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Painful Love

Summary:

Acababa de descubrir que amaba. Abrió los ojos a sentimientos ciegos, ocultos dentro de él hacia una persona que llevaba con él desde los inicios del universo. Sentía una atracción especial, una conexión que lo ataba, sintiendo euforia y emoción al estar junto a él, pero eso era solo una parte. La otra cara de la moneda la descubrió cuando aquel ángel se apartó de su lado y el de la tierra, insistiendo en cambiar la impugnable santa jerarquía del cielo. Encontrándose con lo doloroso que es el amor.

Work Text:

Abrió la puerta del Bentley ya dado por vencido, había insuficientes esperanzas de que algo cambiase. Se había marchado, y como si fueran de agua bendita evitó que las lágrimas bajaran por su mejilla. No soportaba ver que después de compartir tanto tiempo juntos siguiera alejándolo, negando su complicidad, apostando siempre al cielo y aquello que iba con la palabra de Dios. Él, siempre tan devoto a Dios y a su fe. Pero no lo culpaba, aquel ángel siempre apostó que el camino correcto lo marca Dios y lo que ella predica, y aunque en algunas ocasiones las decisiones de la Todopoderosa lo hubieran puesto en duda, él siempre vuelve a ver al reino celestial como la opción de la luz y la verdad. A pesar de tantas veces en que le demostró lo erróneo que estaba, lastimosamente esta no fue la que lo hiciera abrir los ojos.

Así que ya sin remedio entró al coche arrancando el motor, inmediatamente se encendió la radio y Crowley tras pensárselo una vez —no tenía que sobre pensar mucho— la apagó. No soportaría ni un segundo más aquella canción sin hervir dentro de su auto. Por lo que condujo, considerando ir al Ritz. Solo. Acabaría con toda la reserva de vinos del restaurante, ebrio hasta las cejas por aquel angelito. Mas esa era la idea de Crowley, utilizar el alcohol para lo que lo utilizaban los humanos, olvidar. Eso era lo que tocaba ahora. Empezó con una copa hasta llegar a beberse la botella entera, repitiendo el mismo bucle durante otras tres botellas de vino sin ni siquiera saborearlo, con lo que en cada momento que intentaba llenar su copa la desbordaba. Al llegar a ese punto ya no se sostenía en sí, en su cabeza aparecía un dolor intenso y en su mente seguían aquellas palabras hirientes. Pero no podía continuar, el anochecer apareció y las estrellas se marcaban en el cielo, además de que levantando la mirada se daba cuenta de que no quedaba nadie en el restaurante, siendo pronto indicado por un mesero que debía de retirarse. Pagó la cuenta y caminó desequilibradamente hacia la puerta, dirigiéndose a pasar otra noche en su coche con la compañía de sus plantas.

Aunque ahora lo único que quería era descansar tranquilamente en su pared favorita de su apartamento. Extrañaba eso y al resto de plantas que no pudo llevarse en el coche. Extrañaba su trono y al escritorio de su salón. Y comenzaba a extrañar a su angelito. Oh por Dios, ¿cómo viviría sin él? No se había percatado hasta ahora que ya no lo tenía cerca lo mucho que lo necesitaba y lo quería a su lado, y es que diciéndolo así suena muy egoísta de su parte, mas nunca insistió de más, aceptando y siendo flexible en sus decisiones. Ahora piensa que ese siempre fue su problema. Con la ventanilla bajada condujo hacia el callejón donde resguardaba el Bentley, paró para reclinar un poco el asiento, y buscó una posición cómoda para dormirse lentamente.

En la mañana siguiente, aunque ya hubiese amanecido prefirió seguir durmiendo. Tenía resaca y a pesar de poder haberla evitado tenía la necesidad de estar borracho. Pocas ocasiones había insistido en estar ebrio, teniendo en cuenta que le gustaba beber como un cosaco. Al final casi siempre vaciaba el vino de su sangre devuelta en las botellas. Salió mareado del coche, yendo en busca de más alcohol, porque el mejor remedio para combatir la resaca no es una aspirina o el reposo, sino que seguir bebiendo. A lo que durante muchísimas semanas fue al bar más cercano para pedir varias rondas de whisky a las diez de la mañana, tomándolo como rutina.

—Otro whisky, por favor. —Indicó levantando la mano, recibiendo al camarero junto a su pedido al poco tiempo después. Cuando lo obtuvo pegó un sorbo.

—Hola Crowley —saludó una voz, este deslizó levemente sus gafas hacia abajo.

—¿Qué quieres? —le preguntó Crowley a Dagón, que acababa de aparecer enfrente de él en su mesa.

—¿Por qué insinúas de primeras que quiero algo?

—Porque un miembro del Consejo Oscuro se me ha aparecido enfrente de mí siendo todavía persona no grata en el infierno, aun con todo lo que pasó hace un tiempo—replicó con dificultad por el alcohol, meneando el vaso de whisky.

—En parte tienes razón, pero en realidad el Consejo Oscuro te tiene una propuesta. —El demonio pelirrojo levantó una de sus cejas.

—¿Qué propuesta? —balbuceó.

—Vengo a ofrecerte el puesto de gran duque del infierno; líder de los ejércitos infernales y jefe de las legiones de los ángeles caídos.

—Espera. Creo que no te he escuchado bien. —Crowley dejó su vaso en la mesa y se desalcoholizó, llenando varias botellas vacías del contenedor que tenía el bar. Su cabeza no daba más de sí—. Líder de, ¿qué?

—De los ejércitos infernales, Crowley. Te estamos dando la posibilidad de volver al infierno por la puerta grande, un demonio con experiencia en la tierra, con carácter y gran talento. Te perdonaríamos todo, aceptaríamos tu regreso sin hacer preguntas...

—¿Y el truco es...? —Interrumpió.

—No hay ningún truco, no hay trampa ni cartón. Este es un gran puesto en el que no cualquier demonio puede optar a él. Muchos han insistido y se han presentado, pero al final es el consejo quién elige —explicó entrelazando las manos encima de la mesa.

—No creo que esté interesado, lo siento—expresó levantándose de su asiento.

—Además, queremos a un demonio que tenga trato con ángeles —confesó Dagón mirando a Crowley, pendiente de cambiar su decisión.

—Yo ya no me hablo con ningún ángel.

—Pero sabemos que tienes buena mano para hablar con ángeles. —Hizo una breve pausa—. Necesitamos a un demonio con estas características para que encabece los ejércitos del infierno.

—Ya —dijo no muy convencido, sentándose de nuevo en la silla—. Y eso se debe a...

—La segunda venida.

—¿La segunda venida?

—Exacto. Después de que evitaras el apocalipsis y el anticristo renegara de gobernar el mundo, el cielo plantea el inicio de otro apocalipsis en el cual enzarzaran una guerra contra nosotros. De normal no te necesitaríamos, al fin y al cabo, eres una víbora traicionera, pero el cielo posee más gente, es más fuerte y tiene todos los ases a su favor para ganar. Ni tú ni yo deseamos una eternidad celestial —mencionó intentando convencerlo.

—Bueno, tampoco quiero una eternidad infernal —comentó Crowley por lo bajo, sin que le llegase a escuchar del todo Dagón.

—Solo pensamos en que podrías dialogar con el nuevo ángel supremo y por ahora, pausar la posibilidad de una segunda guerra, eso es lo que quieres, ¿verdad?

Crowley se enderezó en la silla, miró su vaso de whisky medio vacío pasando el dedo índice por el borde. Lo estaba recapacitando, era una decisión difícil que le ponía entre la espada y la pared.

—¿Qué te parece, aceptas?

—Necesito tiempo para pensarlo —manifestó abandonando el bar.

⋆⋆⋆

Se situaba a tres escasos pasos del mismísimo grande e imponente diablo protagonizando una de las ceremonias más aburridas que había presenciado, y aunque insistió mucho para que no se extendiera demasiado, terminó siendo más larga de lo que esperaba. Pero nombrar a un demonio gran duque no era una cosa que se haya hecho numerosas veces en el infierno. Crowley todavía se acordaba de cómo fue la primera y única ceremonia, y como Lucifer dejaba su mandato al finalizar la gran guerra en manos de Belcebú para convertirse en soberano del abismo.

La primera hora trascurrió lánguida, pura palabrería: cuál era la misión de los demonios, un discurso de odio hacia el cielo y los ángeles, como es de gran deber servir al amo Satán, y algunas cosas que la cabeza de Crowley empezaba a omitir. En la segunda le tocaba hablar a él; era poca cosa, solo había que prometer y levantar la mano izquierda.

—Tú, Crowley, ángel caído, serpiente del jardín del Edén y tentador de la manzana. ¿Prometes hacerte y serle fiel a nuestro señor Satán sirviéndole al mismo, predicando el mal, haciendo que este mismo triunfe? —profirió uno de los demonios del Consejo Oscuro, sosteniendo en sus manos un libro antiguo y desgastado.

—Sí, prometo.

—¿Prometes enfrentar a Dios y su gente, afrontando tu miseria, buscando y consiguiendo la venganza de aquellos que cayeron? —Se escuchó una pausa.

—Sí, prometo.

—Por último, ¿prometes hacerte cargo de los ejércitos infernales y liderarlos en caso de un conflicto bélico?

—Sí, prometo.

Tras aquellos votos Satanás, con la semejanza de nuestra imagen, se acercó a Crowley sujetando sobre sus manos la banda roja, que anteriormente llevaba Belcebú, ardiendo en flameante fuego azul. Crowley hizo una reverencia al ver que se dirigía hacia él, para acto después recibir la tira que le indicaba el poder que desde ahora poseería.

—Supplendum dolor et afflictio populi nostri victoriam inferni, nostri novi magni ducis —proclamó el dios del infierno.

El nuevo gran duque del reino de Satán y de aquellos abandonados por Dios se tornó hacia la gente; esperaba abucheos, pero fue aplaudido y aclamado excepto por aquellos enemigos que lo repudiaban. La llama de la banda lentamente se apaciguaba, empezando un liderazgo con una misión complicada

⋆⋆⋆

Pudo pasar una semana, no lo podía saber exactamente; los días en el infierno no pasaban ni se identificaban tan fácilmente como en la tierra. Se había acostumbrado tanto a vivir en ella que cuando regresó, el constante ruido que emitía la saturación y la aglomeración del averno no hacía más que irritarlo; haciendo que le salieran algunas escamas generadas por el intenso estrés. Tenía que firmar un montón de papeles, además de atender quejas que realmente no le importaban. Y todo bajo supervisión del Consejo Oscuro. Se notaba que todavía no se fiaban de Crowley, aun después de casi venderles literalmente su alma tras firmar un contrato que acordaron para que él fuera gran duque.

«Clause 2.10: "Quaelibet admonitio proditionis suspectae per Concilium Obscurum ad perniciem daemonis Crowley ducere potuit." » Muchas veces se preguntó por qué seguían haciendo los manuscritos en latín cuando casi ya nadie lo utiliza, sin embargo, esta cláusula le hacía mantenerse en constante alerta, aun sabiendo que cuando se iniciase el tan esperado conflicto del infierno y el cielo lo quitarían del cargo y lo degradarían. No disfrutaba del todo, aun así, por otra parte, le veía un lado positivo: se acomodaba en el trono que tantas veces le infundió terror con una copa de vino en la mano, las almas más desgraciadas del infierno y demonios menores no se atrevían a pasar por su lado, y tenía bajo mando a aquellos que tantas veces lo habían castigado a latigazos.

—Lord Crowley. —Le encantaba que lo llamasen así—. Le acaba de llegar esto —dijo Eric, entregándole una carta sellada en cera dorada.

—¿La ha revisado el Consejo?

—Emm... Acaba de llegar, ¿necesita que les avise?

—No, mucho mejor que no se enteren.

Hace un par de días atrás había escrito una carta a Azirafel por presión del Consejo Oscuro, —a él no le apetecía mucho después de su última conversación— iniciando aquel plan de retrasar la guerra que tenían. En ella más que pedir una reunión o charla pedía permiso para poder subir al cielo, no estaba seguro de que la reunión se la otorgaran, el cielo es muy reacio a hablar, pero aún más cuando se trata de estar en su panal. Crowley ya lo sabía e intentó hacerles cambiar de idea, cosa que le hizo darse cuenta de la poca voz que tenía dentro del Consejo. La carta decía:

«Estimado Gran Duque del Infierno,

tras considerar su proposición le comunico la aceptación de la propuesta de una reunión trascendental en el cielo, le advierto de que al llegar a este habrá un escolta con usted, se le retirará todo objeto puntiagudo y se anulará cualquier tipo de milagro durante la junta. Espero poder aclarar aquellos temas que trataremos. Estaré esperándole.

Atentamente, El Arcángel supremo»

—Avisa al Consejo de que no estaré disponible durante el resto del día —comentó guardando el papel dentro de su chaqueta, levantándose del asiento en dirección a la puerta.

—¿Y qué les digo?

—No sé, tu invéntate algo que suene convincente. —Cerró la puerta tras pasar por ella.

Taconeó por los pasillos hasta acceder al ascensor, pulsó el botón superior al entrar para subir al cielo. Cuando llegó, lo esperaban dos ángeles uniformados de color beige crema portando lanzas en mano. Lo registraron de arriba abajo y lo guiaron a la mesa de Azirafel, todo con un trato frio e insípido, algo que era regular en los ángeles. Al llegar al lugar no encontró a aquel ángel, extrañado miró a uno de los guardias.

—El Arcángel Azirafel tardará un rato, está terminando con una reunión —comunicó uno de ellos.

—Bueno, pues, ¿tenéis alguna silla para sentarme? —Crowley no obtuvo respuesta, los ángeles mantuvieron con él un espeso y extenso silencio generado por la apatía reglamentaria de aquellos que sobre guardaban el cielo. Así que durante el tiempo que esperaba se mantuvo mirando las blancas e impolutas paredes, ¿qué otra cosa podía hacer? No fue hasta que vio una silueta al final del pasillo que cambió de postura, ésta poco a poco se hacía más grande. En colores cremas se presentó el comandante de los huestes, lucía más pálido, adquirió el color violeta en sus iris y pequeños detalles de oro decoraban sus mejillas. Se había adaptado al cielo.

—¿Crowley? —Sorprendido paró su paso—. ¿Qué haces aquí?

—Azirafel, necesito hablar contigo —manifestó con tono claro, el ángel estaba confundido.

—¿Cómo has subido?

—Por la única vía que tenía —dijo, dejando la carta sobre la mesa. Azirafel se quedó mirándola.

—¿Volviste al infierno?

—Volví solo para evitar que cometas un error, sé que el cielo planifica un nuevo apocalipsis —se excusó, apoyando suavemente las manos en la mesa de cristal—. No puedes iniciar otra guerra, no después de que la evitáramos una vez.

—Crowley, lo que dices no tiene sentido. El cielo no está planificando nada, eso no es nuestra tarea. Es la de tu bando —señaló.

—No es mi bando, además, el infierno se tomó un descanso de intentar desencadenar el fin del mundo.

—Pues no sé para qué has venido.

—He venido porque van a cometer un genocidio, van a destruir y matar a personas inocentes ¡Ellos ya no son los buenos! —exclamó Crowley, dejándose llevar por la rabia—. Mira, ya sé que tomaste la decisión de estar aquí para intentar cambiar las cosas, pero ya no existe una distinción entre el cielo e infierno. Los dos desean la guerra, quieren demostrar superioridad y venganza a costa de la humanidad. Azirafel, tienes que ayudarme a parar el fin.

—Para nosotros no es el fin. No somos mortales, y hubiéramos tenido una eternidad jun...

—Ellos no, —le cortó la frase—. Se les regala el don más preciado de Dios y pensáis en arrebatárselo por capricho. —El demonio se quitó las gafas para mirar los ojos violetas—. Por favor, ángel. No hagas algo de lo que te vayas a arrepentir. —Azirafel apartó la mirada.

—No sabes nada, Crowley —murmuró dándole la espalda—. Deberías irte.

—Azirafel.

—Vete —impuso.

Iba a replicarle y suplicar que le escuchara hasta lograr convéncele, pero ante las miradas amenazantes de los guardias no insistió. Obedeció y se dio la vuelta. Regresando al infierno a por una copa de vino, tal vez dos.