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Desde que comenzaron las vacaciones de verano quise irme lejos para poder despejarme un poco de mi vida sofocante. O para conseguir inspiración y lograr seguir avanzando en mi próximo libro. O para las dos cosas. O para ninguna —porque huir siempre es tentador—. O, simplemente, porque estaría bastante bien dejar de beberme cinco cafés diarios y estar siempre al borde de la taquicardia.
Al final lo he conseguido. El irme lejos, me refiero. Lo demás está por ver, pero el primer paso ya está dado. Y no sé cómo, pero he acabado en España. Había una oferta barata para viajar a Oviedo, así que la he aprovechado.
Quiero descansar, quiero despertarme a la hora que me dé la gana y, sobre todo, no quiero pensar . Lo que sí que quiero es saber leyendas nocturnas y, por eso mismo, me encuentro yendo hacia un free tour cargado de ellas.
Las calles son bastante bonitas e incluso el centro es agradable para pasear. Los edificios tienen un estilo muy parecido al de los años veinte españoles, quizá sea porque se conservan las fachadas desde ese entonces. Me paro delante de uno que tiene tonos rosáceos, que está justo al lado del punto de encuentro para comenzar la guía turística, porque me ha parecido tan bonito que necesito echarle una foto.
—¿Akaashi? —Al escuchar esta voz, siento que me da un vuelco el corazón. Y casi se me cae el móvil al suelo, también.
—¿Keiji? —No, nada de vuelco al corazón. Lo que siento son ganas de vomitar.
Por qué. Por qué, por qué, por qué.
Una sonrisa nerviosa aparece en mi boca, sin pedirme permiso. Ojalá se abriera el suelo bajo mis pies y me tragara ahora mismo; quiero desaparecer.
—Bokuto-san… Osamu-san… —digo sus nombres en el orden en el que me han hablado, sabiendo que así es más correcto.
—¡Qué grata coincidencia! —Koutarou estira sus brazos hacia mí, buscando estrecharme con fuerza entre ellos. Yo me dejo, porque cómo no hacerlo.
No me suelen gustar los abrazos, pero los suyos siempre son bienvenidos. Aunque, bueno, me corrijo: los suyos me encantan. Los suyos los necesito . Igual que necesito la sonrisa pequeñita pero cálida que Miya me regala siempre, porque sé que es sincera.
—Sí, la verdad es que sí… —consigo pronunciar, nada más separarme de Bokuto—. Una grata coincidencia…
—Estamos de viaje para celebrar que llevamos medio año juntos.
Sé que Osamu lo dice con toda la buena intención del mundo. Sé que Osamu no tiene ni idea de todas las emociones que están aprisionando mi corazón en este momento, igual que no tiene ni idea de todos los pensamientos que se están derramando a borbotones en mi cabeza. Y sé que no es culpa suya, lo sé. Pero ojalá no hubiera dicho esa frase. Yo no se lo he preguntado. No quería saberlo. Porque ojalá poder formar parte de ese «juntos» y transformarlo en un «juntes».
Yo he llegado a pensar que nunca iba a ser capaz de enamorarme, que nunca iba a tener esa atracción romántica por alguna persona. Estaba firmemente segure de ello hasta que les conocí.
Primero fue Bokuto, cuando su familia se mudó a la casa de al lado allá por 2015, teniendo yo diecisiete años y él dieciocho. Congeniamos desde el primer momento, a pesar de ser polos tan opuestos; él tan enérgico, yo tan tranquile… Pero estar con él era como sentirme en casa. Era un espacio seguro.
Después, tres años más tarde, conocí a Osamu en un curso de postres que impartió en la ciudad. Ambes con veinte, comenzamos una bonita amistad. Poco a poco fuimos cogiendo más confianza, nosotres sí que nos parecíamos bastante más en cuanto a forma de ser. Él también acabó convirtiéndose en otro espacio seguro para mí y siendo otra persona a la que poder llamar hogar.
Y acabé enamorándome de dos personas casi sin darme cuenta. Me costó entender qué implicaba eso. Me costó incluso procesar el hecho de que a mí pudiera llegar a gustarme alguien. Pero la situación comenzó a ir en picado en el momento en el que decidí presentarles. Iluse de mí, no sabía que ellos dos ya se conocían de antes puesto que sus padres veraneaban siempre juntos cuando eran pequeños. Tampoco es que sea culpa de nadie y no sé si habría sido mejor saberlo desde antes, pero quizá —y solo quizá— me arrepienta un poco de la quedada que organicé con ambos. «Gracias» a eso se conocieron mucho mejor. «Gracias» a eso, un par de meses después, me dijeron que habían comenzado a salir. «Gracias» a eso, hoy están celebrando que llevan medio año juntos. En Oviedo. Donde había venido yo para despejarme, descansar, inspirarme, dejar de beber café...
Aunque a lo mejor ellos eran la verdadera razón por la que necesitaba irme lejos.
—¿Keiji? ¿Todo bien? —quiere saber Osamu, quien se da cuenta de que he entrado en trance. Genial. Justo lo que no quería.
—Sí. No. O sea, me voy. Perdón. —Las palabras se me traban un poco conforme las pronuncio. Me doy media vuelta para irme e intentar hacer oídos sordos a la insistencia de los dos chicos, que no quieren que me marche.
Esta es la segunda vez que huyo. Bueno, si contamos este viaje, la tercera. La primera vez fue cuando me dijeron que habían comenzado a salir; aún lo recuerdo como si fuera ayer. Me inventé que me tenía que ir a cuidar de mi abuela y salí corriendo. Sé que les dejé con la palabra en la boca, pero mi cabeza no estaba en ese momento para procesar más cosas. No estaba ni para procesar que eran —y son— novios. Igual que el resto de días, porque no era capaz de contestarles a los mensajes ni a las llamadas. Y ahora lo he vuelto a hacer. Me he vuelto a marchar, sin dejar que me digan nada más. Pero es que no puedo casi ni soportarlo.
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Anoche me costó un poco dormir. No podía dejar de pensar en ellos, en lo que podríamos haber sido si su amor hubiera sido correspondido, en lo que intentaron decirme aquella vez, en la amistad que podríamos haber tenido si a mí no me doliera tanto. Sé que he dicho muchas veces que no es culpa de nadie, pero a veces me siento culpable. Culpable y egoísta por sentirme así.
También sé que he dicho que venía a no tomar café, pero o me bebo una buena taza en el buffet o no voy a poder aprovechar el día de turismo.
—Keiji, no te vayas ahora, por favor.
¿Osamu? ¿Acaso sigo teniendo pesadillas? A lo mejor es un sueño lúcido, de los que parecen que lo estás viviendo todo de verdad. Me pellizco por si acaso, pero lo único que consigo es sobresaltarme y derramar un par de gotas de café —cosa que me pone muy nerviose—. No estoy soñando. Están aquí. Los dos. En el mismo hotel que yo.
Antes de hablar, suspiro.
—¿Podemos hablar contigo? —dice ahora Bokuto, mirándome con esa cara de cachorrito a la que es imposible decirle que no.
—Sí, supongo que sí.
Voy con ellos hasta la mesa en la que estaban desayunando, en silencio. No sé qué decir. Tampoco creo que tenga nada que contar. Con parsimonia, coloco la taza de café sobre el mantel y tomo asiento. Sé que son ambos los que tienen que comenzar con lo que querían comentarme, pero la impaciencia está empezando a hacerse reina de mi cuerpo. Y yo suelo ser bastante paciente, por lo general.
—Keiji. Llevamos mucho tiempo queriendo hablar contigo. Sobre nosotros. Y sobre ti. —El tono de voz de Osamu es bastante serio, haciendo que me recorra un escalofrío por la espalda. No sé si de forma positiva o negativa, pero ahí está.
Me da miedo. Creo que saben que estoy enamorade de ellos. De los dos. O, al menos, sospechan que de uno. No lo sé. Me llevo la mano al puente de mi nariz para apretarlo y respirar de forma profunda, haciendo que mis gafas se muevan bastante y se me descoloquen.
—Creo que se me notaba demasiado, ¿verdad? —digo por fin, tratando de recuperar mi postura y sin ser capaz de mirarles a la cara; el mantel liso y blanco me parece la mar de interesante ahora mismo.
—¿El qué? —quiere saber Bokuto, que no se está enterando de mucho.
¿Lo digo? ¿Lo suelto así como si nada? Prefiero decirlo directamente a que me tengan que hacer la pregunta. Prefiero abrir mi corazón delante de ellos, enseñarles mis entrañas, y que sea lo que tenga que ser.
—Que estoy enamorade de vosotros. De los dos. Desde un tiempo antes de que empezárais a salir. Por eso… Por eso me alejé. Y lo siento. Pero es que no podía soportarlo. Y… —Suspirar me parece lo más sencillo ahora, así que es lo que hago—. No sé.
Esperaba ver en sus rostros expresiones de pena por estar a punto de decirme que solamente me veían como su amigue, pero lo único que me encuentro son dos sonrisas de oreja a oreja y una mano de cada uno agarrándome las mías.
—Keiji… Ojalá no te hubieras ido cuando dijimos que éramos novios. Ese día queríamos decirte que… que también nos gustabas tú. —Conozco demasiado a Osamu como para saber que está muy nervioso, pero a la vez emocionado.
—¡Pero no lo digas en pasado, ‘Samu! Nos sigues gustando. ¡Y más! ¡Te queremos! ¡Y estamos enamorados de ti!
No puedo evitar reír por lo bajo al ver la efusividad de Bokuto por corregir a su novio, pero mi cerebro sigue procesando toda la información que estoy recibiendo. Lo único que es capaz de ordenar es que mis mejillas se pongan más rojas que un tomate y que tenga ganas de llorar de felicidad; lo último sí soy capaz de controlarlo.
—¿Lo estáis diciendo de verdad? —Porque siempre tengo la necesidad de saber que me están hablando en serio y que no se están quedando conmigo. Y me siento tan pequeñite cuando hago esta pregunta, que me quiero meter debajo de la mesa.
No recibo respuesta. Al menos, no una respuesta verbal. Koutarou, con una sonrisa inquieta pero sincera, se abalanza contra mí para plantarme un beso en la boca. Sabe a zumo de naranja pero, sobre todo, sabe a estrellas y a hogar.
—¿Hm? ¿Y yo? —Osamu alza una ceja, creo, porque no puedo estar muy pendiente de dos cosas a la vez, pero sí sé que se acerca a mí en el momento en el que Bokuto ya no está devorando mis labios.
No me da tiempo a reaccionar ni a pronunciar nada. La forma de besar de Osamu es completamente diferente. Es mucho más suave y más pausada. Sabe a leche de avena, pero también sabe a eclipse y, por supuesto, a hogar.
—Yo… Os quiero… —balbuceo un poco, esbozando una sonrisa pequeña pero que está dedicada solamente a ellos dos.
—Y nosotros a ti, ‘Kaashi.
—Te queremos, Keiji.
Desde que comenzaron las vacaciones de verano quise irme lejos para poder despejarme un poco de mi vida sofocante. O para conseguir inspiración y lograr seguir avanzando en mi próximo libro. O para las dos cosas. O para ninguna —porque huir siempre es tentador—. O, simplemente, porque estaría bastante bien dejar de beberme cinco cafés diarios y estar siempre al borde de la taquicardia.
Al final lo he conseguido. El despejarme, el conseguir inspiracióny el dejar de beberme cinco cafés diarios. Ah, bueno, y dos novios maravillosos, por supuesto.
