Work Text:
A Martín siempre le gustaron esas calles, incluso en su oscura y peligrosa forma de ser tan pronto como las luces se apagaban. Siempre que bajaba por Magallanes, desde la Avenida Patricios, parecía como si fueran dos mundos diferentes, completamente opuestos, debido a la reforma que la avenida hace tiempo había sufrido. La Plaza Matheu era otra prueba de eso, tan triste con las hojas de los árboles por el piso por las fechas y la canchita vacía, sin jóvenes ya en ella que disfrutaran de sus arcos. Capaz lo único que puede encontrarse a la vista son grupos particulares de gente, gente con la que es mejor no meterse, gente que fue al mismo colegio que Martín y con los que no se volvería a cruzar, teniendo una "relación" de lo más diplomática: o sea, si no fuera del barrio, hubiera sido boleta hace mucho.
A esa hora recién salía de laburar. Eran pasadas las once y, con pasos lentos, iba hasta su casa, un edificio de los pocos que había por ahí en el barrio. No es común que hayan edificios, no es costumbre. El barrio es uno que conserva en pedazos su pasado como barrio para inmigrantes, con una gran cantidad de conventillos, al igual que casas bajas. Pero esas eran otras épocas, otro tiempo. La Boca ya no es como era antes.
No tardó mucho para llegar a casa y fueron otros minutos para subir por el ascensor. No se movía ni un alma ahí adentro y prefería que fuera así, porque sino, los vecinos se estarían peleando, igual que el otro día. Le costó dormir para ir a estudiar más temprano y eso lo molestó demasiado. Mas, olvidó esos pensamientos tan pronto como cruzó el umbral, cerró con llave, las dejó en el mueble al lado de la puerta y se entregó al silencio y oscuridad de su departamento de soltero, que solía ser el hogar de su ya difunta madre.
Algo que observó pronto fue lo congelada que estaba la habitación, por lo que sin dudarlo, encendió la estufa junto con la luz, caminando hasta la cocina para buscar los restos de la comida breve que tomó al mediodía. Encontró unas pizzas así que el microondas le hizo el favor mientras se servía un vaso de coca, viendo el calendario con cierto desinterés. Era Abril, pensaba, faltaban unos meses para su cumpleaños, ¿qué iba a hacer? Mas, antes de siquiera llegar a una conclusión, el pensamiento abandonó su cabeza, recordándose lo ansioso que estaba siendo. El sonido del microondas le dió la razón, trayéndolo otra vez a la realidad, alegrándose para agarrar un plato y sentarse en el comedor del tamaño de un alfiler a comer viendo algunos vídeos. No tenía cable, ni le interesaba tenerlo de todos modos. Para cuando terminó, eran la una casi, así que lavó todo y se fue para el pasillo pensando en ir a dormir, pero antes… se tenía que hacer cargo de algo.
Cuando abrió la puerta, le sorprendió verlo durmiendo. Se veía lindo ahí, tan pacífico, tanto que casi se olvidaba que lo tenía encadenado a la cama. Lento fue y se sentó al lado suyo, acariciándole después un poco la cara. Fue recién ahí que le habló.
—Hola, mi amor —dijo con una sonrisa, haciendo que su huésped (como le decía naturalmente) se sobresaltara. Eso lo hizo reír—. ¿Por qué te asustás? Soy yo, papi… ¿Te asusté?
Sebastián no dió una respuesta, sólo se le quedó viendo, en silencio. De alguna manera se le hacía lindo que reaccionara así, después de todo, llevaba meses encerrado en su casa. La cadena era lo suficientemente larga como para dejarle comer algo y todos los objetos filosos estaban bajo llave o en su habitación, la cuál también tenía llave. Sólo tenía esos ojitos mieles viéndolo, en una expresión vacía, perdida. Hace tiempo había dejado de luchar contra la realidad.
—Hoy estuve todo el día pensando en vos, ¿sabías? —continuó hablando Martín, como si el uruguayo estuviera atento a él—. Pensaba en lo mucho que me gustaría tenerte conmigo, todos los días… Ya lo hago, pero, vos sabés a lo que me refiero.
Una risa suave salió de sus labios, peinando sus cabellos con adoración. El silencio un poco lo estaba molestando.
—¿Qué hiciste hoy? —terminó por añadir, para ver si hablaba—. Todavía no te corté la lengua para que no me contestes, ¿eh? Así que hablame.
Sebastián volvió a suspirar, con cansancio. Lo cierto es que se había aprendido todo ese circo, porque repetía ese monólogo casi todos los días, cuando no pasaba suficiente tiempo en casa. Al menos sabía que, por ser un día entre semana, tal vez no iba a ser tan severo con él… o su cuerpo.
—Estuve durmiendo —se limitó a contestar, recibiendo más caricias, las cuáles, muy a su pesar, tenía ya bastante acostumbradas—. No tenía mucho que hacer de todos modos… La vecina del sexto piso estuvo todo el día escuchando música.
Martín asintió, dándole un beso en la frente. Le hubiera parecido tierno si hubiese sido de cualquier otra persona y no su primo que lo tenía secuestrado. Estaba a punto de mantenerse callado, pero recordó cuál era el siguiente paso de su conversación, como si fuera una máquina programada para eso.
—¿Y a vos? ¿Cómo… Cómo te fue? —añadió.
El mayor sonrió sobrado, para después acomodarse mejor en la cama, riéndose. Esto puso los pelos del uruguayo de punta, temeroso de que, quizá, su primo comenzara a tocarlo o que de golpe sólo le haga algo de lo cual no estaba preparado. Por suerte, nada de eso pasó y sólo se acostó a su lado, abrazándolo por su cintura, oliéndole el pelo.
—Te bañaste sin mí —observó, con los ojos cerrados, ignorando su pregunta. El corazón de Sebastián dió un vuelco, puesto que lo había olvidado por completo.
—T-tardaste mucho —tartamudeó, pero Martín se quedó todavía en silencio, disfrutando de ese aroma tan particular, aferrándose a él con la fuerza de una trampa para osos.
—Sí, lo sé… tuve que hacer horas extras, carpinchito —le dijo con cuidado, acariciando su piel—. Pero no importa, por hoy te lo perdono, estoy muy bueno… Te extrañé demasiado.
Hubo un silencio poco después de sus últimas palabras y Sebastián esperaba un reproche por haber callado, sin embargo, el mayor de los Hernández no dijo nada. No dijo nada porque se había quedado dormido, todavía con su ropa de trabajo, encima suyo. Un suspiro cansado salió del hijo del difunto Artigas, sabiendo que no podría dormir en el resto de la noche, porque era así, todavía tenía miedo. Quería pensar que él iba a estar bien, que las cosas saldrían bien para él, pero desde su cumpleaños que estaba ahí, cautivo. Ni siquiera pudo despedirse de su mamá porque, a los días de su desaparición, ella amaneció muerta, siendo el principal sospechoso. No había manera de que pudiera salir de ese departamento, no siendo arrestado, entonces, ¿qué más podía hacer?
Lo único que le quedaba era estar ahí, conformarse. Convivir dentro de esa boca de lobo, encerrado entre las fauces, esperando que, tal vez, también se hiciera justicia por él. Quizá era muy fácil tomar ese camino, pero… honestamente, Martín ya le había lavado la cabeza al respecto. Ahí no necesitaba ni trabajar ni pasaba frío o hambre. No tenía que hacer nada, sólo dejarse querer. Había manipulado su mente, jugado con su corazón, sus sentimientos. Incluso descubrió que algún sentimiento por él había, reprimido, pero allí estaba… y sólo por esa razón no tenía fuerzas para buscar su presunta libertad o intentar provocar su muerte.
Lo único que le quedaba era sobrevivir… y tal vez dejarse llevar por Martín un poquito más, ahí, en aqu
el lugar oscuro. Sólo un poquito más...
