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- Bombón.
Un gruñido bajito y dos piernas apretando su cintura con más fuerza fueron la respuesta a su llamado.
- Bonito.
Otra negativa no verbal, esta vez con la cabeza. Divertido, Lionel delineó suavemente la mejilla de su marido con el dedo índice, a la vez que rozaba sus narices.
- Ya hay que despertarse, mi príncipe azul- susurró dulcemente.
- Es muy tempranooo- se quejó Pablo con voz ronca, la primera de la mañana, mientras hacía puchero- Dale, mi amor, un ratito más…
- Son las doce y media…
- ¡Pero hoy es domingo!
El pujatense soltó una risita y se encontró con los ojos caramelo del cordobés, abriéndose con pereza.
- Ya sé que es domingo- musitó Lionel, mimando su rostro- Pero acordate que en esta casa hay tres pibitas y tres pibitos que deben tener hambre, y prometimos que hoy cocinábamos todos juntos.
- Ufa- resopló Pablo, tirando de su remera para acercarlo- Bueno, por lo menos dame un beso.
- Te di un montón de besos, bombón, es que estabas dormidito.
- Quiero otro entonces.
Obediente ante los pedidos de su esposo, el más alto cortó la poca distancia entre los dos y lo besó con suavidad, rodeando su cintura mientras el cordobés cruzaba los brazos por detrás de su cuello. La luz del mediodía entraba por los agujeros de la persiana, arrancándole destellos a sus anillos de matrimonio -con aquellas preciosas margaritas grabadas en la cara interna- y alimentando las flores de tres preciosos malvones de flores rosas y uno de flores rojas, alineados uno junto al otro bajo la ventana.
Sobre la mesa de luz de Pablo se veían dos portarretratos: en uno estaba la foto del día de su civil (celebrado en secreto en el campo al que Lionel lo había llevado), los dos de traje y besándose debajo de aquel enorme palo borracho mientras Walter, Ana, Lina, Elena, Mariana y sus hijos les arrojaban arroz. Detrás de ellos, secándose las lágrimas y abrazando al inmóvil oficial público del registro, estaban Roberto y Elisa, sus testigos (o como habían decidido bautizarse, padrino y madrina de bodas).
Y en la segunda imagen, en el medio del verde césped del estadio Icónico de Lusail, sonreían a la cámara y sostenían en sus manos la ansiada y finalmente conseguida Copa del Mundo, mientras que los meñiques libres de ambos se aferraban con timidez, intentando no ser tan evidentes.
Pablo acarició con amor las mejillas de Lionel, quien cerró los ojos para disfrutar del contacto y apretó su cintura con más fuerza.
- Buen día, mi amor- murmuró el más bajo, sonriendo.
- Buen día, mi bombón- devolvió el pujatense, también con una sonrisa.
- ¿Dormiste bien?
- Al lado tuyo, siempre.
- Sos un chamuyero.
- Tu chamuyero.
- Sí, mío y de nadie más.
La sonrisa de Lionel se hizo más grande, dejando una estela de pequeños besos encima de su rostro mientras peinaba sus rulos con una mano.
- Amor, nos tenemos que levantar- le recordó Pablo, haciendo un enorme esfuerzo para no acomodarse contra su pecho y cerrar los ojos.
- Cierto, cierto- suspiró el pujatense con pesadez, alejándose de él como si le doliera pero entrelazando sus manos- Vení conmigo.
Lentamente, Lionel se incorporó en la cama y tiró con cuidado del brazo del cordobés, haciendo que se sentara finalmente. Una risa suave iluminó sus labios al darse cuenta del estado de los rulos de su marido, disparados en todas las direcciones como corrientes indomables.
- Mi príncipe despeinado- declaró el más alto, acomodando los rizos con paciencia- Mío y de nadie más.
Pablo simplemente se dejó hacer, disfrutando de las atenciones, y al sentir que aquellas enormes manos se alejaban de su cabeza, buscó la boca de Lionel para volver a besarlo.
- Te amo- susurró tiernamente el cordobés, sintiendo el calor en sus mejillas- Te amo mucho.
- Te amo mucho más, bombón- repuso el pujatense, sonriente, besando su frente.
No era extraño que sus mañanas iniciaran con melosas muestras de amor, a veces interminables en apariencia… Y tampoco era extraño que las mismas se vieran interrumpidas por la presencia de sus retoños. La puerta se abrió de par en par y por ella apareció una silueta bajita y de largo cabello castaño, vestida con un pijama de princesas, que se acercó corriendo hacia la cama a toda velocidad.
- ¡Buen día, paaaá! - exclamó Eva, arrojándose a los brazos del cordobés.
- ¡Buen día, hijita! - devolvió Pablo, riendo, mientras la estrechaba contra su pecho- ¿Cómo dormiste?
- Re bien, ¡soñé que teníamos un perrito! - respondió la niña con emoción, separándose de él y abrazándose a Lionel- ¡Buen día, pá!
- Hola, mi vida, buen día- saludó el pujatense, muerto de ternura, mientras le apartaba el pelo de la cara- ¿Y tus hermanos?
- Sara y Juana se levantaron recién, y Juana se está peleando con Ian…
- ¿Eh? ¿Por qué?
La respuesta llegó más rápido de lo que esperaban. Entre empujones, los mencionados atravesaron el pasillo en una carrera a toda velocidad y se amontonaron en la puerta, batallando a los codazos limpios.
- ¡Correte, Ian, yo llegué primero! - reclamó Juana, soplando aire caliente contra su cuello en un intento por molestarlo.
- ¡Mentirosa! ¡Yo me puse la alarma primero! - replicó el chico, golpeando su antebrazo con la mano libre.
- ¡No puedo respiraaar! - berreó Sara, atrapada en la vorágine de su hermana y su hermano adoptivo- ¡Papá, deciles algo!
- ¿Se puede saber por qué tanto quilombo? - reprendió Pablo, cruzándose de brazos.
Los tres chicos se miraron con vergüenza, codeándose mutuamente, hasta que finalmente Juana e Ian descubrieron dos bandejas de la cocina, cada una con diferentes alimentos dentro: fruta, cereales, una bolsa de bizcochos de grasa, y hasta tostadas un poco negras, pero con un aroma delicioso que hizo rugir varios estómagos.
- ¿Estamos festejando algo? - preguntó Lionel, confundido y aterrado ante la posibilidad de haber olvidado alguna fecha importante.
- No, pá- replicó Ian, acercándose hasta sentarse a los pies de la cama, donde depositó su bandeja- Nomás queríamos desayunar con ustedes acá, pero bueno… Juana me robó la idea.
- ¡Vos me la robaste a mí, querrás decir! - se defendió la chica, sacándole la lengua- ¡Y yo llegué primera!
- ¡No, fui yo!
- ¿Cómo se van a pelear por eso? - sonrió Pablo, estirando la mano para revolver el cabello de su retoño adoptivo- Si saben que los amamos a los seis con todo el corazón, no importa quién llegue primero.
Una sonrisa avergonzada pero feliz se dibujó en el rostro de Ian, quien balbuceó un suave “sí, ya sé” antes de empujar su bandeja junto a la de Juana.
- Eu, no había visto que pusiste mandarinas- comentó la chica, tomando una entre sus manos- Gracias.
- Si ya re sabemos que te gusta desayunar eso- suspiró Sara, rodando los ojos y acercándose a Lionel para darle un beso en la mejilla- Buen día, Lio.
- Hola, Sarita- repuso el pujatense, sonriente, a la vez que tomaba un bizcocho de grasa- Esto está todo muy rico, pero a mí me hace falta un…
- ¿Mate?
Una voz lo interrumpió desde la puerta. Allí, parado en el marco con la pava y el mate en las manos, estaba Agustín, llevando a caballito a un semidormido Noah, que descansaba la cabeza sobre su pelo mientras batallaba por amanecer.
- Acá tenés uno- ofreció el mayor de los Aimar, extendiéndole la infusión bien caliente y amarga- Buen día.
- ¿A vos te parece, Agustín, no darle el primero a tu padre? - se quejó Pablo con tono de broma, agitando el índice en el aire.
- Callate, viejo, vos siempre ligás cuando él no está- replicó el adolescente, siguiendo su código- Además, técnicamente también es como mi papá ahora, ¿no?
- ¡Siiií, nuestros papás! - gritó Eva, saltando en la cama y haciendo volar varios cereales desde la bandeja.
- ¡Pará, nena, mirá lo que hacés! – exclamó Juana, observando el desastre causado por su hermana menor.
- ¡Ya me hacen ir a buscar la escoba! - se quejó Ian, poniéndose de pie.
Antes de que cualquiera pudiera hacer algo, Lionel se adelantó y recogió todo lo que había caído al suelo, comiéndoselo en menos tiempo del que pudieron calcular.
- Listo, ya está- resolvió con una sonrisa- Ahora vengan acá y vamos a desayunar, ¿sí?
- Papiii- habló Noah por primera vez, frotándose los ojos con los puños- Yo quiero una tostada.
- Yo te la hago, mi rey- replicó Sara con ternura, descolgando al más pequeño de los hombros de su hermano y sentándolo en su regazo- ¿Con qué querés?
- Con dulce de leche.
- Con dulce de leche va a ser.
Sara y Eva comenzaron a pelar mandarinas, llenando la habitación con su fragancia dulce. Juana mimó con ternura el cabello corto de Noah, mientras este masticaba la tostada. Ian se quitó las pantuflas y metió las piernas dentro de la cama, abrazándose tímidamente a Pablo, quien sonrió y rodeó sus hombros con el brazo derecho. Agustín era el único de pie, cebando mates sin descanso mientras robaba algún bizcocho y conversaba con Lionel sobre los partidos nacionales y europeos que tenían para ver ese día.
El olor de la comida, el sabor del desayuno tardío, la persiana siendo levantada y llenando todo de luz. La discusión por ver qué iban a almorzar, dividiendo a los comensales en una batalla campal entre pizzas o pastas. La mano del pujatense apretando la suya para reclamar su atención, dándole un beso suave y sonriéndole con amor. Los más pequeños gritando “¡qué asco!”, los más grandes riendo como ellos.
Pablo no podía sino desear más mañanas así: sorpresivas, caóticas, gritonas.
Y siempre, siempre, con su esposo y sus seis hijos.
