ojos: recuerdos y momentos que nunca podrían suceder. Envejeció con su amado, vio a más niños. Cada momento fue tan real, sintió el cansancio, la felicidad, tristeza y dolor de esa vida. Cada noche, cada parte, cada juego, cada palabra dicha y no dicha. Aquella vida fue suya. Se sintió más vieja y cansada.
Estaba de regreso en el bosque, lágrimas corrían por sus mejillas. Eren también lloraba y sus manos temblaban. Historia tenía la daga agarrada por el filo, se había hecho un pequeño corte.
—Debes hacerlo…
—No… Tú también lo viste ¿verdad? Hay posibilidad, tal vez no es necesario.
—Ahora es la única opción. Tienes que hacerlo, ella solo quiere una prueba.
—¡No! No puedo hacerlo.
—Lo prometiste… —Historia se confundió por esas palabras de Eren—. Prometiste que vivirías por ti.
—¿Qué?
—Prometiste que lo principal serías tú, no importa lo que otros pensaran.
—También prometí que viviríamos juntos y exploraríamos el mundo —Historia le recordó—. Y si hago esto no será así.
—Pero ya cumpliste esa promesa. Conocimos las ruinas de una vieja civilización, además vimos a nuestra hija crecer, envejecimos y morimos juntos.
Había sido un sueño hermoso tan real.
—No… —Quería tirar la daga, pero Eren le suplicaba con la mirada que no lo hiciera. ¿Por qué ella? ¿Por qué tenía que cargar con eso?—. No podría vivir así.
—Mi amor —Eren acarició la mejilla de ella—. Está bien. Sé que podrás. Siempre estaré contigo.
Eren acomodó la daga y la colocó de manera que pudiera atravesar su corazón. ¿Por qué la obligaba a ello? ¿Tanto deseaba morir?
—¿Por qué?
—Es la única manera. Ella ha esperado por alguien… Nosotros tenemos que ser el fin de su tormento.
El aire se sintió pesado e hilos de luz aparecieron. La daga se sintió más ligera en sus manos y la sangre de Historia dejó de caer. Era tan similar a los sacrificios, pero había algo diferente, no había aquella gran presión y dolor sobre ella.
Historia apretó la empuñadura de la daga con fuerza. Eren se veía tan decidido, ella no podía fallarle, no podía condenar a los tres a un destino doloroso y terrible. La decisión tenía que ser fácil, pero sus manos no se movían.
—Te amaré por la eternidad… —dijo Eren con una sonrisa en el rostro.
—Te amo por siempre y para siempre.
Historia empujó el filo sobre la carne, Eren dejó ir un suspiro, su expresión era de tranquilidad. ¿Por qué? La sangre corrió por la hoja del arma, la tierra tembló y el cielo se iluminó de una extraña manera. A Historia aquello no le importaba, no podía dejar de llorar y abrazó el cuerpo de Eren. No lo soltaría. Pero ni siquiera pudo quedarse con él, del cadáver de su amado emanó un brillo cegador y sintió como el peso entre sus brazos se aligeraba hasta sostener nada.
Vio la figura de una joven descender del cielo y dar vueltas alrededor de ella. Se detuvo por un segundo, alcanzó a notar una sonrisa en aquel extraño ser. Sin estar preparada, aquella figura se lanzó sobre ella y la derribó. Sus ojos se sintieron pesados, su cuerpo no respondía a sus intentos de moverse y antes de caer en la inconsciencia distinguió una luz diferente y escuchó una voz repleta a su vez de felicidad y tristeza…
—Ahora eres libre.
El día era cálido, las flores de primavera tapizaban los campos. Después de largas noches sin dormir, Historia al fin tenía un momento de paz, su pequeña hija había dejado de llorar y ahora dormía cómoda entre sus brazos.
Con pasos ligeros se dirigió lejos de los establos, se permitió disfrutar la sensación de la hierba bajo sus pies descalzos. Ahora no tenía que fingir más, la etiqueta y los buenos modales eran cosa del pasado, sobres sus hombros ya no cargaba el peso de ser una princesa de Paradis, gracias a Eren, ella y su hija eran libres.
Una lágrima rodó por su mejilla, pensar en Eren era algo que la lastimaba, no porque no lo amara, sino porque su ausencia era una herida constante. Estar lejos de él era algo que jamás sanaría, sin embargo, no importaba cuán destruida se sintiera, ella juró ser fuerte y seguir adelante por su preciada hija, a quien amaba con cada fragmento de su corazón.
Se detuvo al llegar bajo la sombra de un gran árbol y tomó asiento en la maleza, descansó la espalda en el viejo tronco y arrulló a la bebé que parecía tener un mal sueño. Los pájaros en las ramas cantaban y junto a ellos, Historia tarareó una melodía. Era una vieja canción sobre la fundadora que se les enseñaba a los niños y Eren le solía cantar cuando sentía que el mundo se le venía encima.
Podía ser una tontería, pero para ella lo fue todo, atesoraba cada cosa que Eren hizo, por más pequeña que fuera. Con la mente llena de recuerdos del amor de su vida, sintió el viento fresco despeinar su cabello, llevaba consigo la sutil fragancia de las flores y algo más.
Historia frunció el ceño ante la sensación extraña, no había miedo en ella. Era algo más cálido que los rayos del sol, un aura la envolvía de tal forma que volvió a sentirse completa. Percibió el fantasma de una voz conocida, no hubo palabras en ella, solo la comprensión de estar haciendo un buen trabajo.
La bebé abrió los ojos y sonrió al ver algo detrás de Historia. Trató de alcanzarlo con sus pequeñas manos, mas no lo consiguió.
—Tienes sus ojos, Ymir.
Para Historia, olvidar a Eren no era una opción, después de todo, en sus brazos tenía al fruto de su amor y lo daría todo por ella, el sacrificio de él no sería en vano, juntas seguirían adelante, viviendo en la tan anhelada libertad.
