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Vacaciones.
Finalmente, después de 200 años, bueno, no tanto, pero era tan difícil ponerse de acuerdo con sus amigos para algo tan simple.
Entre que Facundo y Milton no les gustaba el mar y que a Lautaro y Gino no les gustaba la montaña, estuvieron 2 meses peleándose para ver a donde iban.
A pesar de la negativa de los dos primeros, todo el grupo había decidido viajar a Mar del Plata, destino cliché, pero que una vez en la vida se debía conocer.
Para su suerte habían conseguido alquilar una pequeña cabaña con dos habitaciones y un living, Al llegar, Alejo rápidamente se cantó una de las habitaciones, que para su mala suerte era la que tenía una cama de dos plazas, así que entre Milton y Facu, sus dos mejores amigos, peleaban para ver quien dormía con él, compitiendo en una piedra, papel o tijeras.
En cambio, Lautaro, para evitar el conflicto, decidió dormir en el sillón del living y Gino, habiendo visto la casa antes, eligió la otra habitación que sí tenía dos camas de una plaza y media.
Apenas se acomodaron, los 5 muchachos, rápidamente, se cambiaron de ropa y se dirigieron hacia la playa, que para su suerte se encontraba a pocas cuadras de donde se habían instalado.
Alquilaron una sombrilla, y buscaron acomodarse en un rincón un poco alejado del resto de la gente, aunque eso fue medio difícil, tomando en cuenta que era pleno febrero y Mardel era uno de los destinos principales del verano.
Se pasaron todo el día boludeando en la playa. Para la hora del almuerzo, habían comprado unos sanguches en el parador y algunas cervezas. Por suerte Gino se había avivado de traer una pelota de fútbol, así que tenían con que entretenerse si les aburría estar en el mar.
En un momento, mientras sus amigos jugaban en duplas, Alejo había tomado asiento sobre la manta y se puso a observar a su alrededor, y algo atrapó su mirada.
No muy lejos de ellos había otro grupo de amigos, y entre ellos, un pelinegro de piel blanquecina extremadamente hermoso.
El santafesino quedó totalmente embobado mirándolo, hasta el punto que parecía que el chico sintió la fuerte mirada sobre él, porque se la devolvió, al encontrarse con la de Alejo, únicamente sonrió.
Pero una sonrisa un poco coqueta.
Alejo se sorprendió, pero aun así mantuvo la mirada, hasta que uno de los amigos del pelinegro lo llamó, y este no tuvo otra que romper el contacto visual con él.
—¿Qué onda Ale? — preguntó de repente Milton — ¿qué andabas mirando?
— Nada nada, ¿ya nos vamos? — no quiso darle explicaciones a su amigo y decidió cambiar de tema.
—Sisi —intervino Gino — Facundo dijo que necesita tiempo para prepararse para la noche.
Alejo soltó una risita, conociendo lo exigente que podía ser su mejor amigo con cómo se veía.
Al volver a casa, algunos acomodaron su ropa en los espacios de los armarios, otros únicamente abrieron la valija y sacaron la ropa. Alejo estaba entre los del primer grupo, ya que le molestaba mucho tener desorden a pesar de estar solo por unos días en el lugar.
Unas cuantas horas más tarde, entre peleas para ver quién se bañaba primero y partidos de play, todos ya se encontraban limpios y vestidos para salir esa noche.
—Che ale, no te sacaste las pulseras — le comentó Facundo señalando hacia sus muñecas.
—¿por qué me las sacaría? — le pregunto sin comprender el cuestionamiento de su amigo.
—porque no combinan con tu outfit — le respondió con total seguridad de que el morocho tomaría como válida su respuesta.
El resto del grupo quedó en silencio por un segundo antes de romperlo a carcajadas.
—Dios, Facundo, sabes como es Alejo, no saca esas pulseras a menos que le corten las muñecas — comentó Milton, a lo que Lautaro y Gino asistieron de acuerdo.
Mientras seguían discutiendo sobre el tema, el grupo de amigos se fue hacia el boliche que le habían recomendado, el famoso Bruto, donde les tocó hacer una fila de unos 20 minutos para poder entrar y apenas lo hicieron, fueron directo hacia la pista central.
Una media hora más tarde, Alejo sintió sed, y sin decirle nada a sus amigos, se fue directo hacia la barra.
Pidió un trago y se quedó apoyado en la barra mientras esperaba.
—Tenía la esperanza de encontrarte acá — dijo una voz a su costado — mi amigo Enzo dijo que estaba loco, ahora se lo voy a echar en cara.
Alejo fijo su mirada en su repentino acompañante y después de un rato pudo reconocerlo como el chico pelinegro de la playa, que estaba vestido con un pantalón negro con costuras blancas, una musculosa suelta negra que dejaba ver parte de su pecho y podía notar en su cara unos ¿brillitos?
—Sí, son brillitos, idea de Lukita, dice que me hacen ver más bonito — le explico al darse cuenta de la mirada de Alejo sobre su cara — ¿vos qué pensás? — preguntó inclinando su cuerpo hacia el santafesino.
—Te quedan muy lindos — Respondió automáticamente, completamente inmerso en el magnetismo que emanaba la otra persona.
—Soy Matías y vos, ¿cómo te llamas, morocho? — pregunto dando un paso más hacia adelante y apoyando una mano sobre el pecho de Alejo.
Dándose cuenta de la situación en la que se encontraba, el santafesino rodeo con un brazo la cintura de Matías, tomándolo por sorpresa, y se acercó su boca hasta el oído del otro para susurrar:
—Alejo, mi nombre es Alejo, bonito.
En ese momento, algo se conectó entre los dos, aunque no podían explicarlo en ese momento, sentían que debían pasar la noche juntos.
Matías rápidamente lo agarró de su muñeca, rozando la pulsera que llevaba el santafesino, y lo invitó a seguirlo. Alejo, atrapado en un hechizo inconsciente, lo siguió sin dudar.
El pelinegro lo guió hacia afuera del boliche, lo fue llevando hacia la playa, que para la suerte de ambos, se encontraba a pocos metros del lugar.
Matías, más conocedor del lugar, lo llevó hacia unas piedras donde podían sentarse y apreciar más del mar. Por unos instantes, ambos se quedaron en silencio, pero una vez que uno empezó a hablar, no pararon.
Matías le contó que él era de ahí, que estudiaba artes visuales, que le gustaba mucho el mar y que encontraba una mística al mirarlo durante la noche. Le confesó que, en realidad, no le gustaba mucho salir por la noche, pero que lo hacía por sus amigos. Y ya en un brote de confianza, le dijo que se había sentido muy intimidado y, a la vez, atrapado por su mirada esa tarde.
Alejo, mirando la mano de Matías, aún apoyada en su muñeca, justo por donde tenía una de sus pulseras de central, le contó sobre su amor por el club, que la energía que sentía cuando estaba en la cancha nunca la podría comparar con algo. Le contó sobre su persona favorita, su pequeña hermana, en cómo la niña había llegado justo en un momento de su vida donde sentía un gran vacío, que fue abarcado totalmente por ella.
Entre confesión y confesión, ambos terminaron tan cerca uno del otro que un pequeño impulso, nacido por la tensión que había surgido, los llevó a besarse. Fue un beso cargado de emociones desconocidas, dos extraños juntándose por primera vez, sin sentido lógico.
Algunos dirían que estaban destinados, tal vez.
Pero el beso que comenzó con tranquilidad de repente se llenó de una pasión inconcebible, y las manos inquietas de ambos empezaron a recorrer el cuerpo del otro. Además de la conexión emocional, entre ellos surgió una conexión física, siendo la luna la única testigo de ese nuevo amor.
Después de ese encuentro, ambos quedaron de verse al día siguiente en la playa donde se habían visto por primera vez. Alejo, mientras iban hacia la playa, les contó a sus amigos muy por arriba que había conocido a alguien de mardel, y que se los iba a presentar hoy.
Por eso, siendo Matías el local, se convirtió en el guía de turismo de Alejo y sus amigos, también compartiendo momentos entre los grupos de ambos, como salidas o días en la playa.
Ambos habían podido formar una linda relación, tanto que Luka, uno de los amigos de Matías, los había invitado a pasar el viernes por la noche en su casa, donde hicieron karaoke, torneo de play, entre muchas otras boludeces que se les iban ocurriendo.
Pero tristemente el domingo llegó, el grupo de amigos proveniente de Rosario debía volver a casa.
Alejo sabía que era el momento de despedirse, así que le pidió a Mati para encontrarse en la playa donde se habían besado por primera vez. Y antes de irse surgió en él la necesidad de querer dejarle algo al pelinegro para que nunca lo olvidará. En ese instante, miró en sus muñecas las pulseras de central, que tenía una en cada uno.
—¿Te molestan las pulseras? — le preguntó de repente dejando descolocado al pelinegro.
—no, ¿por qué? — respondió.
Alejo se sacó la pulsera que tenía en el brazo izquierdo, aquella que era amarilla y donde se podía leer “Rosario Central” en letras azules. Luego, agarró la mano de Matías y sin decir nada, se la puso en la muñeca.
—quiero que tengas algo mío — empezó a decir — para que siempre me recuerdes.
Matías se tiró sobre el morocho y le dio un beso lleno de emociones, tratando de transmitirle de esa manera como se sentía, Alejo simplemente lo rodeo con ambos brazos, intentando retenerlo un poco más con él.
Más tarde, cuando estaban en el auto, volviendo hacia Rosario, Lautaro dijo algo que despertó la curiosidad de todos.
—Che ale, ¿no te falta una pulsera?
—eh es verdad — acotó Gino mirando fijamente las muñecas del morocho.
— Se me habrá salido mientras nadaba — respondió sin ganas de dar explicaciones, dirigiendo la mirada a su celular que había vibrado debido a una notificación.
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Alejo entró a Instagram a ver lo que había subido Matías, y solo pudo sonreír.
Ligue pulsera nueva, gracias morocho❤️
