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A veces, Roier odiaba tener amigos.
Los amaba, profunda y genuinamente, el siempre estaba de su lado, pero a veces no podía hacer lo que esperaban de él.
Cómo puede creer Mariana que en un día se hace abogado?
Se pasó su mano por el pelo, de alguna manera haciéndolo aún más mechudo que antes. Un agujero en el pecho, un niño, construcciones que hacer y un juicio. ¿No puede relajarse un momentito?
Aunque le cae bien Bobby, a pasar tiempo con los demás y continuar con sus construcciones, se sentía demasiado agotado. Sentía que su piel se le había secado y que su mente lloraba por vaciarse.
Suspirando, se levantó de la cama donde estaba sentado y se fue hacia su armario. Probablemente debería ver si tenía algo formal para ponerse.
Buscando entre toda su ropa, lo único que Roier encuentra son jerséis y camisetas, vaqueros y un chor de baloncesto. Nada lo suficientemente elegante. Pensaría que tenía algo bonito para ponerse en caso de fiesta en la isla, pero empezaba a dudar de sí mismo. Hasta que sus dedos encontraron la tela de una chaqueta.
El color era un negro liso y estaba colgado en un gancho de alambre, por encima de una camisa blanca, y su corbata negra alrededor del cuello.
A Roier se le congeló la sangre.
Sólo se había puesto este traje una vez, la primera y última vez que había sentido esa esperanza en su miserable anito de diecinueve años.
Su mano cayó a su lado, incapaz de separar la mirada del horror que sentía por su nostalgia. De verdad era tan tonto como para haber empacado este traje?
Realmente creo que lo ha superado?
Roier se sentó de nuevo en la cama y dejó caer la cabeza entre las manos. Dios, era patético. Un simple traje y él estalla.
Baja la mirada hacia su mano izquierda y se toca el dedo anular. Le hace falta tener algo en él, no importa si es de mentira. Cada cosa. Cada segundo. Aunque sus caricias nunca fueran suaves y no supiera besar sin los dientes, era caricia, y eso era lo único que importaba.
A su puta madre-
Lo extrañaba. Roier nunca pensó que volvería a decirlo, no con esta nueva vida por delante y oportunidades capaces de hacerle feliz, pero aquí está, desesperado por la falta de sus respuestas enfadadas y brutas, del fuego frío en sus ojos y de su odio apasionado.
Su última propuesta se repite en algún lugar sagrado, oculto en su mente.
Natalan nunca había lucido tan débil. Tan agotado.
Roier se arrodilló frente a él como tantas otras veces, sonriendo como si todo entre ellos estuviera bien, seguro de que todo podría arreglarse si Natalan le aceptara por primera vez.
Él hizo un chiste sobre el helado mientras que el Natalan le rogaba que no lo volviera a hacer. Sus palabras iban acompañadas con las respiraciones de un hombre que se estaba asfixiando. Roier sólo quería ser su pilar.
"Quieres casarte conmigo, Natalan?"
El silencio le mató entonces. Natalan vio cómo el sol se escondía en vez de él, pero cuando volvió a mirar hacia abajo, no había nada en su mirada.
"No."
No había nada en su voz, pero cuando empujó a Roier, supo que estaba enojado. Disgustado. Decepcionado.
Él respondió demasiado rápido para ser normal, buscando su perdón, pero tenía la sensación de que Natalan no se lo daría en un tiempo.
Así que se fue a casa. Qué otra cosa podía hacer?
Se agarró la corbata al entrar a su casa, dispuesto a quitarse la ropa rígida y formal, pero unos toques a la puerta lo detuvieron antes de que pudiera avanzar más.
Cuando abrió la puerta, la persona que menos esperaba encontrar era Natalan. Pensó que el otro iba a empezar a evitarlo de nuevo.
"Nat?"
Un tirón al cuello de su camisa acercó los labios del otro a su oído. "¿Me amas?"
"S-Sí," Roier respondió sin dudarlo. "Por qué crees que debo hacer lo qué debo hacer?"
"Enséñame."
"Qué?" Roier pensó que había oído mal. Desde cuando el Natalan quieres esto? Quiera.. a él?
"Muéstrame que me amas, Ro," lo dice con voz ronca.
Y Roier sintió que le temblaban las rodillas por la desesperación en la voz de Natalan. Tranquilo y calmado, pero a punto de caer en la devastación. Roier no quería nada más que terminar el trabajo.
Recordaba que aquella noche hacía calor. A mediados de julio y con su propio cuerpo caliente, sabía que sudaban a través de la ropa y las sábanas.
Los vecinos les habían escuchado. Eso explicaba las quejas que recibió de Cry a la mañana siguiente, pero por el momento, no le importaba lo ruidosos que eran.
¿Cómo podría cuando sólo estaba concentrado en que Natalan por fin, por los dioses, le necesitaba de nuevo?
Era realmente lamentable lo mucho que se inclinaba donde Natalan tocaba, cómo lloraba a cada palabra suya, insulto o cumplido, cómo el fuego de su estómago se convertía en una fuente de juventud que se plasmaba en sus cuerpos en el momento de la eternidad, tierna en la inexperiencia de ambos.
Roier se quedó sin aire cuando todo terminó, con el pecho y la cabeza ardiendo con su amor.
Natalan estaba demasiado cansado para protestar cuando Roier se recostó a su lado, abrazado a su cintura.
Aún llevaba el traje puesto.
Se lo quitó por la mañana cuando fue a bañarse, y desde entonces se había olvidado de su existencia.
Ahora, estaba de vuelta.
A lo mejor se lo ha imaginado, pero todavía siente el olor del sexo y del perfume de Natalan. En realidad ya no quiere ponérselo. No quiere volver a ser la persona estúpido y solitario que era a los diecinueve años, pero mirando en el resto de su armario, no tiene nada más formal.
Suspira pesadamente, quitándose la camisa.
Esperemos que aún le quede bien después de todos estos años.
