Chapter Text
– ¡Mocosos! Estúpidos desperdicio de espacio… – Escucharon lejanamente. – ¡Anormales! ¡Fenómenos desagradables! Levántense de una buena vez o juro por el recuerdo de mi santa madre que no comerán en una semana. Holgazanes buenos para nada. Vernon bajara por el desayuno en 5 minutos y más les vale que esté listo a tiempo. Quiero la maleza del jardín cortada antes del mediodía, y ¿Acaso creen que el baño es para animales? Lo quiero impecable, como nuestro Dudley lo merece. Además… – Continúo gritando una descontrolada mujer rubia, de largo cuello y físico delgado, pegándole a la puerta caoba de un pequeño y viejo armario bajo las escaleras con tanta fuerza que parecía ser perseguida por una manada de lobos.
Quien la viera, sin lugar a dudas pensaría que estaba desquiciada, aunque eso a ella no le importaba estando en la seguridad de su hogar… tal vez aquello no era lo sorprendente en comparación a la verdad, pues dentro de este reducido espacio que en la La mayoría de las casas se usaban para guardar escobas y fregones, se encontraba alguien, un chico, el que despertó primero por los fuertes y molestos aporreos que técnicamente le habían dado en la oreja produciéndole una inevitable jaqueca y mucha molestia e irritación.
– Como ordene, mi señora. Enseguida se hará a su gusto. – Contesto con voz seria y poco entusiasta pero no por eso irrespetuosa, buscando a tientas en la oscuridad, sus viejos y casi inservibles anteojos, los cuales pronto estuvieron en su mano por la amabilidad innata de una segunda persona.
–Gracias, Al. ¿Podrías ser amable y despertar al oso que llamamos hermano? Jamás entenderé como puede seguir durmiendo con todo este escándalo. Gritos y aporreos en la que los adultos insistían en llamar la puerta de su habitación… – Rodo los ojos, una vez más esa mañana, completamente exasperado. – Por favor, encárgate que la bella durmiente no monte ningún alboroto. Iré a hacer el estúpido desayuno para la ballena y su vil cría. – Murmuro el joven de anteojos redondos, de un notorio mal humor. Siempre que tenía dolor de cabeza los filtros en su lenguaje eran nulos, su acompañante lo sabía y por ello no se mostró auditado con aquel arrebato, limitándose a decir que si con la cabeza.
Lo mejor era permitir que se calmara un poco.
El mayor exasperado comenzó a levantarse, sintiendo los estragos en su espalda, a pesar de ser tan joven. No eran ni las 10 de la mañana y ya estaban tumbándole su casi nula puerta con tal efusividad que parecía que la casa estaba en llamas, tan solo para conseguir que él y sus hermanos se pusieran a hacer esas estúpidas tareas de hogar que él sabía perfectamente. . no les correspondían, aunque tuvieran que hacerlas todos los días.
Ni él ni sus hermanos eran una jodida ama de casa y mucho menos una sirvienta.
– Estúpido es una mala palabra, bobo. No la digas. – Murmuro su hermano menor, sin poder resistirse al final, respetando su obligación de grabarle una vez más cuan malo era expresarse de forma soez, mientras él se ponía una enorme camisa de cuadros para evitar el cambio drástico de temperatura, aunque no era que fuera de mucha utilidad siendo tan gigante y tan delgada.
La franela no era un buen abrigo.
– Y así querrás dejarnos Petunia a base de golpes, si no te das prisa. Despierta a James. Les espero en la cocina. – Guiño casi divertido, notablemente recuperado dentro de su férreo control sobre sí mismo, saliendo de ahí para el tiempo en el que su gordo primo bajaba las escaleras brincando sobre “su techo” con la intención de fastidiar.
La mole junior de la casa había conseguido que un poco de polvo callera sobre sus hermanos.
El de gafas rodó los ojos ante ello y camino con dirección a la cocina totalmente desganado, ignorando olímpicamente los insultos ya nada creativos de su tía resaltando su lentitud.
Se vio obligado a morderse la lengua en más de una ocasión para no gritarle un correspondiente “si no te gusta hazlo tú, tonta y floja descerebrada. ¿Para qué decide tener familia si no serás capaz de atenderla? Inútil y amargada mujer”
Y así, más pronto que tarde sus dos hermanos llegaron a su lado, asintiéndole, con una especie de sonrisa en el rostro, como buenos días.
Él regreso el gesto sin dudar, eran un par de bobos, ambos a su respectiva manera, pero era debido a ellos y su permanente compañía que él podía ser medianamente feliz en esa maldita casa llena de seres inferiores a lo que eran ellos.
Seguramente lo único que había evitado que se volviera loco y comenzara a matar personas y animales habían sido ese par, sus hermanos. Era su deber estar entero para ellos y tal vez eso lo había salvado desde un principio.
Jamás había podido imaginar su vida sin ellos, pues era perfecto tenerlos a su lado, a pesar de la poca felicidad genuina en su insípida vida.
Entre los tres pequeños niños sirvieron el desayuno tan rápido como pudieron, aun con los gritos que les apuraban constantemente.
James había puesto la mesa con una maestría que tan solo se desarrollaba con años de experiencia, mientras que Albus, el menor, servía el café para los dos adultos y leche con chocolate tibia para el malcriado gordo que hacían llamar niño.
Así fue como los tres chicos se quedaron de pie, casi al lado de la puerta, mirando comer a los tres seres que más detestaban en el mundo, hasta recibir una orden directa.
Como cada día, la iniciativa seria castigada en esa casa.
Petunia, su supuesta tía, les observa fijamente por unos minutos, analizándoles por primera vez en un par de años.
Sus tres sobrinos anormales.
De niños eran idénticos, tres regordetes bebes de prueba blanca y ojos claros que solían tener esa sonrisa infantil en el rostro y una vena curiosa que les obligaba a observar todo a su alrededor, pero conforme iban creciendo sus facciones cambiaron de forma cada vez más notoria. .
Y a diferencia de hace dos años podía diferenciarlos ahora sin problemas.
Ahora, gracias a Dios, quien era muy generoso con ellos, ninguno de los tres anormales podía recibir el castigo del otro, a pesar de que seguían intentándolo.
La alta mujer, con facciones exageradamente agudas, frunció el ceño de manera desdeñosa al observar una de las que eran las camisas favoritas de su hijo en uno de ellos.
James, si bien recordaba.
El chiquillo más difícil y retador, difícil de domar sin duda pero que no le traía tantos problemas como el mayor.
Su piel era blanca, aunque adquiriría un tono dorado con asombrosa rapidez, por lo que en ese momento la piel del maldito mocoso lucía un poco morena, muy ligeramente.
Sus labios eran rosas, casi rojos, por lo mucho que se los mordía, todo el tiempo ya toda hora, un intento de controlar su hiperactividad y ansiedad. Una manía que Lily había tenido de niña y que a petunia le parecía asquerosa pero que no había podido eliminar. El cabello era castaño, con ciertos mechones que lucían más claros que el resto, en la misma gama de café. Largo, por los hombros, y ondulado, con un flequillo tapando su frente. Sus ojos eran azules, claros, aunque al principio de estos podían verse destellos de color plata. Su cuerpo era el más alto de los tres, aunque tan solo por un par de centímetros. Y sus mejillas, regordetas, dejaban en claro que estaba a punto de dar un estirón.
La mujer rubia salió de su ensimismo tomando dos panes de la cesta que estaba en el centro de la mesa y se los tiro al mayor de ellos, quien ágilmente los atajo y agradecido desaparecido de su vista junto con sus hermanos, en dirección al jardín, donde podrían beber agua de la manguera y comenzar con el siguiente trabajo.
Así era todo en esa casa, ellos tenían que ganarse todos los gastos innecesarios que provocaban para ella y su marido, todo eso que le quitaban a su pequeño Dudley. O al menos esa era la explicación que se les había enseñado a los engendros, pues cada uno de ellos tenía un fideicomiso que automáticamente les pagaba a sus tutores una cantidad de dinero mensual, para su adecuado cuidado. Los bastardos eran asquerosamente ricos, pero ninguno de los tres se lo merecía, y mientras ella estuviera viva, jamás tendrían más de lo que ellos mismos podrían darle a su hermoso Dudley.
– ¿Me quieres explicar una vez más porque no le gritamos a esa bruja que se vaya al infierno del que salió? – Pregunto el ojiazul tomando la mitad de uno de los panes mientras que el menor de ellos se pegaba a la manguera. No habían salido del maldito armario en dos eternos días, incluyendo el cumpleaños de Dudley, excepto para ir al baño una sola vez por día, y esa desgraciada se había limitado a alimentarlos con un poco de pan y las sobras.
– ¿Te parece una buena razón el hecho de que podrían encerrarnos de vuelta, sin nada de comida, por el resto de la semana? ¿Acaso no vez que por ahora no podemos hacer nada? Espera tranquilo por la mínima oportunidad de largarnos. Te avisare en cuanto llegue. – Dijo con toda la sabiduría y calma que ser el mayor de los tres le había otorgado.
Harry, quien, si bien era más bajito que su hermano, se había ganado el respeto de ambos. Le obedecían por el simple hecho de que normalmente lo que él veía o planeaba siempre era acertado.
Funcionaba.
Ambos niños eran totalmente diferentes, en forma de ser o actuar, aunque en la actualidad las diferencias físicas también eran bastante.
Además de ser más bajito, Harry tenía la piel nívea, con un leve toque rozado que jamás podía percibirse. Sus pómulos eran marcados, pero no en exceso. Su cabello era negro azabache, con tonalidades azules bajo el sol, su nariz fina, la cual sostenía los anteojos redondos que ayudaban a que sus ojos verdes esmeralda, únicos en su especie, pudieran captar figuras como deberían.
El contorno de su rostro era ligeramente redondo, pero bastante definido.
En la escuela era conocido como un enclenque y no acostumbraba participar en juegos a pesar de ser muy ágil y veloz.
Él era considerado, en general, un niño muy lindo y atento, agradable. Sobre todo, de ver, aunque fuera pequeño para su edad.
Siempre correcto, siempre en calma, pero para aquellos que habían logrado arrancarlo de su zona de control era obvio cuan terrorífico podía volverse con una sonrisa fría que prometía hacer mucho daño.
– ¿Y cuánto tendremos que esperar para que la añorada oportunidad llegue? La mole cada día que pasa empeora los castigos absurdos y dudo mucho que aguantemos más de tres días sin un buen plato de comida. ¡Albus sigue tragando agua como si se la fuera a quitar en cualquier momento! – Le gruño fúrico y retador siguiendo que Harry suspirara cansado. El sí observaba todos esos detalles, así como había notado que su pequeño hermano al escuchar al escandaloso de James, se separó de la dichosa manguera notablemente apenado seguramente creyendo que había provocado una discusión entre ellos.
Harry a veces no entendía como era posible que James y él no se hubiesen matado aún. Luego recordaba un motivo de peso y muy real. Albus.
– Hermano, porque no nos hacer un favor y ¡Cierras la boca! Que solo provocaras que Vernon nos agreda antes de largarse a su trabajo. Nos encargaremos de conseguir comida para hoy en la noche, pero tienes que ser paciente. – Solicito cansado, aunque en el fondo de su voz aquello había sonado más como una orden que como una sugerencia.
Las discusiones con James cada vez se hacían peores, como si este se empeñara en hacer las cosas más difíciles de lo que ya eran tan solo por obtener la dicha de retar a la gente.
– ¿Lo dices enserio? – Sonrio victorioso. Otra vez tendrían una aventura, pequeña, pero la tendrían.
Los ojos verdes de Harry se suavizaron ante aquel tono emocionado, James adoraba arriesgarse, era casi como si su alma le atacara si no lo hacía, por lo que el mayor se sentía en calma, por ahora James estaba satisfecho con cualquier cosa y así le daba la oportunidad de brindarle un panorama altamente controlado.
– Si, pero s… – Estaba a punto de afirmarle de vuelta, brindándole la idea principal en su plan. Quería hacerle entender que debían encontrar el modo, pero su “tío” y su “tía” salían de la casa, hacia el jardín, dispuestos a despedirse, y como el ojiverde no era ningún suicida guardo silencio en seguida.
– Fenómenos ¿¡Qué demonios hacen hay conversando!? – Les reto el hombre dispuesto a retrasarse un poco con tal de divertirse con sus sacos de caja personalizados y Harry lo noto en su mirada.
– Vernon, los vecinos. – Susurro Petunia, tomándole el brazo con amabilidad, en un intento de suavizar la escena para cualquiera que pueda estarlos viendo.
Vernon no les había golpeado desde antes de que estuvieran de vacaciones en la escuela primaria y al parecer lo necesitaba con urgencia, sus instintos podían sentirse a kilómetros de distancia, al menos para alguien como él, quien parecía notar los pensamientos más oscuros de las personas. .
– Estábamos repartiendo las tareas para ser más eficientes, tío Vernon, señor. Estamos agradecidos por todo lo que nos brindan y queremos regresar la mínima parte de la forma más organizada y rápida que podamos, con la intención de no ser una carga. – Mintió con rapidez, tragándose su orgullo, sin sorprender a sus hermanos por ello.
Harry era bueno engañando a la gente, demasiado inteligente y con cierto ángel, era fácil quererle y mucho más odiarle, como parecía hacerlo sus parientes, quienes cuando se ensañaban de verdad era cuando el castigo, fuera cual fuera, estaba dirigido al pelinegro.
Albus trago saliva pensando en ello.
Harry siempre era el peor parado a pesar de ser el que más oportunidad tenia de ser alguien en un futuro.
– Apresúrense entonces. No habrá picnic todo el día. – Rugió, volviendo a su anterior conversación y Harry avanzando escondiendo su furia a la perfección. Todo eso era por el bienestar de sus hermanos, pensó con fuerza antes de concentrarse en ambos una vez más. Vernon y Petunia siguieron su camino, despidiéndose “amorosamente”. El se marcho y ella regreso a la casa.
– James, limpias adentro, desde la cocina hasta el armario, ve si puedes levantar de una vez por todas esa molesta alfombra. Tendrás medio día para conseguirlo pues escucha que Petunia se ira a jugar canasta obviamente con la bola de grasa menor. – Mascullo. – Albus, consigue por favor un cuchillo, pequeño, para el cuarto y además unos prendedores de cabello del cuarto de petunia, con eso abriremos la puerta. Si vez un imán, también tómalo. Te toca la parte de arriba. – Planeo rápidamente confundiendo a James, pero no al menor, quien entendió rápidamente por donde iba el hilo de sus pensamientos.
Albus tenía la misma estatura que Harry, aunque sin su cabello rebelde era unos centímetros más bajo. Era delgado, pero aún así el Potter mayor creía que si crecía correctamente podría ser bastante fuerte. Su piel era como la porcelana, pero esta tenía pecas, mismas que ninguno de los otros dos tenía. Sus ojos eran claros, en un tono miel, con destellos verdes y ambarinos. Mientras que bajo estos podía notarse una especie de irritación roja debido a su cercanía con el polvo que le causaba alergia, aunque el lugar donde comúnmente iban las ojeras se encontraba un poco pálido, con un toque apenas notorio, amarillento. Y su cabello, el cual tenía medianamente largo, con el mismo flequillo que los tres compartían, era de un color más bien extraño.
Su actitud era amable y la menos problemática, era inteligente y poco ágil, más bien era torpe a la hora de moverse, su cuerpo era débil y se enfermaba mucho, el motivo por el que sus dos hermanos todo el tiempo estaban protegiéndole de los castigos. . Aunque el que más lo hacía era Harry, quien no solo le cuidaba a él, sino al impulsivo de James.
Pronto las tareas comenzaron a hacerse, en armonía y silencio, lo único que delatada que en el número 4 de Privet drive había alguien era justamente que uno de ellos se encontraba afuera, arreglando el jardín, aunque para medio día ya se había terminado la parte. de enfrente.
Los chicos dentro de la casa estaban concentrados en sus tareas, cuando un gritillo les sorprendió y asomándose a la parte de atrás de la casa observaron a su hermano con una extraña SERPIENTE alrededor de su brazo, amenazante.
Dejando todo lo que estaban haciendo corrieron en su ayuda, pero al llegar junto a él escuchóon un para nada entendible seseo saliendo de la boca del mayor de los Potter.
Así, ambos niños observaron como la serpiente se tranquilizó, o eso parecía, en la opinión de los dos y esperaron tensos a que Harry les explicara.
¿Que se supone que hacia esa clase de serpiente venenosa en Surrey? Se preguntó al menor de los tres, usando la lógica. Él había visto en su libro de ciencias esos colores en una serpiente. Coralillo se llamaba, supuestamente solo crecía en lugares lejos de ahí y era agresivo y venenosa, pero bajaba de su hermano en ese momento como si fuera una lombriz.
– ¿Le… le ha entendido? – Pregunto Albus sintiendo que en el momento en que aquella pregunta salió de su boca se había vuelto loco, despidiéndose de su lógica por un largo tiempo y con la mirada que había recibido de James apenas terminar de hablar, había quedado claro que así era.
– Eso…creo. ¿Ustedes no? – Respondió Harry con sarcasmo. Habían llegado al final de la plástica con la extraña criatura, debieron de haber escuchado gran parte de todo aquello.
Pero ahora su hermano le preguntaba tal tontería y James tan solo le miraba a él incrédulo ya Albus como si estuviera loco.
– Déjense de bromas. ¿Cómo lograste quitártela de encima? Harry. – Quiso saber el castaño avanzando con valentía hacia él y la serpiente, quien solo miraba a Harry como si esperara que este se dirigiera a ella.
¡Aquello era una locura!
– Es que… estoy hablando enserio James, la serpiente ¡nos entiende! ¿Acaso no lo has visto tú mismo? – Reclamo sin tomar en cuenta cuan ilógica era aquella situación pues después de todo si su histérico hermano le exigía una respuesta era porque obviamente no había entendido.
Pero si James no había escuchado estando tan cerca ¿Tenía problemas de oído como el mismo los tenia de vista? Eso jamás había parecido un problema, en realidad.
– Ja…Harry. – Murmuro el eternamente nervioso ojimiel, captando la atención de sus dos hermanos mayores. – Tu… no estabas hablando nuestro idioma… tu ¿seseabas? Como una serpiente… tan solo produce ruidos. ¿Podrías intentar hablar de nuevo con la serpiente? – Razono el menor, tratando de desempeñar su función autoimpuesta de mediador entre sus dos temperamentales y opuestos hermanos antes de que estos, sin descubrir apenas que sucedía, se enfrascaran en una de sus tantas discusiones.
El ojiverde, por su parte, reconociendo la intensión de Albus, le dio la razón, dispuesto a hacerle ver a James que la serpiente si le obedecía le dio la orden al hermoso espécimen de enrolarse en la pierna del menor, quien tenso, evita cualquier movimiento.
Harry vio el movimiento de la serpiente, totalmente hipnotizado y continuo con otro orden. Que lamiera el cuello de su hermano, sin hacerle el mínimo daño.
El ojiazul, antes retador e incrédulo, observa todo en silencio, completamente sorprendido por las acciones de animal que claramente eran comandadas por su hermano quien a pesar de hacer señas explicando lo que quería no se daba cuenta de que en realidad hablaba el ¿idioma? de la serpiente.
– Bien, bien. Confió en que fuiste tú y no es ningún truco bobo, en realidad es muy impresionante, ahora has que se baje de Albus antes de que le haga daño. Las serpientes y los cuervos son muy traicioneros. – Solicito casi con miedo, con esa voz tenue y nerviosa que los otros dos Potter le habían escuchado tan solo un par de veces.
Harry no pudo evitar rodar los ojos ante ello.
Las serpientes podrían ser de todo menos desleales.
Eran animales incomprendidos, peligrosos, sí, pero astutos y ágiles, que preferían evitar los problemas y se hacían carga de ellos mismos y de sus crías. Si tú no molestabas a una serpiente esta no te lanzaría una mordida. Esa era una regla de la vida.
Y por otro lado, Albus, a pesar de estar aún mortalmente pálido, simplemente no podía encasillar a las serpientes ya los cuervos en el mismo baúl. Los cuervos eran libres, inteligentes y curiosos. Ellos jamás usaban la fuerza bruta pues al estar en grupo el más fuerte se encargaba de no solo protegerlos, sino de alimentarlos y criarlos. El mismo se identificaba con un polluelo de cuervo pues a pesar de ser rápido para aprender, Harry aún le enseñaba cosas.
Sin embargo, ninguno de los dos hizo nada por contradecir al terco castaño. Harry obedeció con gesto serio y le pidió con toda la amabilidad y el carisma posible a la serpiente, que bajara de su hermano y que se fuera pues de quedarse su tío les haría daño a los cuatro. A ella, a sus hermanos ya él.
– Eso ha sido… – Comenzaron James y el ojimiel tras perder de vista al coralillo respiro tranquilo… pero ambos fueron interrumpidos por un extasiado azabache.
– Genial, lo sé. – Sonrió el ojiverde con un brillo de felicidad inusual tiñendo sus ojos, aun sin poder creer aquel evento mágico en su día a día.
– ¿Cómo… has aprendido a hablar con la serpiente en su idioma? – Quiso saber el más curioso de los tres, Albus, quien aún sentía el cosquilleo de la lengua de la serpiente en su cuello y rostro.
Le había provocado cosquillas.
– No lo sé, solo… tan solo le… entendía. – Tartamudeo inseguro de cómo explicarse. Una respuesta a medias no complacería la curiosidad de su hermano menor. – Tal vez es una de esas cosas únicas que podemos hacer nosotros. – Se encogió de hombros, más consciente de que nunca de que ni él ni sus hermanos eran realmente normales. Tal vez Petunia tenía razón en su anormalidad… aunque claro, esa no era razón para no disfrutarla. – Magia. Tal vez solo es magia. – Le restó importancia, como si de verdad aquello tan extraño no valiera el trabajo de investigar al respecto y pronto los tres estuvieron de vuelta a sus tareas, pensando en la última palabra dicha por el mayor.
Magia.
¿Acaso realmente existía?
.
Aquella mañana los tres niños se habían levantado temprano, sin necesidad de que la puerta fuera aporreada o el aire contaminado con polvo de escalera. Los tres habían estado inquietos toda la noche y un extraño sentimiento de anticipación se había instalado en la boca de su estómago a pesar de escuchar la casa en completo silencio.
Seguramente ni había amanecido, pero eso no significaba que lograron volver a dormir.
- Harry. – Llamo James en un susurro adormilado, inseguro de que su hermano se encontrará alrededor pues él siempre era el último en despertarse.
- Diez centavos. – Contesto el mayor con tal calma que James estuvo a punto de volver a dormir.
– Si la magia existe y nosotros somos parte de ella… ¿Por qué tenemos que vivir en un armario para escobas? – Se atrevió a preguntar a Albus, tan adormilado como estaba que los filtros en su cabeza no se encontraban activos aún.
El mayor sin embargo no estaba sorprendido de que sus dos hermanos se encontraran ya despiertos pues había notado el cambio en sus respiraciones, de pausadas y calmadas a despiertas e irregulares.
– ¡Cállate! Toño. Si alguien te escucha diciendo esa palabra… – Murmuro James medio dormido aun, demostrando que no todo dentro de su revoltosa cabeza era impulsividad. Dormido, el castaño si podía preocuparse de los castigos venideros, más si el pequeño Al estaba entre la pared y sus viles parientes. Decir que una sonrisa sardónica se pintó en los labios del mayor de los tres, era poco decir.
– ¿No eres tú James Potter, el que siempre dice que a las cosas hay que llamaras por su nombre? – Se burló enseñada. – Además, pequeño cachorro asustadizo, Albus me estaba hablando a mí. – Continúo su burla, tan solo con la intención de picar un poco más el gran orgullo del castaño quien bufo molesto.
– Pues contéstale al mocoso. – Mascullo, aunque en el fondo de su voz, Harry pudo notar un matiz de curiosidad. James también necesitaba una respuesta.
– Tal vez, y solo tal vez, algo muy malo sucedió con los de nuestra clase, y entonces, sin que pudiera evitarlo, los tres terminamos atrapados en este infierno. – Respondió al fin, dándoles esperanza a los dos más pequeños quienes sonrieron brillantemente, riendo un poco tras escuchar sus estómagos a coro.
Harry observa con atención, como el que estaba pegado a la pared se levantaba, Albus, y moviendo la punta de la alfombra saco una bolsa hermética con unas rebanadas de jamón y queso, tendiéndoselas.
Los chicos pasaron el resto del alba, echados, en calma. Disfrutando la compañía inverosímil de las opuestas personalidades de sus hermanos, sin importar el punto de vista y más pronto de lo que podrían haber deseado la tía petunia estaba tocando su puerta, como cada mañana, gritando algunas cosas desagradables en el proceso.
Harry abrió la puerta rápidamente, dispuesto a evitarse la jaqueca del medio día y al siquiera poner un pie fuera del armario recibió un empujón, de parte de la mole que se hacía llamar Dudley, mismo que provocó que James y Albus, en ese orden, también retrocedieron.
– Esa maldita foca. – Mascullo James intentaba salir de la alacena para golpearle, pero fue rápidamente detenido por los dos Potter que si tenían sentido común.
– Si tienes tanta energía como parece ya te encargaras tú de hacer el desayuno de hoy. – Ordeno Harry en ese modo serio y escalofriante que conseguía bajarle los sumos al castaño, cumpliendo aquella función de inmediato.
James se maldijo al menos 18 veces mientras hacia el desayuno y otras tres mientras lo servía. ¿Quién lo mandaba a él a ser tan gallito siempre? Se había quemado al menos dos veces y todo por no controlar sus acciones.
Y es que Harry siempre se hacía carga de trabajar con el calor, pues era el menos descuidado y el más rápido de los tres, podía evitar la quemadura apenas sintiera el calor acercarse.
La práctica hace al maestro, argumentaba.
El señor Dursley, la mole de grasa para los niños, engullía el desayuno con desesperación para el tiempo en el que ordeno que uno de los tres fenómenos fuera a por el correo que, como todas las mañanas, menos los domingos, esperaba pacientemente en el tapete de entrada mientras que, a otro, por orden de petunia, le tocaría ir por una carpeta olvidada del “tío Vernon”.
Harry había accedido con rapidez a desempeñar la primera tarea. El joven azabache reviso como de costumbre con la intención de quitar las propagandas y el correo basura, topándose entonces, sorpresivamente, con tres sobres de pergamino que llevaban el nombre de sus hermanos y el suyo. El mayor de los Potter se caracterizaba por estar siempre atento y ser discreto, pero, venga ya, que era un niño emocionado y por ello no noto que Dudley corría hacia él en su esplendorosa forma de foca.
– ¡Papá! ¡Harry está robando nuestro correo! – Exclamo con ganas.
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