Work Text:
Sus ojos se cansaron de vagar entre las ilustraciones del libro, los apuntes coloridos de su compañera y los garabatos de su propia agenda que difícilmente lograban entenderse. Fue entonces que las paredes que lo rodeaban parecieron ser más interesante que las hojas a su alrededor. El silencio era interrumpido únicamente por el sonido del viento en la cornisa, siendo acompañado por ocasionales balbuceos de la pelinegra junto a él. No pudo soportarlo más y apoyó el libro con fuerza sobre la mesa. Ganándose una mirada de reproche en respuesta.
—¿Y ahora qué, Taisho? —Siseó.
—Es aburrido.
—Sí. Estudiar es aburrido. Gracias por decirme algo obvio.
—Hablo de que estudiar así —enfatizó, mirando el estrecho departamento—. Es aburrido.
—¿Cómo se supone que debo tomarme esto?
—¿De qué hablas?
—Acabas de insultar mi casa.
—Tu departamento no tiene nada malo... En teoría.
—Oye...
—Solo digo que podríamos ir a un café a estudiar o a una biblioteca si lo prefieres, pero estar en una casa ajena y con tanto silencio me incomoda. No puedo concentrarme.
—No vas a engañarme con tus pretextos, Taisho.
—¿Cuáles pretextos? Es la verdad.
—Solo quieres sacarme de mi casa para llevarme a un café y decir que estamos teniendo una cita —murmuró sin apartar la mirada de su libro.
—Eso no es cier...
—¿Qué? ¿Ahora vas a decirme que me lo estoy inventando? Fuiste tú el que dijo que necesitaba un grupo de estudio y solo tengo tiempo de estudiar en mi casa —el fastidio comenzaba a hacerse evidente en su voz—. Si no querías estudiar en un lugar tan cerrado, silencioso y aburrido, no debiste venir.
Inuyasha guardó silencio, incómodo, e intentó retomar la lectura sin atreverse a retrucar a su compañera. Ambos sabían que ella tenía razón. Había sido demasiado insistente a la hora de querer estudiar con ella, pero es que nadie podría culparlo. La joven tenía las mejores notas en anatomía y su presencia no le era del todo indiferente. ¿Qué mejor manera de aprobar que con Higurashi como profesora? Claro que a ella no pareció hacerle mucha gracia su pedido, pero terminó cediendo después de mucho insistir... Y allí estaban. Ella con los ojos fijos en los libros y cuadernos sobre la mesa, y él... Él no podía dejar de mirarla. Esperaba no ser del todo evidente.
—Apresúrate a leer si no quieres que te eche de mi casa por holgazán.
Bueno... Quizá sí había sido un poco obvio.
Intentó memorizar las distintas arterias y venas, los músculos, su inervación, su irrigación, sus planos y contenidos, pero fue en vano. Si alguien le preguntase dónde se encontraba el fémur, probablemente le tomaría uno o dos segundos responder si se ubicaba en la pierna o en el brazo... Y eso último le preocupaba seriamente.
Tras interminables minutos de ojear desinteresadamente las hojas a su alrededor, cerró el libro que fingía leer y volvió a centrar su atención en la chica frente a él. Misma que seguía tomando anotaciones de quién sabe qué.
—Oye, Higurashi...
—¿Qué?
La pregunta fue tajante, seca. En una advertencia implícita que le decía que, si le seguía haciendo perder el tiempo, realmente lo sacaría de su casa. Inuyasha no se dejó intimidar antes de hablar.
—Ya en serio. ¿Por qué no vamos a estudiar a otro lugar? Uno con más espacio o aire o...
—Ya te lo dije. Porque estamos en mi casa y así estoy bien —su voz firme casi lograba confundirse con molestia. Estaba seguro de que si lo mirase a los ojos, Inuyasha podría saber qué emoción predominaba, pero su vista continuaba fija en las ilustraciones del libro de anatomía—. Si quieres, puedes irte.
—No hablo de eso. Hablo de por qué nunca aceptas ir conmigo a estudiar a otro lugar.
—Porque tú no quieres estudiar, quieres tomar un café y tener una cita. No soy tan tonta.
—¿Entonces por qué nunca aceptas tomar un café conmigo? —Reformuló.
—Porque...
Higurashi bajó el libro por primera vez durante la conversación y lo miró a los ojos con algo que no supo descifrar. ¿Inseguridad? ¿Duda? ¿Acaso era incomodidad? No lo sabía.
—Porque esta carrera es muy importante para mí —respondió al fin.
—Medicina también es importante para mí —contraatacó—. Vengo de una familia de médicos y especialistas. Se espera que sea un gran cirujano desde antes de nacer.
—No hablo de eso. Hablo de que... Quiero ser alguien algún día, ¿sabes?
—¿Y tomar un café conmigo interfiere en eso? —Bromeó, sin esperar la respuesta a continuación.
—Sí.
Aún desde su lugar pudo distinguirlo. Algo en la mirada ocre pareció alterarse. Fue consciente de ello y se sintió obligada a corregirse.
—Tú y cualquier otra persona que intente distraerme de mis proyectos, se vuelve un contratiempo —explicó.
—Todos pueden graduarse teniendo pareja o sin ella —la ofensa colmaba su voz—. Estar soltero no es garantía o impedimento para ello.
—Para mí lo es —reafirmó.
—Tu lógica no tiene sentido.
—Sí la tiene. Tal vez tú no lo entiendas y muchos otros tampoco, pero yo no quiero estudiar solo medicina.
—¿"Solo"?
—No puedo tener una pareja porque priorizaré mis estudios... E incluso cuando estos terminen, quiero seguir estudiando más. Quiero estudiar gastronomía y, en mis ratos libres, periodismo... O psicología. Tal vez en el futuro también pueda estudiar algo relacionado al arte.
—¿Arte?
—Sí. Siempre quise aprender a tocar violín... O el piano. También soy buena escribiendo, aunque debería pulir eso. Además...
—¡¿Y en qué momento piensas trabajar de todo eso?!
—¿Trabajar? —Su mente volvió a la Tierra y sus miradas se conectaron instintivamente— ¿Quién dijo algo de eso? Solo quiero estudiarlo.
—Eso es una pérdida de tiempo.
—Y esa es la razón por la cual no funcionaríamos.
—¿Funcionar?
—Las personas que no entienden mi ambición, ni tienen ambiciones propias, me dicen que lo que pienso es absurdo.
—Lo es.
—Claro que no. Tú puedes ser lo que quieras ser. Nadie tiene derecho a decirte en lo que debes convertirte. Y si quiero ser doctora de día, pianista por las tardes y escritora por las noches, es asunto mío.
—Según tu lógica —comenzó—, no tienes tiempo de tener una relación porque consumiría tu tiempo... ¡¿Pero tienes tiempo de estudiar tres carreras si quieres?!
—Exactamente.
—Estás loca.
—Tal vez. Por eso solo podré estar con alguien que comprenda lo que pienso.
—Para empezar: ¿Por qué quieres estudiar tantas carreras? Medicina ya es muy difícil; y no creo que logres ejercer cinco trabajos en toda tu vida aunque vivieras cien años. No tendrías tiempo.
—Por eso mismo quiero hacerlo. —Ante la expresión de incredulidad de su compañero, se vio obligada a explicarse— Sé que cuando sea mayor no tendré tiempo, ni las energías para instruirme. Así que quiero aprovechar ahora, mientras soy joven y tengo fuerzas, para formarme y satisfacer mi curiosidad. Disfruto estudiar. ¿Nunca quisiste ser algo más de pequeño?
—Mmm... Bombero, supongo.
—¿Y por qué no lo haces?
—Porque es absurdo.
—¿Según quién? ¿Los mismos que te dijeron que debías ser un cirujano exitoso? Taisho, puedes ser bombero, cirujano, profesor. No hay límite para el conocimiento... A menos que tú mismo te limites.
Inuyasha mantuvo fija su mirada en el rostro femenino. Las palabras seguían brotando de sus labios de forma apasionada en un discurso casi metódico que parecía no tener fin y se preguntó si la azabache no querría ser también parte del parlamento porque, para ser sincero, una parte de lo que había dicho le resultó convincente e incluso lógico. ¿En qué momento había dejado de soñar con superhéroes, camiones, bomberos y naves espaciales y había pasado a ser un ratón de biblioteca que asumía su destino sin gracia? No lo sabía, pero esta charla con la azabache podría significar un nuevo hito en su forma de ver la universidad y el mundo laboral.
.
.
.
.
.
Le pareció ver una peculiar cabellera mientras husmeaba entre las estanterías de la biblioteca. Al principio creyó que se trataba de su imaginación, pero cuando una sombra platinada pasó por el rabillo de su ojo no tuvo dudas y se dirigió a la pila de libros que caminaba entre los pasillos. Buscando encontrar un rostro familiar detrás de estos.
—¿Taisho? —Se animó a preguntar— ¿Eres tú?
Tras uno o dos segundos de silencio, los libros se hicieron a un lado y revelaron la mirada ambarina que la azabache llevaba días buscando.
—¿Dónde habías estado? —Indagó— No te vi en el campus esta semana, tampoco en las clases teóricas. Creí que...
Se obligó a interrumpirse al leer la contratapa de uno de los libros de su compañero. Había algunas fotocopias guardadas cuidadosamente dentro de folios, como si de documentos se tratase y no pudo evitar que la curiosidad inundara su rostro.
—¿"Crono... Grama"? ¿"Primer año"? —Su mente comenzaba a hacerse una idea, pero se obligó a hacer contacto visual antes de animarse a preguntar— ¿Qué es todo esto?
—Bueno... Me quedé pensando en lo que me dijiste el otro día en tu casa —admitió— y creo que hizo que me replanteara algunas cosas.
—¿Como tu carrera?
—Sí.
De repente se sintió culpable. Tal vez su discurso motivador había hecho todo lo contrario y había terminado por convencer inconscientemente a su compañero de dejar la carrera. Se llevó por inercia las manos al pecho. Se sentía tan mal, tan miserable. Jamás volvería a opinar sobre los estudios de los demás.
—Lo... Lo siento —musitó. Con tanta aflicción en su voz que casi sintió que no hacía falta decir nada más—. No era mi intención hacer que abandonaras tu carrera. Yo... Yo solo...
—¿De qué hablas? —Interrumpió— No pienso abandonar medicina. ¿Estás loca?
—¿Qué?
—Lo que oíste. No voy a dejar la carrera, por mucho que me gustaría hacerlo a veces —reconoció entre risas y Kagome se permitió respirar un poco más tranquila mientras intentaba procesar la información.
—¿Entonces qué es todo esto? ¿Cronogramas? ¿Documentos? El cronograma que tienes ni siquiera es de nuestra carrera. Es de...
—Ya lo sé. Es del profesorado de gimnasia.
—Bueno, creo que faltar todo este tiempo a clases te atrofio el cerebro —se burló. Casi con camaradería, y Kagome tuvo que forzarse a no sobrepensar en qué momento comenzó a sentirse tan cómoda cerca de Taisho—. La única manera en que eso podría servirte es si estudiaras esa carrera.
—Y es lo que voy a hacer.
Hubo algo en su tono de voz, en su mirada, en su forma de pararse, quizás incluso en su forma de respirar. Como si todo su ser le gritara a voces que por primera vez estaba seguro de algo. Con un objetivo claro en mente, una meta autoimpuesta que no sabía en qué momento había perdido de vista. Solo que ahora se permitiría disfrutar del proceso.
—¿Tú vas a... Ser profesor?
—En la adolescencia fui buen atleta, ¿sabes? —Comenzó, con una tranquilidad casi impropia de él— Constantemente entraba en equipos, competencias y casi siempre estaba volviéndome una especie de rata de gimnasio. Durante dos o tres años soñé con estar metido en el mundo de los deportes, siendo profesor o practicante, pero...
—¿Pero?
—Pero con el tiempo la gente empieza a decirte que hay demasiados profesores, demasiada competencia laboral por un puesto que no siempre es el mejor de todos, ni hablar del salario. En cuanto a ser atleta profesional, te dicen que difícilmente triunfarás. Que deberás competir contra cientos o miles con tu talento, con mejor preparación e, incluso si lo logras, deberías retirarte antes de que tus músculos y articulaciones se dañen demasiado.
—... Entonces decidiste estudiar medicina.
—Bueno, más bien cedí a lo que siempre se esperó de mí. No me quejo. Apruebo algunas materias más fácilmente que otras. No es mi vocación ser doctor, pero tampoco creo que me venga mal... Especialmente ahora que yo mismo podría atender a mis alumnos si se lesionan.
Y ahí estaba de nuevo. Esa seguridad en su tono de voz. Su ambición haciéndose presente con una alegría que hasta ahora le había resultado desconocida. Ansiaba iniciar un nuevo año en la universidad. Con más materias, menos horas de sueño, pero de alguna manera con más esperanza y deleite. Por primera vez, Inuyasha ansiaba el mañana.
—Me hace muy feliz —murmuró, casi por inercia. Sin poder despegar sus ojos de los orbes dorados, deseando internamente que esta charla no terminase nunca—. Me alegra saber que mi bobo discurso sirvió de algo, ¿sabes?
—No fue bobo. Un poco loco, sí, pero no creo que haya sido bobo —elogió.
—Así que por eso estuviste faltando a clases, ¿cierto?
—Oh, sí. Miroku me estuvo pasando sus apuntes y resúmenes estos días. Tengo que ponerme al corriente. No fue nada fácil comenzar a buscar universidades que enseñaran con el nivel que necesitaba. Sin mencionar las fechas de inscripción, papeles, aranceles y eso...
—Oye... —Indagó, más curiosa que antes— Si piensabas estudiar en otra universidad, ¿para qué viniste a la biblioteca del campus?
—Solo quería ver si tenían disponibles los mismos libros de mi cronograma. Así podría ahorrar algo de dinero en fotocopias. Es costoso tener una profesión, así que costear dos al mismo tiempo se excede un poco de mi presupuesto —se quejó, aunque sin verdadera molestia en su voz.
—Ja, sí, lo es. Por eso tengo dos trabajos de medio tiempo entre semana. Eso me ayuda a...
—¡Ah, no! —Interrumpió— No me darás un sermón sobre tener tres trabajos y cuatro carreras al mismo tiempo. Primero déjame procesar esto.
—Si tú lo dices, novato —bromeó.
—¿Novato?
—Sí, pero uno interesante —susurró. Si Inuyasha no se hubiera detenido para apoyar los libros en un estante, tal vez, la habría oído.
—Discutiría contigo, pero estoy agotado —bostezó— y necesito descansar.
Ella lo miró desde su posición. Había estado tan absorta en la conversación que apenas se había dado cuenta de su lamentable apariencia. Su cabello claramente aplastado de un lado por culpa de la almohada, su cara sucia por no haberse lavado y la camisa arrugada le decían que claramente se había levantado de la misma manera en que se había dormido y no se molestó en asearse por falta de tiempo. Kagome conocía ese sentimiento mejor que nadie. Su montañana de ropa sin doblar probablemente seguía esperándola en el departamento y, tras un rápido vistazo al ojidorado, se dio cuenta de que podía seguir esperándola otro par de horas.
Terminó de bostezar por enésima vez mientras era estudiado por la ojicanela cuando sintió un leve tirón de su manga derecha y se obligó a mirarla con curiosidad.
—¿Qué?
—En compensación por tu esfuerzo, te invitaré un café.
—¿Café?
—Sí, necesitas despavilarte. Tal vez el café de la universidad no sea el mejor, pero es mejor que nada.
—Oh... Bueno, déjame ir por dinero y...
—No hay problema —interrumpió—. Yo invito hoy —ofreció con una sonrisa.
No supo si fue por la sorpresa o lo contagioso de su sonrisa, tal vez ambas, pero Inuyasha no pudo evitar devolverle la sonrisa mientras se dejaba guiar por su compañera.
—Creo... Que nunca te había visto sonreír —musitó—. Siempre estás seria.
—Oh, ¿de verdad? —Kagome se tomó un par de segundos para concluir que, de hecho, él tenía razón— No es que sea aguafiestas, solo que el sueño me hace tener cara de póker —bromeó.
—Ya veo...
—Oye, Taisho.
—¿Qué?
—¿Sabes qué me hace sonreír?
—¿Yo?
—No, el nervio facial. Necesitas seguir estudiando anatomía.
—Tonta.
Y sin querer, volvió a sonreír sin dejar de seguirla. Tal vez no había sido mala idea ir a estudiar a su departamento aquel día. Estaba feliz porque Kagome tenía razón... Todos podían ser lo que quisieran ser.
FIN
