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¿Tienen corazón los demonios?

Summary:

15 minutos. Es el tiempo en el que el mundo, y el futuro de dos seres, se puede venir abajo. Gabriel y Belzebú acaban su historia con un inesperado final feliz. Queriendo aprovecharse de este suceso, Crowley y Aziraphale van a tener una conversación que tienen pendiente desde hace muchos, muchos años. Crowley va a abrirse con el ángel, pero las cosas no van a salir como él espera.

Eso sí, salga bien o salga mal, no debería preocuparle o afectarle en demasía, porque claro… ¿Acaso los demonios tienen un corazón como para poder romperlo?

Notes:

Good Omens y todo su universo pertenecen tanto a Neil Gaimay como a Terry Pratchet. Este pequeño fragmento toma lugar en los últimos 15 minutos del capítulo 06 de la Segunda temporada de Good Omens. Por lo que si no te has acabado la serie, por favor, no continúes leyendo, porque todo lo que hay aquí son SPOILERS.

Como a todos, esos últimos 15 minutos me han roto el corazón. Hasta el punto de ser incapaz de ver esa escena sin dejar de llorar. Me han roto el corazón a mí, a Crowley y a todos los espectadores. Incluso Aziraphale se lo ha roto a sí mismo. Los diálogos me he permitido el gusto de usar los originales, tanto en la versión inglesa de este fanfic como en la española. Así le dan más fuerza a la acción cuando el lector los lea.

Sin entretenerme os invito a, una vez más, revivir el que seguramente ha sido el momento más duro para Crowley de toda su existencia. Eso sí, claro está, si los demonios tienen corazón....

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

¿Los demonios tienen corazón?

La respuesta que todo ser angelical daría rotundamente es: no, no tienen corazón. Así se cree desde hace milenios, desde que el primer ángel cayó. A decir verdad, esta creencia es más que merecida debido a la fama que llevan los habitantes y mandamases del Infierno. Engañan, corrompen, mienten, tientan… Tienen una reputación más que merecida.

Eso mismo creía Crowley, que un demonio no tenía corazón. Había caído por el simple hecho de hacer preguntas que consideró totalmente inofensivas. En el momento más inoportuno y, se atrevería a pensar, que incluso hasta cruel, pues estaba viviendo uno de los momentos que más disfrutaría en su larga vida: la creación del Cosmos.

Pero en ese momento se estaba viendo a sí mismo viviendo la situación y, sin quererlo, obtenía no una, sino dos respuestas a esa pregunta. Sí, los demonios podían tener corazón. ¿Por qué una afirmación tan directa? Porque estaba sintiendo, en esos precisos instantes, cómo se lo estaban haciendo añicos.

 

— Somos algo mejor que eso, ¡tú eres mucho mejor que eso, Ángel! No los necesitas. ¡Y definitivamente yo no les necesito! Mira, ellos me han pedido volver al Infierno, les he dicho que no —Crowley comienza a dar vueltas por la estancia, nervioso, furioso. Asustado—. ¡No voy a unirme a su bando! Y tú no deberías.

— Pero… Bueno, obviamente has dicho que no al Infierno. Pero el Cielo…

 

El demonio mira al ángel, a SU ángel sin dar crédito a lo que está escuchando. Su corazón se acelera, golpeando con fuerza su pecho. No le gusta esa conversación, NO quiere seguirla. Aziraphale habla, acerca de que todo iría bien, que todo saldrá bien, pero Crowley no le escucha.

 

— Dime que has dicho que no.

 

Aziraphale no le contesta. Retira la mirada, vuelve a posarla en él. Hay silencio. Mucho silencio. Crowley acorta distancias, sintiendo como el pánico aumenta en su interior. La inseguridad. Todo comienza a desmoronarse, porque sabe cuál ha sido su decisión, puede verla en sus ojos, en sus acciones. El ángel siempre ha sido, para bien o para mal, demasiado transparente.

 

— Dime que has dicho que no. —Repite. Su voz se rompe, se resquebraja, le tiembla. Jamás ha sentido un terror igual.

— Si estoy a cargo puedo marcar la diferencia.

 

No. No. Todo va mal. Crowley continúa moviéndose, no puede dejar sus piernas quietas. Es incapaz de estar parado, porque de hacerlo siente que el suelo bajo sus pies va a romperse. Tiene que hablar. O lo hace ahora, o calla para siempre.

 

— Oh, Dios. De acuerdo, vale. No he tenido oportunidad de decir lo que te quería decir. Creo que lo mejor va a ser que lo diga ahora. Vale, sí, bueno… —da un largo suspiro. Necesita coger aire—. Te conozco desde hace mucho, llevamos en este planeta desde hace siglos. Tú y yo.

 

Respira. Coge aire de nuevo.

 

— Siempre he confiado en ti. Y tú en mí. Somos un equipo, un grupo. Un grupo de dos.

 

Aziraphale retira la mirada durante unos breves segundos. ¿Cómo interpreta eso? Joder, se está abriendo a él. Un demonio. Abriendo eso que los ángeles siempre han negado que poseen.

 

— Y llevamos toda la existencia fingiendo que no lo somos. Bueno, en los últimos años no tanto.

 

Se queda sin aire. Mira al techo, alrededor suyo. Se forma un nudo en su garganta. Intenta a toda costa que su voz no tiemble. Que no se le note. Pero no lo consigue. Es un fracaso absoluto.

 

— Y me gustaría pasar… Es decir, si Gabriel y Belcebú pueden irse juntos, nosotros también. Vámonos tú y yo, no necesitamos ni al Cielo ni al Infierno. Son tóxicos. Tenemos que alejarnos y ser solo nosotros. Tú y yo, ¿qué me dices?

 

Aziraphale está negando esas últimas palabras mientras Crowley las pronuncia. Sus ojos azulados están anegados de lágrimas. Puede ver, puede sentir el mismo miedo propio en él. Sabe que esa batalla está perdida.

 

— Ven conmigo… Al Cielo. Tomaré las riendas y, tú, podrás ser mi segundo al mando. Podemos cambiar las cosas.

— No puedes abandonar la librería.

— Oh, Crowley… Nada es para siempre.

 

[Crack]

Silencio. Crowley retrocede un paso. Su mirada se desenfoca, comienza a ver borroso. El nudo en la garganta se hace más y más pesado, sintiendo como es incapaz de contener las lágrimas. Es la primera vez que llora delante de Aziraphale, pero eso no es lo peor. Si no el hecho de que esas lágrimas las ha provocado él. 

Siente una presión fuerte en su pecho. Tan, tan intensa que el dolor que le embarga le deja sin aliento. Su cabeza ha dejado de pensar y todo su ser lucha por mantenerse en pie, por no derrumbarse.

[Crack. Crack.]

Cachitos de su corazón comienzan a caer. Uno tras otro. Es la primera vez en su infinita existencia que lo abre, que se abre a Aziraphale. Se sincera de una forma que jamás habría imaginado que podría existir en él. En un demonio. Porque los demonios no son capaces de amar.

¿O sí?

 

— No. Supongo que no.

 

Se pone las gafas, por primera vez en años dentro de esa librería. Un lugar que siempre había considerado seguro para poder mostrar sus ojos de serpiente. El mismo donde ahora no lo tiene tan claro. Porque no quiere que le vea llorar. El mundo que estaban construyendo, SU mundo, acaba de agrietarse, de romperse, igual que su entero ser. De repente su pecho se siente pesado, frío, vacío. Allí donde minutos antes latía un órgano lleno de calidez, emoción y esperanza por decirle finalmente lo que sentía ahora no hay nada. Solo dolor. Mucho dolor. Un dolor con el que no sabe cómo lidiar. 

 

— Suerte.

 

Tiene que marcharse. Ya. Ahora. No puede seguir allí.

 

— ¿Cómo que suerte? ¡Crowley! ¡Crowley, vuelve… al Cielo! ¡Trabaja conmigo! ¡Podemos estar juntos! Ser ángeles… ¡Y hacer el bien!

 

No quiere mirarle. No puede mirarle. Cada palabra salida de la boca del ángel es una puñalada a lo más profundo. Le escucha, pero no reconoce sus palabras. Solo entran y salen sin hacer mella en su cabeza. Crowley está roto. Como jamás creyó que lo estaría.

 

— ¡T-Te necesito!

 

Sigue sin mirar a Aziraphale. Solo aguarda en silencio, tratando de ordenar su cabeza, sus ideas. Sabe que el ángel también está llorando, pero no muestra reacción a ello.

 

— Creo que no comprendes lo que te ofrezco.

— Claro que sí. Creo que lo entiendo mucho mejor que tú.

— Pues… entonces todo dicho.

— Escucha… ¿Lo oyes? —Crowley alza un dedo hacia arriba, señalando al cielo.

— Yo no oigo nada.

— Pues por eso. No cantan los ruiseñores.

 

Sus miradas se cruzan. Cada uno perdido en su propia tempestad. Entre lágrimas, rompiendo ese hilo rojo invisible que durante tantos años habían llevado enlazado en sus dedos. Se mantiene, uniendo aun a ambos seres, pero quizá por poco tiempo. Demasiado poco.

 

— Idiota, podríamos haber sido solo nosotros.

 

Crowley se mueve. O lo hace ahora, o se marchará arrepintiéndose cada segundo de su existencia por no haber tenido el valor de hacerlo. Rompe la distancia entre ambos, aferrándose al cuello de la ropa de él con fuerza, con miedo, con desesperación. No le da tiempo a reaccionar, no busca dárselo.

 

Y le besa. 

 

Un beso lleno de miedo, terror, inquietud, desesperación. El último movimiento, su única baza en un intento desesperado de darle la vuelta a los acontecimientos. Tiene todo perdido, absolutamente todo, pero incluso en un ser como él la esperanza se mantiene hasta que ya no queda nada. Siente la cálida y temblorosa mano de Aziraphale en su espalda, nerviosa, dubitativa. No le separa, no le fuerza a hacerlo, pero tampoco reacciona. Ambos mantienen ahogada su respiración en esos eternos (o fugaces) doce segundos, donde ya nada importa. No hay necesidad de palabras, no con un acto como ese.

Crowley se separa. En sus manos, ofreciendo los pocos trocitos que le quedan de corazón. Se los ofrece a un Aziraphale aterrorizado, nervioso, lloroso. Se hace el silencio entre ellos. Es ahora o nunca. Los dos están rotos, pero si en esos doce segundos ha conseguido hacerle recapacitar, pueden sanar sus heridas el uno en el otro.

 

— Yo… Te perdono.

 

El hilo que les une se rompe. 

 

[Crack]

 

Y con este, Crowley arroja lo que le quedaba de corazón al suelo. Ya no hay corazón. Ahora sí que no. Da un largo, largo suspiro, en un intento de apaciguar ese dolor. Ese dolor tan sordo con el que sabe que tendrá que continuar viviendo. Sus caminos, por primera vez en más de seis mil años, se tienen que separar. Y Crowley desconoce si tendrá la valentía de volver a encararle en algún momento. Quizá a partir de ahora sí tengan que ser enemigos.

 

— No hace falta.

 

Y se marcha sin mirar atrás. Abandona la pequeña librería sin echar un último vistazo. No va a rogar, no más de lo que ya ha hecho. Ni suplicar por una causa que está perdida. Saliendo por la puerta, es incapaz de ver como Aziraphale se lleva los dedos a los labios, llorando, acariciando esa zona donde segundos antes se han unido como nunca antes lo habían hecho. 

La puerta se cierra.

 

- - -

 

¿Sabéis algo?

Hubo una vez que un demonio sí tuvo corazón. Solo uno. 

Pero se lo rompió el ser de luz al que más amaba.

Notes:

Me pongo la mano en el corazón y os juro que he llorado muchísimo escribiendo esto. Tanto mientras lo hacía, como cuando tenía que tirar del capítulo original para poder leer y copiar los diálogos. Ver la escena una y otra vez me ha roto, hasta el punto de ser consciente de que me va a costar superar todo esto.

Espero que os haya gustado o, en todo caso, os haya roto en mil pedazos como a mí.

Nos leemos pronto 💔