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Los chicos hoy saltarán a la pista

Summary:

No, no hay confusión posible. Es él. Es Sakusa Kiyoomi, en carne y hueso.
Sakusa Kiyoomi, tan gélido e inescrutable como siempre, con la espesa mata de rizos oscuros cayéndole sobre la frente y la archiconocida mascarilla negra cubriéndole la boca.
Sakusa Kiyoomi, parado muy tieso en mitad del gimnasio de Atsumu, justo en frente del entrenador de Atsumu, aguardando para hacerse con un puesto como rematador en el equipo de Atsumu.
La idea es sencillamente insoportable.

Sobre las implicaciones de tener que aceptar que tu antiguo rival del colegio es ahora tu compañero de equipo: una práctica guía por Miya Atsumu.

Chapter 1: Reencuentro

Notes:

Éste es el fic que acompaña a Lo que pasa en Onigiri Miya se queda en Onigiri Miya.
La acción transcurre de forma simultánea a los capítulos 3 y 4, solo que esta vez la vemos desde la perspectiva de Atsumu.
Leer antes la primera parte es recomendable, pero no estrictamente necesario, porque he procurado explicar bien el contexto para que las dos historias puedan entenderse por separado.

Fans del sakuatsu, espero que lo disfrutéis.

(See the end of the chapter for more notes.)

Chapter Text

Es lunes por la mañana, y Atsumu está de buen humor. Sonará raro o contradictorio, pero no lo es, en absoluto, porque a Atsumu le gustan los lunes.

No es que no disfrute de los fines de semana. Al contrario, los disfruta bastante; salir por ahí de juerga con sus compañeros los sábados por la noche se ha convertido ya en una tradición, especialmente desde que Bokuto se unió también al equipo.

Pero el fin de semana equivale a dos días enteros sin jugar al vóley, y dos días enteros sin jugar al vóley son demasiados.

Osamu le diría que está mal de la cabeza, pero Atsumu no está de acuerdo. Lo que pasa es que el idiota de su hermano nunca será capaz de entenderlo del todo. Atsumu ama el voleibol. Lo adora. No hay nada que le guste más en el mundo, y algunas veces tiene la desesperante sensación de que cada minuto que pase fuera de la cancha es un minuto perdido.

Los domingos por la noche siempre le cuesta conciliar el sueño; da vueltas sin parar en la cama, cargado con toda la energía que no ha llegado a consumir durante el día, y cuando por fin consigue dormirse, sus sueños suelen estar plagados de ataques sincronizados, saques flotantes o colocaciones espectaculares.

Para cuando llegan los lunes por la mañana, el cosquilleo ansioso en la yema de sus dedos ha alcanzado dimensiones casi insoportables, pero a Atsumu no le preocupa, porque sabe que se extinguirá pronto, apenas sostenga la pelota de nuevo entre las manos.

Ese lunes en concreto empieza exactamente igual que los demás. Su alarma suena a la hora de siempre, apenas pasado el amanecer, y Atsumu salta de la cama, más que dispuesto a empezar con su rutina de todas las mañanas. Deja su apartamento enseguida, ya vestido y con los auriculares puestos, y una vez en la calle comienza con su itinerario habitual.

Atsumu sale a correr todos los días, sin excepción, con las llaves de casa y su teléfono guardados a buen recaudo en su bolsillo, y la música de cualquiera que sea el artista pop con el que está obsesionado en el momento resonando en sus oídos. Baja la calle, atraviesa el parque que queda a unas cuantas manzanas de su casa y sigue hasta más allá de su cafetería favorita, saludando al dueño al pasar, y también a la chica pecosa y sonriente con la que se cruza a menudo cuando saca a pasear a su bulldog francés.

Vuelve a su apartamento media hora exacta después, sudado y satisfecho consigo mismo, y procede a prepararse para un nuevo día de entrenamiento. Una vez que se ha duchado y ha dado buena cuenta de su desayuno, Atsumu pone rumbo hacia el gimnasio, esta vez con su bolsa de deporte balanceándose en su hombro.

Avanza a buen paso, tarareando para sus adentros una melodía inventada, abriendo y cerrando los dedos de manera inconsciente mientras camina. Atsumu suele aprovechar el trayecto para mentalizarse, dándole vueltas a las jugadas que le gustaría poner a prueba con sus compañeros, o a los detalles que le parece que necesita mejorar, pero ese día en concreto se abstiene de planear nada, porque el entrenamiento promete ser un poco distinto a lo habitual. Uno de sus rematadores más veteranos se retiró al finalizar la temporada pasada, y Atsumu sabe que Foster tiene intención de aprovechar la mañana para escoger un sustituto, así que imagina que no quedará mucho tiempo para nada que no sean las pruebas de selección.

Llega el primero al vestuario, como de costumbre, aunque Bokuto no tarda demasiado en asomar también por la puerta, dando saltos y saludando con entusiasmo, a un volumen un tanto excesivo para lo temprano de la hora. Sigue parloteando excitadamente durante los escasos minutos que tardan en cambiarse, y solo se calla una vez que los dos llegan al gimnasio y el entrenador Foster les hace un gesto con la cabeza para que se acerquen.

—Aprovechad para estirar hasta que lleguen los demás —les pide, y ellos se ponen enseguida manos a la obra.

El resto de miembros de los Jackals van apareciendo poco a poco. Una vez que todos han calentado convenientemente, Foster les pide que tomen asiento en las gradas.

—Como ya todos sabréis, necesitamos encontrar un nuevo rematador antes de que empiece la próxima temporada —informa el entrenador, situado de pie frente a ellos con los brazos cruzados—. Los posibles candidatos estarán aquí en unos minutos. Primero les pediré que hagan unos saques para evaluarlos por separado. Después jugareis un partido de práctica todos juntos, y de ese modo podré comprobar cómo de bien se sincronizan con vosotros. Espero que los tratéis con el respeto y la amabilidad que merecen —en ese punto, Foster clava una breve mirada de advertencia en Atsumu. Inunaki y Bokuto se ríen por lo bajinis y a él se le escapa un jadeo de indignación, pero de algún modo consigue refrenar sus ganas de replicar—.  ¿Alguna duda?

Todos vuelven la cabeza hacia la puerta del gimnasio cuando Foster ordena pasar a los jugadores. Son seis en total, todos ellos jóvenes altos y de apariencia atlética. Hay un par que parecen extranjeros, pero Atsumu ni siquiera los ve. Toda su atención está puesta en el rematador que ha entrado en último lugar, caminando a rígidas zancadas. Ese que se ha colocado al extremo de la hilera que han formado delante de Foster, a cierta distancia del resto de sus compañeros.

No puede ser verdad. Atsumu se frota los ojos, reacio a creerse lo que ve. Se pega un fuerte pellizco en el antebrazo para asegurarse de que no está soñando, y solo entonces se ve obligado a admitir que no son imaginaciones suyas.

No, no hay confusión posible. Es él. Es Sakusa Kiyoomi, en carne y hueso.

Sakusa Kiyoomi, tan gélido e inescrutable como siempre, con la espesa mata de rizos oscuros cayéndole sobre la frente y la archiconocida mascarilla negra cubriéndole la boca.

Sakusa Kiyoomi, parado muy tieso en mitad del gimnasio de Atsumu, justo en frente del entrenador de Atsumu, aguardando para hacerse con un puesto como rematador en el equipo de Atsumu.

La idea es sencillamente insoportable.

Atsumu siente verdaderas ganas de gritar, pero no lo hace. Primero, porque está demasiado conmocionado como para poder emitir sonido alguno, y segundo, porque Bokuto se incorpora de repente en su asiento y se aferra a su brazo, estrujándolo con bastante más energía de la cuenta.

—¡Eh! —bisbisea, en un intento de murmullo que acaba resultando perfectamente audible en todo el gimnasio—. ¡A ese de ahí lo conozco! ¡Es Sakusa-kun, mi antiguo rival!

Bokuto cierra la boca de inmediato al recibir una severa mirada por parte de Meian, pero ya es demasiado tarde. Los ojos de Sakusa, tan fríos e insondables como dos pozos negros, vuelan automáticamente hasta Bokuto, y después se deslizan poco a poco hacia un lado, para acabar posándose en Atsumu.

Es tan rápido que apenas podría ser considerado un vistazo. No dura ni una milésima de segundo, y Sakusa no manifiesta muestra alguna de reconocimiento, pero Atsumu es incapaz de reprimir el escalofrío que lo recorre de arriba abajo durante el ínfimo instante en el que sus ojos se cruzan.

“Mierda.”

Ni siquiera es del todo consciente de lo que ocurre después. Foster ordena a los nuevos candidatos a rematador que hagan unos saques y les pide a los Jackals que estén atentos a su técnica y a su forma física, pero Atsumu apenas le escucha. Pasa la primera parte de las pruebas de selección en estado de shock, con la mirada perdida en algún punto indefinido de la pared del gimnasio, y solo vuelve a la vida una vez que llega el turno de Sakusa.

Inunaki se inclina hacia delante desde el asiento situado a su izquierda para poder dirigirse a Bokuto, que está sentado a su otro costado.

—¿Dices que a ese lo conoces, Bokuto? —inquiere en voz baja, señalando con la barbilla a Sakusa, que en ese momento se dirige hasta el extremo opuesto de la cancha sujetando el balón bajo el brazo, ya con la cara completamente descubierta.

—Pues sí —confirma el interpelado en otro de sus ruidosos susurros—. Iba al Itachiyama, en Tokio. Se enfrentaron a nosotros varias veces en las eliminatorias para los Nacionales, y siempre acababan pateándonos el culo —Bokuto hace un puchero, como si el recuerdo de aquellas derrotas aún le doliera en el alma—. Después coincidimos un tiempo en el equipo de la uni. Lo último que sé es que a Sakusa-kun lo nombraron MVP de la Liga Universitaria.

—¿Tan bueno es? —cuchichea Thomas desde la fila de asientos que queda detrás de la suya, mientras Sakusa se prepara para servir, colocándose unos cuantos pasos por detrás de la línea de saque.

Bokuto abre la boca para responder, pero se ve interrumpido por el pitido del silbato del entrenador. Sakusa no se lo piensa dos veces; a la señal de Foster, arroja el balón por encima de su cabeza y toma impulso para saltar.

A ojos de Atsumu, la escena casi parece transcurrir a cámara lenta. Durante un largo segundo, Sakusa queda suspendido en el aire, con las piernas encogidas, la espalda arqueada y los rizos formando un halo oscuro alrededor de su cabeza. Después su brazo se desplaza hacia delante, describiendo una curva perfecta, y su palma impacta contra el balón, produciendo un ruido seco que recuerda al de un cañonazo y que hace saltar en el sitio a todos los presentes.

La pelota sobrevuela la cancha a velocidad vertiginosa, en un borrón apenas distinguible de azul y amarillo. Pasa varios metros por encima de la red, sin dejar de girar sobre sí misma, para acabar estampándose contra el suelo con otro golpe sordo… justo por dentro de la línea que delimita el final del campo.

En el gimnasio se hace un silencio total. Foster asiente y garabatea algo en su bloc de notas, con una leve sonrisa de satisfacción en los labios, y los Jackals aprovechan para comentar en el entretanto.

—Guau —dice únicamente Thomas, y es entonces cuando Atsumu repara, con una desagradable punzada en el estómago, en la forma en la que sus compañeros se han quedado mirando a Sakusa, con algo que se parece demasiado a la admiración—. ¿Habéis visto eso? Su postura en el aire era prácticamente perfecta.

—Escalofriante —opina también Inunaki, después de soltar un largo silbido por lo bajo—. Un servicio así de potente no es nada fácil de recibir.

—No es solo la potencia, también tiene buena puntería —agrega Meian como para sí mismo, con los ojos aún puestos en la esbelta figura del rematador—. Está claro que sabe lo que se hace. Eso no ha sido un saque con salto al uso.

—Cierto; la pelota giraba de una forma rara —concuerda Barnes desde su asiento al lado de Thomas, toqueteándose la barbilla con expresión meditabunda—. ¿Cómo ha conseguido darle ese efecto a la bola?

—Articulaciones híper-móviles —resopla Atsumu por lo bajo, con la voz cargada de rencor.

Da un respingo involuntario cuando todos sus compañeros se giran a la vez para mirarlo con extrañeza. Atsumu se encoge en su asiento, maldiciéndose por su estupidez. No era algo que pretendiera decir en alto, pero las palabras se le han escapado de la boca antes de poder pararse a pensarlas, y ahora no le queda más remedio que explicarse.

—¿Tú también conoces al tal Sakusa, Miya? —inquiere Meian con el ceño ligeramente fruncido.

—No. Es decir, sí, bueno… —Atsumu carraspea para aclararse la garganta, incómodo, antes de proseguir con una vocecilla aflautada que ni siquiera reconoce como la suya—. Algo así. Coincidimos hace años, en un campamento de entrenamiento. Pero tampoco es como si lo conociera ni nada, fueron apenas unos días…  —se apresura a añadir, desesperado por dejarles claro a todos que jamás ha tenido ni la más mínima relación con Sakusa Kiyoomi. Nada más lejos de la realidad. Ni hablar. Ni por asomo.

—Así que también habéis jugado juntos antes —murmura pensativamente el entrenador, apuntando algo más en su libreta. No parece estar esperando realmente una respuesta; por como lo dice, suena más como si estuviera reflexionando en voz alta, lo cual es una suerte, porque Atsumu ni siquiera se ve capaz de asentir—. Interesante.

“Interesante” resuena como un eco en el cerebro de Atsumu, y la simple palabra consigue hacerle estremecerse de horror en su asiento. Está a punto de protestar, de objetar que no hay nada de interesante en el asunto, que el hecho de que Sakusa y él coincidieran un par de veces en la selección sub-19 no podría ser más irrelevante para el futuro del equipo, pero no le da tiempo, porque el entrenador elige ese preciso momento para volver a levantarse.

—¡Bien! —exclama, frotándose las manos, con una amplia sonrisa en dirección a los candidatos a rematador—. ¿Preparados para un partido amistoso?

Foster procede entonces a dividir a los nuevos en dos grupos y después completa los equipos con sus propios jugadores.

—Meian, con ellos. Thomas, al otro equipo. Inunaki, tú también.

—¡No es justo! —lloriquea Bokuto por lo bajo, hundiéndose en su asiento—. ¡Los rematadores no vamos a poder jugar! ¿Cómo vamos a lucirnos si ni siquiera podemos jugar?

Atsumu abre la boca, dispuesto a soltarle a Bokuto un comentario burlón, pero vuelve a verse interrumpido por las palabras del entrenador.

—Miya, tú ahí, en ese equipo. Quiero ver si Sakusa y tú os compenetráis bien.

Atsumu cree haber escuchado mal. Las palabras llegan claramente hasta sus oídos, pero por algún curioso motivo no es capaz de procesarlas. Es casi como si sus neuronas acabaran de declararse en huelga: durante unos segundos permanece sentado en el banco, parpadeando como un bobo, hasta que Bokuto se pega a él para cuchichear directamente en su oreja, de una forma muy poco discreta.

—¡Adelante, Tsum-Tsum! ¡Demuéstrale a Sakusa cómo se hace!

Atsumu se pone en pie y camina, con paso vacilante, hasta dónde se encuentran el resto de jugadores. Le da la impresión de que tarda la vida en llegar o, al menos, mucho más de lo que debería, porque nota las piernas tan pesadas como si estuvieran hechas de plomo.

—Y éste de aquí es Miya —explica Foster con entusiasmo, dándole una fuerte palmada en la espalda—. Nuestro colocador. Es ridículamente exigente con sus rematadores, pero a cambio os proporcionará los mejores pases que podáis imaginaros.

Los nuevos le estudian con cierta curiosidad, pero Atsumu mantiene la vista tercamente clavada en sus zapatillas, en una actitud no demasiado propia de él. No está mirando, pero sabe, con una certeza extraña que consigue revolverle las tripas, que los ojos negros de Sakusa están fijos en él. Atsumu reza con todas sus fuerzas por no haberse puesto rojo.

Da un respingo cuando Foster le planta la pelota en las manos, indicándole que le toca servir en primer lugar, pero de algún modo el tacto del cuero entre sus dedos consigue hacerle volver en sí. Atsumu agita la cabeza, enfadado consigo mismo, antes de dirigirse hasta el extremo más alejado de la cancha. Toma aire, luchando por concentrarse; es su turno para sacar y no tiene ni la más mínima intención de cagarla delante de seis rematadores novatos.

El agudo pitido del silbato da comienzo al partido y Atsumu retrocede unos cuantos pasos, listo para saltar. Una voz lejana reverbera en su cabeza, extrañamente parecida a la de Kita-san, en el momento justo en el que la palma de su mano impacta contra el balón y, por una milésima de segundo, Atsumu casi es capaz de vislumbrar el imponente estandarte del Inarizaki, ondeando orgulloso ante sus ojos.

“No necesitamos recuerdos.”

—¡La tengo!

Inunaki se lanza en plancha hacia delante para recibir, pero la pelota rebota aparatosamente contra sus brazos extendidos y acaba saliéndose del campo.

—¡Bien hecho, Miya!

Meian levanta un pulgar en gesto de aprobación desde su puesto junto a la red, y los nuevos rematadores en su equipo lo vitorean también con entusiasmo…

…todos menos uno, obviamente.

Atsumu ni siquiera escucha las felicitaciones, porque toda su atención está puesta en la reacción de Sakusa. O, mejor dicho, en la completa ausencia de reacción por su parte, porque lo cierto es que la antigua estrella del Itachiyama ni siquiera ha dado muestra alguna de haber contemplado el francamente impresionante servicio de Atsumu. Mantiene la vista puesta al frente mientras vuelve a colocarse en posición, completamente impertérrito y, desde luego, para nada impresionado.

Atsumu aprieta los dientes. Lo que se retuerce en su estómago ya no son nervios o inquietud, sino la más profunda irritación. Así que Sakusa ha decidido fingir que no existe. Bien. Dos pueden jugar a ese juego.

“A la mierda ese idiota estirado. A la mierda el campamento de entrenamiento. Nada de eso importa ya. Lo único que importa es el aquí y el ahora.”

Motivado por la resolución de no dejarse influir por ridículos fantasmas del pasado, Atsumu anota un par de puntos directos más, aunque Inunaki logra pararle en el cuarto intento.

El partido prosigue, pero la ventaja conseguida por su equipo no dura demasiado. Los marcadores pronto se equilibran, y Atsumu reconoce que es posible que él tenga parte de la culpa: el papel de un buen colocador es el de sacar el máximo rendimiento a todos sus jugadores… y puede, solo puede, que Atsumu haya estado ignorando deliberadamente a Sakusa en alguno de sus pases, aun cuando todos sus sentidos le indicaban que enviarle la pelota al antiguo as del Itachiyama era la mejor opción para marcar.

No lo hace todo el tiempo, por supuesto. Atsumu no es idiota, y no tiene ninguna intención de llevarse una reprimenda por parte de Foster. Manda algunos balones en dirección a Sakusa, los suficientes como para que no resulte sospechoso. Aun así, Atsumu es plenamente consciente de que está infrautilizando los recursos de los que dispone. Sabe perfectamente que no está aprovechando del todo las habilidades de Sakusa como jugador; sabe que, si se hubiera dignado a cederle la pelota unas cuantas veces más, Sakusa habría hecho un mejor uso de esos pases que sus compañeros han terminado desperdiciando.

Y es que tiene que admitir, por mucho que le pese, que el otro par de candidatos a rematador en su equipo no están dando la talla. No es que sean malos, exactamente, pero tampoco están al nivel que él está acostumbrado a exigir. El más robusto es japonés; tiene la espalda ancha y unos brazos fuertes, y sus ataques logran romper la mayoría de los bloqueos, pero rebotan fuera de la línea que delimita el campo con más frecuencia de la que le gustaría. El otro es un chico alto y rubio, que se ha presentado diciendo algo en inglés. Su puntería es un poco mejor, pero no acaba de coordinarse bien con Atsumu, porque tiende a saltar un tanto demasiado tarde, y los bloqueadores del equipo contrario consiguen leerle con facilidad.

—¿Qué haces, Miya? —le grita Meian tras otro intento de ataque que acaba resultando en fracaso—. Sakusa estaba libre, ¿por qué no se la has pasado a él?

Atsumu aprieta los dientes y vuelve a colocarse en su sitio mientras esperan el servicio del otro equipo. A pesar de las palabras del capitán, duda que nadie se haya dado cuenta de que está evitando colocarle la pelota a uno de sus rematadores a propósito… con la evidente excepción del rematador en cuestión, claro. Sakusa no ha dicho ni una palabra, pero la forma en la que lo ha fulminado con la mirada en un par de ocasiones se lo ha dejado bastante claro.

“Sé lo que estás haciendo, Miya” parecen decir sus ojos oscuros desde el otro extremo de la cancha, pero él opta por hacer caso omiso, y vuelve a colocarle tozudamente el balón al chico extranjero, que esta vez se las apaña para marcar.

Al final, el equipo de Atsumu gana por los pelos el primer set, pero pierde estrepitosamente en el segundo. El tercero empieza bastante igualado, sin que ninguno de los dos equipos consiga realmente desmarcarse del otro. La tensión en el gimnasio aumenta de forma notable a medida que se acercan a los 20 puntos; incluso Bokuto, que ha pasado los dos primeros sets vociferando instrucciones y palabras de ánimo desde las gradas, permanece ahora silencioso en su asiento, siguiendo la trayectoria del balón con los ojos amarillos abiertos de par en par.

Uno de los rematadores contrarios se dirige a la línea de saque y Atsumu aprovecha para lanzar una breve ojeada al marcador: 24-23 a favor de su equipo. La victoria está ahí, prácticamente al alcance de la mano, pero deben andarse con cuidado; si el otro equipo logra empatarles, es más que probable que el partido acabe alargándose hasta quién sabe cuándo, y ese es un riesgo que Atsumu no está dispuesto a correr.

—Solo un punto más —murmura entre dientes mientras se coloca en posición de recibir, pero entonces suena el pitido del silbato y ya no tiene tiempo de pensar en nada que no sea frenar el ataque.

Es Meian el que acaba deteniendo el saque con salto del equipo contrario. La pelota asciende describiendo una parábola y Atsumu retrocede un par de pasos para situarse debajo, justo en el punto que le permitirá recibirla y realizar el pase. Tiene apenas unas milésimas de segundo para evaluar las posibilidades: a su derecha, el rematador más corpulento trata de desmarcarse del insistente bloqueo de Thomas. A su izquierda, el novato rubio agita un brazo en el aire y le grita algo que Atsumu no es capaz de comprender. Por un instante se plantea el pasarle la pelota, pero enseguida desecha la idea: Inunaki aguarda ávidamente al otro lado de la red para cortarle los rectos, y Atsumu no confía demasiado en su habilidad para rematar cruzado. Meian, por su parte, apenas acaba de recuperar el equilibrio tras la recepción, y se encuentra demasiado lejos de la red como para serle de utilidad.

Atsumu maldice para sus adentros, sintiendo que se queda sin opciones, pero entonces capta movimiento por el rabillo del ojo, y Sakusa Kiyoomi aparece de súbito a su espalda, listo y dispuesto para rematar. Toma impulso para saltar y su esbelta figura se alza en el aire, temible y amenazante, semejante a la de un ángel oscuro que viniera a traerles la salvación. Hay algo de sobrenatural en su postura, en la manera en la que sus ojos negros brillan como carbones encendidos en mitad de su rostro, demandando el balón con una determinación que haría temblar a cualquiera.

Durante un brevísimo instante, Atsumu se debate entre el ansia por ganar el partido y el deseo irracional de seguir ignorando a su antiguo rival del instituto. Es una lucha intensa pero corta, y al final, su instinto de colocador acaba ganándole la batalla al orgullo. No se lo piensa mucho más; cuando la pelota cae limpiamente sobre las yemas de los dedos extendidos de Atsumu, él la impulsa con precisión matemática hasta la palma expectante de Sakusa, que remata con toda la fuerza de la que dispone, haciendo gala nuevamente de lo perfecto de su técnica y lo flexible de sus muñecas.

Por un momento, Atsumu casi siente lástima por sus oponentes, que se lanzan al suelo en plancha en su desesperación por parar el potentísimo ataque de Sakusa. Ninguno de ellos lo consigue, por supuesto, y el silbato del árbitro vibra en el aire una última vez.

Los jugadores en su lado de la red prorrumpen en exclamaciones de júbilo y Atsumu sonríe a su vez, satisfecho, pero la sonrisa se le congela en la cara al percatarse del modo en el que Sakusa está observándolo desde el otro extremo de la cancha, con esos ojos que tiene, tan fríos y duros como el pedernal. Atsumu tiene que reprimir un estremecimiento, pero se obliga a sí mismo a no volver la cabeza. Le sostiene la mirada durante unos larguísimos segundos, desafiante, hasta que nota cómo alguien le cuelga una toalla sobre los hombros.

—¡Genial, Tsum-Tsum! ¡Has estado increíble, como siempre! —exclama Bokuto con ojos brillantes, plantándole una botella de agua en el pecho.

—Solo era un partido de prácticas, Bokkun —replica Atsumu sonriéndole a su vez, pero acepta la botella, agradecido.

—Lo sé —asegura Bokuto asintiendo enérgicamente, antes de acercarse un poco más para cuchichear sonoramente en su oreja—. Y también sé que somos todos del mismo equipo y que no está bien lo de mostrar favoritismos, pero yo iba contigo desde el principio, porque sabía que ganarías.

Atsumu se echa a reír, y es como si parte de la tensión que llevaba sintiendo desde que Sakusa ha puesto un pie en el gimnasio se disipara un poco. No sabe cómo lo hace, pero las tonterías de Bokuto siempre consiguen mejorarle el ánimo, de algún modo que escapa a su comprensión.

El buen humor solo le dura, por desgracia, hasta que todos se acercan a las gradas para escuchar la valoración del entrenador.

—Buen trabajo, todo el mundo —declara, con las manos puestas en las caderas, de pie frente al cansado grupo de jugadores—. Id a las duchas y tomaos un merecido descanso. En cuanto a los candidatos a rematador, no os preocupéis; nos pondremos en contacto con el escogido tan pronto como el capitán y yo hayamos tomado una decisión.

Los jugadores, a excepción de Meian, emprenden el camino hacia el vestuario, pero Foster se gira una vez más hacia ellos y posa su aguda mirada en Atsumu.

—Por cierto, bien jugado, Miya. Sabía que no me decepcionarías —halaga, en tono de aprobación.

—Gracias, Foster-san.

—Ese último pase ha sido especialmente espectacular —prosigue el entrenador, con una sonrisa que le acentúa las arrugas alrededor de los ojos—. Aunque supongo que has tenido suerte; no todos los rematadores habrían estado a la altura de una jugada así.

Él se lo queda mirando, parpadeando estúpidamente, hasta que Bokuto le pega un empujón en la espalda para obligarle a avanzar. A regañadientes, Atsumu se encamina lentamente hacia las duchas, con la misma extraña sensación de pesadumbre de antes entorpeciendo sus pasos.

Se deja caer fatigosamente en uno de los bancos, sin parar de darle vueltas a las aciagas palabras de Foster. No parecen demasiado importantes, a primera vista. No es nada a lo que Atsumu no esté acostumbrado; nada que no haya escuchado antes de boca de un entrenador orgulloso. En cualquier otro momento, las habría aceptado con una sonrisa y se las habría tomado como lo que son: una muestra de reconocimiento, una alabanza sincera al esfuerzo que ha demostrado en la cancha. Dadas las circunstancias actuales, sin embargo, Atsumu solo las ve como un mal augurio, un presagio de las desgracias que están por venir.

“Esa última jugada ha sido especialmente espectacular.”

No, él no es tan estúpido como para no darse cuenta de lo que realmente se esconde tras ese maldito cumplido envenenado. Esa sencilla frase, ese brillo jovial en los ojos del entrenador, solo pueden significar una cosa: Foster está satisfecho porque ha comprobado, en una sola jugada, que las habilidades de Sakusa están a la altura de la destreza de Atsumu como colocador. Que sus técnicas encajan. Que los dos podrían llegar a formar (a Atsumu se le revuelven las tripas en cuanto la expresión acude a su cerebro) un buen equipo.

No. No, no, no y no. La simple idea de tener a Sakusa como compañero en los Jackals se le antoja espantosa, intolerable. Atsumu no se cree capaz de soportarlo, bajo ninguna circunstancia, ni por todo el oro del mundo, no va a…

—¿Estás bien, Tsum-Tsum?

Atsumu levanta la cabeza con un respingo, solo para encontrarse con la cara preocupada de Bokuto observándole desde arriba.

—Claro. Perfectamente.

—Ni siquiera has empezado a cambiarte —señala Bokuto, titubeante—. ¿Seguro que estás bien?

Atsumu echa un vistazo alrededor, solo para darse cuenta, sorprendido, de que el resto de los Jackals se han marchado ya, mientras él estaba ocupado revolcándose en su desdicha. Bokuto también parece estar a punto de irse, porque tiene el pelo húmedo y va vestido con ropa de calle, pero el estado catatónico en el que Atsumu se hallaba sumido debe de haberle inquietado lo suficiente como para retrasar su salida del vestuario.

—Sí, sí —responde Atsumu, tratando de componer algo parecido a una sonrisa convincente—. Seguro. No te preocupes por mí.

Bokuto lo estudia un poco más, con el recelo pintado en sus chocantes ojos de búho.

—Está bien —dice al final, aunque no suena demasiado convencido—. Oye, creo que voy a ir a probar uno de los batidos de esa tienda nueva que han abierto en el centro comercial. ¿Te apetece venir? Puedo esperarte mientras te duchas, si quieres.

Un aguijonazo de culpa atraviesa el estómago de Atsumu; la última de sus intenciones era preocupar a Bokuto sin motivo, y está claro que lo ha conseguido, si su amigo ha considerado necesario sacarlo por ahí para animarle.

—Gracias por la invitación, pero ya tengo planes, Bokkun —se excusa, en tono de disculpa—. He quedado con mi hermano para cenar.

—Oh, claro —Bokuto se rasca la nuca con gesto vacilante. Parece un tanto decepcionado, pero trata de disimularlo tras una de sus gigantescas sonrisas—. Dale recuerdos a Myaa-sam de mi parte, ¿de acuerdo? Dile que me pasaré un día de estos por Onigiri Miya para saludarle.

—Se lo diré —asiente Atsumu, devolviéndole la sonrisa—. Oye, a lo mejor puedes venir conmigo la próxima vez que vaya a verle. Ya sabes que Samu siempre está encantado de recibirte en su restaurante.

Eso parece animar a Bokuto, porque su cara pronto resplandece con el entusiasmo de costumbre.

—¡Eso sería genial! —exclama, encantado, antes de agarrar nuevamente su bolsa de deporte y encaminarse hacia la puerta—. ¡Pásalo bien, Tsum-Tsum! ¡Nos vemos mañana!

—Adiós, Bokkun.

La puerta del vestuario se cierra detrás de Bokuto, y Atsumu vuelve a quedarse solo con sus pensamientos. Decide, con un suspiro, que ya ha dedicado demasiado tiempo a lamentarse por la existencia de alguien que ni siquiera merece un segundo de su atención, así que se levanta del banco y avanza trabajosamente hasta las duchas, aún con la toalla sobre los hombros. Será mejor que se dé prisa. Osamu le montará un pollo terrible si se le ocurre llegar tarde otra vez, y lo último que necesita Atsumu en esos momentos es tener que escuchar un estúpido sermón por parte de su hermano. Sería el culmen perfecto para su lunes de mierda.

Notes:

Describir un partido de voleibol debe de ser de lo más difícil que he hecho en mi vida. Perdón de antemano si encontráis algún error o si hay algo que no suena del todo creíble. No soy ninguna experta; mis conocimientos sobre este deporte proceden únicamente de la observación de los muñequitos 2D que protagonizan ésta y otras historias.

Una vez más, si tenéis ganas de saber de dónde procede la animadversión de Atsumu por Sakusa, podéis ir a leer Lo que pasa en Onigiri Miya (perdón, sé que soy muy pesada) o bien podéis esperar al próximo capítulo, en el que se explorará con más detalle la experiencia de Atsumu en el campamento de la selección juvenil. Lo dejo a vuestra elección.
Mil gracias por leer!! <3