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¿Crees en las hadas?

Summary:

Se conocieron en invierno, vieron pasar la primavera juntos mientras crecían, sus caminos se separaron aquel verano lleno de magia, pero el invierno, se encargó de reunirlos una vez más sin que notaran que el otoño terminaba. HitsuRuki.

Una historia sobre como incluso en invierno se puede florecer, Tōshirō y Rukia lo descubrirán en esta historia inspirada en la canción "Snow Fairy" de FUNKIST.

One-shot y songfic

Work Text:

 




    Era invierno, una capa de nieve cubría gran parte de las calles de la ciudad de Karakura.

     Ese día particular de invierno se encontraba jugando en la nieve una pequeña de no más de seis años de edad, haciendo pequeños muñecos de nieve con formas un tanto curiosas a ojos racionales.

     Pero no eran desconocidas ni extrañas para un niño de su misma edad que la encontró a ella y a sus muñecos, estaban en la parte trasera de los juegos para escalar, aislada en su propio mundo, tarareando una canción mientras seguía creando más de esos seres de nieve.

     —Yo conozco la canción.

     Exclamo con infantil voz sorprendiendo a la niña que lo vio con algo de desconfianza antes de preguntarle:

     —¿De verdad?

     —¿Te gusta mucho?

     Ella le sonrió y él le devolvió el gesto.

     —Sí, me gusta mucho esa canción.

     —Esas son hadas, ¿verdad? —Señalo con su pequeña mano enguantada los muñecos.

     La pequeña respondió con entusiasmo de forma positiva, le alegraba saber que alguien más lo hubiese notado.

     —Sí, ¿te gustan?

     —También los dragones, buscaba un lugar para dibujar más.

     —¿Dibujar?

     —No sé hacer muñecos como tú, por eso, dibujo —Le mostró una pequeña rama que había estado usando para dibujar en la nieve.

     Sus palabras llenaron de curiosidad a la niña.

     —Puedo enseñártelo, está por haya —Le señalo un lugar cerca de los columpios que tenía un gran arbusto cerca.

     Ambos se acercaron al lugar y la pequeña de inmediato reconoció el gran dibujo de un dragón, pero una duda llego a su mente casi tan pronto como lo vio.

     —Está solo.

     El niño la vio y no supo qué responderle.

     Ella tomó una pequeña rama del arbusto y comenzó a dibujar algo pequeño cerca del dragón, cuando termino ahora era el niño quien tenía mucha curiosidad.

     —¿Por qué un hada? Podría comérsela.

     —Las hadas son muy fuertes —Sonrió antes de continuar—; No importa si intenta comérsela, es más pequeña y rápida, podrán ser mejores amigos.

     —¿Por qué tiene cola?

     —No lo sé, podrían tenerla y así se parecería más al dragón.

     Su lógica hizo reflexionar un poco al niño que luego de unos segundos se apresuró a dibujar algo más en el dragón con la rama que aún tenía en sus manos.

     —Ahora se parecen más.

     El pequeño había dibujado un par de alas al dragón, así no solo tendría cola igual que el hada, también podría volar como ella.

     Los niños se sentían muy bien estando juntos, estaban a punto de volver donde la pequeña se encontraba minutos atrás hasta que escucharon una voz masculina llamar en su dirección.

     —Rukia, te pedí que no te alejaras de nosotros —Detrás del hombre venía una mujer que sin duda era la madre de la niña.

     —Lo siento, papá.

     Se disculpó con su padre algo apenada por haberlo desobedecido, solo para escuchar segundos después como una voz ahora femenina llamaba en su misma dirección.

     Los dos adultos y el par de niños regresaron a ver al lugar desde donde se acercaba la voz, casi de inmediato una mujer más ya estaba a con ellos.

     —¡Tōshirō! Me tenías preocupada, te dije que te quedarás dónde pudiera verte.

     —Pero, quería dibujar un hada para mi amiga.

     Tras escuchar esas palabras, los tres adultos exclamaron a la vez:

     —¿Amiga?

     En ese momento los adultos recapacitaron en la presencia del infante contrario.

     —Disculpen mis modales, mi nombre es Suì Urahara y él es mi hijo, Tōshirō —se presentó y a su hijo.

     La madre de Rukia fue la que respondió el saludo.

     —Discúlpenos a nosotros, mi nombre es Hisana Kuchiki, él es mi esposo Byakuya y nuestra hija, Rukia.

     —Mi hijo no suele llevarse bien con otros niños tan pronto, me alegra saber que se lleve tan bien con su hija.

     —Podemos decir lo mismo.

     —Rukia suele ser muy independiente, es bueno saber que el pequeño Tōshirō se lleve tan bien con ella —añadió Hisana a lo dicho por su esposo.

     —Saben, la tienda de mi esposo está cerca de aquí, podrían quedarse a comer algo para que los niños puedan jugar un poco más estando ahí.

     —No queremos ser una molestia —Byakuya intentó negarse.

     —Descuide, no lo serán, solo quiero tener un gesto con la nueva amiga de mi hijo y su familia —Lo contradijo Suì.

     A partir de ese día, ambas familias comenzaron a reunirse con regularidad para alegría de sus hijos.

     Suì y Byakuya se entendieron bastante bien pese a ser tan serios, podían pasar horas enteras sin decir palabra alguna, solo escuchando a sus respectivas parejas, apreciando el silencio o viendo a sus hijos, sintiéndose orgullosos de ellos.

     De la misma manera, Hisana y Kisuke; padre de Tōshirō , se entendieron a la perfección, disfrutaban mucho conversar de temas triviales, comiendo los dulces que sus parejas dejaban en la ceremonia del té, y disfrutando de que sus familias se llevasen tan bien.

     Los padres de ambos estaban más que felices de que fueran amigos, pues una preocupación en común, era lo difícil que era para los dos hacer amigos, sin mencionar el hecho de que llevaban varios años de amistad y sin duda todo apuntaba que seguirán siendo cercanos por mucho tiempo.

     Los mayores tomaron la decisión, en conjunto, de ingresarlos a la misma escuela secundaria, los que en ese entonces ya eran preadolescentes de doce años, no tuvieron ninguna objeción al respecto.

     —¡Necesito que me ayudes!

     —Solo estudia más y no leas tantos mangas.

     —Tú también te la pasas leyendo mangas —recrimino ella.

     —Y hago mi tarea.

     Él sonrió sintiéndose el vencedor de esa discusión que solían tener al principio de cada año.

     Era primavera y los estudiantes apenas comenzaban su nuevo año escolar, gracias a que iban a la mía secundaria, Rukia y Tōshirō podían ir juntos en las mañanas.

     —No me concentro yo sola, me aburro muy rápido.

     —Puedes comprar mi almuerzo para que lo haga.

     Rukia lo vio incrédula, ¡se estaba aprovechando de ella! Pensó indignada.

     —¿De verdad me lo cobrarías en vez de hacerlo como un favor?

     —Es lo menos que puedes hacer —Comenzó a correr tan rápido como pudo, pues había enfurecido por error a la chica.

     Apenas un par de minutos de carrera después, bajaron el ritmo y comenzaron a reír a la par, mientras admiraban las hermosas flores de cerezo en los árboles.

     Desde que se conocieron, su relación solo ha ido mejorando, comparten algunos de sus intereses y disfrutan apoyando al otro en aquellos que no comparten.

     —La primavera es hermosa, pero la nieve en invierno me gusta más —comento ella mientras atrapaba en sus manos un pequeño pétalo de cerezo.

     —No siempre puede ser invierno.

     —Ojalá fuera así.

     Tōshirō la miro dispuesto a continuar el tema, pero se quedó mirándola, como la suave brisa movía sus negros cabellos y lo linda que era su sonrisa.

     Cuando se dio cuenta de lo que estaba pensando, el rubio dirigió de inmediato su vista al frente y coloco su mano derecha sobre su frente tratando de no pensar más en eso.

     Rukia regreso a verlo cuando sintió el cambio en su actitud.

     —¿Te sientes bien?, estás actuando algo raro.

     —Si siempre fuera invierno, no podríamos apreciarlo.

     Intento distraerla para ocultar su rostro avergonzado.

     Para fortuna del rubio platinado, justo cuando ella iba a preguntar de nuevo por su estado, un grito que venía de detrás de ellos la interrumpió.

     —¡A un lado!

     Ni siquiera pudieron regresar a ver cuando paso en medio de ellos a toda velocidad el dueño de la voz; era un estudiante como ellos, con un peculiar cabello naranja.

     —¡Lo siento mucho! ¡Voy tarde!

     Al escuchar lo último, el par entro en pánico, Tōshirō reviso su reloj y luego se lo mostró a Rukia, tenían diez minutos para llegar a clases.

     Comenzaron a correr para poder evitar un probable castigo, Rukia reía de la situación, de no ser por ese niño con pelo de zanahoria, seguro habrían llegado tarde.

     Tōshirō, en cambio, quería que la tierra se lo tragase, ¿desde cuándo la risa de Rukia era tan dulce?, ¿ella siempre olió tan bien?, su mente estaba confusa, estaba seguro de que ese día sería bastante largo.

     Nunca el sonido que anunciaba el fin de clases fue tan apreciado por Tōshirō antes, quería llegar a su casa y encerrarse hasta que esos pensamientos abandonaran su mente.

     —Tōshirō, ¿qué esperas? Vámonos —Lo llamo Rukia, pues se había quedado atrás.

     —También conoces el camino, no tengo que ir adelante —Aún no podía hablarle sin sentirse nervioso.

     —Estás muy raro hoy.

     —Es tu imaginación.

     La de ojos violetas lo observo unos segundos convencida de que él le ocultaba algo, pero decidió darle su espacio y no interrogarlo más, decidió cambiar el tema.

     —Tōshirō... —El de ojos verdes la vio intrigado—. ¿Crees que existan las hadas?

     —...

     No se esperaba esa pregunta en ese momento, la vio a los ojos y luego al cielo.

     —Tal vez solo se esconden.

     —Me gustaría conocer una alguna vez.

     Y solo con esa pregunta, Rukia había logrado tranquilizar al adolescente sin saberlo, Tōshirō se sentía más ligero y logro caminar junto a ella sin que sus pensamientos lo abrumaran.

     No volvió a pensar en nada de lo que lo mantuvo inquieto ese día por el resto del instituto, al menos, no de forma consciente, pues cada vez que esos pensamientos volvían los tomaba como algo normal.

     El tiempo pasaba tan rápido, que sin darse cuenta ya estaban en los últimos días de sus vacaciones de verano de su último año de instituto medio, pronto entrarían al instituto superior y comenzarían una nueva etapa, juntos.

     —No sé qué habría hecho sin ti para ayudarme en el primer año.

     —Seguro reprobar y que tu papá te cambiara de escuela para que te aplicaras.

     —No tienes que decirlo —Un escalofrío recorrió su espalda al pensar en lo molesto que habría estado su padre.

     —¿Ya pensaste lo que harás?

     —Un poco.

     —No pareces estar segura —La miro con duda.

     Evito verlo y hablo voz tenue;

     —Quería hablarlo contigo, solo se lo he dicho a mis padres.

     El ojiverde se preocupó al escuchar su tono y notar su expresión tímida que muy rara vez veía.

     —Te escucho.

     —Quiero ser escritora.

     Hubo silencio unos momentos y fue Tōshirō quien decidió romperlo al ver que Rukia no mostraba señales de querer continuar.

     —Bueno, no parece una mala idea, tal vez puedas aprovechar algo de tu creatividad.

     Su respuesta, por una parte, alegro a la adolescente, pero seguía intranquila.

     —Es que eso no es todo —Su voz aún sonaba triste y Tōshirō se mantenía pendiente de lo que ella le diría—. Quiero aplicar a una universidad en el extranjero para estudiar literatura.

     —Te irás...

     Sus palabras estaban cargadas de melancolía y ella lo sabía.

     Tōshirō sentía una desagradable presión en su pecho, incluso por un momento su propia respiración le dolió, no quería creer lo que acaba de escuchar, si Rukia aplicaba, cuando la aceptaran (No dudaba que la aceptarían) no la vería en mucho, mucho tiempo o incluso peor, podría no volver a verla.

     Eso despertó en él un fuerte y terrible sentimiento; la ira. Ira, que no estaba dirigida a la pelinegra, sino a esa idea que implicaría perderla.

     —¿Por qué quieres estudiar fuera?, hay excelentes universidades en el país.

     Era imposible no darse cuenta de la molestia en su pregunta.

     —Sé que las hay, pero ninguna está al nivel de las que están, más haya de las fronteras.

     —¡Estudiarás lo mismo! ¿Qué importa si es en el exterior o en Japón?

     —¡Pero quiero intentarlo!, creí que estarías alegre por mí —Desvío la mirada con brusquedad para disimular, arreglar su cabello mientras limpiaba una lágrima de su rostro—, ¿¡Qué tiene de malo buscar algo mejor!?

     —Estás rompiendo nuestra promesa ¡Prometimos que estudiaríamos lo más cerca posible!

     No estaba pensando con claridad, solo volcaba su desesperación y rabia sobre ella.

     —¡Creí que me entenderías y me apoyarías! —Esta vez fue inútil una pequeña lágrima escapo sin que pudiera detenerla.

     Ahí fue cuando a la mente del rubio volvieron recuerdos de una primavera algo lejana de cuando tenían diez años.

    «—¡Rukia! —Estaba emocionado por contarle la noticia—. Mira entre al equipo de fútbol —Le mostró con orgullo el uniforme que llevaba puesto.

     Sin embargo, en el rostro de ella no parecía haber alegría o emoción.

     —¿Qué sucede? — pregunto confundido.

     —¡No pasa nada! — se disculpó —, Solo pensaba que ahora, tendré que esperarte para poder jugar juntos.

     Él abrió los ojos con sorpresa, en todo ese tiempo nunca consideró que estar en el equipo, le quitaría tiempo con Rukia, se sintió terrible por eso.

     —Yo no lo pensé, lo siento mucho, yo. ¡Le diré a mi papá que ya no quiero estar en el equipo! — anuncio decidido.

     —¿Qué? No lo hagas, te encanta el fútbol.

     —Y también estar contigo.

     —...

     —Iré a hablar con él.

     —¡Espera! No me molesta que estés en el equipo, ni que pasemos menos tiempo juntos, porque siempre seremos amigos, no importa que no nos veamos tan seguido.»

     Se sintió como un cruel egoísta, en aquella ocasión él lo había hecho todo sin decirle o pensar en ella y ahora ella quería que él simplemente le brindara apoyo, cosa que para nada estaba haciendo.

     Respiro hondo y Rukia decidió que lo dejaría hablar.

     —Lo siento, sé que estás asustada por intentarlo y yo estoy siendo egoísta.

     Eso la sorprendió.

     —Me hace muy feliz que sepas que es lo que harás y que tengas un plan, yo... —Sintió que su pecho se encogía al hablar, pero debía hacerlo, se lo debía y más que eso pensaba que era su deber—. Te ayudaré para que lo logres.

     Ella se limpió los restos de las lágrimas que había en su rostro y le sonrió de corazón con una mirada llena de agradecimiento, entonces le pregunto;

     —¿Crees que las hadas sean reales?

     Le sonrió de vuelta.

     —Quizás alguien logre encontrarlas.

     Y así pasaron sus últimos días de verano antes de entrar al bachillerato, los meses pasaron raudos, llenos de risas, lágrimas, gritos tanto de enojo como de felicidad, los años pasaron tan deprisa que para cuando los alcanzo el otoño, estaban a solo un par de meses más de tener dieciocho años y terminar el instituto superior.

     Caminaban juntos, se dirigían a la casa de la ojivioleta para cenar, los padres del ojiverde salieron de la ciudad esa mañana y regresarían hasta el fin de semana, por lo que el señor Kuchiki decidió invitar al Urahara menor a cenar ese día.

     —Espero que este pastel les guste a tus padres.

     —Ya te lo dije, sí les gusta.

     —Estoy nervioso, ¿de acuerdo? —respondió viéndola con fastidio.

     —No sé por qué lo estás, no es la primera vez que vienes a cenar.

     —Lo sé, pero, es la primera vez que tu papá me invita.

     Rukia lo pensó un poco y se dio cuenta de que su amigo tenía razón, lo usual era que su madre o ella misma lo invitaran a él y a sus padres a su casa, y cuando su papá lo hacía solo hablaba con el padre del ojiverde.

     —Tienes razón, es extraño.

     —Oye —llamo su atención—, ¿Ya empezaste a enviar solicitudes?

     Esa pregunta la tomo por sorpresa.

     —Sí, pero todavía debo enviar algunas más.

     Tōshirō se dio cuenta del nerviosismo en su voz y trato de calmarla, pues él no dudaba de que la aceptarían en una de las mejores.

     —No te preocupes, yo sé que te aceptaran.

     Llegaron a la residencia de los Kuchiki y fueron recibidos de nuevo por la señora de la casa, pues ellos habían llegado directo del instituto, pero salieron por petición del Urahara para conseguir el postre.

     —Llegan en buen momento, la cena casi esta lista, estaba por llamarlos.

     La amable mujer les sonrió, dejo su teléfono en una mesa de centro y volvió a la cocina.

     En ese momento el señor Kuchiki entro a la sala, Rukia saludo con entusiasmo y fue a abrazarlo, el serio varón solo puso una mano en uno de los hombros de su hija, para centrar su mirada en Tōshirō quien se sintió intimidado, pues la presencia del patriarca Kuchiki era muy diferente de la que su padre le inspiraba.

     Se armó de valor para saludarlo.

     —Buenas noches, Señor Kuchiki, gracias por invitarme a cenar.

     El mayor hizo una leve inclinación con la cabeza y respondió su saludo.

     —Siempre eres bienvenido en nuestra casa, Tōshirō, además es una forma de agradecerte por ayudar a Rukia con sus estudios.

     —No es nada, señor Kuchiki, después de todo solo estudiamos juntos, Rukia es la que se ha esforzado más.

     —Me gustaría hablar contigo un momento —Poso su mirada en su hija—, Hija, ¿podrías poner la mesa mientras tanto?

     —Claro, papá.

     Rukia sintió una enorme curiosidad por saber lo que su padre tendría que hablar con Tōshirō, no quería admitirlo, pero, lo cierto era que desde hace un tiempo la ojivioleta sentía un revoltijo tanto dentro de ella como en sus emociones cuando lo veía.

     Se sentía culpable en ocasiones cuando se molestaba por verlo con otras chicas, y la embargaba una gran tristeza cuando no podían verse, junto al hecho de que creía que su corazón podría saltar de su pecho en cualquier momento de la emoción cuando lo veía todas las mañanas y él le sonreía.

     Ella consideraba esos momentos su más preciado tesoro, desde que acepto que sus días solo tenían color cuando pasaban tiempo juntos.

     —¿Te preocupa algo?

     La voz de su madre la trajo de vuelta a la realidad.

     —No, nada.

     Hisana la observo un poco más antes de preguntar:

     —¿Estás segura?

     —Sí, muy segura, de verdad.

     Su madre rio causando confusión en ella, hasta que la mujer señalo que había colocado los vasos al revés, la ojivioleta menor se sonrojó y se apresuró a voltearlos.

     —Tranquila, tu padre ayudará al pequeño Tōshirō con una carta de recomendación para entrar a una buena universidad.

     La pelinegra miró con curiosidad a su madre, pues no entendía como pudo saber que le preocupaba lo que su padre podría estar hablando con el rubio.

     —Soy tu madre y te conozco muy bien —Le guiño un ojo en gesto de complicidad mientras ponía un dedo sobre sus labios—, Tu secreto está a salvo, pero deberías decírselo a él también, ¿no lo crees? —No le dio tiempo a su hija de responder pues se dio la vuelta dispuesta a traer la comida para la cena.

     Rukia se quedó clavada en su sitió con la cara roja de vergüenza, ni siquiera entendía del todo a lo que su madre se refería, y menos porque su corazón se aceleró tanto cuando menciono al Urahara más joven.

     Apenas recuperándose de su estupor, escucho como su padre seguido de Tōshirō volvían al comedor, todo parecía estar bien, su padre no dijo nada y tomo asiento invitándola a ella y al rubio a imitarlo.

     —¿Todo bien? —pregunto ella en voz baja

     —Sí, tranquila —contesto él sonriendo.

     La sonrisa que él le regalo, alborotaron las mariposas (que se negaba a admitir) sentía en su estómago desde hace un tiempo, esto provocó un nuevo sonrojo en su rostro.

     Tōshirō, perdido en su mundo, no se dio cuenta de esto y como si nada, procedió a darle las gracias a Byakuya quien solo asintió en respuesta.

     El resto de la noche transcurrió como cualquier otra en la que el adolescente se quedaba a compartir mesa con los Kuchiki, entre juego y risas de los adolescentes a quien se unía con regularidad la señora Kuchiki a diferencia de Byakuya que se mantenía al margen, solo disfrutando del ambiente familiar.

    —Se está haciendo algo tarde, creo que debo irme ya, la comida estuvo deliciosa, señora Kuchiki.

    Tōshirō se levantó y comenzó a recoger sus cosas siendo ayudado por Rukia, por segunda vez en esa noche la voz del hombre llamo al adolescente, quien esta vez lo vio confundido.

    —Yo te llevaré a casa hoy, muchacho —declaro tranquilo, levantándose para buscar las llaves del auto—. Les dije a tus padres que estaría al pendiente de ti.

    El chico agradeció, Byakuya salió antes que él avisándole que lo esperaba en el auto, Tōshirō aprovecho para despedirse de Hisana y Rukia lo acompaño a la salida.

    —Oye, ¿seguiremos siendo amigos siempre? —ella preguntó en voz baja sin verlo.

    —No somos amigos, somos más que eso —contesto con voz firme, pero sin dirigirle la mirada tampoco.

    Ella sonrió, se detuvo en su andar a despedir a su compañero en la puerta del auto, cuando él se dio cuenta regreso dos pasos donde ella estaba y antes de preguntarle si le sucedía algo, ella se adelantó a preguntar:

    —¿Seguirás creyendo en las hadas, cuando me vaya?

    La miro unos segundos, negó con la cabeza mientras le regalaba una sonrisa y le dijo:

    —Encontraré una algún día y serás la primera en saberlo.

    Olvidando que su padre estaba en el auto frente a ellos esperando al adolescente, Rukia se lanzó a él para abrazarlo y desearle un buen fin de semana.

    Pese a que el señor Kuchiki no le dijo nada, fue un viaje un poco incómodo para el joven Urahara, que rezaba internamente para que el hombre no decidiera cometer un homicidio en contra suya.

    Los meses pasaron con tal velocidad, que en un abrir y cerrar de ojos, el invierno había llegado y con él... El momento de las despedidas.

    Se hallaban en el aeropuerto, estaban despidiéndose de Rukia; Tōshirō y sus padres, junto a los padres de ella. Pocos días atrás sus amigas le habían hecho una pequeña despedida, pues, no todas podrían estar presentes ese día, Tōshirō fue el único acreedor de ese honor.

    Esa fría mañana de marzo, no dijeron adiós, sino, un agridulce; hasta luego. Bajo la promesa de volver a verse una vez se hubieran graduado, pues el blondo le comento horas atrás, que gracias a la ayuda de su padre, logro entrar en la universidad de Osaka, aunque, seguía sin querer decirle lo que estudiaría.

    —Debes volver a Japón si en serio quieres saberlo.

    —Volveré, te lo prometo.

    Cuando finalmente no pudieron verse más, mientras ella abordaba el avión que la acercaría a su sueño y la separaba lentamente de su mejor amigo. Este sentía a cada minuto que pasaba como si le arrancaran un brazo, pero él estaba feliz, aun así, la inmensa alegría que albergaba en su pecho en ese momento lo valía, se juró estar listo para su regreso, estaba decidido a confesarle su mayor secreto en el mundo.

     Dentro del avión los pensamientos de Rukia no eran del todo diferentes, se había permitido ser débil estando ya en su asiento, y lloraba como una niña, pero prometiéndose dar lo mejor de sí, para volver con la frente en alto y tener el valor de decirle lo que no pudo hacer tan solo unos instantes atrás.

    Y sin saberlo, ambos pronunciaron al unísono:

    —Te veré pronto.

    En esta ocasión, el tiempo fue más cruel que nunca, alargando los años sin consideración alguna, pasaron tan lentas las estaciones que más de una vez a los jóvenes les parecieron eternas, la distancia era tan cruel con ellos, que incluso el largo invierno se sintió triste y desolado.

    Vagaban en la mente de ella, recuerdos de primaveras donde pasaban horas jugando entre flores, calurosos veranos en los que compartían refrescos, tardes otoñales en que disfrutaban comer juntos y sobre todo, inviernos que cubrían todo de blanco, dándole una cálida sensación debido a la presencia del ojiverde.

    En la mente de él, se manifestaban recuerdos de; salidas al parque para ver las flores, días de intenso calor soportados en compañía y con juegos, hermosos paisajes marrones y naranjas acompañados de comida y risas, pero más que nada, paisajes nevados, que le traían un cálido sentimiento de paz en su corazón que solo la pelinegra le provocaba.

    —Se ve tan linda o más que la última vez que la vi, ya no es una niña —Escuchaba a su madre mientras desempacaba su maleta y se culpaba por haber llegado semanas después que ella y perderse su bienvenida—. El muchacho que la acompaño se veía algo extraño con ese cabello naranja, pero era muy amable, tal vez por eso le gusto.

     Se detuvo al escuchar lo último y la vio con la clara interrogante en su rostro.

     —Disculpa, mamá, ¿qué habías dicho?

     Ella rio levemente, sabiendo que su hijo estaba en la luna y que solo escuchaba por partes.

     —De su novio, cuando llego lo presento así, el pobre estaba rojo —le contesto casual y hasta con felicidad al recordar el suceso de hace dos semanas—, La fiesta paso de una bienvenida a una celebración por ambos, se veían muy bien juntos —seguía relatando sin percatarse de que Tōshirō estaba pálido y más ausente aún.

     Suì estaba por agregar algo más, hasta que escucho sonar su teléfono, se disculpó con su hijo y salió de la habitación.

     Tōshirō estaba en shock, creía que en cualquier momento podría morir de lo terrible que se sentía, recordó con dolor como en ese último año habían perdido comunicación casi por completo, y medito sobre cuanto podía pasar en solo un año.

     «—Sí, ¿te gustan?»

     Ese pequeño recuerdo fugaz le devolvió la determinación que había mantenido desde el día que la vio irse en aquel avión, no estaba dispuesto a seguir esperando y menos a quedarse como espectador sin intentarlo, al menos, respiro hondo y continuó con lo que hacía, repasando también su lista mental de cosas que necesitaba.

     Rukia caminaba por las nostálgicas calles de su ciudad natal, sin recordar a donde se dirigía; completamente perdida en sus pensamientos, en compañía de su mejor amiga, tenía solo un par de semanas de haber regresado y aún no podía creerlo, estaba muy feliz. Sin embargo, había un enorme sentimiento de vacío en su pecho que no la dejaba sentir que está vuelta en casa.

     —Me dijo que llevará a un amigo suyo —Su amiga le hablaba y apenas entendía lo que le decía—, Nos divertiremos mucho en el templo.

     —Lo siento, Orihime, pero olvidé que día iremos al templo —comentó apenada.

     Su amiga trató de disimular su risa, ella sabía, mejor que la pelinegra, lo distraída que estaba desde hacía unas horas.

     —En tres días, será lindo poder disfrutar un viaje al templo con toda esta nieve que ha estado cayendo.

     Rukia, algo roja por la pena, estuvo de acuerdo con su amiga, tenía tanto tiempo de no ir al templo y más de no disfrutar un paisaje tan nostálgico como ese.

     Sin quererlo, su memoria la transportó varios años atrás, dejándola ver desde los ojos de una Rukia más pequeña, a un niño de cabello platinado que trataba de hacer un muñeco de nieve en forma de un hada, sin lograrlo.

     En su rostro apareció una hermosa sonrisa, aun sin aflojar el paso, su amiga la veía con alegría, ella, tenía el privilegio de ser su confidente y saber quien era la persona que provocaba esa sonrisa.

     A la vez que las amigas conversaban con rumbo a una cafetería para almorzar, un joven hombre de un llamativo cabello naranja trataba de seguirle el paso a otro joven de ojos verdes que, en realidad, estaba tratando de ignorarlo.

     —Vamos, Amargado, solo acepta y ya —hablaba ya harto el pelinaranja.

     —Ya te dije que no, tengo muchas cosas que hacer, no tengo tiempo.

     —¡Por favor! Haré lo que me pidas, ¿sí?

     El Urahara se detuvo un momento, volteó un poco el cuello para ver acusadoramente a su interlocutor, que no mostraba señales de duda, y entonces una idea cruzó su mente, causando que sonriera antes de responder.

     —De acuerdo —respondió seco.

     El de cabello naranja no supo ni que decir en ese momento.

     —¿De verdad?

     —Sí, ahora apresúrate y sígueme, me ayudarás en lo que necesito.

     —Excelente, te prometo que no te arrepentirás de ir.

     —Eso no importa —regreso, su mirada sería mientras hablaba—, Solo ayúdame y te lo devolveré yendo contigo.

     Caminando detrás de Tōshirō, Ichigo sonrió.

     —Hey date prisa, tenemos mucho que hacer —reclamo el ojiverde.

     —Estoy justo detrás de ti, cálmate —respondió con una gran sonrisa en su rostro.

     Los días pasaron rápido, para desazón del Urahara, y alegría de la joven Kuchiki y su amiga.

     Llegaron juntas al templo, cada una vestida con un hermoso kimono a juego con sus ojos, Orihime llevaba uno marrón con tonos naranja y Rukia uno morado con tonos azules.

     Se dedicaron a recorrer el lugar que estaba lleno de gente y puestos de juegos o comida.

     —Me alegra haber venido, gracias por invitarme, Orihime.

     —No tienes que agradecer, sabía que te gustaría, a él también le hacía falta luego de estar tanto tiempo fuera.

     Amabas rieron estando de acuerdo y decidieron volver a la entrada del templo, donde debían encontrarse con los chicos.

     —Es raro venir al templo luego de tanto —observaba con nostalgia las escaleras de piedra mientras subían—. ¿Sabes? Extrañas todo cuando estás afuera, todo es tan diferente.

     —Solo estuviste en Inglaterra la mitad de tu carrera —reprochó el rubio.

     —Sigue siendo mucho tiempo, fueron un par de años increíbles, pero, me ayudaron a darme cuenta de lo que tenía aquí, en Japón.

     Tōshirō sonrió con amargura.

     —Pues no tanto, creó que lo que encontraste haya fue mejor que lo que dejaste, ¿no?

     Ichigo lo miro sin entender.

     —¿De qué hablas? —rascó su cabeza tratando de pensar a qué se refería el rubio junto a él—. No entiendo que dices, pero lo juro, no encontré nada que me hiciera querer regresar.

     Tōshirō bufo tratando de disimular su molestia y hablo para sí mismo.

     —Tal vez porque no debías regresar para conservarlo.

     Cuando llegaron a la entrada del templo, los recibió un resplandor de colores producto de los diversos puestos aledaños a la entrada, junto a los sonidos mezclados de la gente conversando, niños riendo y todo tipo de ruidos generados por los juegos del lugar.

     Ichigo le dijo que ya los estaban esperando, pero más haya de que eran mujeres, en realidad no sabía a quién buscar entre tantas personas.

     Hasta que Ichigo llamo su atención.

     —Ah, ahí están, o bueno, una de ellas.

     Volteó a ver en la dirección que el pelinaranja le indicaba y la vio...

     Estaba parada de perfil buscando algo o a alguien con la mirada.

     Desde que había regresado, sin importar cuanto la buscaba, nunca podía coincidir con ella, ni siquiera podían hablar por teléfono al haber el mismo perdido su teléfono en quien sabe donde. Ella también había tratado de verlo y hablarle, perdón sus esfuerzos habían sido en vano y solo lograba, igual que él, tener conversaciones breves con los padres del contrario.

     Quería saludarla, llamar su atención de alguna manera, pero las palabras no salían de su boca y su amigo se le adelantó.

     —Hola, Rukia.

     Ella volteó y sonrió al ver a Ichigo.

     —Eres un tonto, te esperábamos desde hace rato, Orihime fue a buscar algo para beber —lo abrazo e Ichigo correspondió el gesto.

     Todo eso provocó un gran malestar en Tōshirō, quién no hizo más que quedarse parado detrás de joven de ojos color miel, dejando que sentimientos de vacío, rabia y celos, se apoderaran de él.

     Entonces Ichigo rompió el abrazo, se hizo a un lado para proceder sin ver al ojiverde, mientras reprimía una risa en una sonrisa torcida, y procedió a presentarlos.

     —Rukia, te presento a mi amigo de la universidad, Tōshirō —ya más calmado, cambio de lado para continuar—. Tōshirō, ella es Rukia, la conocí en Inglaterra, estudiamos la misma carrera.

     Sin quererlo realmente, ambos pasaron a ignorar la presencia de Ichigo y fue como si en todo el lugar únicamente estuvieran ellos.

     Ella fue quien inicio la conversación, decidida y con toda la calma qué podía tener.

     —Me alegra mucho volverte a ver, Tōshirō —No trataba de esconder nada, ni de reclamar algo, solo expresar sinceramente y con calma, lo que sentía en ese momento.

     El escuchar al fin, luego de tanto tiempo, su voz en persona, le dio el valor para poder hablarle.

     —A mí también me alegra mucho verte de nuevo, Rukia —Cada letra de su nombre sonaba distinta viniendo de él, escucharlo y verlo persona, luego de tanto tiempo la puso nerviosa y sus manos comenzaron a sudar de los nervios.

     Tristemente, ni los cuentos de hadas son perfectos, y su burbuja imaginaria fue rota por Ichigo.

     —Esperen, ¿se conocen? —Disimuló su falta de sorpresa.

     —Claro que la conozco.

     —¿Cómo podría olvidarlo?

     —Somos amigos de la infanciaFue tan natural decir eso último, que no se sorprendieron de haberlo dicho a coro.

     —Oye, Rukia, ¿dónde está Orihime?

     La voz del tercero los regreso a ambos a la realidad.

     —Ella está comprando algo de beber, pensó que estarían sedientos.

     —¿Orihime? —cuestionó extrañado.

     —Sí —Se adelantó Ichigo a responderle.

     —¿Ocurre algo? —Fue el turno de Rukia para preguntar.

     El Urahara entonces puso su mano en su frente y negó antes de responder.

     —No, nada malo, es decir... —suspiro cansado—. Ella y yo volveríamos juntos de Osaka, como tuve quedarme, Orihime prometió llamarme al llegar y no lo hizo, luego de tratar de hablar con ella perdí mi teléfono.

     Expuso su situación y eso confundió a Rukia, a diferencia de Ichigo quien pareció no darle importancia al asunto.

     En ese momento la susodicha llego con cuatro refrescos y una cálida sonrisa, por completo ajena a lo que ocurría.

     Apenas la vio, Ichigo se apresuró a ayudarla con las bebidas y le dio una a Tōshirō y otra a Rukia, quedándose cerca de la pelirroja.

     Pasaron el resto de la noche jugando y probando dulces, Tōshirō y Rukia trataron de actuar lo más natural posible, consiguiendo solo generar a su alrededor un ambiente un tanto incómodo.

     Orihime e Ichigo por su parte, desprendían un aura de calma y alegría, a pesar de que ambos actuaban con cierta timidez entre ellos.

     En cierto momento, Rukia y Tōshirō se quedaron solos, pues Ichigo estaba decidido a ganar en el juego de los aros y Orihime decidió quedarse a animarlo. Ahora se encontraban apartados de la mayoría de la gente, junto a una baranda de piedra, observando la nieve.

     —Me alegro mucho por ti, por ambos en realidad soltó Tōshirō de repente, rompiendo el incómodo silenció que se había formado.

     Al principio la pelinegra no entendió del todo de que hablaba, pero luego comprendió.

     —Bueno, gracias, yo... también estoy muy feliz por ti y por Orihime.

     Debido a su respuesta, el ojiverde arrugó el rostro con confusión, entonces noto un claro malentendido que no dudo en corregir.

     —Te equivocas —Movía sus manos frente a él rápidamente como un gesto negativo—, Ella y yo no somos como ustedes —Se había sonrojado de solo pensarlo.

     Y todo tuvo sentido para la ojivioleta, comenzó a reír y a negar con la cabeza, dejando que ahora el rubio la viera sin entender.

     —Eres un tonto —Apenas pudo pronunciar entre risas.

     —¿Disculpa? —Su tono lo había molestado, y seguía sin entender lo que ocurría.

     —Lo que dije —Ahora sonriéndole con sinceridad calmando al molesto joven frente a ella—, Ichigo y yo somos solo AMIGOS, Orihime es su novia, lo anunciaron el día de la bienvenida —No podía ocultar lo gracioso que le resulto el malentendido.

     Mientras Tōshirō moría de vergüenza y procesaba lo recién escuchado, Rukia dejo de reír y entonces se dio cuenta de lo fuertes que eran sus sentimientos hacia él y que, debido a su reacción, era posible, que él le correspondiera.

     Recuperado del shock, Tōshirō entonces se sintió aliviado y recuperó la confianza, ese día en la mañana estaba decepcionado de sí mismo por haberse aprovechado de Ichigo para qué lo ayudará, entonces otro pensamiento lo invadió.

     —Ese idiota.

     —¿Quién?

     —Nada, tranquila, el tonto de Ichigo lo supo todo el tiempo y no me dijo nada —sonrió relajado—. Es un gran tonto, pero es buena persona, no puedo creer que se hicieran amigos tan fáciles.

     —Lo mismo puedo decirte yo, siempre has sido solitario, me sorprendió mucho que te llevaras tan bien con Orihime al final.

     Rieron con la misma tranquilidad de cuando eran niños.

     —Oye, Rukia.

     Ella le presto toda su atención.

     —Quiero pedirte algo, un favor, quiero que mañana salgas conmigo en la tarde, si te parece bien.

     Los corazones de ambos se aceleraron por la emoción y la ansiedad.

     —Sí, claro que me parece bien —No pudo evitar que un par de lágrimas de alegría salieran de sus ojos.

     —¡Ah! Espera, no tienes que ir si no quieres —Se asustó al verla llorar.

     —Tranquilo, estoy bien —Limpio el rastro de las lágrimas de sus ojos y vio los ojos verdes del joven para preguntarle—. ¿No has dejado de creer en las hadas?

     —Te responderé mañana en nuestra cita.

     Para cuando la pareja los alcanzo, ambos los acusaron de mentir para juntarlos con engaños, tanto Ichigo como Orihime alegaron haberlo hecho por un bien mayor, después de un buen rato de discusión todos compartieron miradas cómplices y risas, pues al final nada malo había sucedido.

     El pelinaranja compartió una mirada furtiva y una sonrisa traviesa con el ojiverde y discretamente ambos chocaron los puños sin que las chicas lo notarán.

     Por su lado, las chicas se dedicaron entre sí, miradas de comprensión y agradecimiento.

     Al día siguiente el Urahara menor se había despertado muy temprano, (debido a sus nervios por su cita de esa tarde) se encontró con su padre en la cocina mientras buscaba algo para desayunar.

     —Vaya, vaya, ¿a qué debo el honor de tener a mi hijo favorito tan temprano en la cocina? —Saludo su padre con alegría.

     —Soy tu único hijo, y solo tengo hambre —trato de ocultar sus nervios.

     —Verás hoy a la pequeña Rukia, ¿verdad?

     El joven casi se ahoga con el jugo qué estaba bebiendo y dirigió su vista a su padre.

     El hombre solo se rio mientras continuaba cocinando algo para el desayuno.

     —Vamos, Hijo, yo también paso pendiente de ti, te deseo suerte con ella hoy.

     —Gracias, Papá.

     Hasta que finalmente llego el momento de ir a recoger a Rukia, trato de no olvidar nada y dejar todo listo en el auto de su padre, a quién se lo había pedido prestado. Se abrigó bien, pues parecía que en cualquier momento volvería a nevar.

     Al estacionar frente a la casa Kuchiki, tuvo la necesidad de regresar a su casa, tenía un nudo en el estómago qué lo estaba matando, estaba aterrado, de estar cometiendo un error.

     «—¿Te sientes bien?, estás actuando algo raro.

     —Si siempre fuera invierno, no podríamos apreciarlo.»

     Esos recuerdos, él sabía, debía intentarlo siquiera o su mente no lo dejaría, tuvo un momento de coraje y salió del automóvil para buscar a Rukia.

     Ella en ese momento era un manojo de nervios, por completo aterrada al no saber qué ocurriría, qué debía decir o como actuar, temía estar malinterpretando la situación y estarse ilusionando por algo que nunca pasaría.

     Conforme pasaban los minutos más aumentaba la tensión que sentía. Su padre había hablado con ella y le dio algo de seguridad para poder calmarse mientras esperaba paciente a que Tōshirō llegará a recogerla.

     Se escuchó la puerta, nadie en la casa se sorprendió, los adultos solo despidieron a su hija que luego abrió la puerta dejando ver que, en efecto, era el Urahara.

     Este saludo a ambos adultos y prometió volver temprano, se notaba, él también estaba muy nervioso, los señores Kuchiki le dieron el visto bueno a su salida y ambos jóvenes partieron más tranquilos.

     —Lamento el momento en mi casa —Pidió disculpas la pelinegra.

     —No te preocupes, de hecho, creo que lo necesitaba —La tranquilizó.

     —Reconozco esta calle, ¿vamos a donde yo creo?

     Él se rio por su pregunta.

     —Es posible.

     —Eres odioso, no has cambiado nada.

     —Tú sigues siendo igual de impaciente.

     Tōshirō estacionó el auto, pero no parecía tener intenciones de bajar.

     —Debo hacer algo rápido antes de ir, lo siento, ¿puedes adelantarte unos minutos?

     —Claro, te esperaré.

     Bajaron del auto, Tōshirō fue a revisar lo que tenía en la parte de atrás y Rukia por su parte entro al parque que conocía como la palma de su mano al igual que el rubio.

     En ese parque se habían conocido de niños, en su momento pasaron horas interminables jugando en ese lugar.

     Ella, quizás por instinto, camino hasta los juegos de escalar y los recuerdos la invadieron sin cesar provocándole una enorme sonrisa.

     Antes de alejarse, noto a sus pies un pequeño muñeco de nieve un tanto extraño, pero familiar a la vez. Al lado del muñeco estaba dibujada en la nieve una pequeña flecha que apuntaba a otro muñeco similar.

     Al acercarse, noto que junto a ese también había otra flecha en el suelo, esta segunda flecha apuntaba a la parte trasera del juego de escalar, camino entonces hasta el lugar y se asombró al ver la cantidad de muñecos que había.

     Y como un rayo, sus recuerdos llegaron, esos muñecos eran hadas, muy similares los que ella misma hacía de niña, y haya en una esquina al otro extremo del intento de callejón, qué había detrás del juego. Estaba un muñeco bastante más grande y algo más reconocible como un hada.

     Sintió sus ojos humedecerse ante esos recuerdos tan hermosos, hasta que escucho algo que la regreso al presente.

“Fairy, where are you going?”


     Por reflejo se dio la vuelta y vio a Tōshirō, en su mano llevaba una pequeña bocina de donde salía aquella canción que conocía a la perfección desde que era pequeña.

     Él hablo primero.

     —Yo conozco esa canción.

     Rukia no entendió lo que quería decir. Hasta qué se fijó que en la otra mano Tōshirō llevaba una pequeña rama, y lo entendió todo.

     —¿De verdad?

     —¿Te gusta mucho?

     —Sí, me gusta mucho esa canción.

     —Esas son hadas, ¿verdad?

     —Sí —pronunció con nostalgia.

     —...

     Al ver que Tōshirō no decía nada más, recordó la pregunta que ella debía hacerle.

     —¿Te gustan?

     Él la vio de una forma que jamás lo había hecho, eso le provocó o un sentimiento cálido en su pecho.

     —Sí me gustan.

     Rukia estaba perpleja, él nunca le respondía esas preguntas de forma directa.

     —También los dragones, pero no sé hacer muñecos, entonces lo dibuje por haya —señaló con la rama hacia los columpios—. ¿Te gustaría verlo?

     Ella asintió y él la guio hasta los columpios, donde, como hacía tantos años atrás, había un gran dibujo de un dragón, pero este ya tenía alas y una pequeña hada a su lado, con todo y cola.

     —Una niña muy linda, dibujo para mi dragón, una hada.

     Rukia se sonrojó fuertemente al escuchar eso, cuando miro Tōshirō este estaba igual que ella.

     —Hace tiempo te dije que cuando encontrará un hada serias la primera en saberlo.

     Rukia abrió sus ojos con sorpresa.

     —¿La encontraste?

     —Ella me encontró, estuvo conmigo todo el tiempo y justo ahora, esta parada a mi lado, más bella que nunca.

     Su corazón latía tan rápido que pensó que él podría escucharlo.

     —Yo... —No sabía qué decir y estaba segura de que el calor en su rostro era por unas lágrimas rebeldes que habrían escapado de sus ojos.

     Antes de que ninguno dijera algo más, escucharon el final de la canción.

“[...] Snow Fairy
Don't say goodbye”


     —No vuelvas a irte lejos —Dejó la bocina y la rama en el suelo—. Cuando te fuiste, te dije que tendrías que volver para saber lo que estudie en la universidad. Decidí estudiar biología, para poder ayudarte a crear toda clase de seres fantásticos para tus libros y que puedan ser lo más reales posible.

     Se acercó a Rukia para tomar sus manos entre las suyas.

     —Dime, Rukia, ¿Estarías dispuesta a salir conmigo y en futuro, ser Titania para este Oberón ?

     Rukia no fue capaz de contener su llanto más tiempo, pero sonriente se calmó tanto como pudo para decir.

     —Sería la mujer más feliz al estar contigo, pero no eres Oberón, tú eres mi apuesto y valiente dragón Ddraig de Galés.

     —Titania y Ddraig, me gusta como se oye.

     De esa forma, un viaje que comenzó con dos ingenuos niños, terminó con las vidas de dos adultos enlazadas para toda la vida por un fuerte vínculo llamado: amor.



     ¿Y tú, crees en las hadas?



     Fin.



20/08/ 2023