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14 de marzo, 1792; Proximidades de Madrid, España.
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Una vez que hubo terminado de leer la carta, España la dobló y la dejó sobre la mesa.
Se permitió entonces dirigir sus ojos hacia el techo de madera, y una de sus manos anduvo por la superficie frente a él en busca de aquel vaso cilíndrico; la única solución que había encontrado para el nudo en su garganta. En cuanto lo palpó, envolvió sus dedos en él y lo levantó hacia sus labios.
No pudo evitar arquear una ceja al percatarse de que nada caía sobre su lengua.
Él soltó un suspiro desde sus profundidades y se restregó los ojos.
Se apoyó en la superficie del escritorio, se puso en pie y se sacudió el chaleco amarillento que llevaba puesto. Recogió el papel y se lo introdujo en el bolsillo de su pecho, al mismo tiempo que su otra mano se ocupaba de levantar la casaca oscura y se la enganchaba en uno de sus hombros.
Con su vaso en la mano libre, España rodeó la mesa y salió del despacho.
Al recorrer el pequeño pasillo, él se percató de que los doseles de la cama estaban recogidos en las barras de la estructura, dejando a la vista el impoluto juego de sábanas. Sus comisuras se elevaron a la vez que dejaba escapar el principio de una carcajada.
Había tardado bastante tiempo en hacerlo.
Mucho más del que había esperado.
A continuación, salió de su habitación y atravesó los laberínticos pasillos de su hogar hasta llegar al pequeño salón. Sus ojos no tardaron en localizar una cola peluda de tonos beige sacudiéndose encima del sillón rojo, y un solo paso hacia delante le permitió localizar el cuerpo y la cabeza del animal, que lo observaba con sus ojos marrones.
Él coló sus dos brazos en los huecos de la casaca y se aseguró de tenerla bien colocada antes de hincar una rodilla en la alfombra y acariciar su costado.
—¿Dónde están, eh? —preguntó, prácticamente en un susurro. Pelayo levantó sus patas del costado para permitir el acceso de sus dedos al pelaje de su tórax—. Supongo que no en la cocina, porque tú no se lo habrías permitido, ¿verdad?
Pelayo abrió la boca y dejó ver su gran lengua a la misma vez que jadeaba y parecía asentir con la cabeza. Tras varios segundos, él suspiró, le dio unos golpecitos y levantó su rodilla del suelo para proseguir hacia las escaleras que lo llevarían al patio central.
España las recorrió con bastante rapidez, que aumentó cuando pudo escuchar un relincho desde el exterior. Se detuvo una vez que solo le quedaron tres escalones y se permitió aclararse la garganta y alzar sus comisuras.
Y, en cuanto hubo dejado la escalera atrás, se forzó a mantener su sonrisa en su lugar.
Detectó los cabellos anaranjados y el vestido verde de Irlanda junto a la grupa de su yegua, de un color blanco sobre el que destacaban ciertas motas castañas, en la que había colgada una bolsa que ella parecía empeñada en registrar.
Sin embargo, aquella escena no había sido la causante del gesto, sino la yegua de un pelaje tan blanco como la nieve, que había brillado bajo los copos de la tormenta de hacía dos meses. Era difícil no detectar su presencia cuando superaba por bastante la alzada de Aoife. En cuanto las suelas de sus botas habían tocado el suelo de piedra, la yegua había alzado y girado su cuello en su dirección, con las orejas levantadas de forma cuasi vertical. Soltó un pequeño relincho antes de girarse por completo y acercarse hasta que su morro pudo contactar con la tela de su manga.
España enganchó los dedos en su cinto mientras llevaba la mano que sostenía el vaso hacia su nariz con tal de sentir el terciopelo de su pelaje. La yegua, Clío, emitió un ligero ronquido cuando alcanzó la piel alrededor de sus orejas, que hizo que Irlanda se girase sobre sus talones con gran agilidad y pasase a mirarlo con el ceño fruncido.
Gesto que, para su fortuna, no tardó en suavizar con un pequeño suspiro.
—¿Ya has terminado de leer la carta?
España necesitó unos segundos para asentir con la cabeza y alzar sus comisuras ante el escrutinio del intenso verde de sus ojos.
—Sí, ya he terminado. —Al apreciar cómo su ceño comenzaba a llenarse de nuevo de arrugas, él chasqueó su lengua—. Pero no he escrito respuesta porque no la creía necesaria. Vuelvo a la Corte en unos días; podrán esperarme hasta entonces. Además, quería servirme un poco más de vino.
Irlanda lo miró con fijeza antes de asentir con la cabeza y devolverse hacia la bolsa, en la que volvió a introducir sus manos.
Él apretó sus labios y se restregó los ojos. La yegua de Irlanda encontró aquel momento indicado para mirarlo con sus orbes castaños y sacudir su cabeza en dirección a su dueña. Clío hizo lo propio, aunque España se sintió libre de enredar sus dedos en sus crines y hacerla detener sus movimientos.
Tragó saliva para intentar deshacer el nudo en su garganta.
—Y… ¿te vas ya?
Irlanda se volvió a interrumpir para girar su cabeza hacia él y asentir con ligereza.
—¿Te acuerdas de la carta que me llegó hace unos días? —Ella no esperó a que él respondiese, por lo que este decidió disfrutar de la forma en la que sus comisuras se habían alzado—. Es una invitación de Theobald Wolfe Tone a unirme a la Sociedad de Irlandeses Unidos que fundó en Belfast. Quieren empezar una rebelión contra los ingleses, y que yo esté junto a ellos para hacerlo.
España intentó reprimirse.
—¿O-Otra? —Pero las palabras se le escaparon igual.
Irlanda frunció su ceño sin ninguna clase de piedad. El que su nariz se arrugase fue un duro golpe, que le hizo apretar sus labios y agachar su cabeza.
—Por supuesto que otra —replicó—. Todavía no lo hemos conseguido, así que dime, ¿por qué no debería haber otra rebelión?
España inspiró hondo antes de alzar su rostro en su dirección.
—¿Cómo sabes que no acabará como la última vez? ¿O cómo la de tu hermano? Por favor, Irlanda, sabes que yo ya no…
Él se forzó a interrumpirse cuando Irlanda puso sus ojos en blanco y sacudió sus manos en el aire. Se mantuvo en silencio a la espera de sus palabras, pese a que ella no hizo más que resoplar.
—Los franceses están dispuestos a ayudarnos.
España parpadeó a la vez que una de sus cejas se alzaba.
—¿Incluso con todo lo que está pasando en Francia?
Irlanda se cruzó de brazos. Le pareció que Aoife lo miraba y soltaba un resoplido, aunque él ni siquiera se molestó en reparar en la yegua.
—Nadie sabe lo que está pasando exactamente en Francia. —Se peinó los mechones arqueados de su flequillo con los dedos—. Y tenemos su palabra de que nos ayudarán.
España se tragó sus pensamientos y se forzó a alzar sus comisuras.
—Pues esperemos que así sea —murmuró.
Ella asintió con la cabeza. En cuanto suspiró, gran parte de las arrugas en su ceño desaparecieron y se permitió acortar la distancia que los separaba para apoyar sus manos en su pecho y darle un par de golpecitos. Él no pudo hacer más que inspirar hondo y relajar su gesto.
—Espero que no te importe que haya asaltado tu despensa y me haya llevado unas cuantas cantimploras con vino dentro. —Ella esbozó una pequeña sonrisa mientras hacía tamborilear sus dedos en la tela de su chaleco—. Ya es suficiente que te haya pedido que me trajeses a Clío de tus mejores establos.
Se permitió soltar una pequeña carcajada antes de encogerse de hombros.
—No te preocupes, ya sabes que no me importa.
Irlanda asintió con cierta ligereza mientras una comisura se curvaba.
—Mejor, porque no las iba a devolver. —Sus dientes de inmediato se clavaron en su labio inferior a la vez que inspiraba hondo y se giraba de vuelta hacia Aoife. España apreció por el rabillo del ojo cómo la cabeza grisácea de Lucero se asomaba desde su cuadra y se sacudía con un pequeño bufido, aunque él ni siquiera le devolvió la mirada—. Tengo pensado partir desde La Coruña. Es un viaje bastante largo.
España suspiró mientras posaba sus ojos sobre los verdes de Irlanda.
—Sí, sí que lo es. —Envolvió sus brazos alrededor de la cintura de Irlanda para hacer contactar su cuerpo con el suyo—. Irlanda, empiezo a pensar que…
Ella fue rápida a la hora de envolver su rostro entre sus manos y tirar de este en su dirección. Una vez que sus labios se unieron, España cerró sus ojos y se permitió profundizar el beso y disfrutar del amargor algo mitigado que desprendía su lengua, tan cercano al café solo que parecía mentira que lo disfrutase tanto.
Irlanda fue la primera que se separó con tal de inspirar hondo, y España empleó esos momentos de silencio para abrir sus ojos y observarla. Sus comisuras se curvaron sin quererlo al apreciar que ella también había sellado sus párpados, y los extremos de sus gruesas cejas anaranjadas se encontraban curvadas hacia arriba, sin casi arrugas en su frente.
Pequeñas motas amarronadas destacaban en la pálida piel de sus mejillas, que apenas había cambiado en los años que había pasado ahí, salvo por unas desafortunadas quemaduras causadas por el Sol en aquel viaje a través del océano.
España inclinó su cabeza de vuelta hacia ella y alzó una de sus manos, pero interrumpió su avance cuando Irlanda soltó un resoplido y abrió sus ojos.
No tardó en estirar sus brazos con tal de separarlos.
—Creo que debería irme ya —musitó, girándose sobre sus talones en dirección a la yegua—. Me espera un largo trayecto.
Él dio un paso en su dirección mientras tragaba saliva.
—Lamento no poder…
Irlanda levantó una mano hacia él, y España no se vio capaz de separar sus labios. Solo pudo apreciar cómo ella recogía el ronzal de la yegua, lo lanzaba a través de su cuello para enganchar el otro extremo y tiraba de él antes de dar un grácil salto y quedar doblada en el lomo de Aoife.
En cuanto se recolocó con una agilidad admirable, giró su cuello en dirección a Clío y despegó sus labios mientras Aoife se movía hacia el objetivo de su mirada.
A España no le hizo falta ni una sola palabra para recoger la brida que colgaba de la puerta del establo antes inclinarse y depositar el vaso en el suelo. Con un solo chasquido de su lengua, consiguió que la nívea yegua se aproximase a él con su cabeza agachada y le permitiese colocarle y ajustarle las correas.
Una vez que hubo terminado, él le volvió a acariciar el morro de terciopelo con los dedos y se acercó a Irlanda para entregarle la rienda.
Ella lo observaba con los ojos bien abiertos, aunque no tardó demasiado tiempo en carraspear y hacer descender sus cejas mientras recogía la cuerda.
—Sospecho que Clío no se comportará tan bien conmigo cuando tú no estés. —Dejó escapar un pequeño resoplido—. Me ha costado horrores sacarla del establo antes.
Él chasqueó su lengua a la vez que sonreía.
—Tonterías. Tú eres la dama que susurra a los caballos.
Irlanda puso sus ojos en blanco.
—Aunque parezca mentira, los que vienen de tus establos no me resultan tan fáciles —masculló.
España negó con la cabeza.
—Tiempo al tiempo. —Acarició el cuello de la yegua, que soltó un pequeño ronquido—. Ya ha visto que eres de su confianza, así que no te será tan difícil.
Ella frunció sus labios y se removió en el lomo de Aoife.
España inspiró hondo antes de acercarse a la yegua y repetir el gesto que le había hecho a Clío. No se le pasó por alto la forma en la que sacudía su cola y arrastraba su casco por el asfalto, aunque ya pudo considerar aquello una victoria.
A continuación, las rebasó hacia los portones de madera y alcanzó los tiradores con tal de adentrarlos en el patio, dejando un espacio entre ellos en el proceso.
Cuando apartó sus manos, se percató de que estaban temblando. Apretó sus puños mientras se hacía a un lado y llevaba su brazo en dirección a la salida.
Irlanda sacudió su cabeza y azuzó a Aoife, que no tardó en aproximarse a él a paso lento. Clío la siguió, pese a que la forma en la que sacudía su cola y las zancadas que daba le decían que no tardaría en revolverse. Sin embargo, mientras Irlanda sostuviese la rienda no había de qué preocuparse.
Al pasar a su lado, ella detuvo a la yegua y lo miró con sus ojos entornados mientras extendía su dedo índice hacia él.
—Recuerda que Francia, pase lo que pase, está de nuestro lado. Por lo menos hasta que vuelva.
España supo que había torcido el gesto al observar que Irlanda arrugaba aún más su ceño, y trató de enmendarlo mediante una sacudida de hombros. Sus dedos se enredaron en su cinto, a pesar de ser consciente de que no había nada que pudiese defenderlo de aquello.
Y, para más inri, las palabras se quedaron instaladas en su garganta.
Irlanda inspiró hondo y devolvió sus ojos hacia el frente antes de apuntalar el costado de la yegua. España las acompañó hasta el final del puente de piedra, y las observó hasta que las figuras de los caballos se hubieron mezclado con la distancia.
España se restregó los ojos y se sorbió la nariz antes de volver a adentrarse en la casa y cerrar las puertas. Ignorando cómo la cabeza de Lucero sobresalía de su cuadra, él soltó un profundo suspiro y se agachó con tal de recoger el vaso.
Tenía la impresión de que el nudo de su garganta se hacía cada vez más grande con cada segundo de silencio. Metió su dedo por debajo del pañuelo de su garganta, pese que supo que intentar aflojárselo resultaría en vano.
Desde luego, necesitaba más vino.
