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Shuri no odiaba el gimnasio, pero tampoco era que lo amara mucho, simplemente asistía porque ya se había hecho una rutina. Al inicio era para tener destreza igual que sus amigas deportistas Okoye, Aneka y Ayo, pero después descubrió otros beneficios: fuerza, salud, vanidad, liberar estrés. En fin, todos esos eran los motivos suficientes para que designase una cantidad de su sueldo de recién egresada para pagar la mensualidad.
Y tal vez por esa neutralidad no convivía mucho con sus compañeros más allá del saludo de cortesía. En los gimnasios siempre habla grupitos; los músculos, las influencers, los amigos que sólo iban a platicar, y los pervertidos. Sin embargo, nunca se sintió cómoda con ninguno de ellos, ya que sentía que, si bien podía entablar una conversación básica, no tendría mucho tema para platicar después de gastarse los temas deportivos y la verdad no tenía mucho ánimo de platicar su historia sobre como quedaron huérfanos ella y su hermano a una edad temprana.
En fin, era por eso que siempre buscaba horarios a los que ir donde no estuviera mucha gente, así se sentía más cómoda, no se sentía observada, y lo mejor, los coach podían poner más atención a su rutina.
Después de varios intentos descubrió que el mejor horario era por la tarde después de la oficina, no por la mañana donde sentía que se desmayaría si iba en ayuno, y tampoco por la noche donde todos los asalariados tenían más tiempo libre. Además, en el gimnasio al que iba, por las tardes daban clases de gimnasia olímpica para niños y niñas, así que mucha gente tampoco prefería ir porque la atención iba dirigida hacia los infantes y no hacia ellos.
A ella no le importaba mucho, siempre había dos instructores, por lo que se daban el espacio para poder atenderla como debía.
Con el paso de los días ya acomodada en su nuevo horario, comenzó a permitirse ver a las niñas gimnastas. Todas rondabas entre 4 y 6 años, y a pesar de ser pequeñas, hacían piruetas que Shuri sabía, necesitaría bastante fuerza para poder recrearlas si es que se le ocurría hacerlas. Aun así, le divertía como jugaban entre ellas y se peleaban por la atención de su entrenador cada vez que les cedían el descanso.
Un día, vio como Namor, el instructor más atractivo y el que era el encargado de la clase de ellas, se quejaba que le dolían las piernas y se sentó en el suelo. Lo que ocasionó que una niña inmediatamente fuese a su lado y lo abrazase para consolarlo mientras intentaba darle un masaje en la espalda.
Se rio, esa infanta, que si mal no recordaba se hacía llamar a sí misma Namora, y era la mayor de todas, era quien más lo seguía.
“Le gusta” Dijo para sus adentros llena de ternura por ver como desde pequeña, esa niña ya se sentía atraída por alguien del sexo opuesto.
Por su parte, Shuri prefería evitar a Namor lo más que pudiese. No le caía mal, de hecho, lo conocía de vista porque era primo del novio de su amiga Okoye, y por lo que había visto, parecía buena persona. Sin embargo nunca entablaron conversación en ningún momento, y Namor en el gimnasio tenía fama de ser quien ponían los ejercicios más pesados de todos.
“No gracias” Concluyó la chica cuando intentó hacer una de sus rutinas. Ella era fuerte y resistente, sin embargo, cuando él notó su gran habilidad con las máquinas le aumentó la dificultad de los ejercicios y terminó tan adolorida que tuvo que tomar medicamento desinflamatorio para poder estar de buen humor y caminar bien.
En fin, Namor, al igual que la gimnasia olímpica que impartía, era algo que ella disfrutaba observándolo a lo lejos. Aunque a veces él la captaba mirando la clase y se acercaba para ponerle una nueva serie de ejercicios para que no estuviese holgazaneando.
“Sádico” Pensaba ella cuando no tenía más opción que obedecerle “Es un sádico y un masoquista. ¿Por qué pone y hace ejercicios tan pesados? Yo me quiero mucho y no me lastimaría a propósito como él y su gusto por el dolor” Se quejaba mentalmente.
Un día normal, cuando por alguna razón decidió ir al baño, se encontró con Namora y otra niña más pequeña, Riri, cuchicheando entre ellas.
—No lo hagas, está mal. —Decía Riri preocupada. —Nos van a regañar si alguien se entera.
—Nadie se va a dar cuenta — Le contestaba Namora. —Tú sólo debes de ponerle esto en su mochila mientras yo lo distraigo y listo.
Shuri no entendió porque no pensaban que ella era “alguien”.
—Pero no está bien —Volvió a decir Riri tímida —Es pecado. Y yo no me quiero ir al infierno.
Eso si llamó la atención de Shuri, era hasta cierto punto normal que a los niños les inculcaran religión y el temor de Dios en cualquiera de sus manifestaciones. Pero los niños eran niños y usualmente hacían travesuras y mentían para salirse con la suya, así que no se imaginó que era lo que podría poner a Riri tan nerviosa.
—No es pecado porque apareció en una revista que lee mi mamá. Y si mi mamá lo lee no es malo. —Le aseguró Namora mientras le entregaba un papel arrugado, pero en ese punto parecía que Riri sólo quería llorar.
—Pero el profesor Ross dice que no hagamos nada malo si no queremos hacerlo.
Namora seguía presionando a Riri ignorando sus quejas y Shuri no lo toleró más.
—¿Qué tienes ahí? —Preguntó con voz firme. Y Riri se escondió rápidamente detrás de Namora, que se sonrojó al verse descubierta.
—Nada. —Respondió rápidamente mientras escondía el papel detrás de sí. Aunque como tenía a Riri detrás, tardó en hacerlo y Shuri puso su vista en él.
—¿Qué es eso?
—Nada.—Volvió a decir la niña.
—Vi un papel. Enséñamelo. —Namora estaba totalmente roja.
—No. Si te lo enseño, no tendrá efecto.
—Si no me lo enseñas le diré a Namor y él se molestará contigo por ocultarnos cosas —Amenazó Shuri, sabiendo la importancia que tenía el entrenador con ella.
La amenaza resultó bastante efectiva, porque a la niña se le llenaron los ojos de lágrimas mientras le tendía el papel.
Cuando Shuri lo abrió, se sorprendió. Por un momento pensó que ese papel era alguna travesura tipo una carta de amor, un dibujo o un chisme, sin embargo, el papel estaba arrugado porque tenía azúcar mezclado con lo que parecía ser canela, y dentro tenía varias frases escritas irregularmente, pero se podían leer como su fuesen un hechizo.
¿Acaso esa pequeña niña pensaba embrujar a su instructor?
—¿Niñas? —Se escuchó la voz desde fuera. —¿Siguen aquí? —Todas voltearon hacia el origen de la voz, que obvio, no podía ser otra que la del mismísimo Namor.
Namora fue la más rápida de todas y salió corriendo directo hacía él mientras comenzaba a llorar.
—¡Profe, profe! —Dijo con su voz entrecortada mientras Riri y Shuri salían detrás de ella. Namor por inercia se agachó hacia Namora y ella se colgó de sus brazos para abrazarlo —¡Descubrimos que la señora lo que quería embrujar!
Shuri se detuvo de lleno cuando escuchó aquello. No supo que era peor, si le acababan de decir señora cuando ella aún era bastante joven, o que la estaban incriminando de algo que no comentó.
—En su mano tiene un papel que planeaba poner en su mochila para que se enamorara de ella. Pero Riri y yo la detuvimos de su malvado plan ¡Ella no va a ir al cielo! —Gritó la niña, y Shuri casi por inercia también iba a esconder el papel detrás suyo.
—No, yo… —Comenzó a intentar explicarse.
—Lo que estás diciendo es algo muy serio —Le contestó Namor sin siquiera mirar a Shuri. En su lugar se enfocó en Namora, mientras se ponía de pie y aun la sostenía en sus brazos —Yo me encargaré de eso, no te preocupes, gracias por salvarme.
La niña se abrazó mucho más fuerte con él aun sollozando, y Namor simplemente comenzó a tranquilizarla mientras le indicaba a Riri con gestos que los acompañara de nuevo a su lugar de entrenamiento.
Shuri entonces se quedó de pie afuera del baño, con un papel que pedía que Namor se enamorara de su creadora, sin saber que hacer.
…
—Así que… me ibas a embrujar.
Shuri casi soltó la barra con la que se estaba ejercitando cuando escuchó aquella voz detrás suya.
—¿Ella no te contó la verdad? —Preguntó mientras se acomodaba para mirarlo. Era raro que ellos hablaran de otras cosas que no fuera ejercicio.
—Riri sí, pero Namora sigue empeñada con que eres una mala mujer con intenciones perversas.
—¿Quieres ver el papel? —Preguntó Shuri, que había optado por guardarlo en el casillero donde tenía sus pertenencias.
—No será necesario. —Contestó Namor con una sonrisa, al parecer a él también le divertía la escena. —Hace unos días me arrancó un mechón de cabello, creo suponer para que lo quería.
Ella abrió la boca sin poder creérselo.
—Tienes que hablar con su mamá. —Señaló después de unos segundos.
Él volvió a reír.
—Ya lo hice y Namora no entiende. No nos hace caso a ninguno de los dos.
—Pero debes de hacer algo, no puedes permitir que una niña te acose de esa forma. —Shuri se seguía sorprendiendo, su coach era bastante serio, pero al parecer era bastante complaciente con los niños. Qué raro, siempre creyó que era de los que se desesperaban con cualquier mínimo detalle.
—Y lo haré, aunque para eso necesito tu ayuda.
—¿Mía? —Preguntó confundida —¿En qué te puedo ayudar?
Namor cambió su sonrisa tranquila a una más maniaca, sí, esa era la sonrisa que Shuri conocía y esperaba.
—La brujería de Namora es sólo una travesura, pero nadie dice que nosotros tampoco podamos jugar.
Shuri lo analizó por un momento y no supo a donde quería llegar.
—¿Entonces?
—Entonces te propongo fingir ser pareja cuando ella nos esté viendo. Será divertido verla desilusionarse al ver que su brujería si funcionó, pero con otra chica, y estoy seguro de que se arrepentirá de todo lo que me hizo y lo que planeaba hacerme. Será una buena lección para ella.
Shuri se mordió los labios, no sabía si divertirse o preocuparse, la mente de Namor también era la de un niño pequeño.
Comenzó a analizar la propuesta, sólo sería en el gimnasio, poca gente los vería y lo peor que pudiese pasar sería ver algún otro tipo de brujería hacía ella.
—De acuerdo —Respondió, no era inmadura, pero apoyaba que debía de darle una lección a la niña, ese momento bochornoso cuando la acusó se le quedaría en la mente toda la vida, y quien sabe que hubiese pasado si Namor no actuó como lo hizo. —Seremos novio enfrente de ella.
“Su novio” le dedicó una mirada cómplice.
—¿Novios de travesuras? —Preguntó mientras le tendía la mano en señal de cerrar su trato.
—Novios de travesuras —Confirmó ella cuando le regresó el gesto.
Ambos sonrieron, de alguna forma, eso sonaba divertido.
