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Ese día en su casa había sido un infierno, gritos, peleas, insultos. A pesar de las pocas personas que vivían en aquella casa. Algo constante a decir verdad.
Aziraphale era consiente de la toxicidad que vivía a diario en aquel lugar, al que lo obligaban llamar casa. Por eso buscaba escapar al leer, aquel joven de pocos amigos, disfrutaba su tiempo con sus libros, disfrutaba un lugar tranquilo en dónde poder leer sin personas gritando, sin insultos, ni peleas.
Esa tarde su cabeza estaba a segundos de estallar, no podía tolerar peleas, así que decidió salir e ir a la biblioteca que estaba cerca de su casa.
Le gustaba caminar hasta la biblioteca, el frío aire de Junio que entraba en sus pulmones y hacia que se sintiera vivo, el mirar al cielo y recordar la grandeza del mundo en el que vivía.
A sus diecisiete años vivía en un barrio tranquilo a simple vista. Donde muchos de los que tenían una casa en aquella calle, solían ser personas que podían permitiese ir cada fin de semana a Miami para comprar un kilo de ropa y nunca usarla. Y eso lo sabía perfectamente Aziraphale, sabía que su familia no podía permitirse eso con exactitud pero no era para nada de clase media.
Su cabeza se perdía en recuerdos de los pocos momentos donde tuvo una sonrisa con sus padres. Dónde sus dientes se mostraron genuinamente ante aquellos que eran sus progenitores.
Se podía decir que sus padres le exigieron toda su vida por tener excelentes notas y por nada más, poco les importaba lo que hacía luego de las notas, porque ellos no podían no tener a un hijo que presumir con sus vecinos.
Sus pasos cada ves se hacían más rápidos, sentía una fuerte sensación de ansiedad por llegar al único lugar silencioso que conocía.
Al llegar saludo a la amable recepcionista, y se dirigió a uno de sus lugares habituales, ya que tenía varios por si alguien estaba ocupado uno.
El joven paso una hermosa tarde en la biblioteca pública, estuvo tan distraído de la hora que no vio que ya estaba atardeciendo. Era pleno Julio, las tardes eran frescas, la noche se presentaba a las cinco de la tarde, dónde podías ver el hermoso naranja del cielo. Aziraphale trataba de volver antes de que empezará a oscurecer, no le gustaba las calles de noche, las sentía solitarias, tan alejadas de lo que él conocía.
Así que rápido guardo sus libros en su bolso marón con sus iniciales en la tapa “A.Z”, saludo a la amable señorita que estaba en la recepción, la cual ya lo conocía, de holas, adiós y preguntas sobre dónde se encontraba algún libro en específico.
Su caminata era ligera, sus manos aferradas a su bolso, su cuello rodeado por una bufanda color beige.
Otra razón por la que no le gustaba la noche porque era cuando más resaltaba su cabello casi blanco, a decir verdad su color de cabello era rubio, pero muy claro, casi tanto que parecía un blanco con luces rubias, con las luces artificiales y la oscuridad era cuando más resaltaba.
De camino a su casa las luces naranjas del cielo se convertían en un azul oscuro intenso, y sus ansias de llegar a sus casa cada ves se hacían más grandes. Aunque no fuera su lugar favorito, sabía que en su casa estaba seguro de cualquiera que le quisiera hacer daño, sabía que nadie le iba a decir ni hacer nada ahí. Eso era lo único que necesitaba saber.
Mientras caminaba pudo ver a un chico que iba en bicicleta, este le llamo la atención por el color de su cabello, naranja intenso, llamativo a la luz artificial y a la oscuridad de la noche. Cuando esté se acercó más, pudo ver qué estaba con lentes de sol, el cómo sus labios formaban una fina línea rosada.
Él peliblanco no supo porqué, pero ese detalle le dio curiosidad, ¿Por qué llevaría lentes de sol en la noche? Fue en lo único que pudo pensar en el tiempo que le quedaba para llegar a su casa.
El joven tenía dos pasiones, leer, a su corta edad ya había leído mas de quinientos libros, clásicos, fantásticos, policiales, de aventura y sus favoritos los románticos, él sabía que estaba totalmente enamorado del amor, de todas aquellas historias dónde los personajes tienen un desarrollo de aquel romance, en dónde el lector se emocionaba por una mirada de ojos, aquel chico amaba leer y enamorarse del amor que nunca vivió. Y su otra pasión era escribir, aún que lo ejercía mucho menos que leer, si disfrutaba sentarse y dejar expandir su imaginación, transformar sus imágenes mentales en palabras.
Su paso se aceleró tres veces más después del ver al pelirrojo, tenía tanto que decir, su cabeza guardaba tantas imágenes, historias, frases. Su cara ya estaba fría, la punta de su nariz tenía un suave color rosa junto a sus mejillas, los lóbulos de sus orejas estaban totalmente fríos.
Así que eso fue lo primero que hizo al llegar a su casa. Se encerró en su habitación, se puso sus audífonos, apretó “reproducir” en su walkman, que tenía un caset del álbum “Rumours” de “Fleetwood Mac”, abrió su cuaderno y comenzó a escribir.
Aquel joven le había creado una curiosidad de saber que era lo que escondía, el porque usaba lentes a la noche, sus facciones, su cabello, le causo una sensación de emoción por conocer más allá de su casa y la biblioteca, de salir a explorar el mundo real.
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Las tardes para Crowley eran su momento del día, las horas que más le gustaban, podía salir a caminar, con su música a todo volumen, pensar en banalidades, encontrarse a algunos amigos por la plaza, andar en bicicleta. Que más podía pedir un pibe de diecisiete años.
Sabía que las noches eran en las que se juntaba a fumar y tomar con los pibes del barrio, que eran más amigos de su amigo, que de él. Podía decirse que no tenía amigos, el único con aquel título no conocía nada de él por fuera de la vida de las calles. Su vida privada era muy solitaria y no le molestaba mucho, prefería ese tiempo para él, hacer cosas que le gustaran, el tiempo de socializar era a las noches con una birra bien fría.
Aquella tarde decidió andar en bicicleta por todo el barrio, recorrerlo y sentir el aire por su cara. Decidió alejarse un poco más de lo normal y entro al barrio de la clase alta, que no era serrado pero no era normal andar por esas calles. Siempre había un cana que te sacaba si no te veías como uno de los conchetos del barrió. Por alguna razón, aquella tarde nadie le dijo nada.
Él sabía que llamaba la atención, su cabello naranja, sus rizos, sus lentes oscuros, su ropa oscura, no era una persona que pasará desapercibida fácilmente. Pero parecía que todos estaban tranquilos esa tardé.
Su vida no era nada fuera de lo normal, un padre ausente, una madre que trabajaba horas extras, dos hermanas que cada ves se acercaban más a la adolescencia. Estar en su casa era no poder estar en silencio más de dos minutos, las constantes peleas de sus hermanas, el reto de su madre, su guitarra que no dejaba de tocar o la música que no dejaba de reproducir en el toca discos que pudo comprar en el verano cuando pudo trabajar en un restaurante como mesero. Aunque él quisiera trabajar a mediados del año, no lo iban a dejar, su madre se lo tenía totalmente prohibido. Cómo ella decía: “Vos no vas a laburar mientras vivas en esta casa, yo te voy a bancar hasta que termines la facultad. Tenelo por seguro que no te va a falta una sola fotocopia.” Aunque no le disgustaba la idea de no trabajar, también quería tener un poco más su autonomía con respecto al dinero, pero como él no gastaba plata, no se hacía mucho drama.
Su padre fue un soplo en el viento en su vida, lo conocía, sabía dónde vivía, pero él nunca se encargó de su mantención, y de chico vio todas la veces que su madre lloraba porque lo único que tenia para comer era arroz, el como siempre iba con la misma mochila a la escuela, aunque a él no le importaba que era lo que comía o lo que usaba, pero sabía que a ella si. Y desde entonces lo tacho de su vida, últimamente su padre trataba de ser más cercano a él, trataba de hacer charla, cómprale algo, pero Crowley nunca mostró interés.
Sus hermanas son de otra pareja, un buen tipo con él y su madre, pero un día enfermó y falleció. Sus hermanas todavía eran muy chicas cuando eso sucedió, la más grande tenía tres años y la más pequeña uno y medio. Desde entonces su madre cerro su corazón, siendo los únicos en el, sus tres hijos, los dueños de este. Crowely realmente lo quería, se había transformado en un padre, llegó a llamarlo como tal y es su ejemplo de vida, ya que paso la mayor parte de su vida siendo una figura paterna, seis años de su infancia fueron junto a él.
Ya estaba oscureciendo cuando el pelirrojo se dio cuenta que se había escuchado todo el álbum “Nada Personal” de “Soda Stereo”. Cuando termino de guardar el CD en su bolso aceleró su andar en la bicicleta, ya que había quedado en que se iba a juntar con su amigó Daniel, a la vuelta de la heladería del barrio.
Normalmente no se juntaban tan temprano, él solía salir a las diez o once de la noche. Esperaba a terminar de comer, así su madre no se enojaba y podía decir que iba a joder un rato para volver cansado. Pero la noche anterior Daniel le dijo que se juntaran a las seis para comer algo y después ir juntos a una fiesta que organizaba un amigo.
No tardó mucho en llegar a dónde se encontraba su amigo.
—Rojo ¿Cómo estás? —Su amigo lo recibió con una pequeña sonrisa. Mientras él bajaba de la bicicleta.
—¡Da! Todo bien, estuve andando en la bici toda la tarde. —dijo mientras caminaba a un lado de su amigo y la bicicleta en mano. —No sabes, estuve por el barrio de los conchetos. Ningun gorra me dijo nada, andaba como si fuera mi casa. —Ambos se dirigían a la pizzería del barrio, que no quedaba muy lejos, pero les gustaba caminar y charlar.
—Si, escuché que la cana anda re floja últimamente. Seguro no les pagan un mango partido al medio. —Daniel apago su cigarro antes de entrar a la pizzería.
Al entrar pidieron una pizza de mozarela y media faina. Se quedaron hablando lo que esperaban la comida.
—¿Seguís tocando? —pregunto.
—Si, todos los días me tocó algo. Últimamente ando tocando muchas canciones de Cerati.
—¿Y nunca pensaste en escribir una canción vos?
—Si obvio, pero nunca sale nada bueno. Terminó escribiendo pelotudeces sin sentido. —dijo sin más. Había escrito muchas canciones, pero nunca sintió que estuviera a la altura de todos las artistas a los que admiraba.
—Y, paga le a alguien, un montón de artistas lo hacen, o también le podes decir a alguien que te enseñe a escribir. No sé flaco, búscale la vuelta, sos bueno tocando, no lo desperdicies.
Daniel era buen pibe, pero estaba metido en mucha mierda con las drogas, trabajaba para los pesos pesados y no era fácil sacárselos de enzima. Además no sentía la confianza como para hablar de porque le costaba escribir, era un buen amigo para pasar el rato, para las jodas pero no más, sabía que él no era su único amigo y menos el más importante, solo se llevaban bien y pasan el rato.
Cuando terminaron de comer, llegando a las diez de la noche, fueron a la casa de un amigo de Daniel. Dónde ninguno perdió el tiempo y comenzaron a tomar. De ves en cuando le daban un pitada a algún porro, que todos habían probado, pero Crowley esa noche se la paso tomando y bailando todas las canciones que pasaban en los parlantes. No quería pensar como hacía de costumbre, no quería estar solo con sus pensamientos, quería olvidarse el cómo pensar.
Crowley aquella noche llegó a su casa a las cuatro de la mañana, sin hacer ruido llegó a su habitación y escribió una hoja que decía “se busca persona que sepa escribir”.
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