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Intención única

Summary:

–No tengo segundas intenciones.

–¡No te creo! Nunca haces nada porque sí, todo lo que haces tiene una razón...

—No tengo segundas intenciones. Lo que quiero de ti ya lo tengo.

–¿Qué?

—Kaveh –Alhacén dijo–, tan solo te quiero a ti.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

Cuando llegaron a su hogar, Alhacén no tuvo la oportunidad de ver qué le había traído de comer su compañero: con tan solo cruzar el umbral de la puerta, el otro hombre se avalanzó sobre él con paso torpe. Sintió los brazos ajenos rodearlo, los dedos, temblorosos, se hundieron en los huecos de su capa y se aferraron a él como si se trataran de anclas. El escriba, al principio, se quedó paralizado, todo su cuerpo congelado por la sorpresa. Kaveh se negó a devolverle la mirada, el rostro oculto en su hombro, así que Alhacén se limitó a observar lo ópaco que se veía el dorado de su pelo bajo la mala iluminación. Luego de unos segundos, soltó: 

—Vaya, ¿quién diría que la luz de la Escuela de Tecnologia guardaría tanta efusividad para alguien como yo? 

—Eres insoportable –escupió Kaveh entre dientes, la cabeza hundida en el cuello del otro. Su respiración se sintió como una espina en la piel de Alhacén, punzante y cálida. 

Una ligera sonrisa se asomó por los labios del escriba, quién se limitó a pasear los dedos por los mechones del contrario, volviendo el abrazo tembloroso en un gesto más firme. El arquitecto lucía como una tormenta entre sus brazos. La sombra de la irritación oscurecía la gentileza que solía haber en sus facciones y aún así, bajo la mirada de Alhacén, el hombre lucía impecable. La rabia de Kaveh quemaba tanto como la suavidad del sol en invierno. 

—A veces me pregunto si reconoces el peligro de llamar así al dueño del techo bajo el que te cobijas —dijo Alhacén, las palabras resonaron en su lengua con un tono monótono. 

Kaveh se tensó entre sus brazos y el silencio, de golpe, se tornó en un amalgama de ruido sin palabras. El escriba apretó los labios y miró a los ojos del otro, el rojo en ellos centellando con una emoción que no podía acabar de identificar. Movió el pulgar solo para delinearle las pestañas, con el repentino temor de que alguna lágrima empezara a asomarse. Kaveh, como respuesta, cerró los ojos y apretó los párpados tan fuerte como era posible para luego voltear el rostro. Aún así, no se separó del abrazo. Sus brazos se deslizaron de la capa a la cintura del escriba, y se anclaron allí con un agarre férreo, casi desesperado. 

—Me mudaré –dijo. La voz le salió ronca, como si tuviera algo atorado en el pecho—, me mudaré pronto, solo tengo que reunir el dinero y... 

—...No te apresures. 

El abrazo perdió fuerza cuando Alhacén dijo esas palabras. Kaveh volvió a enfrentarlo, con el ceño fruncido y la confusión bailándole por el rostro, transparente como el agua. El escriba bebió con ávidez de la claridad de sus expresiones. 

—No recuerdo haberte pedido que te vayas —dijo–, ¿por qué las prisas? 

—Empaqueté todo. Pensé que si llegaba a ganar la competición... 

—Podrías mudarte. Lo sé. Y aún así, dime, ¿por qué las prisas? 

Kaveh se separó y se cruzó de brazos. Apesar de la rígidez de sus movimientos, su mirada le faltaba ímpetu, débil como la voluntad de una pluma sometida bajo el vaivén del viento. 

—¿Por qué, dices? ¿No es obvio? 

—A diferencia de ti, no tengo la mala tendencia de leer entre líneas cosas que no existen. 

El arquitecto soltó un bufido. 

—Es imposible hablar contigo —balbuceó. Luego siguió, con tono más firme: –El desdén que nos tenemos es mutuo, Alhacén, y, por supuesto, sería una humillación para mí que la gente se diese cuenta de este, ejem, arreglo. Ya lo sabes, es obvio, cualquiera podría verlo. 

Alhacén descansó una mano en el codo contrario y tiró con suavidad. Se inclinó un poco hacia Kaveh, logrando hacer que sus frentes casi se juntasen. 

—El desdén que tenemos es mutuo —repitió el escriba, saboreando cada sílaba. 

—Lo es. Apenas te soporto, y tú apenas me soportas. 

El escriba entrecerró los ojos en un gesto reflexivo 

—No me soportas y siempre que comes fuera traes un poco para mí. No me soportas y me arrastras a las cenas con tus amigos... 

—¡Hey! –protestó, las palabras ásperas—. Tignari y Cyno... ellos son también tus amigos. 

–No me soportas y cuando te sientes triste y abatido no se te ocurre otra cosa que apoyarte en mí. 

—Eso —Su voz sonaba cada vez más turbulenta— no tiene nada que ver. 

—Puedes creer lo que te plazca –Alhacén dijo con brusquedad–. Sin embargo, no creo que sea muy agraciado de parte de un académico como tú negar una realidad tan obvia. 

Kaveh no le respondió. Con paso apresurado, parecía querer huir y encerrarse en su habitación, pero antes de que pudiera desaparecer de su vista, el escriba lo sujetó del hombro. Su compañero se encogió ante el contacto, como un caracol escondiéndose bajo su cáscara. 

—¿A qué le tienes miedo?

La voz le salió ruda, punzante como una daga, pero sus ojos no lucían acusadores, no tenían la rabia ardiente que a veces llameaba en la mirada de ambos al discutir. Kaveh se soltó con un movimiento brusco y se frotó los hombros, sin atreverse a alzar la cabeza. 

Se hundieron en un silencio denso. Alhacén observó la espalda del otro hombre, el cuál permanecía cabizbajo, su respiración dificultosa. Entonces, el rubio se atrevió mirarlo otra vez, el contorno de una lágrima paseandose por sus ojos amplios. 

—¿A qué le tengo miedo? ¡A ti, a ti te tengo miedo! A tus... —Alzó un dedo, el pulso inestable haciendo que las manos le temblasen— ...intenciones. Tú nunca has sido así, así de amable, así de suave, no sin ninguna razón... Dime, ¿qué quieres, eh? ¿Qué quieres de mí? Ya no tengo nada más que dar. 

El escriba se apoyó en el arquitecto. El afecto no le salía con la misma naturalidad en la que algunos parecían danzar entre abrazos, estrechones de manos y besos en la mejilla, y eso pareció relucir en lo artifical que se sintió su movimiento. 

–No tengo segundas intenciones. 

–¡No te creo! Nunca haces nada porque sí, todo lo que haces tiene una razón... 

—No tengo segundas intenciones. Lo que quiero de ti ya lo tengo. 

–¿Qué? 

—Kaveh –Alhacén dijo–, tan solo te quiero a ti. 

Kaveh enmudeció, cada una de las facción de su rostro congelándose. La boca se le abrió y por unos segundos fue incapaz de soltar cualquier palabra. 

—No, eso no es cierto —acabó por decir. 

Alhacén lo agarró de los brazos y le murmuró en el oído: 

–Kaveh, mírame. 

—No –La voz del rubio se rompió y empezó a forcejear. El escriba suspiró y dejó que el otro se escabullera de su agarre. Contempló como el hombre tropezaba y acababa por apoyarse en uno de los divanes, las lágrimas empezando a humedecerle las mejillas–, no te creo. Tú no me quieres. 

—Kaveh –Alhacén repitió como si el nombre del arquitecto fuera una melodía estancada en sus labios–, Kaveh, te quiero. 

—¡No mientas! Me desprecias... 

—¿...Dejaría a alguien que desprecio vivir conmigo? ¿Dejaría que atormentase mi sueño con sus desvelaciones nocturnas?  ¿Dejaría que me arrastrara a sitios? ¿Dejaría que me riñese por pasar demasiado tiempo leyendo o desperdiciaría mi tiempo yendo detrás suyo para que no siguiera alimentando sus tendencias autodestructivas? Cuéntame, Kaveh, dímelo tú mismo: eres un genio, al fin y al cabo, así que no debería costarte sacar conclusiones. ¿Haría eso con alguien que desprecio? ¿Haría eso con una persona cualquiera? 

El arquitecto tragó saliva y apretó una mano contra su frente. No parecía querer contestar. A Alhacén le picaban los dedos: quería alargarlos y tocarle la mejilla, quería delinear el trazo de húmedad bajo sus pestañas para luego borrarlo con una caricia, quería apartarle la mano de su propio rostro, besarle el dorso y decirle "No llores, no llores, no llores: no sabes a qué clase de tortura me sometes al verte llorar". Sin embargo, sabía que no podía aliviar esa picazón, sabía que Kaveh, en ese momento, no soportaría ese tipo de contacto y se derrumbaría como un castillo de naipes con el mínimo toque que le proporcionara. 

—No lo harías –Kaveh cedió con la garganta seca, como recubierta de lija—. No sé porque dije eso. Sé que sientes... cierto aprecio por mí. Era obvio. Es obvio. Pero aún así... 

Alhacén murmulla: 

—¿Aún así? 

—Piensas que mis ideales son rídiculos. 

El escriba miró sin entender al arquitecto. Kaveh ni siquiera le dirigió una mirada, encorbado sobre el divan. 

—Piensas que soy demasiado sensible y... 

—Eres demasiado sensible —cortó el hombre y se atrevió a acercarse. Kaveh se irguió en un arrebato de energía, enfrentándolo con sus ojos encendidos de nuevo. 

—De eso hablo. Odias cuando trasnocho por mis proyectos. Odias el ruido, hablo demasiado para tu gusto y... 

—Lo haces –dijo el escriba con un asomo de sonrisa en los labios. Al rubio no pareció hacerle gracia, porque más lágrimas le temblaron por sus pestañas  largas. 

—¡Y me tratas como si fuera un niño testarudo cuando defiendo mis ideales y actuo acorde a ellos! Eres un egoísta que mira con indiferencia el dolor ajeno y... 

—¿Alguna vez he mirado con indiferencia tu dolor? 

Ante tal pregunta, Kaveh se quedó paralizado, con la boca abierta, sin palabras. Se miraron el uno al otro, palpando con sus miradas cada rinconcito de sus pensamientos. Luego de un silencio, Kaveh se atrevió a responder: 

—No se trata de mí. 

—No, nunca se trata de ti —dijo con dureza Alhacén, pero intentó suavizar el tono al ver como el otro hombre apretaba las manos contra sus propias rodillas—. Sin embargo, ahora no estamos discutiendo sobre nuestros ideales ni discrepancias. 

—Si no es sobre eso, ¿entonces sobre qué? Dime, ¿de qué más podemos hablar...? 

El escriba, al oír esas palabras, sintió una llama quemarle la garganta. Sujetó el hombro de Kaveh quizás con demasiada brusquedad, porque sintió como el contrario se sobresaltaba bajo su agarre. 

—Sobre tu tendencia a huir cada vez que sientes que algo traspasa una de tus barreras, por ejemplo. O sobre la manía que tienes de esconderte bajo capas y capas de ilusiones y el miedo paralizador que te golpea cuando entreven algo de ti que va más allá de lo que deseas hacerles ver... 

Cada letra que pronunció pareció un escupitajo de lava. Kaveh se retorció bajo sus dedos, una expresión adolorida en sus ojos. 

—O quizás eso solo te suceda conmigo, porque con otra gente pareces más cómodo. Dime, Kaveh, ¿a caso yo soy el problema? 

El silencio se alargó más de la cuenta. Alhacén apartó la mano como si le doliera y se alejó, a punto de darse media vuelta y irse. Un hastío inmenso le pesaba en los hombros, en el pecho, y sentía que ya no podía aguantar más la tensión apisonadora que infestaba el aire de esa habitación. 

—No te vayas —le interrumpió el arquitecto, la voz sonaba desnuda, vulnerable–, no te vayas, por favor. Yo también te quiero. 

Y estampó contra su espalda el mismo tipo de abrazo tembloroso que Kaveh le dio al segundo de llegar a casa . Las palabras le salieron como si las hubiera acumulado en la boca durante horas y ahora fluyeran a borbotones: 

—Tan solo estoy aterrado. De la vida, de mis circunstancias, de ti y... de esta cosa que tenemos. Soy un cobarde, un desastre terrible y no sé, no sé qué hacer con nada de esto. Pero te quiero. 

—No eres un desastre. 

—Lo soy... 

Alhacén le acarició las mejillas llenas de lágrimas y las besó. 

—No lo eres. Kaveh, mírame. Te quiero. Te quiero porque encuentro tus ideales profundamente rídiculos y porque los admiro con profundidad, te quiero porque eres ruidoso y apesar de no soportar el ruido me haces valorarlo, te quiero porque me haces comprender cosas que nunca comprendería si no fuera por ti. Te quiero, ¿me oyes? 

—Me quieres —susurró Kaveh. Alhacén le besó la boca y pudo saborear la sal de sus lágrimas incluso en la comisura de sus labios. 

—Aunque te mates a trabajar por gente que no merece la pena, aunque te estafen hasta dejarte sin ningún mora, aunque seas capaz de echarte a perder a ti mismo por perseguir sueños sin forma no te dejaré de querer. Y apesar de que me moleste, me hace quererte aún más.  

Y él lloraba como una magdalena, dulce, triste, Alhacén lo apretaba contra su pecho como si quisiera hacerlo uno con su corazón. 

–Alhacén, yo también te quiero, te quise, te querré... Apesar de que a veces parezca que tengas un palo metido por el culo. Aunque el mundo te deteste. 

El escriba rió.

Notes:

mi especialidad es ser un cursi de mierda y este par son las pobres víctimas en las que me proyecto. gracias por tanto perdón por tan poco kaveh y alhaitham