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Las mañanas de invierno en Londres eran duras. Puede que la temperatura no fuese extremadamente baja, pero la humedad de días y días de lluvia provocaban que frío se colase por cada rincón del cuerpo, haciendo sentir a cualquiera completamente empapado. Por muchas capas de ropa que se usasen, nunca serían suficientes para eliminar al completo esa sensación. En esa situación y a tempranas horas de la mañana, solo se podían considerar tres escenarios posibles para afrontar el inicio del día: la primera era quedarse en casa, si la ausencia de trabajo o estudios así lo permitían. Que mejor manera que pasar las horas más frías abrazado por el calor del hogar. La segunda, era ir directamente al trabajo, universidad o escuela, realizando un trayecto directo que mantuviese a resguardo a cualquier persona que le tocase hacerlo sí o sí. Y por último, estaba la tercera opción, la cual era buscar un establecimiento o lugar donde poder tomar algo caliente, para enfrentar con energía y algo de calor las horas que se venían por delante. Ya fuese un café, un chocolate o un té, permanecer en el interior de una cafetería que te invitaba a desayunar era la elección de una inmensa mayoría. El aroma de un café cuyo grano había sido molido con mimo y completamente a mano, o el olor a repostería y pan recién hechos, eran una pequeña tentación a la que muchos no podían resistirse.
Y allí estaba él, apartado de todo, sentado en una de las mesas más alejadas de la entrada de aquella pequeña cafetería botánica. Papeles llenos de bocetos estaban repartidos a lo largo de la superficie, formando un pequeño gran caos que parecía ser el único en entender. Desde la barra, el dueño y a la vez empleado del local podía observar como el cliente se llevaba una mano a la mejilla y la apoyaba en esta, torciendo los labios en un gesto de molestia. Acompañaba a tal expresión su ceño, completamente fruncido, mientras golpeaba con insistencia la mesa con el extremo de un bolígrafo que llevaba en la mano. Su cabello, rojo como el fuego, lo mantenía retirado en un semirecogido, que hacía que los mechones más extensos cayesen a la altura de sus hombros. Llevaba unas gafas de sol oscuras que ocultaban su mirada, a pesar de que la luz del interior era puramente artificial. Vestía de negro, pero con un estilo que al empleado siempre le había parecido de lo más atrayente. Pantalones ajustados, camisa acompañada de un pañuelo de seda en su cuello y una chaqueta de vestir que coronaba el outfit. Nunca llevaba puesta la misma ropa, más aun así los colores que vestía sí que eran iguales, predominando en casi el noventa por cierto de sus prendas el color negro. Destacaba sin duda en comparación consigo mismo por lo opuestos que eran, pues su cabello rubio y rizado y sus ojos azules eran el día en comparación a la noche que parecía ser él. Por otra parte, el cliente era alto y delgado, muy delgado, de manera que su figura se estilizaba dando la sensación de que todavía su altura era mayor. En cambio él era algo más bajo, y su figura un poco más voluminosa. Tampoco es como si fuese algo que le hubiese importado en algún momento de su vida o le hubiese afectado de forma negativa. Estaba muy a gusto consigo mismo y, precisamente por ser así, podía sentir ligero humor a la hora de verse tan distinto a él. Porque numerosas veces se había preguntado qué hacía alguien como él en una pequeña y sencilla cafetería como era la suya.
¿Cuándo había sido la primera vez que le había visto por allí? Si su mente no se la jugaba, llevaba ya por lo menos medio año desayunando día sí día también, sentándose en la misma mesa y pasando allí como mínimo un par de horas. Totalmente ajeno a todo cuanto le rodeaba. Se había convertido prácticamente en una rutina su compañía y, las veces que fallaba, no podía evitar sentir ligera preocupación ante la idea de que le hubiese pasado algo. Incluso al tiempo le había llegado a preguntar en una ocasión por qué había sido él el lugar de elección para tomar el primer alimento de la mañana, a lo que él había respondido de forma escueta que le agradaba el ambiente. Eso y las plantas. Porque allá donde se mirase había todo tipo de macetas, pequeños troncos e incluso flores, todo natural, adornando y oxigenando el ambiente.
Desde el principio Aziraphale, pues ese era el nombre del dueño de la cafetería A.Z.Phell, había decidido que sería un entorno tranquilo y relajado, donde sus clientes podrían desconectar en un ambiente de paz. Había sabido bien cómo conseguirlo: con música clásica sonando en un volumen adecuado, unas pequeñas estanterías con lectura de diversos géneros totalmente gratuita y flores. Muchas flores. Y por alguna razón, que a día de hoy desconocía, ese había sido un fuerte punto para atraer a un cliente tan específico como era el hombre pelirrojo.
Aziraphale terminó de llenar con cuidado una taza de café solo y lo colocó sobre un plato de pequeño tamaño. No agregó azúcar en este sabiendo que de hacerlo, encontraría el sobre perfectamente intacto en el mismo sitio donde lo habría colocado. Echó un rápido vistazo para comprobar que las otras dos mesas ocupadas estaban servidas, y salió de detrás del mostrador para caminar al extremo de la sala. Conforme se acercaba, observó cómo su presencia había alertado al contrario, quien sin levantar la mirada de los papeles hizo un hueco a duras penas entre varios de ellos para darle opción a dejar su bebida. Cuando llegó a su altura, Aziraphale depositó con cuidado su pedido, aprovechando para echar un vistazo a lo que su cliente se traía ese día entre manos. Un sinfín de bocetos de prendas de abrigo se entremezclaba, mostrando una variedad de colores que podía llegar a sorprender dado la monocromía del autor de estos. El rubio sonrío con levedad, fascinado por la gran cantidad de detalles y anotaciones a pesar de ser solo rayas y manchas echas con bolígrafo.
— Trabajando desde primera hora de la mañana, como todos los días —saludó al más alto, hablando con suavidad y calma. Ahí estaba, una tímida sonrisa que siempre se le dibujaba en los labios cada vez que estaba en su presencia—. Si le apetece algo de comer solo tiene que decírmelo.
— De momento con el café está bien. —Desde su asiento, el contrario alzó la cabeza, cruzando su mirada con la de él. No sonrió de forma directa, pero sí suavizó el gesto de su rostro en comparación a cómo lo había tenido minutos antes.
— ¿Ha traído hoy paraguas, señor Crowley? Han dado lluvia hasta el mediodía y la última vez que se confío terminó empapado hasta los huesos. No creo que le agrade revivir un resfriado como el que tuvo días después.
— He dejado el coche aparcado prácticamente en la puerta —Crowley hizo un gesto con la cabeza, señalando un Bentley de color negro que se podía apreciar a través de la ventana. Dejó el bolígrafo que llevaba en la mano a un lado de la mesa e intentó amontonar el caos de archivos en el otro. Acercó el café hacia el centro de esta y cogió la taza, dando un sorbo—. Es diferente, no tiene el mismo sabor que otros días. ¿Diferente origen?
— Sabía que sería imposible que le pasase desapercibido —Aziraphale habló con orgullo, a la par que con ilusión. Su mirada brilló con intensidad, permitiéndose permanecer en su compañía unos minutos más—. ¿Se atreve a aventurar de dónde cree que es?
No sabía si se podía denominar amistad, o si por el contrario eran simplemente conocidos. Al comienzo nunca habían cruzado palabras más allá de lo meramente profesional. Qué quería beber, que podía desear comer y cuánto debía pagarle por el servicio. Eso era lo único que como cliente y trabajador habían hablado durante semanas y semanas. Aziraphale había mantenido las distancias como era estipulado. Al menos hasta que le había podido la curiosidad. Primero habían sido preguntas tímidas y desinteresadas, como cuál era su nombre y a qué se dedicaba. Se había presentado como Crowley, pero en realidad su nombre completo era Anthony J. Crowley. Ese día sus ojos se habían abierto como platos por la sorpresa al reconocer ese nombre, sin haberlo relacionado hasta entonces a un rostro en particular. Porque Anthony J. Crowley era un conocido diseñador de moda que, aunque no mostraba su rostro de forma pública, había ascendido a la fama por la buena calidad de sus ropas en las pasarelas. Su firma se podía ver en revistas, en medios de comunicación y en tiendas. Y Aziraphale jamás habría imaginado que el hombre que había tras ese nombre y apellidos era alguien tan diferente y único. Y consciente de que alguien de su nivel de vida se podía permitir desayunos más lujosos o lugares menos concurridos, le había elegido a él. Un detalle que se había convertido en todo un mundo.
Pasaron uno breves segundos en los que el Crowley dio un segundo trago y saboreó el líquido oscuro en su paladar. Un murmullo pensativo fue todo lo que pronunció por el momento, tratando de averiguar cualquier matiz distintivo que le diese una pista de qué tipo de grano había comprado esta vez. Llevaba muchos años aficionado a esa bebida, tanto por la necesidad de cafeína en su cuerpo como por el fuerte sabor de esta. Por lo que en vez de solo reducirse a beberlo, actualmente era también una pasión. Ya no consumía cualquier café, si no el que su paladar catalogaba como “digno”. Y el que le preparaba aquel hombre risueño de mediana edad entraba con creces en ese rango.
— Blue Montain, Jamaica, también conocido como JBM. En el color no veo demasiada diferencia pero es más suave en cuanto a fuerza de sabor en comparación con el que me serviste la semana pasada —alzó una ceja, expectante. Fue a preguntar si había acertado, pero el rubor en la cara de Aziraphale y su sonrisa vibrante le detuvieron. Estiró las piernas bajo la mesa, satisfecho, recibiendo un breve aplauso ante su acierto—. No lo he consumido en numerosas ocasiones, pero este sabor jamás lo olvidaría.
— Es muy satisfactorio poder estar a la altura de sus gustos, señor Crowley. Con usted me puedo permitir estos pequeños juegos con la confianza y seguridad de que serán de su agrado. Conseguí granos frescos a principios de semana así que aproveché la oportunidad. En mi humilde opinión, a mí que no me agradan los sabores fuertes, pienso que es uno de los mejores cafés que he probado.
— ¿Esta semana tan solo servirás este?
— No obligatoriamente, pero es mi producto estrella. También tengo granos de Indonesia y Nicaragua, por lo que podría prepararle algo diferente mañana si no quiere repetir. No obstante, hoy era una pequeña prueba por si no había tenido la oportunidad de saborear el JBM.
— Cualquier cosa estará bien. —Crowley asintió. En muchos temas era bastante inconformista pero esa cafetería era la excepción. Echó un vistazo a la vitrina donde tenía expuesto bizcochos y pasteles, repasando desde donde se encontraba qué había preparado ese día. Aziraphale le siguió con la mirada pero no añadió nada por el momento— Quizá en un rato pida algo para comer. Huele la cafetería de maravilla.
— Por supuesto, sabe bien que está todo recién hecho. Siéntase con la libertad de llamarme cuando le apetezca algo y se lo traeré de inmediato.
— Bien, gracias. ¿Tú cómo has empezado el día? ¿Se viene buena semana?
— Como todas las anteriores, señor Crowley —Aziraphale se frotó las manos, las cuales descansaban a la altura de su vientre—. El periodo de vacaciones ya ha finalizado, por lo que todas las mañanas y parte de la tarde lleno la cafetería con estudiantes y gente como usted, que ha vuelto al trabajo. Han sido días agotadores, pero solo por ver la felicidad de los demás ha merecido la pena.
— ¿Nunca te coges vacaciones? —Preguntó curioso. Desde que frecuentaba el lugar, solo tenía conocimiento del que el hombre descansaba los domingos. Qué menos, dado que era el único trabajador allí.
— Solo cuando no me queda más remedio. Si lo hago, ¿qué será de todos los clientes que se cruzan la ciudad para poner un punto dulce en sus vidas?
— Aun así deberías descansar de vez en cuando. El sobreesfuerzo puede afectarte negativamente a la salud, amigo.
— Soy consciente. Lo tengo muy en cuenta, aunque pueda parecer lo contrario.
— No me gustaría encontrarme la cafetería cerrada porque ha enfermado por querer abarcar más de lo que puede.
— Le aseguro que eso no ocurrirá. —Dijo con certeza el rubio, haciendo un gesto con la cabeza de forma afirmativa para dar más fuerza a sus palabras. Crowley como única repuesta dejó escapar una risita.
La conversación finalizó. Ante la llegada de nuevos clientes Aziraphale se despidió y se dirigió a atenderles, dejando a Crowley de nuevo con toda su atención en el trabajo. Disponía de dos buenos despachos en la ciudad, tanto en un estudio como en su propia casa, para trabajar tanto como quisiese sin ser molestado. Aun así, había llegado a acostumbrarse a hacerlo allí, rodeado de gente a la que no prestaba atención, disfrutando de los productos que el hombre le ofrecía. Le agradaba su presencia allí, siempre sonriente y lleno de luz, contrastando de forma notoria con lo serio y antisocial que él mismo se consideraba. Eran como el ying y el yang, sintiéndose atraído a su presencia como si de una polilla a la luz de una farola se tratase. Le transmitía calma, paz, tranquilidad. Como si le recibiese en su hogar con los brazos abiertos, asegurándole una estancia de lo más productiva incluso en el ámbito del trabajo. De allí siempre salía de buen humor, satisfecho y sintiéndose realizado. Y no podía esperar a que acabase el día para empezar uno nuevo y tener la oportunidad de volver a disfrutar de su compañía. Pero como él, media ciudad pensaba lo mismo, por lo que conforme avanzaban las horas la cafetería se iba llenando. El silencio de las primeras horas daba paso a un leve bullicio a media mañana y cuando el ajetreo era mayor, es cuando decidía marcharse de allí. No es que fuese reconocido o atosigado por nadie, Aziraphale mismo se encargaba de que nadie lo hiciese. Pero llegado el punto simplemente se marchaba sin más con la premisa de que al día siguiente volvería.
Salió de sus pensamientos cuando sus ojos se cruzaron de nuevo con los del rubio. Parpadeó ligeramente y bajó la mirada al instante al boceto con el que estaba en ese momento. Sintió como un molesto rubor se situaba en sus mejillas y se maldijo al instante por haber sido pillado. Llevaba ya un tiempo teniendo ese tipo de comportamiento con el contrario y había sido consciente de que era algo más que pura casualidad, cuando él le había devuelto las miradas con una sonrisa. Al principio lo había catalogado como simple curiosidad, pero comenzaba a pensar que quizá había algo más. No obstante y con lo apretada que era su agenda, Crowley lo había apartado de su mente casi al instante. No tenía tiempo para pensar en ese tipo de cosas. Mientras tanto, disfrutaría de esos breves momentos desayunando sin más.
Las horas pasaron y pasaron y casi llegando el mediodía Crowley se marchó de allí. Como bien había predicho a media mañana, pidió una porción de bizcocho de zanahoria con chocolate. Aziraphale no tardó ni medio minuto en servírsela, caminando felizmente entre las mesas a la par que muchos clientes le deseaban tanto un buen día como le felicitaban por las delicias que preparaba. Disfrutó de ese postre como si fuese la primera vez que lo probaba y, minutos después, se puso de pie poniéndose sobre la cabeza un sombrero oscuro que solía acompañarle a todos lados.
En el exterior llovía a mares, la temperatura era fría y la gente iba aquí y allá con paraguas y a paso rápido para evitar el contacto con el agua lo máximo posible. A pesar de ello y justo antes de salir, Crowley agarró con fuerza el asa del maletín que llevaba para asegurarse de que nada de su interior se mojase. Se giró levemente, encontrándose con el rubio haciéndole un gesto con la mano en forma de despedida. Ahí estaba su dentadura perfectamente blanca asomando entre la sonrisa radiante que dibujaba en sus labios. Correspondió el gesto colocando los dedos índice y pulgar sobre el ala del sombrero, bajando la cabeza a su vez en forma de despedida. Entonces se giró y salió al exterior.
Definitivamente esa cafetería, y sobre todo el dueño de esta, eran toda la luz que necesitaba Londres para brillar.
