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Estaba otra vez aquí. En la playa, a la orilla del mar, con sus pies enterrados en la arena.
El cielo era de un hermoso color naranja y el sol se escondía en el horizonte, la brisa se sentía fresca y relajante contra su piel. No había nadie más ahí, excepto ellos dos; excepto él y Miles.
El rostro familiar estaba a su izquierda aún con su profunda e intensa mirada clavada en el mar, aún con la misma calidez que le transmitía cuando se acercaba.
Los ojos de Phoenix dirigieron su atención nuevamente al atardecer, solo por unos segundos, para luego no encontrar en su lugar a su amigo.
Asustado giró con rapidez su cabeza a la derecha, y allí lo vio, alejándose cada vez más de él. Su figura desapareciendo con cada paso que daba.
–¡Miles!– gritó Wright
Tenía que correr, pero sus piernas no obedecían.
“¡Miles!” gritó más fuerte que antes
La brisa ahora era sofocante, era difícil respirar.
“¡MILES!” gritó con todas sus fuerzas
Se despertó exaltado, con sudor en todo su cuerpo. Observó a su alrededor: estaba en su cama, en su casa. Hace tiempo no tenía esta pesadilla.
“Esta bien… ya pasó” se convenció.
Al volver en sí y relajarse, se levantó para ir al baño, se cambió y luego hizo su desayuno, que consistía en un poco pan y café.
Eran las 5:20 AM, aún era temprano. Tal vez comprara donas para llevar al trabajo.
Al abrir la puerta lo golpeó la conmoción. Otra vez su mirada se encuentra con los ojos grises, la piel clara, la corbata de época victoriana, su cabello gris, igual de arreglado que en su sueño. Quizás estaba alucinando. Si, seguro era eso.
Para corroborar, algo atónito, se acercó a la figura.
Sin dudas era él. Era Miles.
–Hola, Wright… Ha pasado tiempo– dijo Edgeworth.
Era su voz. No. No podía ser. No él.
Intentó calmarse antes de hablar, su garganta se sentía apretada.
–Estabas muerto
–…lo siento– le contestó apenado – luego del último caso solo quería tomarme un descanso para pensar en lo que significa ser un fiscal.
–Pasaron tres años, Edgeworth. ¿Cómo puedes venir a mi casa y mostrarte así como si nada?– preguntó con furia– ¿Pensaste que estaría feliz de verte?
Edgeworth desvió la mirada hacia el costado
–…
–Es así, ¿no? Pensaste que te recibiría con los brazos abiertos y que correría a tus pies como un buen perro.
–No. No es así… Lamento no haberte contactado.
–¿Cual es tu excusa esta vez?– pregunta con frialdad
–No tuve la valentía para llamarte… o incluso para enviarte una carta… sabía que si lo hacía estarías molesto y-
–¡Lloré por ti todas las noches!– interrumpe Wright, elevando la voz– Rezaba para que algún día aparecieras en el tribunal con tus estúpidos comentarios sarcásticos.– apretó los puños para evitar el temblor en sus manos– Pero ese día jamás llegó… Tú jamás llegaste. Cada día caía más hondo e inclusive esperaba tocar fondo para que todo acabara, porque te habías ido. Mi mundo se vino abajo, Miles.
La mirada de preocupación en el rostro de Edgeworth no tenía comparación, era genuina, al igual que la humedad de sus ojos.
–Si lo hubiera sabido no te habría dejado solo. Lo siento, en serio no pensé que…
–¿Que te amara?– preguntó con pesar– Basta, sabes muy bien que te amé.
–Lo siento… Yo... no lo sabia, lo juro.
–¿A qué volviste?– preguntó con tristeza.
–Te extrañé... Quería verte. Quería abrazarte. No me di cuenta de lo mucho que te he amado todo este tiempo. Y por mi egoísmo te herí. Sin embargo, no te estoy mintiendo, te amo.
–…te esperé días, meses. Hubiera dado mi vida por solo verte… pero ya no. Luego de todo lo que superé, me niego a abrir las heridas que tanto luché por cerrar. Por más que quiera ya no puedo creerte. La persona que amaba murió en el mismo instante en el que te fuiste. Me rehúso a ti, Miles.
No hubo objeciones.
Tomó su bicicleta, y sin mirar atrás, se fue. Los sollozos del fiscal se esfumaron poco a poco. El viento frío de la mañana le decía que todo iría mejor.
Después de todo, su corazón siguió latiendo.
–Adiós.
