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La clase de pociones extra que estaba tomando acabaría matándolo. Harry tenía apenas dieciséis años, pero sentado frente a un caldero con olor a carbonizado, sentía que su vida estaba por terminar, la receta que se suponía debía seguir, se hallaba justo frente a él, como un cáncer terco que no le dejaría ganar la batalla. Snape, a metros de distancia en su escritorio, pocas veces levantaba la mirada para chequear su precario progreso. Ignorar los deberes de esta materia durante todo un curso no fue lo más inteligente que pudo pensar, pero entre el quidditch, entre hosmeadge y entre, con cierta inclinación, la conciencia de que Draco Malfoy era asistente de Snape cuando debía dar unas clases adicionales para que los alumnos intentaran aprobar, el resultado era evidente. No contaba, no obstante, con que Draco no apareciera.
Una tediosa hora sentado junto a otros infortunados como él, con un silencio desesperanzador y sin rastros del rubio platinado. Maldito Draco.
¿No notaba todo el esfuerzo que hacía para coincidir con él? Puede que fuese un capricho, un vistazo demasiado largo en sus enfrentamientos que confundió porque era más torpe que habilidoso, pero no le importaba porque le gustaba cómo todo parecía despertar dentro de él cuando aparecía y trataba a todos con esa falsa superioridad copiada de su padre. Dedicó su tiempo entonces, al confirmar que el chico no vendría, a preguntarse por qué. En un caso positivo, se habría quedado dormido; idea que le encantaba porque se moría por verlo en un estado de llana paz. En un caso negativo, terrible, casi mortal; pudo enterarse que ahora pertenecía a los alumnos repitientes de Snape, cosa que nunca había sucedido gracias a Hermione y por ello, decidió no asistir.
A cambio del rubio estaba Theodore Nott, con quien tenía sentimientos encontrados por tener un espacio en el radar de Draco que se le veía a pocos. No era una amistad, no lo creía. Harry pasaba mucho tiempo con Ron y jamás estaban tan cerca, ni hablando con una aura de intimidad aterradora. No creía que fuera envidia, sino tal vez una pequeña molestia por saber cosas que él no, cosas que, dentro de su curiosidad innata, moría por descubrir. También le molestaba que si Draco miraba más a Nott, era porque algo tendría mejor que Harry, y odiaba que justamente él, le fuese indiferente.
Podría tener asuntos hijos-de-puta que atender, como el ministerio reorganizándose tras la gloriosa baja de Umbridge, Dumbledore lejano, Voldemort cada vez más cercano y su poción todavía sin completar; pero solo quería ver ese estúpido aire de superioridad, expresiones elegantes y casi torpes del que se suponía, debía alejarse. Ahora, sin embargo, notaba que veía una clase por segunda vez de manera innecesaria. Sacrificó su tiempo libre para, al final, no obtener su recompensa. Quería lanzarse desde la torre de astronomía, a ver si con algo de suerte se estrellaba sin sentir dolor, para acabar con todo aquello.
Después de esta última queja, levantó la mirada ante el delicado sonido de la puerta, producido por nudillos estrellándose contra ella. Deseaba que fuera Draco, si no lo era, definitivamente se odiaría por ser tan idiota. Idiota e influenciable, ¿Qué sería lo siguiente? ¿suicidarse porque era rechazado cruelmente? Sus padres se revolcarían en sus tumbas si supieran que trajeron al Elegido al mundo mágico para que éste desperdiciara su tiempo tratando de llamar la atención del hijo de un ex-mortífago. No todos nacían con las convicciones de ser héroe, no Harry al menos, quien se contentó al ver las mejillas rosadas por el frío de Draco Malfoy asomar por el umbral de la puerta.
Puede que perteneciese a la misma casa de Snape, pero eso no lo volvía más condescendiente, y a una buena parte de él, le complació ver al rubio en la misma posición que tantas veces había estado y a la que tan acostumbrado estaba: ser reñido por Severus.
—Estoy esperando que comiences tu explicación con un terrible accidente que, aunque casi te deja sin vida, no permitió que tu responsabilidad te dejara faltar al primer día de clases recuperativas, Malfoy. Teniendo en cuenta que, se supone, eres el ejemplo a seguir de estos niños sin disciplina suficiente para aprobar la mitad de mis exámenes —dijo, sin dejar de escribir la porquería que estuviese escribiendo, con una tranquilidad practicada.
Se notaba la pequeña frustración en su cuerpo, odiando ser reprendido frente a toda una clase que, de seguro, había esperado poder burlarse.
—Algo así, unos inconvenientes surgieron y la profesora de magia y ocultación quería hablar conmigo, le dije que debía venir, pero insistió mucho. Dijo que hablaría con usted para justificar mi retraso, profesor —soltó, tan rápido como casi ininteligible.
Lo observó empezar a moverse por el salón, dirigiéndose al escritorio de Snape, cerca de Theodore y sin evaluar antes en su dirección. Draco ni siquiera se había percatado de que estaba en la sala. De qué carajos le servía ser el niño-que-vivió si el jodido Draco Malfoy no volteaba en su dirección. Se tragó un gimoteo muy cercano a un berrinche cuando Nott le pasó un brazo ligero por los hombros a Draco y poco después le dijo algo en un tono sutil, para que la conversación quedara entre ellos. Entonces, tras dejar su mochila en el suelo y sus libros en un escritorio, por fin vio al frente. Aunque intentó disimular y fingir que no seguía cada movimiento qué hacía, no pudo evitar las ganas de ver el rostro de Draco cuando descubriera que tendría que ser una especie de tutor para Harry durante dos semanas.
Puede que haya pasado un buen período de su tiempo imaginando su reacción, bien fuese buena o mala, la disfrutaría en igual medida. Lo que no esperaba era la apatía, tan pronto como lo miró, sus ojos grises estaban en otro, y otro, y otro estudiante. Inspeccionando a la clase por igual, quizá tomando notas mentales de con qué tendría que trabajar de ahora en adelante, sin mayor meollo que desenredar.
Debía salir en ese preciso momento, encontrar la torre de astronomía y acabar con su vida.
O no, o quizá ver a Draco desajustándose la corbata y arremangarse la camisa escolar hasta los codos era un tanto mejor que la muerte.
Sacrificar todo un semestre por solo eso... aún tenía que pensar qué tanto mejor era una cosa que otra.
¤¤¤
El segundo día fue mucho mejor que el primero, no porque los martes ofrecieran la calidad y el reconforte que los lunes no, ni porque empezaba a entender cómo lograr no quemarse hasta las pestañas mientras preparaba las pociones, sino porque Draco llegó corriendo de la práctica de quidditch para no cometer el error de llegar tarde otra vez y como consecuencia no le dio tiempo de ducharse y estar impecable como siempre. Por más que pregonaran que la familia Malfoy se trataba de elegancia, pureza y elocuencia; Harry no era capaz de razonar con coherencia ante un Draco sudado, con la frente goteando, la respiración inconstante y sin aquella recta postura—que también amaba, claro— que le hacía preguntarse si nunca se encorvaría en un descuido.
—Tengo entendido, señor Malfoy, que está aquí para subir puntos, no para perderlos llegando con el olor de las bestias del bosque —refunfuñó, con la cara torcida en una mueca.
No se le había ocurrido, pero ahora deseaba estar más cerca para llegar a sentir su olor salado. En su mejilla había un poco de tierra, adquirida muy probablemente en una mala caída de la escoba, y deseaba tomar esa excusa para acercarse y acariciarlo. Sus ideas se fueron al carajo cuando Draco recayó en que sin una gota de disimulo, Harry lo miraba. Le gustaba pensar que se sonrojó, pero la verdad es que era imposible que estuviese más rojo, por lo que no podía atribuirse el aspecto de él. En un movimiento limpio, el rubio dejó caer sus cosas sobre el escritorio, de manera que no hiciese un ruido exagerado.
Neville, detrás de Harry, le tocó el hombro con delicadeza.
—Hey, Harry... ¿me prestas tu paleta? he estropeado la mía, y si voy por otra Snape armará un escándalo.
Justo en ese momento decidió que debía dejar de lucir tan desesperado, asistió a una clase de mierda por Draco, lo mínimo que podía hacer era aparentar que solo era un mal estudiante y evaluar las posibilidades que tendría con él. No podía pasar más años enamorado de forma platónica y lejana, quería a Draco ya, estaba cansado de perseguirlo. Necesitaba algo que lo hiciera quedarse o, al fin, alejarse. Y lo conseguiría en esas dos semanas. Cualquiera de las dos cosas.
Le alcanzó la paleta a Neville casi por inercia, intentando entender las nuevas instrucciones de las pociones que tenía asignadas para hoy. Hermione sufría de un colapso en cada ocasión que se topaban y recordaban que mandaron a su amigo a una clase de reparaciones, quizá se lo tomaba muy personal, como parte de su registro académico que sus amigos tuvieran unas calificaciones en el promedio general.
Cuando le dijo que ya mucho tenía con ser reclutado para intentar salvar el mundo mágico podía jurar que vio su cabello crisparse más de lo usual.
Después de unos terribles veinte minutos de considerar darle un trato justo con Hermione para que lo ayudara a pasar, notó una presencia junto a él. Malfoy, menos agitado, mirándolo muy altaneramente.
—El profesor Snape dice que no entiende cómo has acabado aquí con la pequeña come-libros de tu amiga siempre a tu lado, Potter —acentuó a propósito su apellido cuando terminó de hablar.
Lo hizo en un tono discreto, pero no se parecía en nada con el que se dirigía a Nott, éste era despectivo, como si tratara con una plaga.
—¿Cómo crees que Gryffindor logró ganar el campeonato de casas, Malfoy? Más esfuerzo en la cancha, menos aquí.
—Por otro lado—continuó, ignorando su excusa—,a mí me sorprende por qué no todos se lo esperaban, teniendo en cuenta que no eres lo suficientemente inteligente para equilibrar el deporte con los estudios —dijo, mientras se sentaba en el banco contiguo al de Harry, apoyando sus antebrazos en el escritorio, procurando no tocar ningún instrumento desperdigado en el sitio.
Harry se tensó inmediatamente, controlándose lo más que podía para no recostarse en el perfil de Draco y poder morir feliz enterrado en su presencia.
—A veces no se puede tener todo, o no todo a la vez al menos. Ahora lo que me sería útil es un poco de ayuda, que supongo es para lo que estás aquí.
Malfoy le barrió con una mirada de superioridad.
—Escucha, Potter. Voy a señalarte qué cosas estás haciendo mal y dejar que descubras la forma correcta. También voy a dejar en una suposición tácita la verdadera razón de por qué terminaste en esta clase, diciendo que fue porque en serio -en-serio- deseabas esa ridícula copa del campeonato y no por otra cosa que no quiero descubrir, ¿de acuerdo?
Pudo haberse ahogado con su propia saliva de no ser porque el shock de sus palabras lo dejaron congelado, que al parecer era la reacción que el rubio platinado esperaba porque lo ignoró y tomó un bolígrafo para empezar a rayonear la hoja con el procedimiento que estaba siguiendo, tal como dijo, resaltando cada error, que no eran pocos, para después levantarse y acercarse a otro alumno.
Sabía que no era el maestro de la ocultación, que su enamoramiento casi podía gritarse a voces, pero que Malfoy quisiera que alejara todos esos sentimientos de él, le hizo sentir terriblemente mal. No necesitó ni siquiera una semana y ahora cargaba una materia extra y un corazón roto. El resto de la tarde fue borroso, más concentrado en tragar el nudo en la garganta y matar en un proceso tedioso y doloroso cada esperanza absurda que creó durante años de anhelar algo que, ahora sabía, jamás sucedería.
Entregó una poción asquerosa que ganó la mirada burlesca de Theodore Nott, la mueca hastiada de Snape y la cortante indiferencia de Draco. Tomando sus cosas para irse al final de la tarde lo único que le apetecía era encontrar un lugar en silencio, a solas, para poder sacar todo lo que reprimía desde años pasados.
Harry pensaba que esa cantidad de peleas entre ambos eran divertidas, pensó que lo eran también para él. ¿No era acaso un choque de personalidades electrizante? ¿No se suponía que, en algún punto Harry se cansaba de ser el Elegido correcto y Draco el perfecto Malfoy con sangre fría que todos esperaban? ¿No dejaban salir sus frustraciones en gritos y hechizos que, al final, jamás los herían?
Draco siempre provocándole, acercándose a él para susurrarle amenazas vacía, para luego solo quedarse callado, con ese precioso puchero en el que se deformaba su mueca de superioridad, ¿todo eso era nada?
Qué había del baile de cuarto año, ambos en el balcón en vez de pasar la noche con sus citas, mirando la noche, solos. Cada esquina en la que coincidían, cada roce accidental que se alargaba más de lo necesario... todo aquello, era nada.
Era un total imbécil.
Con la mochila en su hombro derecho se dirigió a la salida y vagó durante dos pasillos solo, hasta llegar a un tercer cruce, donde sintió unas manos aferrarse a su cuerpo y empujarlo en un salón contiguo.
—No hagamos de este un encuentro traumático, ¿está bien, Potter?
No era un aula, era un armario de instrumentos de laboratorio, con un espacio tan pequeño que su respiración creó un pequeño vaho en sus lentes. Draco lo aprisionaba desde una posición para nada desagradable. No obstante, no se atrevía a mirarlo, si lo hacía quizá le soltara el llanto y le dijera toda la verdad, cosa que no necesitaba. Un poco de su orgullo tenía que quedar al menos después de ser rechazado tan de golpe.
—¿Crees que dejaré que sigas en esta clase, simulando que tu objetivo tras todo este escenario no soy yo? —cuestionó, con el ceño fruncido y su varita, si bien no le apuntaba, sujetándola en un puño furioso.
Sabía todo y lo odiaba. Odiaba a Harry. Quizá era algo que tendría que ser conocimiento público y popular, pero otra vez, Harry se convenció que no era odio, ni envidia, ni mucho menos rencor. Intentó recomponerse, como si no se hubiese derrumbado en algún momento.
—No... yo no... estás mal —fue lo que logró balbucear, con la mirada enterrada en un punto inexacto del suelo.
—¿Lo estoy? ¿Vas a negar que estás aquí merodeando—como siempre—porque piensas que estoy tramando el fin de Hogwarts? ¿En serio piensas que soy tan imbécil? —hizo una pausa para tomar aire—. Sé que estás ahí, cuando voy a la biblioteca en la mañana, sé que esperas encontrarme leyendo acerca de magia negra. Sé que conoces mi horario, que de alguna forma que aún no puedo entender logras encontrarme cuando me alejo de todos. Eres tan malditamente irritante, asechándome, cazándome. Sé que en cada evento revisas con quién me junto, como si de repente fuera a sacarme del bolsillo un mortífago y le pediría que te asesinara. Como si ya eso no fuese el trabajo de alguien más. Pero créeme, Potter —se acercó tanto a él que sus frentes acabaron chocando, pero Malfoy seguía presionando sin delicadeza—, créeme que si pudiera haber puesto mis manos sobre ti, sobre tu cuello para matarte, lo habría hecho años atrás.
Su mente se nubló en un nivel absurdo, procesando todo lo que su enamoramiento infantil le decía. Podía decir que entendió todo, pero la información llegaba en retazos, más concentrado en sus labios moviéndose muy cerca de los suyos, de su uniforme arrugado aún y del mechón de su cabello adherido a su mejilla. Tan precioso. Su expresión era otra cosa, le animaba a reconocer que lo que dijo era que saliera de su camino, pero no quería entender eso ahora. Más tarde seguiría llorando. Ahora era solo Malfoy y su respiración, y su olor, y su cuerpo todo tan cerca.
Una vocesita pequeña dentro de su cabeza le gritó que Malfoy creía que estaba detrás de él porque lo odiaba, no porque lo amaba. Le gustaba la biblioteca porque le gustaba ver a Draco leyendo esos clásicos que la gente creía que no le interesarían y podía admitir que a veces, cuando se sentía solo incluso rodeado de personas, buscaba el mapa del merodeador para ir detrás de ese rubio platinado que no hacía más que mirarlo mal e insultarlo, con más sentimiento del que alguna vez le otorgaron. Todo el afecto y odio que recibía constantemente gracias a las hazañas o los rumores de otros, en realidad, solo eran mentiras o exageraciones que provenían de querer ser aceptados. Draco no le gritaba porque todos le gritaban, él veía esa frustración, justo ahora podía sentirla. Y no sabía cómo mantenerse de pie cuando lo que deseaba durante años esperaba una respuesta de su parte.
—¿Piensas que estoy aquí para espiarte?
—¿No es lo que haces siempre? —inquirió, con una ceja alzada.
—No así Malfoy... —carraspeó, en un intento de aclararse—. No estoy aquí por ti...
—Mírame, Potter.
Alzó la vista y se encontró con sus ojos grises, que lo escudriñaban en busca de la verdad.
—Desde que te conozco no has dejado de toparte en mi camino. Has llegado hasta aquí, sabiendo que sin falta ayudo a Snape con los reprobados. Algo tienes que querer algo, y no pienso soportar que se te salgan los ojos en cada clase. Así que eso, ¿Qué quieres de mí?
¿Draco no se daba cuenta de lo amplia que era esa pregunta?
Harry dejó caer todas su esperanzas un rato atrás, Draco jamás lo miraría con otros ojos y estaba condenado a un amor no correspondido, entonces al menos dejaría ese armario estúpido con un deseo cumplido. Se inclinó contra su cuerpo y no se detuvo hasta que su pecho se encontró con el de Malfoy, y sus labios rozaron los contrarios. Notó cómo el rubio se tensó, pero no prestó atención, solo se quedó allí, esperando ser rechazado, así que cuando no lo vio retroceder por fin—oh dios, por fin—lo besó.
Ajustó sus manos en su hombro y depositó la otra en su mejilla. Se separó porque Malfoy parecía congelado, con los ojos cerrados, era una verdadera obra de arte. Se sintió afortunado y desdichado, porque pudo ver esto de él y sin embargo no lo vería más otra vez. En un movimiento que no esperó, Draco abrió sus labios y Harry pensó que quería más. Él también, él se derretía viéndolo de esa forma. Entonces lo besó de nuevo, en esta ocasión la presión de los labios del rubio le hizo sentir débil, enredando sus brazos en su cuello para dejarse disfrutar de ese precioso momento. Se besaron al rededor de dos minutos enteros, que le pareció poco cuando una mano de Draco se posó en su cintura y le hizo retroceder. Luchó con la tristeza en su interior.
—¿Qué... demonios...Potter? —preguntó, su cara en blanco, su tono desequilibrado.
A partir de ahí le fue casi imposible dejar de hablar.
—En realidad estoy enamorado de ti —la expresión de Draco se armó en incredulidad, vio sus ganas de protestar, así que se apresuró en seguir hablando—. Desde hace años... enamorado enamorado, no es que solo me parezcas hermoso. Al principio puede que haya sido solo por eso, porque eres tan hermoso que no pude evitarlo, pero luego cuando empezaste a ser cruel pensé que dejaría eso atrás. Es solo que, tus juegos, insultos, tú nunca nunca me hiciste daño y creí que... —se empezó a avergonzar, pero se negó a detenerse. Haría un gran espectáculo antes de ser el peor rechazado de la historia—, que solo era una fachada y que quizá no me odiabas. Estar detrás de ti todo el tiempo fue una estupidez, y me disculpo por hacerte sentir perseguido, pero no era mi intención, creo que nunca he parado de ser un intento desesperado de que me notes. Pero estoy cansado, esta es la maldita verdad, Draco. Que te amo desde que tengo catorce y no he podido sacarte de mi mente y aunque me odies y no quieras nada conmigo yo... yo no puedo evitarlo.
Sus ojos estaban empañados en lágrimas retenidas y a mitad del discurso él mismo se encargó de bajar sus brazos de su cuello y tomó la mejor distancia que el espacio reducido le permitía. Ahora se conformaba con observar ese brillante cabello rubio.
—No.
No. Un golpe directo y certero. No.
Imaginó que eso sería todo, no obstante, Draco aún no retiraba la mano de su cintura, que ahora presionó con ligera fuerza.
—No puedes usar esto para manipularme, Potter. No puedes, no te dejaré —le soltó, rápido y sobresaltado.
¿Estaba mal si lo besaba un poco más?
—¿De qué hablas Malfoy? Acabo de decirte que te amo, ¿puedes apresurar tus risas y dejarme ir?
Quería ocultarse para llorar, el plan que tenía desde una hora atrás, añadiendo ahora el recuerdo de un beso.
—Tú no me amas, imbécil
Abrió su boca en una mueca ofendida.
—¿Quién te crees para decirme a quien puedo o no amar?
—No me amas, quieres hacerme creer que correspondes mis sentimientos para inmiscuirte en mis cosas de Slytherin, en mis cosas de familia, como siempre.
—¿Corresponder tus sentimientos? —preguntó Harry, seguro de haber escuchado mal.
—¡¿Cómo puedes ser tan ciego?! Eres un maldito acosador, el jodido niño-que-vivió y no sabes que nunca he dejado de desear que estés conmigo. No harás esto, Potter. No jugarás conmigo.
En menos de lo que pudo entender, Malfoy estaba saliendo, dejándolo solo, con un desastre en su cerebro.
¤¤¤
El tercer día no le esperaba nada bueno. En primer lugar porque Harry sí había llorado la noche anterior, hasta el cansancio. Lo cual no tenía mucho sentido porque las palabras de Draco incrustadas en su psiquis diciéndole que quería estar con él no se borraban, pero no pudo retenerlas, por lo que el resultado fue mucho helado, mucho pastel, dos hechizos en la fachada de las cortinas de su cama; uno para silenciar y que nada escapara de allí; el otro para crear un distractor que no dejara que alguien fuese a curiosear su espacio y que lo descubriera como una niñita.
No durmió un carajo, sus nervios estaban de punta y que Draco no apareciera le tenía engrinchado como un gato.
Cuando apareció no lo miró, no se le acercó, no parecía el chico de ayer que ajustaba el agarre en su cintura para profundizar el beso. La apatía le dolía más que una mirada cargada de rencor. En una ocasión, en busca clara de atención, levantó una mano para hacer una pregunta sabiendo que Snape tendría que asignarle a uno de sus ayudantes, pero aunque dejó que ellos decidieran, quien acudió fue Theo. Odiaba a Theo, era guapo y no le molestaría besarlo, podía recordar bien una vez que soñó con él, sobre él, debajo de él, un sujeto que podría verse bien en cualquier posición, a excepción de junto a Draco.
—¿Qué pasa, Potty? ¿Estás muy distraído como para concentrarte? —se descubrió odiando cómo sonaba el apodo desde los labios de ese castaño—. No creo que al niño dorado de Gryffindor le convenga reprobar esta materia, de nuevo.
Se fue dejándole más enojado e incómodo de lo que antes estaba. No podía evitarlo, sentía que su lugar estaba muy lejos de allí, junto a Draco de ser posible. Por el contrario, en los últimos minutos de clase, con todo recogido por las ganas de largarse cuanto antes, tuvo que soportar la visión de Draco en el frente del aula, apoyando su delgada espalda en el pizarrón con la cabeza recostada hacia atrás por el evidente calor que colmaba la sala y con Theo sonriéndole. La mano de Nott aterrizó en la cintura de Malfoy, lo que hizo que el rubio lo mirara ofreciéndole su atención y que a Harry le ardiera el cuerpo de celos.
Genial, Theodore seguía siendo un maldito dolor de culo.
Pero la clase por fin finalizó. Snape, sacudiendo motas de polvo inexistentes de sus papeles, se detuvo ante ellos.
—Me impresiona mucho descubrir cómo, aunque es la segunda vez que aprenden estas pociones, siguen haciéndolo de forma terrible.
Harry sabía lo que hacía, lo empezó a demostrar hoy, no queriendo distraerse más con las palabras de Draco que seguían resonando en su cabeza. Solo que, después de todo, pociones era una asignatura que siempre le había costado. Sus resultados podrían ser buenos, pero necesitaba tiempo para llegar a ello. A Snape, claramente, no le importaba eso.
—Y como están aquí para nada más que mejorar forzosamente, aquí tengo una lista para cada uno que quiero para la semana que viene. Pueden obtener ayuda de los prefectos de Slytherin —señaló al trio que desquiciaba a Harry—. O, si se creen capaces, hacerlo por sus cuentas. Como sea, Neville, es imposible que pases por tu cuenta, tienes asignado al señor Theodore Nott para que te guíe.
Neville bajó la mirada, avergonzado. Sus mejillas rojas. Observó a Theo, que miró a Neville como a veces miraba a Draco. No supo adivinar qué le produjo eso. Nott se quejó, por supuesto, lo que le arrancó una risa ronca a Malfoy. Sus ojos cerrados, corbata ajustada, manzana subiendo y bajando por su clara garganta. Desvió la vista a sus propias manos.
—Ah, señor Malfoy, no se ría tanto. Ha llegado tarde constantemente, así que compensará su irresponsabilidad ayudando a otro alumno.
El estado de Draco se puso en alerta de forma evidente. Calculó las peores notas de quiénes estaban allí, Snape solo le asignaría su compañía a alguien que en serio necesitara ayuda y Harry no era tan malo.
—Es tu día de suerte, vas con Potter —lo apuntó con su cabeza de forma despreocupada.
—¿De suerte? No quiero tener que explicarle cosas tan básicas a Potter.
—¿Debo asumir entonces que quieres que le asigne tarea más difícil y así no tenga que explicarle nada básico, señor Malfoy?
—No es a lo que me refer...
Snape lo interrumpió.
—Más tarea entonces —con una floritura hecha gracias a su varita incrementó los papeles en sus manos—. Ya tiene una excusa para preguntarle directamente cómo tiene una notas inadmisibles en vez de preguntarme a mí por qué lo reprobé.
Y, así como así, Snape se fue ondeando su túnica. Los papeles los dejó levitando para que buscaran a sus dueños, la pila de Harry era más gruesa que la del resto. Un hormigueo recorriéndolo.
Blaise, Theodore y Draco salieron despedidos de la sala, los dos primeros burlándose de Malfoy quien fruncia el ceño con fuerza.
Harry en serio tenía mucha tarea, así que recurrió a Hermione, quién accedió a guiarlo porque no planeaba darle mucha ayuda, no cuando seguía indignada. De esa forma terminó estando a las diez de la noche en la biblioteca, en un espacio apartado y solitario por la hora, con su cena a medio terminar y pergaminos desperdigados por la mesa.
Era tan tarde y estaba tan lejos de dónde quería estar—ah, su preciada cama—que incluso traía puesta una pijama. Fue hasta su habitación y se cambió dispuesto a ignorar su tarea y dormir, pero Hermione lo siguió y le obligó a ir de regreso a la biblioteca, lo había dejado solo desde hacía una media hora cuando le dijo que cenara y ya se fuera a acostar. No es que no tuviera hambre, es que estaba cansado.
Gracias a estar distraído en un principió no notó la aparición de Draco Malfoy delante de él, también en pijama. Dejándolo estático en su lugar, siendo que nunca lo había visto en pijama. Usaba una camiseta gris delgada, tanto, que estaba seguro que si fuese de color blanco podría transparentarse; y unos pantalones que sí parecían capaces de protegerlo del frío, sueltos y azules. Acostumbraba a ver esa mirada altiva que lo hacía lucir como si portara una túnica hecha con hilo de oro todo el tiempo. Excepto cuando jugaba quidditch y el calor y el cansancio lo agotaban. Excepto cuando mezclaba los elementos para la clase de pociones. Excepto cuando había muy poca gente y sobretodo no estaba rodeado de las serpientes de su casa, frente a quienes parecía querer marcar más su inexistente dominio.
Pero Draco en pijama y a esas horas en la biblioteca casi vacía tenía los ojos entornados, los hombros encorvados y con su mano revolvía su cabello y tallaba sus ojos, en busca de desperezarse.
Se encogió en su lugar, queriendo pasar desapercibido. Draco se detuvo a unas cuantas estanterías a la distancia y repasó con rapidez los títulos delante de él. Depositó un libro que ya traía en su mano izquierda y tomó otro, entonces lo miró, allí, con la cena fría entre sus manos. Después de un jodido día de ser ignorado lo miró con esa sonrisa que colocaba antes de iniciar sus peleas.
—¿Potty haciendo la tarea? Te imaginé corriendo tras de mí todo el día pidiendo ayuda —se burló.
—Pensé que detestabas que te preguntara cosas —respondió, apartando el plato para empezar a guardar sus pertenencias.
—Lo hago, pero ya sabes, uno se acostumbra a lidiar con ciertas cosas.
Draco se acercaba a él con un andar lento, pero sin titubear, sabiendo que al final igual llegaría a donde quería. Terminó por quedar frente a él, y de forma inevitable Harry no fue capaz de apartar la mirada por un minuto entero del torso de Draco, que quedaba a su alcance. Cuando por fin alzó la mirada, vio un rastro de debilidad en aquellos ojos plateados, que luego fueron ocultos, pero que era todo lo que necesitaba.
—Entonces... —Harry inició, levantándose para quedar a la altura de Draco, sin aumentar ni disminuir la distancia, casi rozando sus torsos—, ¿Te quedas aquí durante las vacaciones de invierno para ayudar a tu padrino o porque no te gusta ir a casa, Malfoy?
—¿Qué crees tú, Potter? Al parecer todos aquí piensan que todo lo que dice el niño dorado de Gryffindor es cierto, así que por qué no me iluminas con tus teorías.
Era una provocación clara, una punta que podría tomar o rechazar. Pero en ese instante no quería ninguna de las dos. No quería a Malfoy. Quería a Draco, por eso buscó con su mano la de el chico frente a él y acarició con las yemas de sus dedos la muñeca del otro. Vio al rubio tensarse.
—Creo que estás aquí para mantener tu mente ocupada, quién sabe qué cosas podrías pensar o desear estando solo —dejó de acariciar su muñeca para arrebatarle el libro que sostenía y leyó en voz alta el título—. De por qué la noche es aterradora. ¿Lees estas cosas para dormir? ¿Tanto así evitas quedar a solas con tus pensamientos?
El ceño de Draco se frunció, pero no retrocedió ante tales acusaciones.
—Escucha, Potter, no te conviertas en un fastidio más intenso de lo que sueles ser. No te conviene.
Decidió ser sincero, después de todo, Malfoy fingía no haber escuchado su declaración, pero lo hizo.
—Es la única forma en la que me dejas estar cerca de ti —confesó—. Y si es lo que me darás, lo tomaré.
Sin darse cuenta Draco había estado cerrando los ojos de a poco, pero al escuchar eso se alertó de inmediato. Solo logró resoplar en respuesta.
—¿Sigues sin creer que estoy enamor...
Draco tapó su boca con una mano para callarlo.
—Ya cállate, nadie quiere escuchar lo que dices.
Lamió su palma en protesta, causando que Draco la retirara con una mueca nueva en su rostro.
Los ojos de Harry dejaron claro que se moría por más.
—Draco... ¿lo que dijiste ayer fue en serio? —se atrevió a preguntar, apretó su mandíbula intentando no temblar, al menos no de forma evidente.
Draco retrocedió, un paso atrás y recuperó su libro del dominio de Harry.
—Si te refieres a que dejes de inmiscuirte en mis cosas, sí, lo decía en serio. Ni siquiera en vacaciones puedo librarme de ti, es exasperante.
—Sabes bien que me refiero a cuando dijiste que tú... que tú querías estar... conmigo. Porque yo quiero estar contigo.
—Harry... —soltó un suspiro pesado—... no me conoces, solo has tenido sospechas durante todo este tiempo acerca de que soy obligado a apoyar a Voldemort, o si mis burlas hacia los demás provienen de otro lugar que no es el odio o si en realidad detesto las cosas de las que debo enorgullecerme por ser quién soy. Pero no son más que sospechas.
Harry no pudo resistirse más, ni un poco intimidado por lo que escuchó, y besó con delicadeza la comisura de la boca de Draco. Tras unos segundos besó su mejilla y avanzó dos pasos para poder deslizar sus manos en el cabello suave que tanto le encantaba mirar. Sintió la mano de Draco sostener su cadera y ese sencillo movimiento aceleró todo dentro de su sistema.
—¿No hemos tenido ya suficientes años de mentiras? —otro beso en la mejilla y otro en la línea marcada del comienzo de su mandíbula—. Quizá la mayor parte del tiempo estoy tan asustado de las responsabilidades que me acarrean solo por tener una maldita cicatriz que muchas cosas me pasan por alto, pero Draco... sé cuando alguien me mira como algo a lo que proteger. Lo sé porque casi nadie lo ha hecho, y sé que tú lo haces.
—Yo no... —comenzó, pero fue claro el momento en el que se rindió.
Acunó el rostro de Harry entre sus manos y estampó sus labios contra los de él. Harry no dudó ni siquiera en segundo, abriendo su boca, recibiendo su lengua, presionando con sus dedos en el cabello claro para no separarse. Le fue imposible retener un jadeo, para el momento en el que Draco se tomó un momento para respirar, empezó a repartir besos cortos y suaves en sus labios, su barbilla, sus mejillas y luego retomó el camino a sus labios para exhalar sobre ellos.
—¿Tú está...
—Sí, Harry. También estoy enamorado de ti —los segundos que le marearon el impacto de escuchar esas palabras fueron aprovechados por Draco, quién recorrió la espalda de Harry hasta llegar a sus omóplatos y descansó su frente contra la de él—. Suficientes mentiras por hoy.
Eso le provocó una sonrisa aliviada.
¤¤¤
Draco Malfoy fue sincero, al menos esa noche.
Se besaron unos minutos largos, en los que murmuraban sobre la boca del otro sus sentimientos reprimidos.
Tú, estúpido niño, sonriendo y atrayendo las miradas de todos.
Tomando la mano de la niña esa, invitándola al baile, ¿quién te crees?
Nunca mirándome a mí.
Y Harry resoplaba risas, besaba su clavícula y le respondía mientras colaba sus manos por el pijama gris para acariciar su piel helada.
Nunca dejé de mirarte a ti, ¿cómo podría? Eres tan hermoso, Merlín, tan hermoso.
¿Hubieras aceptado si te hubiese dicho que me acompañaras al baile? No, Draco, porque amas negarme cosas.
No he podido dejar de pensar en ti desde que tengo catorce, tú solo... solo apareciste un día con tu voz más ronca y más alto y pronunciando mi nombre sin parar y deteniéndote en los pasillos para molestar cuando nadie quería hablarme.
Se suponía que se separarían luego de la biblioteca, que irían a sus dormitorios, pero de alguna manera Harry siguió a Draco mientras pretendía bajar a las mazmorras y acabaron en la soledad de esos pasillos. El Slytherin apoyó su cabeza en la pared, sus brazos enganchados al cuello del castaño, buscando formas de continuar disminuyendo la distancia.
¿Decirle no a un Gryffindor? Es bueno. ¿Decirte no a ti? Supongo que me causaba algo más allá que la diversión.
Gimió un poco demasiado fuerte cuando las manos de Harry bajaron a su trasero y lo atrajo hacia su cuerpo. Se movían irregularmente, queriendo tocar todo y que el momento no acabara. Draco tomó una bocanada de aire antes de hablar.
¿Qué pensabas acerca de mí, Potter?
Bajó su delgada mano y acarició sobre el pantalón la erección creciente de Harry. Seguro que al castaño le generó placer, pero no más que a Malfoy, quien por demasiado tiempo fantaseó con hacer eso.
Cada parte de ti me torturaba. Cada parte de ti sigue haciéndolo.
Quería estar cerca de ti. Tomar tu mano. Un beso. Muchos besos... luego llegó la pubertad y me terminó de joder.
¿Recuérdame por qué no coincidíamos tanto en las duchas? Mejor así, me habría corrido de solo verte sin camisa.
Me corría solo con recordarte con el uniforme de quidditch, maldición.
Eso provocó una risita en Draco, que consideraba la idea de arrodillarse y averiguar el sabor de Harry, cosa que también lo perseguía
¿Cada semana? ¿Cuando nos hacían entrenar juntos?
El Gryffindor negó con la cabeza y tomó un poco de espacio, manteniendo sus manos pegadas a la pared donde aprisionaba al precioso chico frente a él.
Cada noche.
El deseo se revelaba en sus miradas, pero debían parar. Estaban en un pasillo en el que cualquiera podría aparecer y hasta hace una semana lo que profesaban hacia el otro era odio.
—¿Podemos vernos mañana? ¿No volverás a pasar de mí? —preguntó, temeroso de que todo lo que había pasado se esfumara y también para intentar mentirle a su cuerpo y ordenarle que alejara todo ese calor dentro de sí.
—¿Te molesta que no te preste atención en clase, Potter?
Le dio un beso corto antes de contestar.
—Un poco.
—Mañana quizá nos veamos, Potty.
¤¤¤
Harry, para ser el elegido y todo ese teatro que descubrió a sus once años, era demasiado inocente para su propio bien. El cuarto día de sus tediosas lecciones de pociones esperaba que, como mínimo, Draco le ayudara. No porque las asignaciones estuviesen tan difíciles sino porque... porque quería tenerlo cerca, eso era todo.
Pero el sangrepura llegó como cada día, escuchó un poco a Snape, intercambió palabras con sus amigos y pasó de él. Desgraciado Slytherin que creía poder hacer con él lo que quisiera. A ver, sí quería que hiciera lo que quisiera, pero no en este horrible sentido en el que dejaba caer los ingredientes de forma recurrente por estar distraído. Si seguía de esa manera, Snape lo iba a odiar más que Neville y eso ya era mucho decir.
Durante el transcurso de la tarde no había logrado ningún resultado satisfactorio, lo que provocó que, cuando derramó un líquido que ya ni recordaba qué era, el problemático profesor lo mandara a buscar utensilios para reponer en todas las mesas. Lo que en cambio de bueno era tedioso. O lo fue hasta que Malfoy lo siguió.
—¿Alguna razón en concreta para ser más torpe de lo normal? —le preguntó, observándolo apilar los materiales que le pidieron.
No solo era muy inocente esperando que Draco le hubiese hablado en clase, sino que también le salía perfecto ser dramático. No respondió, así que Malfoy fue hasta a él y tomó su mentón antes de pasar los brazos por la cintura de Harry, en un ligero abrazo.
—Blaise y Theodore practicarán al menos unas horas quidditch después de terminar la clase y, no sé, puedes venir a mi dormitorio si tienes tiempo.
Más que tener tiempo se moría de ganas de ir. Estaba bien el asunto de pasar tiempo con él—más que bien—, pero ver las mazmorras le producía demasiada curiosidad. Ver a Draco en su espacio personal, procuraría no desmayarse antes de incluso llegar.
—¿Ahora existo al parecer? —se quejó, aunque devolverle el abrazo le quitaba toda la seriedad que quiso mostrar. Sintió la sonrisa de Draco pegada a su mejilla.
—No seas tonto... no olvides llevar tu capa de invisibilidad. No me mires así, no es como que sea un gran secreto.
De esa forma había acabado de pie en el medio de la habitación de Draco llena de color verde y plateado.
—¿Por qué ustedes...—comenzó, avanzando con cuidado, como si temiera romper o profanar algo—... comparten habitaciones de a dos? ¿Sabes que en Gryffindor compartimos una habitación cinco o seis personas? ¿Qué clase de trampa es esta?
El Slytherin se sentó en su cama, frente a la de Theodore, cosa que ahora tenía sentido con respecto a un trato más afincado hacia el chico, ignorando sus réplicas
—No sabía que viniste a quejarte de lo obvio, Potter. Todo en Slytherin es mejor que en tu casa.
Se miraron unos segundos como si fuese primer año otra vez, donde las riñas inocentes les sacaban de quicio, y luego Harry tomó asiento junto a Draco y le dijo que no le importaba, que lo único que quería de esa ambiciosa casa era a ese sangrepura irritante.
Hablaron largo y tendido, aunque no confesó por qué reprobó una materia y Draco fingió que no sabía por qué. También le dejó conocer sus libros favoritos que yacían amontonados en su escritorio, unas cartas de edición limitada de ocultismo, cosa que dejó en claro el fanatismo del rubio en cosas míticas.
¿Qué era Draco Malfoy sin el peso de su familia sobre él? Seguro podía entender más a ese, el que también quedaba enterrado bajo las expectativas que plantaban para su futuro. Tal como hicieron siempre consigo. Le agradó la idea de pasar tiempo con alguien que verdaderamente entendía lo que era caminar bajo miradas atentas en los pasillos todos los día, lo que era temer enfrentarse a las obligaciones que les correspondían porque así otros lo decidieron.
Después de mucho Draco se cansó de ver y no tocar, así que besó a Harry con una timidez que olvidó cuando notó que el castaño quería eso tanto como él. Cuando pausaron un poco Harry observó con más atención por la vergüenza el dormitorio y sus objetos. Al poco tiempo tenía al rubio sentado a horcajadas sobre él y paseaba sus manos desde su espalda baja hasta su trasero.
Mordió la delicada y angular mandíbula de Draco, lo escuchó jadear y decir su nombre bajito, no pudo evitar ponerse tanto que su erección fuese evidente. Repartía besos desordenados por su rostro y lamía su cuello deleitado. Las manos en su pecho le tenían ansioso. Las delgadas y pálidas manos de Malfoy recorrían su torso, subían desde su estómago hasta juguetear un poco con su clavícula, se detuvo un rato más largo en los pezones, acariciando levemente sobre la camisa. Harry era más ruidoso y no dejaba de mover su cadera de manera inconsciente causando que ambos estuviesen muy encendidos.
El rubio empujó un poco desde su pecho para que Harry cayera hacia atrás y se inclinó sobre a él. Quedaron unos segundos así hasta que notó las manos del castaño en su pantalón y luego cómo pausó un poco, los ojos de Potter clavados en algo sobre él: la pequeña fotografía atascada en una esquina del techo de su dosel, de sus padres abrazando una versión de él mucho más pequeña.
—No puedes inmiscuirte en mis cosas familiares ni todo lo que eso conlleva, ¿lo entiendes?
Su comentario lo atontó.
—¿En serio piensas en eso mientras intento bajarte el pantalón?
—Sé que no has dejado de mirar los objetos del dormitorio, Potter —protestó, reprimenda cargando su voz.
—No por eso, no por-
Draco se incorporó, sentado mirando en dirección contraria a donde se encontraba.
—No me veas como idiota. Puede que te guste o... lo que sea, pero sé que aún bajo todo eso tienes a todo tu grupo odiándome y queriendo saber si conocemos la solución a todo esto como si fuera culpa de mi familia, queriendo conocer todos los secretos que no son su asunto.
—Draco, escucha, no estoy aquí por eso. Puede que tengas razón en algunas cosas, pero estoy aquí por ti, porque sé que eres diferente.
—¿Lo sabes? Potter, por lo que sabes yo podría ser tan parecido a ti como lo era Sirius Black de su prima Bellatrix.
Y eso por fin hizo que se moviera, no para irse, no para gritar, solo se sentó con un profundo dolor extendiéndose en su pecho. Nadie había mencionado a Sirius delante de él, por respeto o por temor. Lo que en un principio le causó rabia porque sentía que era un tema que no se podía tocar más, tal como la muerte de sus padres, tal como el dolor que arrastraba de su infancia y que jamás nadie conocería como él.
—No estamos en un campo de batalla, Malfoy.
Vio la manera en que algo dentro del rubio se derrumbó, no totalmente de mala manera, más como quitar un escudo del medio entre ambos. No entendió del todo cómo ese encuentro brusco desembocó en una larga conversación de lo mucho que Harry extrañaba a Sirius y de las ganas que almacenaba de vivir en Grimmauld Place algún día. Draco habló de cómo amaría vivir lejos de Malfoy Manor y acabaron acostados otra vez, tomados de la mano.
Habían muchas cosas entre ellos, incluyendo una posible guerra, pero por ahora no le preguntaría por la marca tenebrosa que quizá tuviera, ni de las muchas cosas peligrosas en las que tal vez estaba involucrado, porque él también estaba metido en mucha mierda. Si esto era algo real, si llegaba a mucho más, entonces ellos tendrían una salida distinta, de alguna manera.
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El último día de la primera semana Draco siguió ignorándolo en clase, no obstante, dejó de tomárselo tan a pecho—eso no significaba que cuando estuvieran solos no haría un poco de drama—, porque lo que sea que tenían no los revocaba de pertenecer a diferentes bandos.
Lo cierto también era que deseó mucho tiempo que algo sucediera como para pausarlo por los demás, como para privarse de lo que podría suceder. Se encargaría de ver cómo terminaría la siguiente semana, luego quizás el siguiente año escolar y seguro para cuando las cosas se pusieran feas tendría algo más por lo que sobrevivir que solo el deber hacerlo.
