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Su abuela tenía una propiedad a las afueras del pueblo. Un pequeño pero acogedor edificio que había pertenecido a su familia; donde la planta baja fungía como la administración del lugar, y los siguientes tres pisos eran los departamentos que ella rentaba.
A él le gustaba ir a pasar sus vacaciones a ese lugar, no sólo para descansar de lo agotadora que era la universidad, sino también para alejarse de la ruidosa capital y descansar en el que había sido su pueblo natal. Daegu no era un “pueblo” en sí, pero sí resultaba más tranquilo que estar en la transitada Seúl, entonces disfrutaba mucho su tiempo ahí, ayudando a su abuela en lo que pudiera y visitando los lugares que él ya conocía de su infancia. Aunque, en esta ocasión sintió algo diferente cuando se despidió de su madre por el teléfono y subió al tren. Como un sentimiento de anticipación, algo pequeño pero significativo en lo profundo de su pecho; él supuso que era la emoción de poder ver a su abuela de nuevo y pasar un buen tiempo en la residencia, pero uno nunca sabe lo que puede pasar.
Se despertó justo unos minutos antes de que el tren llegara a la estación, se quitó los audífonos y se apresuró a ponerse el suéter que anteriormente se había quitado, Daegu era conocido por ser uno de los lugares más fríos durante el invierno, y a él por más que le gustara la temporada odiaba enfermarse y tener que estar tomando medicamentos.
Bajó a paso veloz y mientras tecleaba algo en su celular una persona chocó con él ocasionando que su paso se desestabilizara de repente; volteó para encarar al culpable despistado pero al hacerlo sólo pudo ver a un chico con una especie de boina corriendo a la lejanía. Optó por no prestarle más atención, ya qué más daba, entonces ajustó su mochila y su otra bolsa para emprender el camino a su tan esperada salvación.
En cuanto abrió la puerta del edificio una esencia familiar y hogareña lo llenó, sintió una especie de nostalgia mezclada con felicidad, recuerdos de su niñez golpeándolo de repente. Amaba ir a la residencia de su abuela justamente en los meses fríos, cuando se sentía esa especie de aura tranquila que lleva consigo diciembre junto con los colores cálidos y una buena taza de café junto a la chimenea encendida.
Una sonrisa inconsciente surcó su pálido rostro, toparse con la chimenea de la sala principal encendida hizo que sus mejillas lucieran aún más rosas de lo que ya estaban a causa del frío. Viró su vista por entre los muebles y después por el mostrador pero no había rastro de la anciana. Decidió encaminarse por el pasillo que daba a las escaleras, mientras lo hacía divisó a la mujer que venía bajando con unas sábanas blancas en sus manos, en cuando la vio corrió hacia ella y la rodeó con sus largos brazos.
—¡Yoongi, al fin has llegado!, ¿Por qué no me avisaste que ya estabas en la ciudad?
—Quise que fuera una sorpresa —sonríe aún más amplio cuando se separa y la mira. Esa mujer era como su segunda madre, siempre estuvo para él cuando la necesitaba—. Te busqué en la recepción y no te encontré, por un momento pensé que no estarías.
—Oh, es que estaba preparando la habitación nueve del tercer piso, vendrá un huésped en cualquier momento.
Siguieron caminando hasta sentarse en los sillones junto a la chimenea. Yoongi dejó sus maletas a un lado y se dispuso a disfrutar de lo tibio del lugar junto a la presencia de su abuela.
—¿Qué tal ha estado el viaje, cariño?
—Tranquilo, dormí la mitad del tiempo —dijo con una sonrisa que lograba mostrar un poco sus rosadas encías.
—Me alegro que descansaras, ¿Qué te parece si mientras dejas tus cosas en tu habitación te sirvo de las galletas que hice en la mañana?
—Me encantaría —sonríe aún más amplio—. Vuelvo enseguida —seguido de eso se levantó y recogió sus cosas para encaminarse al segundo piso.
Abrió la puerta de madera oscura que tenía un número 13 en ella con metal dorado. Esa solía ser siempre la habitación en la que se quedaba las veces que venía, su abuela de igual modo siempre la tenía reservada para él porque entre ellos ya era suya. Solía dejar un par de cosas en ella, como algunos pares de zapatos o uno que otro libro y cuadernos donde escribía. Después de abrir la puerta con la respectiva llave, se adentró en ella con paso calmado, rechinando la madera bajo sus pies mientras caminaba tocando la pared tapizada con un patrón tranquilizante. Se tiró de espaldas en la cómoda cama individual, quitándose los lentes y lanzándolos a algún lugar de la cama mientras cerraba sus ojos y soltaba un suspiro tranquilo. Sentía que estas vacaciones en específico serían más significativas de algún modo.
Cuando apenas empezaba a sentir que el sueño se apoderaba de él su abuela tocó su puerta con delicadeza.
—Yoon, cariño, el café está listo —su voz se oía medio amortiguada por la puerta pero aún así la podía oír perfectamente—. Bienvenido, cielo; ponte cómodo —pudo oír también a lo lejos un “muchas gracias” que claramente no le pertenecía a la señora.
Perezosamente se levantó de la cama y tomó sus lentes, se los colocó y caminó hacia la salida para seguir a su abuela hasta la sala principal. Cuando iba cruzando la puerta, el rechinar de la madera le hizo voltear su vista hacia las escaleras que daban al tercer piso, aunque sólo pudo alcanzar a ver unos zapatos negros de vestir bastante relucientes.
Unas dos horas y media pasaron rápidamente, tiempo en el que ambos familiares se pusieron al tanto de sus cosas. Yoongi le contó a su abuela lo bien que le estaba yendo en la universidad. Aunque le encantaba la arquitectura, había veces en que lo agobiaba de más, todas esas materias que requerían el 110% de su cerebro, las noches en vela en las que sólo su preciada taza de café lo acompañaba, tomando en cuenta que a él le encantaba dormir; pasando más horas de las que debería en la biblioteca y los viajes a lugares más rurales para apreciar la antigua arquitectura coreana, a todo eso sumándole que vivía solo en Seúl y apenas se las arreglaba con el dinero para sobrevivir. Tal vez por eso apreciaba más las temporadas en las que venía a quedarse con su abuela.
La anciana le contó que a pesar del lugar, en todas las épocas del año tenía buenos inquilinos; le rentaban una habitación por algunas semanas, a veces sólo fines de semana o había veces que se quedaban hasta más. Le contó que había veces en que le rentaban hasta tres habitaciones a la vez, esas familias foráneas que venían más que nada al turismo y disfrutar de las montañas. El edificio de su abuela no era tan grande, ni elegante y menos moderno (considerando las décadas de edad que tenía), pero tenía ese poder de hacerte sentir como en casa; cada rincón del lugar se sentía hogareño, los colores, matices, el suelo de madera y hasta las alfombras y cortinas, tal vez por eso la gente seguía viniendo.
Yoongi tomó su cámara para aprovechar lo que quedaba de la tarde para ir a hacer unas tomas al parque y tal vez quedarse un rato para ver el atardecer. Se despidió de su abuela y con su cámara colgando en el cuello emprendió su camino. El vecindario era tranquilo, pero se veía más gente a medida que se acercaba al centro de la ciudad. Hizo unas tomas de la flora que se encontraba, también fotografió algunos techos y casas antiguas; a medida que pasaba el tiempo también el frío se hacía más presente, así que antes de parar en un parque llegó a un local para comprar un preciado americano para quitarle un poco el frío.
Sentado en una banca miró cómo el vapor salía de su boca y de la bebida, se dispuso a tomarla tranquilamente mientras que al frente a lo lejos se miraba el sol esconderse detrás de unas montañas. Los tonos naranjas contrastando con unos violetas intensos se hicieron presentes en el ambiente y pensó que no habría toma más hermosa que esa.
Dejó el vaso en la banca y justo cuando apuntó el lente hacia el horizonte algo oscuro tapó completamente su campo de visión. Confundido y un poco molesto por haber perdido una buena fotografía, alzó el lente hacia arriba y lo que sus ojos captaron lo dejó inmóvil por un microsegundo.
De repente unos labios brillantes y rosados captaron su atención, seguido de unos ojos oscuros pero, ¿cautivantes era la palabra? Tuvo que tragar en seco cuando bajó su cámara y miró por completo aquel espectáculo visual. Un segundo le tomó recomponerse y montar su postura “enfadada” por el hecho de que el cielo estaba oscuro, su café enfriándose y en su carrete no había una fotografía del cielo, sino una toma de primer plano del rostro de aquel entrometido chico.
—Gracias, desconocido, acabas de hacer que pierda una buena oportunidad de una foto.
—Ah, lo siento tanto —sin vergüenza se acerca y se sienta a un lado de su café—. Todo este día estuve tan ajetreado, casi pierdo el metro para llegar aquí y tenía que llegar a mi hospedaje a tiempo para después mandar unos papeles y no me di cuenta de que me interpuse en tu toma perfecta o lo que sea —suspiró con cansancio.
Yoongi pensó que hablaba mucho; y también que tenía bonitos ojos.
—¿No eres de aquí?
—Oh, no. Soy de Busan, estoy aquí por las vacaciones. Jimin, un gusto —seguido de eso estiró sus labios en una sonrisa cálida a pesar del clima y se inclinó en una pequeña venia.
—Uhmm, Yoongi —imitó la acción.
—Entonces, te gusta tomar fotografías…
—Sí, es un buen pasatiempo.
Si a Yoongi le dieran a escoger entre irse al hotel de su abuela y calentar sus congelados dedos de los pies o quedarse a contemplar al extravagante desconocido que le daba la impresión de haberlo visto antes, definitivamente elegiría la segunda opción.
—Tienes razón, tengo un par de amigos a los que también le gusta, aunque yo prefiero el baile.
—¿El baile es tu pasatiempo?
—Bueno, más que un pasatiempo es como mi sueño frustrado —suelta una risita—. Me gustaría dedicarme verdaderamente a ello en vez de sólo llamarlo un pasatiempo.
A decir verdad, Yoongi estaba asombrado. A esas alturas su café ya había quedado en el olvido y también su cámara; aunque el frío aún no pasaba a segundo plano. ¿Cuánta era la posibilidad de que un chico como aquel le estuviera hablando tan amigablemente a un extraño, a él para ser específico? Normalmente no era una persona que se relacionara mucho con otros, tenía un círculo de amigos realmente pequeño y realmente no le prestaba atención a la demás gente porque no le apetecía así. Pero, había algo con este chico rubio de boina que seguía hablándole de algo mientras que el vaho salía de su boca y se perdía en el aire invernal de aquel parque. Sentía algo… en la boca del estómago.
Una media hora había pasado mientras esos dos extraños hablaban como si se hubieran conocido de toda la vida o algo así. Parecía que las palabras fluían un poco más fácilmente para Yoongi; aunque no dijo demasiado sobre sí, aportó bastante a la conversación, pero más prefería oír atento lo que el otro tuviera para decir; ninguna cosa nada profunda de parte de ninguno, pero a la vez verdaderamente interesante hasta el punto de perder la noción del tiempo por un rato.
—Rayos, es bastante tarde, debo irme —a duras penas se levanta, siente como sus pies se desentumen a medida que los mueve.
—Cierto, también debo irme. Lo siento por hacer que te quedaras aquí todo este tiempo... —suelta el rubio un poco avergonzado.
—No es problema, si no hubiera querido no me hubiera quedado —baja la mirada un poco avergonzado—. Bueno, adiós... —se gira para irse antes que diga algo estúpido pero se sorprende de repente. Jimin viene detrás de él.
—Lo siento, mi camino también es por aquí.
Otra… ¿Coincidencia?
Fue bastante sorprendente para Yoongi el hecho de que el destino de ese chico fuera por su misma ruta, pero aún más sorprendente fue el enterarse de que Jimin se estaba hospedando en el edificio de su abuela. Al principio no le creyó y pensó que se trataba de una broma pero en realidad eso no tenía mucho sentido; para empezar él no le comentó que su abuela tenía un pequeño edificio de departamentos ni mucho menos le había contado por dónde quedaba, entonces realmente se sorprendió al grado de asustarse un poco.
El camino fue ameno para ambos, pero en Yoongi había algo más; cierto matiz de nerviosismo que nunca le había dado antes estaba burbujeado en lo más profundo de su pecho. Sostenía con una mano la correa de su cámara pero tenía miedo de que se le cayera en cualquier momento gracias a lo sudadas que estaban sus palmas.
Al llegar al edificio la anciana los recibió, sorprendiéndose un poco al verlos llegar juntos y preguntándoles si se conocían de antes. Se sentaron en la sala principal con un chocolate caliente que la mujer les había traído a ellos y a las pocas personas que también estaban pasando el rato en el salón. La anciana sonrió con alegría al saber que se habían conocido esa misma tarde por azar y que descubrieron que se estaban quedando donde mismo. “Bueno, no todo es una coincidencia”, les había dicho la mujer esa noche.
